TheBestYouCan
Usuario (Argentina)
Tengo un problema al escribir, y es que todo lo que redacto se vuelve depresivo, sin ánimo. Ayer, por ejemplo, estaba componiendo un cuento corto. Ese pequeño escrito iba de mal en peor, entonces pensé: "debe ser porque estoy escuchando las canciones más bajoneantes de Radiohead. Capaz esté influenciado por la voz chirriante de Thom y su melancólica guitarra". Cambié la musica, puse algo un poco más colorido, la primera etapa de los Beatles, empezando con "I want to hold your hand". Pero a los pocos renglones, un personaje se había suicidado y otro se estaba empastillando para encontrar salida en un glorioso coma farmacológico. La lapicera no me sonreía y me encontraba sumamente disgustado. Desafié mis principios y comencé a escribir una historia llena de los típicos clichés románticos y enredos de un cuento maltrecho. El resultado fue peor: el enamorado mutiló cada parte del cuerpo de su chica y los puso a hervir mientras se masturbaba en su sala de estar. No sabía que hacer. Parece que mi suerte es escribir como si todos los días fueran domingo y ofrecerle al lector una escapatoria repugnante. Pensé que capaz sea algo del inconsciente, algún trauma o problema no resuelto. Eso sí, soy muy conciente de que muchos de los personajes que creo son producto de personas reales, las cuales detesto. Pero no encuentro explicación a todo esto. ¿El dolor y el sufrimiento son mi única inspiración? Tengo que desafiarme y proponerme escribir algo un poco más alegre, aunque sea soso y estúpido. Aunque se que fallará. Este pesimismo me está matando, lo estoy haciendo otra vez, el presente texto está volviéndose en contra mio, como todos. Me descontrolo, tal vez tenga un trastorno disociativo de identidad. Sin embargo, se que soy un experto hipocondríaco, así que mucha atención no presto a las diversas patologías que aparecen y se van como si vivieran enamorados del viento. ¿Y si es la silla lo que me condiciona? ¿Es que puede ser una silla "depresiva"? Todo, absolutamente todo es subjetivo. Si hay alguien que propone la objetividad no le crean. Todos nuestros pensamientos y recuerdos nos condicionan. Siempre nos veremos obligados con nuestros intereses. No voy a poder escribir un cuento que termine bien, que contenga una moraleja y que se le pueda contar a los nietos. Jamás. Siempre tendrán una que otra triste reflexión y mucha perversión. Invariablemente alguien se va a matar y otro reirá (pero nunca eternamente). El estado natural del hombre es la soledad y la tristeza. No hay religión que lo impida. Te dopan con promesas que jamás viste concretar (ni verás). Lo siento, la vida es gris (te amo, frase hecha). Las pesadillas son las formas más hermosas del horror. ...y al final murieron, y las perdices se extinguieron...
Capítulo I: Mi comienzo Capítulo II: Una carta ¡Qué resaca, y qué sorpresa! No podía creer que no hubiera aguantado un mínimo de whisky, a mis cuarenta y tres años cumplidos en el pasado mes de julio. Traté de levantarme de la cama, cuyas sábanas y frazadas se encontraban revueltas en el piso, junto con la botella de Jack Daniel's casi llena. Me vestí y fui hacia el baño para afeitarme. Luego crucé la puerta de mi habitación y bajé las escaleras para después de atravesar el living llegar a la cocina, donde estaba desayunando mi familia. —Te llegó una carta, Aaron –me saludó mi esposa. —Buenos días para ti también, Diane –le respondí en seco. —¡Buenos días, papi! –me dijo cálidamente la pequeña Helen. —Aquí tienes tu carta, viejo –me comentó Hugo mientras me daba la dichosa carta. Reconocí ese sello, recuerdo que tenía ese olor parecido al que uno siente segundos antes de explotar una granada al frente suyo, un jaque mate sin escapatoria. —La leeré después. No tengo hambre, voy a ver televisión. —Está bien, querido. —Permiso. Sentado en el sillón del living, escuché las noticias. “Hace tres días se registró un gran huracán que azotó la costa noroeste de nuestra Nación y en este momento tenemos los detalles de lo que dejó el increíble suceso. Este fue catalogado como el más fuerte de los últimos catorce años. Hubo cuarenta y seis muertos como resultado de las fuertes lluvias y deslizamientos de tierra. Especialistas creen que el daño estimado fue entre doscientos treinta y doscientos ochenta millones de dólares. Ampliaremos”(2) . —¡Adiós papá! –me gritaron los chicos desde la puerta de casa. —Adiós Aaron, cuídate querido. Estoy en la casa de los Bickle. —¡Hasta luego! –les contesté desde el sofá. Apenas pegaron el portazo, apagué el televisor. Abrí la carta y en voz alta leí: —“Norma-tivas pa-ra se…ser un hom-bre”. —Déjame leer a mí Aaron, todavía te falta mucho para leer de corrido, pero para tu edad, vas avanzando muy rápido –me interrumpió Eugene. “Normativas para ser un Hombre 1.Amar, cuidar y defender a la patria ante cualquier ataque producido en el interior o exterior de la misma. 