Para qué esforzarme si después vendrás a contaminar el lugar con tus pensamientos pseudo-intelectuales y tus depresiones de domingo lideradas por tu inestabilidad emocional. Para qué quejarme si sé que no me prestarán atención y vos tenés el poder para echarme de tu casa sin mediar palabra. Para qué seguir trabajando arduamente en lo que me gusta para luego ser despreciado con una simple caricia llena de lástima de algún ser que sin querer pasó por el frente de mi obra. Para qué laburar mucho si con tus (mínimos) esfuerzos llegas a conmover con frases hechas y situaciones personales a cualquiera que vea lo que has hecho. Siempre hablando y colaborando solo y únicamente con tu séquito privado de lameculos, esperando que la gente derrame lágrimas de felicidad al leer la más fina poesía no perteneciente a un mundo terrenal e imperfecto. Quizás no sea el único que piensa la mismo, tal vez allá afuera haya alguien que te odie como yo, que te desprecie, que trató de pegarte y solo lo que consiguió fue lesionarse la mano, llorar profusamente y ver que también sientes empatía... me da asco. Ya no puedo expresarme sin verme reflejado en vos. Capaz que la respuesta sea fácil y solo porque uno no quiere afrontar la verdad, la única salida que encuentra es la invención de trastornos psicológicos en busca de la locura inasequible que acarrea la felicidad eterna apoyada en la ignorancia. Pero lo peor es el sin sentido, la búsqueda de una razón más profunda para luego descubrir que todo lo que pasó fue producto del cruel azar que corona al burro como genio y levanta la mano para impulsarlo y apoyar su obra mediocre, refugio de los traidores. Para qué esforzarme si las rosas que ayer planté se marchitarán mañana, si cuando salgo de mi casa voy a volver más tarde, si cuando ya no esté nadie me recordará. Cadáveres rotos y tonos de felicidad alumbran el resto de mis días. Y así por siempre, hasta el fin.
Día - tarde - noche, doctor... vivo en un círculo infinito de sensaciones.
Y en la caverna de Platón solté mi ira incontrolable, y traté salir a la luz con todavía la antorcha en la mano. Mi alma resplandecía por cada paso que daba dentro de mi consciencia. Y descubrí que Dios a veces se equivoca, y que el ser que había odiado es el mismo que veo cuando me acerco hacia el agua para lavar mi cara.

Día - tarde - noche, doctor... vivo en un círculo infinito de sensaciones.
Y en la caverna de Platón solté mi ira incontrolable, y traté salir a la luz con todavía la antorcha en la mano. Mi alma resplandecía por cada paso que daba dentro de mi consciencia. Y descubrí que Dios a veces se equivoca, y que el ser que había odiado es el mismo que veo cuando me acerco hacia el agua para lavar mi cara.