vitocho11
Usuario (Perú)
link: https://www.youtube.com/watch?v=ELKbtFljucQ El vaso con pisco no tenía mucho hielo se volvió denso como la sangre una pareja de cubos nadaban en la superficie rompí su armonía con una uña rompí los mares y el orden del caos para no verlos acercarse en un naufragio de siete centímetros de diámetro esa noche Tartini sacó un violín debajo de su tul y bailamos hasta que una sombra me dijo debes volver pegué la mirada sobre la pared blanca de ese hotel perdido en medio de la carretera la chica aún dormía nuestros sueños se maceraban a las dos de la mañana debajo de su almohada ella es una ilusión formada de carne, huesos y polvo ella no era de ningún lugar y de todos a la vez cuando la conocí después de beber dos cafés y preguntarle por la belleza de sus ojos ella dormía y no quedaban botellas de pisco o colillas mal apagadas para nuestra soledad.
EL TROMPO I Sobre el cerro San Cristóbal la neblina había puesto una capota sucia que cubría la cruz de hierro. Una garúa de calabobos se cernía entre los árboles lavando las hojas, transformándose en un fango ligero y descendiendo hasta la tierra que acentuaba su color pardo. Las estatuas desnudas de la Alameda de los Descalzos se chorreaban con el barro formado por la lluvia y el polvo acumulado en cada escorzo. Un policía, cubierto con su capote azul de vueltas rojas, daba unos pasos aburridos entre las bancas desiertas, sin una sola pareja, dejando la estela fumosa de su cigarro. Al fondo, en el convento de los frailes franciscanos se estremecía la débil campanita como un son triste.. En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automóviles, los tranvías, las carretillas repartidoras de cervezas y sodas, los "colectivos", se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los ruidos parecían lejanos. A veces surgía la estridencia característica de los neumáticos rodando sobre el asfalto húmedo y sonoro y surgía también solitario y escuálido, el silbido vagabundo del transeúnte invisible. Esta tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y huachafo que, hace muchos años, cantaban los currutacos de las tiorbas: ¡La tarde era triste, la nieve caía!... Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos, a su lado el cholo Feliciano Mayta. Chupitos era un zambito de diez años, con ojos vivísimos sombreados por largas pestañas y una jeta burlona que siempre fruncía con estrepitoso sorbo. Chupitos le llamaron desde que un día, hacía un año más o menos, sus amigos le encontraron en la puerta de la botica de San Lázaro pidiendo: -¡Despáchabame esta receta!... Uno de los ganchos, Glicerio Carmona, le preguntó: -¿Quién está enfermo en tu casa? -Nadies...Soy yo que me ha salido unos chupitos... Y con "Chupitos" quedó bautizado el mocoso que ahora iba con Feliciano, Glicerio, el bizco Nicasio, Faustino Zapata, pendencieros de la misma edad que vendían suertes o pregonaban crímenes, ávidamente leídos en los diarios que ofrecían. Cerraba la marcha Ricardo, el famoso Ricardo que, cada vez que entraba a un cafetín japonés a comprar un alfajor o un comeycalla, salía, nadie sabía cómo, con dulces o bizcochos para todos los feligreses de la tira: -¡Pestaña que tiene uno, compadre! Gran pestaña, famosa pestaña que un día le falló, desgraciadamente, como siempre falla, y que costó una noche íntegra en la comisaría de donde salió con el orgullo inmenso de quien tiene la experiencia carcelera que él sintetizaba en una frase aprendida de una crónica policial: -Yo soy un avesado en la senda del crimen... El grupo iba en silencio. El día anterior, Chupitos había perdido su trompo, jugando a la "cocina" con Glicerio Carmona, ese juego infame y taimado, sin gallardía de destreza, sin arrogancia de fuerza. Un juego que consiste en ir empujando el trompo contrario hasta meterlo dentro de un círculo, en la "cocina", en donde el perdidoso tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habilidad rastrera de saberlo empujar. No era ese un juego de hombres. Chupitos y los otros sabían bien que los trompos, como todo en la