Se paró en frente de la gran pared y leyó sus inscripciones. Palabras rebosantes de insultos y símbolos fálicos se ciñeron frente a él. Con gran desconsuelo esperó hasta que llegara el colectivo para dirigirse hacia su trabajo. En la parada lo acompañaba una bolsa de plástico con algo que parecía pegamento. La plaza que empezaba en la esquina se encontraba lleno de pibes casi todos lo sábados, pero en este martes en particular no veía a nadie más que un anciano dándole de comer a un par de palomas. La espera se hizo larga mientras leía las modificaciones que se realizaron en el estacionamiento de su laburo y las nuevas políticas de convivencia para los empleados. Los trabajadores que llegasen primeros (los más madrugadores, decía en tono de chiste el inocente informe) debían poner sus autos lo más cercanos posible a las puertas de entrada de la gran empresa. Esto beneficiaba a los laburantes que venían más demorados por diversas razones, problemas de todos los días, como por ejemplo, el reloj despertador no sonó; hubo un piquete y el desvío le costo más de una hora de espera; embotellamientos, muertes y choques; cosas de las sociedades más desarrolladas. El viento frío le pegó fuerte en la cara al extraño que esperaba en la parada. Media hora había transcurrido desde que se dispuso a aguardar la llegada del colectivo. El bondi que tenía que tomar nunca arribaba a tiempo y su estado era cochambroso, aunque el gobernador dijera que son todas nuevas unidades traídas de Europa. El extraño miró su reloj de nuevo, impaciente. Llegaría 5 minutos más tarde y tendría que justificarse otra vez en el derruido y arcaico sistema de transporte público.
Los pibes empezaron a copar (de manera inusual) la plaza. El hombre que esperaba el colectivo pensaba la razón por la cual se encontraran en la plaza en un horario tan temprano. Las hostiles miradas recorrían el parque. El extraño pensó que debería llamar a la policía, aunque su explicación sea por "portación de cara". El hombre se alarmó cuando uno de los jóvenes desenfundó un revolver y comprendió de qué se trataba. Eran dos facciones de la barrabrava de un club, el cual el estadio se encontraba a escasas cuadras desde la ubicación en donde se encontraba. Aunque el equipo de fútbol se encontraba en una liga provincial, los egos en la hinchada se sentían y pisaban fuertemente. Todos querían tener el negocio de la reventa de entradas y la distribución de la falopa. Eran unos aficionados, unos aficionados con pistolas humeantes. El extraño se desconcentró un momento, mientras pensaba en los western que el vió con Clint Eastwood y Henry Fonda.
En un segundo la plaza se llenó de humos, palos y alaridos. Gritos de guerra surgían desde los arbustos y los árboles. Un loco amenazaba con una llave inglesa apoyándose en el asta donde tendría que haber estado flameando una bandera. Los casquillos llenaban el suelo y los muchachos corrían en busca de refugio.
El extraño divisó a un colectivo que venía a lo lejos. Pero al acercarse y oír la violenta balacera dobló justo en la esquina anterior a donde estaba él. Después de una hora, la única oportunidad para evitar que no lo echen del trabajo se había esfumado. Miró a la pared y leyó: "La gloriosa hinchada del Barrio". Con todas sus fuerzas dirigió su mirada hacia la plaza y grito: "¡La puta madre que los pario!". Automáticamente al tiempo que su voz se apagaba, sintió un dolor en la rodilla derecha. Una bala pasó a través de ésta y se encontraba incrustada en el interior de la rodilla. Mientras caía al suelo, en su cara se pintó una sonrisa. Imaginaba una enorme indemnización por invalidez y un nuevo televisor para el comedor.
Desde el suelo, mientras se reía se paró un colectivo al lado de él. El chofer con un insólito recelo le preguntó si se encontraba bien. El extraño lo miró fijamente y largó una carcajada mientras levantaba su viejo celular para llamar a una ambulancia.

Los pibes empezaron a copar (de manera inusual) la plaza. El hombre que esperaba el colectivo pensaba la razón por la cual se encontraran en la plaza en un horario tan temprano. Las hostiles miradas recorrían el parque. El extraño pensó que debería llamar a la policía, aunque su explicación sea por "portación de cara". El hombre se alarmó cuando uno de los jóvenes desenfundó un revolver y comprendió de qué se trataba. Eran dos facciones de la barrabrava de un club, el cual el estadio se encontraba a escasas cuadras desde la ubicación en donde se encontraba. Aunque el equipo de fútbol se encontraba en una liga provincial, los egos en la hinchada se sentían y pisaban fuertemente. Todos querían tener el negocio de la reventa de entradas y la distribución de la falopa. Eran unos aficionados, unos aficionados con pistolas humeantes. El extraño se desconcentró un momento, mientras pensaba en los western que el vió con Clint Eastwood y Henry Fonda.
En un segundo la plaza se llenó de humos, palos y alaridos. Gritos de guerra surgían desde los arbustos y los árboles. Un loco amenazaba con una llave inglesa apoyándose en el asta donde tendría que haber estado flameando una bandera. Los casquillos llenaban el suelo y los muchachos corrían en busca de refugio.

El extraño divisó a un colectivo que venía a lo lejos. Pero al acercarse y oír la violenta balacera dobló justo en la esquina anterior a donde estaba él. Después de una hora, la única oportunidad para evitar que no lo echen del trabajo se había esfumado. Miró a la pared y leyó: "La gloriosa hinchada del Barrio". Con todas sus fuerzas dirigió su mirada hacia la plaza y grito: "¡La puta madre que los pario!". Automáticamente al tiempo que su voz se apagaba, sintió un dolor en la rodilla derecha. Una bala pasó a través de ésta y se encontraba incrustada en el interior de la rodilla. Mientras caía al suelo, en su cara se pintó una sonrisa. Imaginaba una enorme indemnización por invalidez y un nuevo televisor para el comedor.

Desde el suelo, mientras se reía se paró un colectivo al lado de él. El chofer con un insólito recelo le preguntó si se encontraba bien. El extraño lo miró fijamente y largó una carcajada mientras levantaba su viejo celular para llamar a una ambulancia.