Capítulo II
Los doctores Ferro y Sabatini se dirigían hacia el cuarto donde se le realizaría el suicidio asistido a este último, cuando de repente se encontraron a Lucía, que regresaba a su puesto de trabajo, al frente del consultorio de Ferro. Gustavo se acercó a ella y le habló en voz baja, aunque lo suficientemente fuerte para que Sabatini lo escuche.
— Lucía, por favor, cancelá todos los procedimiento que tenga hoy. Tenemos un trabajo que hacer que requerirá la sala donde se le realizan el proceso a los pacientes –expresó de forma tartamuda Ferro.
— Creo que ella nos podría servir –dijo Sabatini–. La señorita Abramowitz te puede ayudar a realizarlo.
— ¿De qué estás hablando? –preguntó incómoda Lucía.
— Sí, será lo mejor –concluyó Ferro–. Así esto pasa rápido.
— Acompáñenos a la "Sala del Buen Morir" para ayudar al doctor Ferro, si es tan amable –la invitó Sabatini de forma agradable.
— Está bien –dijo dubitativa Lucía, mientras miraba a Ferro.
— Y una pregunta tengo para vos Gustavo, desde hace mucho tiempo... usando nombres que utilizó la prensa para referirse a tu viejo, vos que opinas que es ¿Un ángel liberador o un genocida de moribundos y desequilibrados?
— ¿Qué te pasa Pablo? –preguntó Lucía alarmada al doctor Sabatini.
— Nada, dejalo –le contestó Ferro con frialdad.
— ¿Y, Gustavo?
— Creo que es un simple hombre que está tratando de hacer negocios...
— ¿Negocio a costa del sufrimiento de otras personas? –interrumpió con otro interrogante Sabatini
— ¿Y no es así como se hacen la mayoría de los negocios? ¿A partir de la desesperación y la desesperanza que tienen las personas, tomando ventaja de su baja autoestima impulsada fuertemente por los medios de comunicación mostrando publicidades imposibles que solo ciertas personas dedican toda su existencia a realizar, viendo sus vidas felices y perfectas, su dinero, autos y mujeres por televisión? ¿Ahora es mi padre el único demonio que trae desdicha al mundo, cuando en realidad fue aquel primer hombre esa vez en el origen de todo lo que existe en el momento que pronunció una palabra, dio comienzo a todo el sufrimiento subyacente? No veo que le estés haciendo este berrinche a Platón que hace muchos siglos se pronunció a favor de la muerte de hombres gravemente enfermos con intervención de los médicos porque era perjudicial para la República que trataba de construir.
— La posibilidad que brindó tu padre me hizo cometer esta locura –sentenció Sabatini.
— Es sumamente irónico, Pablo.
— Ya lo sé. Inútil también, tu padre le hizo un gran mal a la sociedad.
— Mi padre ha posibilitado al hombre a morir como él quiere, en soledad y con todos sus recuerdos pasando por sus ojos. Desafió al destino y al azar, demostrando que la persona aunque no pidió venir al mundo, es capaz de decidir cuándo se irá. En su decisión, libre y responsable después de las dos semanas de terapia, la persona entonces firmará un contrato donde elije el modo de partir de este mundo deliberadamente. El procedimiento simboliza el gozo de la plena libertad del hombre y de su facultad de destruir todo sufrimiento pasado.
— ¡Pura mierda! ¡Una mentira tras otra! Lo que esta institución y todos sus lacayos han hecho es deformar no solo la práctica, sino la misma palabra "eutanasia" cuyo significado epistemológico es "buena muerte". En su lugar, realizaron una deformación del concepto. Lo que ustedes practican es un suicidio asistido produciéndolo aberrantemente en cualquier persona mayor de 21 años. Y como si fuera poco con la alteración de la palabra y la distorsión de su significado, al final la sustituyeron por "el procedimiento" como si decir "eutanasia" o mucho peor "suicidio asistido" fuesen malas palabras para la prensa y para, por supuesto, toda persona en sus cabales. Lo peor de todo es que, desde el principio de esta clínica aprobé "el procedimiento", aunque hice lo máximo que pude para evitar que los pacientes elijan realizarlo. Estos últimos meses no se qué le pasó a los métodos que empleaba, los que elegían matarse iban aumentando y yo traté de aplicar las técnicas de persuasión más fuertes que conocía para que no ocurriera. Llegué al punto de suplicarles, de arrodillarme a sus pies. Pero nada funcionó. Y ahora que el daño está formado, no soy capaz ni de convencerme a mi propia persona de no matarse.
— Cobarde, lo elegís porque es más fácil una salida de emergencia que regresar del punto de no retorno y empezar de nuevo –arremetió Ferro contra el angustiado doctor Sabatini.
— ¿Qué mierda está pasando? –preguntó Lucía bruscamente, aunque nadie le contestó.
Los dos médicos y la secretaria atravesaron la puerta de salida de la clínica para dirigirse a la Sala del Buen Morir, donde se realizaban las eutanasias. Aunque antes tendrían que pasar a través del gran Departamento Conscientia.