vida, deben pelearse a tajos y a quiñes, con el puñal franco de las púas sin la mujeril arteria del evangelio. El pleíto tenía siempre que ser definitivo, con un triunfador y un derrotado, sin prisionero posible para el orgullo de los mulatos palomillas. Y, naturalmente, Chupitos andaba medio tibio por haber perdido su trompo. Le había costado veinte centavos y era de naranjo. Con esa ciencia sutil y maravillosa, que sólo poseen los iniciados, el muchacho había acicalado su trompo así como su padre acicalaba sus ajisecos y sus giros, sus cenizos y sus carmelos, todos esos gallos que eran su mayor y su más alto orgullo. Así como a los gallos se les corta la cresta para que el enemigo no pueda prenderse y patear a su antojo, así Chupitos le cortó la cabeza al trompo, una especie de perrilla que no servía para nada; lo fue puliendo, nivelando y dándole cera para hacerlo más resbaladizo y le cambió la innoble púa de garbanzo, una púa roma y cobarde, por la púa de clavo afilada y brillante como una de las navajas que su padre amarraba a las estacas de sus pollos peleadores. Aquel trompo había sido su orgullo. Certero en la chuzada, Chupitos nunca quedó el último y, por consiguiente, jamás ordenó cocina, ese juego zafio de empellones. ¡Eso nunca! Con los trompos se juega a los quiñes, a rajar al chantado y sacarle hasta la contumelia que en, en lengua faraona, viene a ser algo así como la vida. ¡Cuántas veces su trompo, disparado con su fuerza infantil, había partido en dos al otro que enseñaba sus entrañas compactas de madera, la contumelia destrozada! Y cómo se ufanaba entonces de su hazaña con una media sonrisa pero sin permitirse jamás la risotada burlona que habría humillado al perdedor: -Los hombres cuando ganan, ganan. Y ya está. Nunca se permitió una burla. Apenas la burla presuntuosa que delataba el orgullo de su sabiduría en el juego y, como la cosa más natural del mundo, volver a chuzar para que otro trompo se chantase y rajarlo en dos con la infalibilidad de su certeza. Sólo que el día anterior, sin que él se lo pudiese explicar hasta este instante, cayó detrás de Carmona. ¡Cosas de la vida! Lo cierto es que tuvo que chantarse y el otro, sin poder disimular su codicia, ordenó rápidamente por las ganas que tenía de quedarse con el trompo hazañudo de Chupitos: -¡Cocina! Se atolondró la protesta del zambito: -¡Yo no juego a la cocina! Si quieres a los quiñes... La rebelión de Chupitos causó un estupor inenarrable en el grupo de los palomillas. ¿Desde cuándo un chantado se atrevía a discutir al prima? El gran Ricardo murmuró con la cabeza baja mientras enhuracaba su trompo: -Tú sabes, Chupitos, que el que manda, manda, así es la ley... Chupitos, claro está, ignoraba que la ley no es siempre la justicia y viendo la desaprobación de la tira de sus amigotes, no tuvo más remedio que arrojar su trompo al suelo y esperar, arrimado a la pared con la huaraca enrollada en la mano, que hicieran con su juguete lo que les daba la gana. ¡Ah, de fijo que le iban a quitar su trompo!... Todos aquellos compadres sabían lo suficiente para no quemarse ni errar un solo tiro y el arma de su orgullo iría a parar al fin en la cocina odiosa, en esa cocina que la avaricia y la cobardía de Glicerio Carmona había ordenado para apoderarse del trozo de naranjo torneado, en que el zambito fincaba su viril complacencia de su fuerza, Y, sin decirlo naturalmente, sin pronunciar las palabras en alta voz, Chupitos insultó espantosamente a Carmona pensando: -¡Chontano tenía que ser! Los golpes se fueron sucediendo y sucediendo hasta que, al fin, el grito de júbilo de Glicerio anunció el final del juego: -¡Lo gané! Sí, ya era suyo y no había poder humano que se lo arrebatase. Suyo, pero muy suyo, sin apelación posible, por la pericia mañosa de su juego. Y todos los amigos le envidiaban el trompo que Carmona mostraba en la mano exclamando: -Ya no juego más... II ¡Pero qué mala pata, Chupitos! Desde chiquito la cosa había sido de una pata espantosa. El día que nació, por ejemplo, en el Callejón de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una