2.Seguir el Presbiterianismo(3), practicarlo fervorosamente. 3.Amar y cuidar a tu familia. A tus hijos tendrás que educarlos bajo las normas de esta carta.” “La verdad que sabiendo como era nuestro padre, me esperaba una carta más larga”, me dijo Eugene mientras la transcribía, sentado sobre una vieja silla de madera, y yo con la poca experiencia que tenía no supe comprender la gran responsabilidad que él estaba llevando. Si hubiera mirado más detenidamente a esa borrosa imagen rústica, podía ver como mi hermano escribía nuestros destinos. La pluma desgastada que sostenía sobre su polvorienta mano derecha quemó en nuestros cuerpos el deseo ferviente de nuestro padre. Que seamos como él. La tía Meredith venía cantando desde el almacén una canción que será la melodía que me seguirá desde ahora en adelante. Con un sencillo silbido al ritmo del folk, entraba en la casa Meredith diciendo: “Carry me back to old Virginny, There's where the cotton and the corn and taters grow, There's where the birds warble sweet in the spring time, There's where this old darky's heart am long to go.”(4) —¡Tía, tía! ¿Qué estás cantando? –le pregunté entusiasmado. —“Carry me back to old Virginny”, una canción sobre este Estado –me respondió–. ¿Ya leyeron la carta? —Sí, tía. —Entonces, pequeño Aaron, ¿Me la puedes decir? —Eh, decía algo más o menos así… “Citación: Se requiere la presencia del Señor Aaron O’Neill en la Agencia Central de Inteligencia el día miércoles 17 de octubre. Sobre el tema de la citación se le informará una vez se encuentre con los directivos. Un auto Chevrolet Delray negro lo pasará a buscar por su domicilio a las ocho horas a.m. Recuerde siempre de pedirles las respectivas identificaciones a las personas que lo busquen. Se le recuerda que esta notificación es confidencial y no se le debe revelar a ningún tercero.” “Mierda” pensé después de leerla. Esperaba que fuera un rollo bien gordo para sacarme de mi descanso. Guardé la carta en un cajón de mi dormitorio y me quedé mirando por la ventana a las numerosas nubes que cubrían el cielo tiñendo el lunes en una escala de grises. No sabía que no desprenderme de esta carta y de las obligaciones de la Agencia me conduciría a donde estoy ahora, pero esta notificación me ponía en una situación de zugzwang(5). 2) Conocido como “Columbus Day Storm of 1962” o “Tifón Frida” fue un ciclón que afectó la costa pacífica noroeste de Estados Unidos el 12 de octubre de 1962. 3) El presbiterianismo es una rama del protestantismo fundada en Escocia en el año 1560. 4)“Carry me back to Old Virginny” (Llévame de vuelta a la vieja Virginia) es una canción escrita por James A. Bland en 1878. Más tarde, desde 1940 a 1997 fue canción estatal de Virginia. 5)Es una posición de ajedrez, se dice cuando un jugador está en zugzwang si cualquier movimiento implica la obligación de realizar una jugada que provoca empeorar su situación, y de forma particular perder la partida.
"Entremés" de Post Mortem: El viaje. Desde el océano puedo ver como se mueve todo, las plantas, los animales, los hombres, el sol, la luna, los planetas, las estrellas. Fragilmente entre las cuerdas de un contrabajo se mueven, como si nada los fuera a detener, como si nada los fuera a calmar. Repitiendo los mismos pasos vuelven a danzar enfrente de mis ojos cerrados, delante de mi limbo. En ese lugar escucho suaves voces que me hablan y conversan. Sus palabras son ininteligibles, las trato de comprender pero caigo otra vez en el fondo del océano. Estado de indiferencia, actúo según mi instinto. Rocas lunares caen sobre mi. Nado en aguas infinitas que se multiplican. Encuentro cuerpos inertes y descompuestos que me impiden pasar, sin embargo siempre hallo una salida. La salida a otro océano cuyas aguas infinitas se multiplican. Bebo el líquido y me mantengo extasiado. ¿Estaré en el útero materno? ¿Todos los hombres regresamos indefectiblemente a él? Me refugio en mi locura, fuente de sabiduría y verdad. Ordeno mis recuerdos y me ahogo en alcohol. Quemo mis heridas y ataco las llagas de mi conciencia. Entierro mis sentidos y se apaga mi razón. Escapo del océano y la playa de cemento me conduce a interminables intersecciones de calles, semáforos en rojo, bebés llorando, un tipo robando, ruidos de sirenas, sentimientos vacíos. Recorro la ciudad de hombres sombra. Creo en la nada, amo a la nada, muero en la nada. Camino en el lado más oscuro de la belleza. Me pierdo en el raciocinio de la bestia moderna y con traje. Yo en cambio, animal no domesticado, visto de una bata blanca. Las suturas de mi cabeza se desprenden y dejan salir una lluvia de plomo. Miro hacia el poste de la calle y me hipnotiza con sus luces estroboscópicas. Una y otra vez. Círculo, cuadrado y círculo. Una y otra vez. Un destello de luz vuelve a redimirme. Resucito al tercer día.

