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Vayámonos a dormir - Capítulo I (Cuento Propio)

Arte4/28/2014




Capítulo I





— Lo que nosotros proveemos a la persona es una posibilidad de librarse del dolor que posee poniéndole fin a su vida mediante un proceso de una elevada administración de fármacos en sus cuerpos. El paciente puede elegir fotos o videos para mirar en el casco que le proveemos donde se visualizarán, y también podrá escuchar música, mientras se le está realizando el procedimiento, cuya duración también la establece el paciente, aunque lo máximo que puede transcurrir es una hora.
— Y usted doctor, ¿Aprueba esta práctica?
— Como norma del establecimiento no podemos aconsejar que se realice el procedimiento ni tampoco podemos decirle que no se lo haga. La responsabilidad recae sobre el paciente. Nosotros solo posibilitamos esta oportunidad.
— Pero usted, ¿Qué opina sobre el "procedimiento"?
— ¿Por qué le interesa tanto mi opinión?
— Solo por curiosidad.

De repente el joven doctor miró hacia abajo, se cubrió la cara con las manos, se sacó sus anteojos, se levantó de su silla, y caminó velozmente hacia la puerta, la cual abrió bruscamente.

— Salga inmediatamente de mi consultorio.
— Pero, doctor...
— ¡Salga ahora mismo! –lo interrumpió con un grito el doctor Ferro–. ¡Dios! Como odio a los putos periodistas amarillistas.

Mientras el periodista abandonaba el consultorio, se dirigía hacia el mismo lugar Lucía, la secretaria del doctor Gustavo Ferro. Antes de que ella le pudiera decir una palabra, el médico le indicó que hablaran mientras caminaban por las habitaciones de la clínica, para que él pueda mover un poco las piernas después de atender en su consultorio a muchas personas que se encontraban con él para averiguar sobre el procedimiento al cual planeaban someterse.

— Doctor Ferro, aquí se...
— Gustavo, por favor Lucía –interrumpió Ferro–. Trabajás conmigo hace dos años.
— Bueno, Gustavo. Aquí se encuentran los pacientes que quieren someterse al procedimiento.
— ¿Me los podés resumir? –preguntó el médico mientras miraba cómo se encontraban los pacientes que estaban en los cuartos de la clínica.
— Sí, por supuesto. Son 18 los pacientes que completaron la "terapia de consciencia y autoconocimiento" de dos semanas, de los cuales 15 desean someterse a su muerte digna.
— ¿15 pacientes? –se sorprendió Ferro–. Esto no puede ser, hay algo que estamos haciendo mal. Esa "terapia de consciencia y autoconocimiento" es una especie de rehabilitación de dos semanas que se les da a los pacientes para que reflexionen acerca su decisión de someterse voluntariamente a que le apliquemos la eutanasia, y perdoname que te corrija, pero es diferente a la muerte digna u ortotanasia, ya que que acá además de tratar con pacientes incurables o cuya enfermedad está transcurriendo su fase terminal, nos ocupamos de aquellos que deseen interrumpir su vida por razones personales. Pero volviendo al tema que hablaba, en la terapia es como que "tratamos" que el paciente no desee que se le aplique este procedimiento, lo persuadimos con el fin que descubra que la vida vale la pena y que sepa apreciar tanto su dulzura como su amargura. Si más de la mitad, bien digo, casi su totalidad desea someterse a la eutanasia después de estas dos semanas, que es lo que viene ocurriendo en estos últimos meses, es señal que nuestras técnicas y métodos no están funcionando o tal vez se han vuelto primitivas y arcaicas, y necesitan ser reformadas o actualizadas.
— ¿Debería hablar con el doctor Sabatini? –propuso Lucía.
— Sí, tal vez –el doctor se detuvo a pensar por un momento–. Vayamos ahora mismo hacia el espacio de terapia.