vecina dejó sobre un trapo la plancha ardiente, encima de la tabla de planchar, y el trapo y la tabla se encendieron y el fuego se extendió por las paredes empapeladas con carátulas de revistas. Total: casi se quema el callejón. La madre tuvo que salir en brazos del marido y una hermana de éste alzó al chiquillo de la cuna. A poco, los padres tuvieron que entregarlo a una vecina para que lo lactara, no fuera que el susto de la madre se la pasara al muchacho. Luego fue creciendo en un ambiente "sumamente peleador", como decía él, para explicar esa su pasión por las trompeaduras. ¿Que sucedía? Que su madre, zamba engreída, había salido un poco volantusa, según la severa y acaso exagerada opinión de la hermana del marido, porque volantusería era, al fin y al cabo, eso de demorarse dos horas en la plaza del mercado y llegar a la casa, a los dos cuartos del callejón humilde, toda sofocada y preguntando por el marido: -¿Ya llegó Demetrio? Hasta que un día se armó la de Dios es Cristo y mueran los moros y vivan los cristianos. Chupitos tenía siete años y se acordaba de todo. Sucedió que un día su mamá llegó con una oreja muy colorada y el revuelto pelo mal arreglado. El marido hizo la clásica pregunta: -¿A dónde has estado?... La comida está fría y yo... ¡espera que te espera! A ver, vamos a ver... Y, torpemente, sin poder urdir la mentira tan clásica como la pregunta, la zamba había respondido rabiosamente: -¡Caramba! Ni que fuera una criminal... Arguyó la impaciencia contenida del marido: -Yo no digo que tú eres una criminal. Lo que quiero es saber adónde has estado. Nada más. -En la esquina. -¿En la esquina? ¿Y qué hacías en la esquina? -Estaba con Juana Rosa... Y dando una media vuelta que hizo revolar la falda, se fue a avivar los tizones y recalentar la carapulcra. La comida fue en silencio. Chupitos no se atrevía a levantar las narices del plato y el padre apuraba, uno tras otro, largos vasos de vino. Al terminar, el zambo se lió la bufanda al cuello, se terció la gorra sobre una oreja, y, encendiendo un cigarrillo, salió dando un portazo. La mujer no dijo ni chus ni mus. Vio salir al marido y adivinó a dónde iba: ¡a hablar con Juana Rosa! Y entonces, sin reflexionar en la locura que iba a cometer, se envolvió en el pañolón, ató en una frazada unas cuantas ropas y salió también de estampida dejando al pobre Chupitos que, de puro susto, se tragaba unas lágrimas que le desbordaban los ojazos ingenuos sin saber el porqué. A medianoche regresó el marido con toda la ira del engaño avivada por el alcohol; abrió la puerta de una patada y rabió la llamada: -¡Aurora! Le respondió el llanto del hijo: -Se fue, papacito... El zambo entonces guardó con lentitud el objeto de peligro que le brillaba en la mano y murmuró con voz opaco: -Ah, se fue, ¿no?... Si tenía la conciencia más negra que su cara... ¡Con Juana Rosa!...¡Yo le voy a dar Juana Rosa!... Su hermana había tenido razón: Aurora fue siempre una volantusa... No había nada qué hacer. Es decir, sí, sí había qué hacer: romperle la cara, marcarla duro y hondo para que se acordara siempre de su tamaña ofensa. Allá, en la esquina, se lo habían contado todo y ya sabía lo que mejor hubiese ignorado siempre: esa oreja enrojecida, ese pelo revuelto, era el resultado de la rabia del amante que la zamaqueó rudamente por sabe Dios, o el diablo, qué discusión sin verguenza... Ah, no sólo había habido engaño sino que, además, había otro hombre que también se creía con derecho de asentarle la mano... No, eso no: los dos tenían que saber quién era Demetrio Velásquez... ¡Claro que lo iban a saber! Y lo supieron. Sólo que, después, Demetrio estuvo preso quince días por la paliza que propinó a los mendaces y quien, en buena cuenta pagó el pato el pobre Chupitos que se quedó si madre y con el padre preso, mal consolado por la hospitalidad de la tía, la hermana de Demetrio, que todo el día no hacía sino hablar de Aurora. -Zamba más sinverguenza... ¡Jesús! Cuando el padre volvió de la prisión el chiquillo le preguntó llorando: -¿Y mi mamá? El zambo