Me gusta recordar las cosas a mi manera, no necesariamente de la forma en que pasaron... Yo estaba allí, o por lo menos alguna parte mia. Me miré en el espejo, retrocedí y la vi a ella. A la que prometí mi libertad y amor. Y tal vez, le prometí hasta llegar a ser felices. Sin preocupaciones, sin puntos ciegos. No la vi tan despreocupada y distante de mi como aquella tarde. Sus ojos no se fijaban en mi, estaban inquietos, buscaban escapatorias y excusas fáciles. Noches de pasión abolidas, críticas al amanecer. Sin emoción nos besábamos, carentes de sentido. Autómatas malditos de cotillón. Me pareció ver una chispa por un momento, pero la televisión la apagó demasiado pronto para que ésta pudiera encender la habitación vacía, metiéndonos en un agujero bien profundo en el suelo. Nos escondimos tras puertas con claves imposibles que desafiaban a la física. Me distraje con mis asuntos, pero teniendote en cuenta en cada instante. Corroboré mis sospechas y por un momento me parecieron ciertas. Tan acertadas que no esperé a que me respondieras. Al llegar esa noche todo pareció estar bien. Parecía que seguiamos en carrera, pero a cada instante podiamos ver la meta cerca nuestro. Creo que llegó un punto en el cual llegamos a la conclusión que discutir no servía para nada. Por otro lado, yo llegué a la conclusión que los errores que cometimos fueron parte de mi crecimiento. Mi crecimiento en la locura. Cada paso hasta la decisión final fueron atenuados por un saxofón tenor de fondo. Con su chirriante sonido, me partía la cabeza. Transpiraba y de mi oreja salía extrañas sustancias. Era otra persona, eramos otras personas. Los cambios casi nunca son para mejor, y el tiempo no soluciona nada, solo complica las cosas. Las luces estroboscópicas y el saxo sonando a tope me enceguecía. Truenos en el desierto, explosión incontrolable. Fiestas privadas y depravadas. Sexo sin climax. Una buena hacha afilada. Un instante con el subconsciente y perder los estribos. Olvidar lo que me dijiste, olvidar que estoy acá, recordar a mi manera. Habitaciones de hoteles en el sordido desierto. El deseo de poseer me corrompió, como el del poder. Puntos ciegos, cada vez los veo más. Varias escenas eliminadas hasta llegar otra vez a conclusiones que me encierran en más preguntas e hipótesis. ¿Qué tal si me permitís soñarte una vez más? Me alejo, ejecuto la venganza contra quien te hizo esto. Una buena hacha afilada. Recorro pasillos oscuros, me miro en el espejo. Cintas de video sobre nuestra casa. Cintas de memoria enredan la trama. Puntos ciegos más evidentes, más complejos de saciar. Caigo en la apatía, en la pérdida de identidad. Me repito las negaciones que pensé que salían de tu boca, pero malinterprete toda mi situación, mientras que la tuya, siempre sospeché que estaba en lo correcto. Nunca te tendré y reflexionando pienso, nunca me tendré.
Capítulo II: Una carta Capítulo III: Eagle of Freedom(7) Un traje negro, una camisa blanca con una corbata a rayas, un pantalón azul oscuro y un par de zapatos bien lustrados. Mi identificación se encontraba en el bolsillo derecho del saco. Un poco de gel para arreglar mi pelo alborotado. Por supuesto antes de todo esto, un baño caliente y una afeitada al ras. Recogí mi maletín en donde llevaba documentos viejos y una libreta para anotar junto a un bolígrafo casi vacío. Me fijé la hora: 7.57, perdí el desayuno. Rápidamente bajé y tomé un poco de jugo de naranja y le di un mordisco a una tostada. “Cosas del trabajo” dije en voz alta sin que nadie me preguntara. —¿A dónde vas, Aaron? –empezó a interrogarme Diane. —Ya te lo dije, al trabajo –le contesté sin mirarla. Nunca fui muy bueno para disimular mi nerviosismo, y menos para ocultar el temor. Los tres toques a la puerta me salvaban. Salí y les pedí las identificaciones. Todo parecía legal, subí al auto y les pregunté: —¿Qué pasa ahora? —John Sunset y Nathan Fruchtman lo están esperando. Ellos le comunicarán la situación. Genial, John Sunset, un tipo alto, de tez no tan oscura y de pelo rizado, una escoria. La palabra prepotencia e insolencia encarnaron en él, su actitud de matón y sus constantes contestaciones irrespetuosas me provocaban náuseas y ganas de partirle la nariz. Y como no olvidarme de Fruchtman, bajito y gordito, metía siempre su opinión donde no se la pedían, era molesto e insolente, influenciaba a los demás a hacer las mismas estupideces que él cometía. Era una contaminación crónica para la Central. Hicimos el recorrido de siempre, seguimos por Maple Avenue que se transformaba después en la Chain Bridge Road, y a continuación tomamos la rampa Interstate 495 N en dirección Rockville/Baltimore para incorporarnos de vuelta a la 495 y seguir por el George Washington Memorial Parkway, un enorme pulmón verde de aproximadamente ciento cincuenta hectáreas hecho con el propósito de acceder a la capital y olvidarnos un poco de la gigante jungla de cemento que emerge en el horizonte, un placebo en forma de naturaleza. Luego seguimos por la serpiente de concreto hasta doblar a la derecha y llegar a la Agencia, cuyas calles son de uso restringido. Pasamos por un “peaje” y nos encontrábamos en el enorme estacionamiento . Ingresé por la gigante puerta de cristal y me recibió Melanie, una descomunal rubia que tiempo atrás había sido mi amante. Unos segundos antes de abrir la boca para preguntarle algo lo vi de reojo a Sunset, que se acercaba lentamente. —¡Kane, tanto tiempo amigo! –me dijo el desgraciado. —Es la tercera vez que te lo digo, me llamo Aaron. —Hombre, es que te pareces a Orson Welles en esa película. —“Citizen Kane”(8) –irrumpe Fruchtman. —Bien, ¿Ya terminamos de hacer sociales? –pregunté impaciente. —Sígueme, Kane –repitió sarcásticamente Sunset. Un largo pasillo nos espera hasta la Sala de Planificación, en donde también planeamos la fallida invasión a Cuba por Bahía de Cochinos hace un año (9). Yo participé solo en la estrategia aérea, si hubiéramos actuado según mi liderazgo, Cuba sería una democracia libre y todo vestigio comunista estaría en este momento en la URSS con Kruschev. —Señores, se han descubierto