Los tres recorrieron el patio recreativo y Sabatini percibió las últimas sensaciones que atravesaban sus sentidos y llegaban a su cerebro, miraba plasmado a la pícea europea que se encontraba plantada en el jardín. Fue puesta allí como símbolo del árbol de la vida, en donde los médicos llevan a los pacientes a realizar lectura de libros o exámenes de autoconocimiento. Era el único árbol que la institución tenía, era grande y hermoso.
Cuando llegaron a la Sala, Ferro y su secretaría Lucía Abramowitz fueron detrás del espejo de dos vistas, una oficina en la cual monitoriaban a los pacientes que se encontraban en la sala al frente de ellos y les hablaban por un altavoz si era necesario, mientras que Sabatini se sentó en la silla de esa sala y se colocó el casco, mientras sostenía el revólver apuntando hacia delante. Lucía se asustó al ver el arma, pero el doctor Ferro la calmó diciendo que no les haría daño. La situación no presentaba demasiada tensión, por lo que la secretaria pudo idear un plan para evitar aquel suicidio. Le dijo al doctor Ferro que si Sabatini le pide reproducir alguna imagen o video, ellos se abalanzarían hacia él y le sacarían el arma, o que si decide realizarse la eutanasia sin el casco, podría aplicarle la suficiente morfina para desmayarlo, aunque no para matarlo y así prevenir también su muerte e internarlo en algún hospital psiquiátrico. Ferro se negó a realizar cualquier plan para salvarle la vida a Sabatini, y aunque el planteo que realizaba el doctor Pablo Sabatini era infantil y muy probable de detener por diversos modos, Gustavo se rehusó a salvarlo. Entonces, Lucía comprendió que la situación armada por Sabatini no era del nada inocente, sino que Pablo sabía que el doctor Ferro lo haría, y que toda esa provocación anterior era para que Gustavo tome coraje y se decida por matarlo.
— ¡Por favor Gustavo, te lo suplico no lo hagas! –le dijo Lucía con lágrimas en los ojos.
— Es así, el lo desea –le contestó Ferro con su mirada en la nada, estática.
— Gustavo, por favor –insistió Lucía.
— Basta, no hay que complicar más el tema.
— ¿Cuánto van a tardar? ¡Vamos! –los apuró Sabatini desde la otra sala.
— Ya que tenés el casco puesto ¿Querés alguna imagen? –le preguntó Ferro a través del altavoz.
— Cuando veníamos estaba pensando que nada más quería un fondo negro, pero como sé la gran cantidad de videos almacenados en esa computadora, quisiera una noche estrellada. Quiero ver las estrellas por última vez. Sin música, gracias.
— Ponele lo que quiere, Lucía –ordenó Ferro–. Ya que este procedimiento no va a ser el común, sino uno inédito, el método que se utiliza obligatoriamente es la carta a la familia del paciente difunto y opcionalmente un disco con un VAD (video alta definición) donde el paciente expresa el porqué de su decisión. Supongo que nada de esto se realizará en tu caso –concluyó Ferro mientras le hablaba a Sabatini.
— Exacto, es un caso extraoficial, esto no tiene que estar en ninguna parte.
— Te vamos a dar un entierro honrado, Pablo. Voy a mover algunos contactos para decir que tu muerte se dio por una sobredosis producida en tu casa. Te sepultaremos en el Cementerio Parque Lomas de Villa Allende, allá cerca al centro de la Ciudad –le propuso Ferro a Sabatini.
— Me parece bien, lo de la sobredosis es para cuidarle el culo a la institución, pero lo del cementerio en mi opinión es un buen gesto. Gracias Gustavo, es lo mejor que hiciste por mi en muchos años. Que esto sea rápido, por favor.
— Lucía, traé una almohada. En un momento del procedimiento su pistola se caerá y para evitar que ésta se accione, ubica la almohada en una buena posición para que amortigüe la caída.
Lucía buscó rápidamente una almohada y la colocó debajo del brazo extendido de Sabatini, como se lo indicó el doctor Ferro. Después fue a la oficina donde junto con Gustavo vieron cómo fallecía el doctor Pablo Sabatini. Lucía, incapaz de ver lo que le sucedía a un colega, se refugió en los brazos del doctor Ferro. En un momento sus miradas se cruzaron, los ojos celestes de él con los marrones de ella. Las manos de Ferro bajaban por la cintura de Lucía mientras sus bocas se unían en un beso de alivio, donde la presión de la muerte se liberó por completo, donde la adversidad del destino premeditado y el papel de jugar como Dios se cruzó con el designio natural de todo ser humano, donde el azar perdió contra el hombre, y la parca se quedó sin trabajo delante de aquellos dos profesionales de la muerte. Las manos de Ferro continuaron bajando por la cadera de su secretaria, donde el anillo ubicado en el dedo anular de la mano derecha del doctor brillaba con una descarada sonrisa maléfica.