Los dos fueron hacia el espacio de terapia, llamado oficialmente "Departamento Conscientia" para hablar con el doctor Pablo Sabatini con respecto a las estadísticas consideradas "negativas" por el doctor Ferro. Atravesaron el largo patio de recreación hasta llegar al otro edificio. Cuando pasaron la puerta de entrada se dirigieron al espacio de charla grupal, y al ver que nadie se encontraba ahí, decidieron ir al gran salón de conferencias y exposiciones. Allí vieron que los pacientes miraban un video motivacional hecho por la institución, pero no encontraron tampoco al doctor Sabatini. Ferro pensó que capaz se encontraba en el baño o en el comedor, y decidió que lo buscaría después. Le avisó a Lucía que cuando lo viera, le dijera que le quería hablar, y que vaya directamente hacia su despacho. Dicho esto, el médico fue inmediatamente a su consultorio a realizar los papeles para realizar "el procedimiento" a las 15 personas que lo solicitaron y firmaron ya los contratos para que ésta sea efectiva.
Cuando llegó a su oficina, el doctor se sorprendió al ver que se encontraba allí Pablo Sabatini, sentado en una silla con su cabeza entre sus rodillas y sus manos en su nuca. Al escuchar el ruido que hizo la puerta cuando se cerró, Sabatini se paró ante Ferro y le tendió la mano. Luego Ferro le preguntó por qué estaba en su oficina.

— Necesito ayuda, un favor.
— ¿Qué te pasa Pablo?
— Ya sé por qué me fue a buscar. Cada vez más pacientes quieren someterse a que los maten.
— "Realizarse el procedimiento", Pablo –lo corrigió Ferro.
— No importa qué nombre le des, es solo para la prensa y para los que vienen a consultar. No sé que estoy haciendo mal, pero ya estoy harto, la única persona que confiaba en mí se fue y ya no tengo a nadie que esté conmigo.
— Todos aquí te vamos a ayudar, Pablo. Somos tus amigos.
— ¡Ni mierda son mis amigos! ¡Los amigos saben cuándo alguien está en problemas! ¡Lo visitan y lo consuelan! ¡Están con él esta el final! ¡Aquí nada más es una relación de trabajo y ya está! ¡No siento nada hacia vos, ni vos sentís nada hacia mi! ¡Solo te agrado porque hacía las cosas bien! ¡Las hacía, pero ahora ya no!
— Tranquilizate, bajá la voz...
— ¡Ves! –interrumpió con agresividad Sabatini–. ¡Solo querés cuidarte el culo! "Mejor que los pacientes no escuchen a este desequilibrado, o voy a perder mucha guita" –Sabatini parodió la voz de Ferro.
— ¡Callate la boca! –le respondió Ferro.
— Quiero someterme al procedimiento, Gustavo. Quiero hacerlo ahora.
— ¡Estás loco!
— Lo quiero hacer ahora –concluyo Sabatini, mientras sacaba de su pantalón una pistola.
— ¿Qué hacés?
— Ahora.
— Bueno, y aunque suene irónico, tenés que hacer la terapia previa a la eutanasia.
— Quiero hacerla ahora –dijo Sabatini mientras apuntaba el revólver contra su cabeza–. No te gustaría ni sería bueno para la institución que sucediera esto, ¿No? Imaginate los títulos de los diarios: "Doctor de clínica de eutanasia se suicida al frente del hijo del director" Sería muy dañino para la reputación de la clínica, ¿O no?
— Esta bien, lo haremos –concluyó Ferro luego de un largo silencio.

Cuando el doctor Ferro se dirigió hacia la puerta para abrirla e irse al cuarto donde se realiza el procedimiento, Sabatini se colocó detrás de él, y apoyó su revólver en la espalda de Ferro disimuladamente, por dentro del bolsillo de su bata. Gustavo se estremeció, aunque no se sorprendió al sentir el arma contra su cuerpo. Juntos, se fueron a la habitación designada para que Ferro le aplique "el procedimiento" al doctor Pablo Sabatini.
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