en Cuba misiles ocultos de la Unión Soviética –nos dijo el Jefe. —Es una obvia respuesta a los nuestros en Turquía –contesté. —El presidente Kennedy en algunos días hablará abiertamente por televisión advirtiendo a Kruschev y Castro para desistir de lo que estén planeando. —¿Quiere establecer diálogo? Está de remate –dijo indignado Sunset. —Les dije, JFK es un idiota. Los verdaderos defensores de la libertad son únicamente los de esta Agencia –soltó Fruchtman apoyando a Sunset. —¿Qué sugieren? ¿Qué bombardeemos Cuba? –les dije a los dos. —Ya lo hemos hecho con los amarillos –respondió con frialdad Sunset– ¿Qué pasa Kane? ¿Ahora te emocionas fácilmente y sientes empatía por el enemigo? Qué sentimental te pones, demonios. —El plan es el siguiente –prosiguió como si nada el Jefe– Aaron O’Neill y Rudolph Anderson, nuestros pilotos estrellas, irán a nuestra querida Cuba a sacar un par de fotos para asegurarnos el modo de proceder si el conflicto se dispara. O’Neill estarás en el sector Oeste de la isla, en Pinar del Río y en la Ciudad de La Habana mientras que Anderson se posicionará en la Provincia de Oriente, en el lado Este de la isla, por donde nació Fidel. —¿O’Neill? ¿No te harán falta anteojos, no? –escupió Fruchtman–. Estás viejo Kane. —Será hijo de puta –dije en voz baja, pero asegurando que me escuchara. —¿Te sientes capaz, Aaron? –me preguntó Anderson. —Por supuesto –contesté con seguridad– y después de ésta me retiro. No quiero ver más sus asquerosas caras –dije con socarronería. —Bueno señores, la fecha fijada para esto es el sábado 27 de octubre. Los pasarán a buscar aproximadamente a las 6 a.m. por sus casas. La misión queda catalogada con el nombre “Eagle of Freedom”. Se pueden retirar –finalizó el Jefe. En el estacionamiento de la Agencia me tropecé con Sunset, que estaba esperando a que lo pasen a buscar. Lo miré y no lo pude evitar, muchos años de bronca se descargaron en un fuerte puñetazo a su nariz. Me subí al Delray negro y sin ninguna culpa, solté una carcajada y le dije al chofer: “Hickory Circle Southwest en Vienna” mientras veía como el cretino se limpiaba el hocico con un pañuelo. 7) Traducción al español: “Águila de la Libertad” 8) Citizen Kane” (El Ciudadano) es una película estadounidense de 1941. El personaje principal, Charles Foster Kane es encarnado por Orson Welles, quien también produjo, escribió y dirigió la cinta. 9) La Invasión de Bahía de Cochinos fue una operación militar en la que tropas de cubanos exiliados, entrenados, financiados y dirigidos por la CIA intentaron invadir Cuba en 1961.

La semana se debate entre la razón y la locura en la ciudad. Todos caminan más rápido y piensan aún más lento. Los trenes se superponen y los teorías son leyes. Donde estaba el viejo ciego que agitaba el tarro por monedas hoy se encuentra un tipo que toca la guitarra rústicamente mientras que compite contra él en el anden del frente un anciano con un bandoneón. Nostálgico, desbaratado. Las horas pasan y las vías no ven la luz del sol. Solamente luces artificiales, coloreadas. Colosal invierno, lluvia aturdidora. La señora reza y el chofer lee Nietzsche mientras sobrepasa el límite de velocidad. Los jóvenes nacidos en cunas de oro saborean todavía el champagne de ayer, mientras que otros vomitan los restos de vino en un baño de la estación. Se puede sentir en los huesos, los colectivos tardan una eternidad. "Crecimos tan separados y el destino nos junto en la misma parada" escribe el poeta urbano en su smartphone, vigilado por el chico que le alcanza los pedidos a una anciana que tiene agorafobia en su modesto barrio. Lejanos parecen los sombreros de los aristócratas en la pintura del subte. También lejano parece la perspectiva que tenían de lo que sería el país 100 años en el futuro. Todos se disputan la culpa entre el gobierno, los medios y los empresarios. Déficit de argumentación, citan a internet como fuente válida e irrefutable. Aproximadamente 20 personas llegan tarde al trabajo, y ya sienten el regaño de sus jefes. Miran al shopping más cerca y recuerdan la publicidad. Comparan y ven como la gente sale más infeliz, el nene llora, la señora grita y el marido firma los papeles de divorcio. El picado se suspende y la picada también. Indignación en el sindicato de amigos por el desplante de uno. Lo que no se dieron cuenta es que debía viajar en el atrasado tren, o subte. No sabían muy bien donde vivía. Cristalinas aguas de cloaca, sistema saturado, Venecia en Buenos Aires. Madrid en Rosario, un añorado París en Córdoba. Alaska en Usuahia, James Dean se toma unos mates, Elizabeth Taylor seducía a Brando y Steve McQueen se carteaba el macho, distraído caía en la conclusión de dejar pasar las viejas y conformarse con un solo punto. Los poetas decapitados sonreían la suerte de los filósofos herejes, muertos en combate o en debates. Los viejos gobernantes, la élite se reconfortaba en los libros de historia. Nagasaki e Hiroshima pintan una lagrima en el cielo. Río Cuarto crece con una cicatriz que no se pudo maquillar. La llaga en forma de hongo vuelve a molestar a Harry, el genocida. Los dueños del mundo se dan la mano y vuelven a subirse a la calesita. El transporte no da más, se toma un descanso y otra vez a comenzar. La historia se repite de vuelta. Cíclica y constante. Los nombres cambian, los arboles se cortan y las flores son radioactivas. Leyes de la vida que se creían infalibles se vienen abajo como la dignidad del que además de pasársele el colectivo, le arroja de paso el agua podrida que depositada se encontraba en el bache. Historias de ciudad que son difíciles de relatar, historias de calles que no hay que recordar. Historias para el futuro, cuentos del pasado, fábulas del presente. En Argentina me quisiera quedar, decía mientras el avión hacia algún otro país partía. La cultura de toda una sociedad resumida en eventos catastróficos y estereotipos de Hollywood. Falta envido y 24 de mano, cantar hasta el final. Seguir hasta el final. Cortar a la siguiente escena y seguir con la paranoia de la ciudad, que en la semana se debate entre la razón y la locura.

Se paró en frente de la gran pared y leyó sus inscripciones. Palabras rebosantes de insultos y símbolos fálicos se ciñeron frente a él. Con gran desconsuelo esperó hasta que llegara el colectivo para dirigirse hacia su trabajo. En la parada lo acompañaba una bolsa de plástico con algo que parecía pegamento. La plaza que empezaba en la esquina se encontraba lleno de pibes casi todos lo sábados, pero en este martes en particular no veía a nadie más que un anciano dándole de comer a un par de palomas. La espera se hizo larga mientras leía las modificaciones que se realizaron en el estacionamiento de su laburo y las nuevas políticas de convivencia para los empleados. Los trabajadores que llegasen primeros (los más madrugadores, decía en tono de chiste el inocente informe) debían poner sus autos lo más cercanos posible a las puertas de entrada de la gran empresa. Esto beneficiaba a los laburantes que venían más demorados por diversas razones, problemas de todos los días, como por ejemplo, el reloj despertador no sonó; hubo un piquete y el desvío le costo más de una hora de espera; embotellamientos, muertes y choques; cosas de las sociedades más desarrolladas. El viento frío le pegó fuerte en la cara al extraño que esperaba en la parada. Media hora había transcurrido desde que se dispuso a aguardar la llegada del colectivo. El bondi que tenía que tomar nunca arribaba a tiempo y su estado era cochambroso, aunque el gobernador dijera que son todas nuevas unidades traídas de Europa. El extraño miró su reloj de nuevo, impaciente. Llegaría 5 minutos más tarde y tendría que justificarse otra vez en el derruido y arcaico sistema de transporte público. Los pibes empezaron a copar (de manera inusual) la plaza. El hombre que esperaba el colectivo pensaba la razón por la cual se encontraran en la plaza en un horario tan temprano. Las hostiles miradas recorrían el parque. El extraño pensó que debería llamar a la policía, aunque su explicación sea por "portación de cara". El hombre se alarmó cuando uno de los jóvenes desenfundó un revolver y comprendió de qué se trataba. Eran dos facciones de la barrabrava de un club, el cual el estadio se encontraba a escasas cuadras desde la ubicación en donde se encontraba. Aunque el equipo de fútbol se encontraba en una liga provincial, los egos en la hinchada se sentían y pisaban fuertemente. Todos querían tener el negocio de la reventa de entradas y la distribución de la falopa. Eran unos aficionados, unos aficionados con pistolas humeantes. El extraño se desconcentró un momento, mientras pensaba en los western que el vió con Clint Eastwood y Henry Fonda. En un segundo la plaza se llenó de humos, palos y alaridos. Gritos de guerra surgían desde los arbustos y los árboles. Un loco amenazaba con una llave inglesa apoyándose en el asta donde tendría que haber estado flameando una bandera. Los casquillos llenaban el suelo y los muchachos corrían en busca de refugio. El extraño divisó a un colectivo que venía a lo lejos. Pero al acercarse y oír la violenta balacera dobló justo en la esquina anterior a donde estaba él. Después de una hora, la única oportunidad para evitar que no lo echen del trabajo se había esfumado. Miró a la pared y leyó: "La gloriosa hinchada del Barrio". Con todas sus fuerzas dirigió su mirada hacia la plaza y grito: "¡La puta madre que los pario!". Automáticamente al tiempo que su voz se apagaba, sintió un dolor en la rodilla derecha. Una bala pasó a través de ésta y se encontraba incrustada en el interior de la rodilla. Mientras caía al suelo, en su cara se pintó una sonrisa. Imaginaba una enorme indemnización por invalidez y un nuevo televisor para el comedor. Desde el suelo, mientras se reía se paró un colectivo al lado de él. El chofer con un insólito recelo le preguntó si se encontraba bien. El extraño lo miró fijamente y largó una carcajada mientras levantaba su viejo celular para llamar a una ambulancia.

Para qué esforzarme si después vendrás a contaminar el lugar con tus pensamientos pseudo-intelectuales y tus depresiones de domingo lideradas por tu inestabilidad emocional. Para qué quejarme si sé que no me prestarán atención y vos tenés el poder para echarme de tu casa sin mediar palabra. Para qué seguir trabajando arduamente en lo que me gusta para luego ser despreciado con una simple caricia llena de lástima de algún ser que sin querer pasó por el frente de mi obra. Para qué laburar mucho si con tus (mínimos) esfuerzos llegas a conmover con frases hechas y situaciones personales a cualquiera que vea lo que has hecho. Siempre hablando y colaborando solo y únicamente con tu séquito privado de lameculos, esperando que la gente derrame lágrimas de felicidad al leer la más fina poesía no perteneciente a un mundo terrenal e imperfecto. Quizás no sea el único que piensa la mismo, tal vez allá afuera haya alguien que te odie como yo, que te desprecie, que trató de pegarte y solo lo que consiguió fue lesionarse la mano, llorar profusamente y ver que también sientes empatía... me da asco. Ya no puedo expresarme sin verme reflejado en vos. Capaz que la respuesta sea fácil y solo porque uno no quiere afrontar la verdad, la única salida que encuentra es la invención de trastornos psicológicos en busca de la locura inasequible que acarrea la felicidad eterna apoyada en la ignorancia. Pero lo peor es el sin sentido, la búsqueda de una razón más profunda para luego descubrir que todo lo que pasó fue producto del cruel azar que corona al burro como genio y levanta la mano para impulsarlo y apoyar su obra mediocre, refugio de los traidores. Para qué esforzarme si las rosas que ayer planté se marchitarán mañana, si cuando salgo de mi casa voy a volver más tarde, si cuando ya no esté nadie me recordará. Cadáveres rotos y tonos de felicidad alumbran el resto de mis días. Y así por siempre, hasta el fin. Día - tarde - noche, doctor... vivo en un círculo infinito de sensaciones. Y en la caverna de Platón solté mi ira incontrolable, y traté salir a la luz con todavía la antorcha en la mano. Mi alma resplandecía por cada paso que daba dentro de mi consciencia. Y descubrí que Dios a veces se equivoca, y que el ser que había odiado es el mismo que veo cuando me acerco hacia el agua para lavar mi cara.
Capítulo I — Lo que nosotros proveemos a la persona es una posibilidad de librarse del dolor que posee poniéndole fin a su vida mediante un proceso de una elevada administración de fármacos en sus cuerpos. El paciente puede elegir fotos o videos para mirar en el casco que le proveemos donde se visualizarán, y también podrá escuchar música, mientras se le está realizando el procedimiento, cuya duración también la establece el paciente, aunque lo máximo que puede transcurrir es una hora. — Y usted doctor, ¿Aprueba esta práctica? — Como norma del establecimiento no podemos aconsejar que se realice el procedimiento ni tampoco podemos decirle que no se lo haga. La responsabilidad recae sobre el paciente. Nosotros solo posibilitamos esta oportunidad. — Pero usted, ¿Qué opina sobre el "procedimiento"? — ¿Por qué le interesa tanto mi opinión? — Solo por curiosidad. De repente el joven doctor miró hacia abajo, se cubrió la cara con las manos, se sacó sus anteojos, se levantó de su silla, y caminó velozmente hacia la puerta, la cual abrió bruscamente. — Salga inmediatamente de mi consultorio. — Pero, doctor... — ¡Salga ahora mismo! –lo interrumpió con un grito el doctor Ferro–. ¡Dios! Como odio a los putos periodistas amarillistas. Mientras el periodista abandonaba el consultorio, se dirigía hacia el mismo lugar Lucía, la secretaria del doctor Gustavo Ferro. Antes de que ella le pudiera decir una palabra, el médico le indicó que hablaran mientras caminaban por las habitaciones de la clínica, para que él pueda mover un poco las piernas después de atender en su consultorio a muchas personas que se encontraban con él para averiguar sobre el procedimiento al cual planeaban someterse. — Doctor Ferro, aquí se... — Gustavo, por favor Lucía –interrumpió Ferro–. Trabajás conmigo hace dos años. — Bueno, Gustavo. Aquí se encuentran los pacientes que quieren someterse al procedimiento. — ¿Me los podés resumir? –preguntó el médico mientras miraba cómo se encontraban los pacientes que estaban en los cuartos de la clínica. — Sí, por supuesto. Son 18 los pacientes que completaron la "terapia de consciencia y autoconocimiento" de dos semanas, de los cuales 15 desean someterse a su muerte digna. — ¿15 pacientes? –se sorprendió Ferro–. Esto no puede ser, hay algo que estamos haciendo mal. Esa "terapia de consciencia y autoconocimiento" es una especie de rehabilitación de dos semanas que se les da a los pacientes para que reflexionen acerca su decisión de someterse voluntariamente a que le apliquemos la eutanasia, y perdoname que te corrija, pero es diferente a la muerte digna u ortotanasia, ya que que acá además de tratar con pacientes incurables o cuya enfermedad está transcurriendo su fase terminal, nos ocupamos de aquellos que deseen interrumpir su vida por razones personales. Pero volviendo al tema que hablaba, en la terapia es como que "tratamos" que el paciente no desee que se le aplique este procedimiento, lo persuadimos con el fin que descubra que la vida vale la pena y que sepa apreciar tanto su dulzura como su amargura. Si más de la mitad, bien digo, casi su totalidad desea someterse a la eutanasia después de estas dos semanas, que es lo que viene ocurriendo en estos últimos meses, es señal que nuestras técnicas y métodos no están funcionando o tal vez se han vuelto primitivas y arcaicas, y necesitan ser reformadas o actualizadas. — ¿Debería hablar con el doctor Sabatini? –propuso Lucía. — Sí, tal vez –el doctor se detuvo a pensar por un momento–. Vayamos ahora mismo hacia el espacio de terapia. Los dos fueron hacia el espacio de terapia, llamado oficialmente "Departamento Conscientia" para hablar con el doctor Pablo Sabatini con respecto a las estadísticas consideradas "negativas" por el doctor Ferro. Atravesaron el largo patio de recreación hasta llegar al otro edificio. Cuando pasaron la puerta de entrada se dirigieron al espacio de charla grupal, y al ver que nadie se encontraba ahí, decidieron ir al gran salón de conferencias y exposiciones. Allí vieron que los pacientes miraban un video motivacional hecho por la institución, pero no encontraron tampoco al doctor Sabatini. Ferro pensó que capaz se encontraba en el baño o en el comedor, y decidió que lo buscaría después. Le avisó a Lucía que cuando lo viera, le dijera que le quería hablar, y que vaya directamente hacia su despacho. Dicho esto, el médico fue inmediatamente a su consultorio a realizar los papeles para realizar "el procedimiento" a las 15 personas que lo solicitaron y firmaron ya los contratos para que ésta sea efectiva. Cuando llegó a su oficina, el doctor se sorprendió al ver que se encontraba allí Pablo Sabatini, sentado en una silla con su cabeza entre sus rodillas y sus manos en su nuca. Al escuchar el ruido que hizo la puerta cuando se cerró, Sabatini se paró ante Ferro y le tendió la mano. Luego Ferro le preguntó por qué estaba en su oficina. — Necesito ayuda, un favor. — ¿Qué te pasa Pablo? — Ya sé por qué me fue a buscar. Cada vez más pacientes quieren someterse a que los maten. — "Realizarse el procedimiento", Pablo –lo corrigió Ferro. — No importa qué nombre le des, es solo para la prensa y para los que vienen a consultar. No sé que estoy haciendo mal, pero ya estoy harto, la única persona que confiaba en mí se fue y ya no tengo a nadie que esté conmigo. — Todos aquí te vamos a ayudar, Pablo. Somos tus amigos. — ¡Ni mierda son mis amigos! ¡Los amigos saben cuándo alguien está en problemas! ¡Lo visitan y lo consuelan! ¡Están con él esta el final! ¡Aquí nada más es una relación de trabajo y ya está! ¡No siento nada hacia vos, ni vos sentís nada hacia mi! ¡Solo te agrado porque hacía las cosas bien! ¡Las hacía, pero ahora ya no! — Tranquilizate, bajá la voz... — ¡Ves! –interrumpió con agresividad Sabatini–. ¡Solo querés cuidarte el culo! "Mejor que los pacientes no escuchen a este desequilibrado, o voy a perder mucha guita" –Sabatini parodió la voz de Ferro. — ¡Callate la boca! –le respondió Ferro. — Quiero someterme al procedimiento, Gustavo. Quiero hacerlo ahora. — ¡Estás loco! — Lo quiero hacer ahora –concluyo Sabatini, mientras sacaba de su pantalón una pistola. — ¿Qué hacés? — Ahora. — Bueno, y aunque suene irónico, tenés que hacer la terapia previa a la eutanasia. — Quiero hacerla ahora –dijo Sabatini mientras apuntaba el revólver contra su cabeza–. No te gustaría ni sería bueno para la institución que sucediera esto, ¿No? Imaginate los títulos de los diarios: "Doctor de clínica de eutanasia se suicida al frente del hijo del director" Sería muy dañino para la reputación de la clínica, ¿O no? — Esta bien, lo haremos –concluyó Ferro luego de un largo silencio. Cuando el doctor Ferro se dirigió hacia la puerta para abrirla e irse al cuarto donde se realiza el procedimiento, Sabatini se colocó detrás de él, y apoyó su revólver en la espalda de Ferro disimuladamente, por dentro del bolsillo de su bata. Gustavo se estremeció, aunque no se sorprendió al sentir el arma contra su cuerpo. Juntos, se fueron a la habitación designada para que Ferro le aplique "el procedimiento" al doctor Pablo Sabatini.
Capítulo I Capítulo II Los doctores Ferro y Sabatini se dirigían hacia el cuarto donde se le realizaría el suicidio asistido a este último, cuando de repente se encontraron a Lucía, que regresaba a su puesto de trabajo, al frente del consultorio de Ferro. Gustavo se acercó a ella y le habló en voz baja, aunque lo suficientemente fuerte para que Sabatini lo escuche. — Lucía, por favor, cancelá todos los procedimiento que tenga hoy. Tenemos un trabajo que hacer que requerirá la sala donde se le realizan el proceso a los pacientes –expresó de forma tartamuda Ferro. — Creo que ella nos podría servir –dijo Sabatini–. La señorita Abramowitz te puede ayudar a realizarlo. — ¿De qué estás hablando? –preguntó incómoda Lucía. — Sí, será lo mejor –concluyó Ferro–. Así esto pasa rápido. — Acompáñenos a la "Sala del Buen Morir" para ayudar al doctor Ferro, si es tan amable –la invitó Sabatini de forma agradable. — Está bien –dijo dubitativa Lucía, mientras miraba a Ferro. — Y una pregunta tengo para vos Gustavo, desde hace mucho tiempo... usando nombres que utilizó la prensa para referirse a tu viejo, vos que opinas que es ¿Un ángel liberador o un genocida de moribundos y desequilibrados? — ¿Qué te pasa Pablo? –preguntó Lucía alarmada al doctor Sabatini. — Nada, dejalo –le contestó Ferro con frialdad. — ¿Y, Gustavo? — Creo que es un simple hombre que está tratando de hacer negocios... — ¿Negocio a costa del sufrimiento de otras personas? –interrumpió con otro interrogante Sabatini — ¿Y no es así como se hacen la mayoría de los negocios? ¿A partir de la desesperación y la desesperanza que tienen las personas, tomando ventaja de su baja autoestima impulsada fuertemente por los medios de comunicación mostrando publicidades imposibles que solo ciertas personas dedican toda su existencia a realizar, viendo sus vidas felices y perfectas, su dinero, autos y mujeres por televisión? ¿Ahora es mi padre el único demonio que trae desdicha al mundo, cuando en realidad fue aquel primer hombre esa vez en el origen de todo lo que existe en el momento que pronunció una palabra, dio comienzo a todo el sufrimiento subyacente? No veo que le estés haciendo este berrinche a Platón que hace muchos siglos se pronunció a favor de la muerte de hombres gravemente enfermos con intervención de los médicos porque era perjudicial para la República que trataba de construir. — La posibilidad que brindó tu padre me hizo cometer esta locura –sentenció Sabatini. — Es sumamente irónico, Pablo. — Ya lo sé. Inútil también, tu padre le hizo un gran mal a la sociedad. — Mi padre ha posibilitado al hombre a morir como él quiere, en soledad y con todos sus recuerdos pasando por sus ojos. Desafió al destino y al azar, demostrando que la persona aunque no pidió venir al mundo, es capaz de decidir cuándo se irá. En su decisión, libre y responsable después de las dos semanas de terapia, la persona entonces firmará un contrato donde elije el modo de partir de este mundo deliberadamente. El procedimiento simboliza el gozo de la plena libertad del hombre y de su facultad de destruir todo sufrimiento pasado. — ¡Pura mierda! ¡Una mentira tras otra! Lo que esta institución y todos sus lacayos han hecho es deformar no solo la práctica, sino la misma palabra "eutanasia" cuyo significado epistemológico es "buena muerte". En su lugar, realizaron una deformación del concepto. Lo que ustedes practican es un suicidio asistido produciéndolo aberrantemente en cualquier persona mayor de 21 años. Y como si fuera poco con la alteración de la palabra y la distorsión de su significado, al final la sustituyeron por "el procedimiento" como si decir "eutanasia" o mucho peor "suicidio asistido" fuesen malas palabras para la prensa y para, por supuesto, toda persona en sus cabales. Lo peor de todo es que, desde el principio de esta clínica aprobé "el procedimiento", aunque hice lo máximo que pude para evitar que los pacientes elijan realizarlo. Estos últimos meses no se qué le pasó a los métodos que empleaba, los que elegían matarse iban aumentando y yo traté de aplicar las técnicas de persuasión más fuertes que conocía para que no ocurriera. Llegué al punto de suplicarles, de arrodillarme a sus pies. Pero nada funcionó. Y ahora que el daño está formado, no soy capaz ni de convencerme a mi propia persona de no matarse. — Cobarde, lo elegís porque es más fácil una salida de emergencia que regresar del punto de no retorno y empezar de nuevo –arremetió Ferro contra el angustiado doctor Sabatini. — ¿Qué mierda está pasando? –preguntó Lucía bruscamente, aunque nadie le contestó. Los dos médicos y la secretaria atravesaron la puerta de salida de la clínica para dirigirse a la Sala del Buen Morir, donde se realizaban las eutanasias. Aunque antes tendrían que pasar a través del gran Departamento Conscientia. Los tres recorrieron el patio recreativo y Sabatini percibió las últimas sensaciones que atravesaban sus sentidos y llegaban a su cerebro, miraba plasmado a la pícea europea que se encontraba plantada en el jardín. Fue puesta allí como símbolo del árbol de la vida, en donde los médicos llevan a los pacientes a realizar lectura de libros o exámenes de autoconocimiento. Era el único árbol que la institución tenía, era grande y hermoso. Cuando llegaron a la Sala, Ferro y su secretaría Lucía Abramowitz fueron detrás del espejo de dos vistas, una oficina en la cual monitoriaban a los pacientes que se encontraban en la sala al frente de ellos y les hablaban por un altavoz si era necesario, mientras que Sabatini se sentó en la silla de esa sala y se colocó el casco, mientras sostenía el revólver apuntando hacia delante. Lucía se asustó al ver el arma, pero el doctor Ferro la calmó diciendo que no les haría daño. La situación no presentaba demasiada tensión, por lo que la secretaria pudo idear un plan para evitar aquel suicidio. Le dijo al doctor Ferro que si Sabatini le pide reproducir alguna imagen o video, ellos se abalanzarían hacia él y le sacarían el arma, o que si decide realizarse la eutanasia sin el casco, podría aplicarle la suficiente morfina para desmayarlo, aunque no para matarlo y así prevenir también su muerte e internarlo en algún hospital psiquiátrico. Ferro se negó a realizar cualquier plan para salvarle la vida a Sabatini, y aunque el planteo que realizaba el doctor Pablo Sabatini era infantil y muy probable de detener por diversos modos, Gustavo se rehusó a salvarlo. Entonces, Lucía comprendió que la situación armada por Sabatini no era del nada inocente, sino que Pablo sabía que el doctor Ferro lo haría, y que toda esa provocación anterior era para que Gustavo tome coraje y se decida por matarlo. — ¡Por favor Gustavo, te lo suplico no lo hagas! –le dijo Lucía con lágrimas en los ojos. — Es así, el lo desea –le contestó Ferro con su mirada en la nada, estática. — Gustavo, por favor –insistió Lucía. — Basta, no hay que complicar más el tema. — ¿Cuánto van a tardar? ¡Vamos! –los apuró Sabatini desde la otra sala. — Ya que tenés el casco puesto ¿Querés alguna imagen? –le preguntó Ferro a través del altavoz. — Cuando veníamos estaba pensando que nada más quería un fondo negro, pero como sé la gran cantidad de videos almacenados en esa computadora, quisiera una noche estrellada. Quiero ver las estrellas por última vez. Sin música, gracias. — Ponele lo que quiere, Lucía –ordenó Ferro–. Ya que este procedimiento no va a ser el común, sino uno inédito, el método que se utiliza obligatoriamente es la carta a la familia del paciente difunto y opcionalmente un disco con un VAD (video alta definición) donde el paciente expresa el porqué de su decisión. Supongo que nada de esto se realizará en tu caso –concluyó Ferro mientras le hablaba a Sabatini. — Exacto, es un caso extraoficial, esto no tiene que estar en ninguna parte. — Te vamos a dar un entierro honrado, Pablo. Voy a mover algunos contactos para decir que tu muerte se dio por una sobredosis producida en tu casa. Te sepultaremos en el Cementerio Parque Lomas de Villa Allende, allá cerca al centro de la Ciudad –le propuso Ferro a Sabatini. — Me parece bien, lo de la sobredosis es para cuidarle el culo a la institución, pero lo del cementerio en mi opinión es un buen gesto. Gracias Gustavo, es lo mejor que hiciste por mi en muchos años. Que esto sea rápido, por favor. — Lucía, traé una almohada. En un momento del procedimiento su pistola se caerá y para evitar que ésta se accione, ubica la almohada en una buena posición para que amortigüe la caída. Lucía buscó rápidamente una almohada y la colocó debajo del brazo extendido de Sabatini, como se lo indicó el doctor Ferro. Después fue a la oficina donde junto con Gustavo vieron cómo fallecía el doctor Pablo Sabatini. Lucía, incapaz de ver lo que le sucedía a un colega, se refugió en los brazos del doctor Ferro. En un momento sus miradas se cruzaron, los ojos celestes de él con los marrones de ella. Las manos de Ferro bajaban por la cintura de Lucía mientras sus bocas se unían en un beso de alivio, donde la presión de la muerte se liberó por completo, donde la adversidad del destino premeditado y el papel de jugar como Dios se cruzó con el designio natural de todo ser humano, donde el azar perdió contra el hombre, y la parca se quedó sin trabajo delante de aquellos dos profesionales de la muerte. Las manos de Ferro continuaron bajando por la cadera de su secretaria, donde el anillo ubicado en el dedo anular de la mano derecha del doctor brillaba con una descarada sonrisa maléfica.