arrugó sin piedad la frente: -¡Se murió!... Y... ¡no llores! El muchacho lo miró asombrado, sin entender, sin querer entender, con una pena y con un estupor que le dolían malamente en su alma huérfana. Luego se atrevió: -¿De veras? Tardó unos instantes el padre en responder. Luego, bajando la cabeza y apretándose las manos, murmuró sordamente: -De veras. Mujeres con quiñes, como si fueran trompos... ¡Ni de vainas! III Fue la primera lección que aprendió Chupitos en su vida: mujeres con quiñes, como si fueran trompos, ¡ni de vainas! Luego los trompos tampoco debían tener quiñes...No, nada de lo que un hombre posee, mujer o trompo -juguetes- podía estar maculado por nadie ni por nada. Que si el hombre pone toda su complacencia y todo su orgullo en la compañera o en juego, nada ni nadie puede ganarle la mano. Así es la cosa y no puede ser de otra guisa. Esa es la dura ley de los hombres y la justicia dura de la vida. Y no lo olvidó nunca. Tres años pasaron desde que el muchacho se quedara sin madre y, en esos tres años, sin más compañía que el padre, se fue haciendo hombre, es decir, fue aprendiendo a luchar solo, a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin ayuda de nadie, sólo por la sutileza de su ingenio criollo o por la pujanza viril de sus puños palomillas, En las tientas de gallos, mientras sostenía al chuzo desplumado que servía de señuelo a los gallos que su padre adiestraba, aprendió ese arte peligroso de saber pelear, de agredir sin peligro y de pegar siempre primero. Ahora tenía que resolver la dura cuestión que le planteaba la codicia del cholo Carmona: ¡había perdido su trompo! Y aquella misma tarde de la derrota regresó a su casa para pedir a su padre después de la comida: -Papá, regáleme treinta centavos, ¿quiere? -¿Treinta centavos? Come tu ajiaco y cállate la boca, El muchacho insistió levantando las cejas para exagerar su pena: -Es que me ganaron mi trompo y tengo que comprarme otro. -¿Y para qué te lo dejaste ganar? -¿Y qué iba a hacer? La lógica paterna: -No dejártelo ganar... Chupitos explicaba alzando más las cejas: -Fue Carmona, papá, que mandó cocina y como tuve que chantarme... Déme los treinta chuyos, ¿quiere?... En la expresión y en la voz del muchacho el padre advirtió algo inusitado, una emoción que se mezclaba con la tristeza de una virilidad humillada y con la rabia apremiante de una venganza por cumplir. Y, casi sin pensarlo, se metió la mano en el bolsillo y sacó los tres reales pedidos: -Cuidado con que te ganen otro. El muchacho no respondió. Después de echar la cantidad inmensa de azúcar en la taza de té, bebió resoplando. -¡Caray con el muchacho! ¡Te vas a sancochar el hocico! rezongó la tía El zambito, sin responder, bebía y bebía, resopló al terminar, se limpió los belfos con el dorso de la mano y salió corriendo: -¿A dónde vas? -¡A la chingana de la esquina! Llegó acezando a la pulpería en donde el chino despachaba impasible a la luz amarilla del candil de kerosene: -Oye, dame ese trompo! Y señalaba uno, más chico que el anterior, también de naranjo, con su petulante cabecita y su vergonzante púa de garbanzo. Pagó veinte centavos y compró un pedazo de lija con qué pulir el arma que le recuperase al día siguiente el trompo que fue su orgullo y la envidia de toda la tira del barrio. Por la mañana se levantó temprano y temprano fue al corral. Allí escogió un claro y comenzó toda la larga operación de transformar el pacífico juguete en un arma de combate. Le quitó la púa roma y con el serrucho más fino que su padre empleaba para cortar los espolones de sus gallos, le cortó la cabeza inútil. Luego con la lija, pulió el lomo y fue desbastando el contorno para hacerlo invulnerable. Dos horas estuvo afilando el clavo para hacer la púa de pelea, como las navajas de los gallos, y le robó un cabito de vela para encerarlo. Terminada la operación, enrolló el trompo con la huaraca, la fina cuerda bien manoseada, escupió una babita y lo lanzó con fuerza en el centro de la señal. Y al levantarlo, girando como una sedita, sin una sola vibración, vio con orgullo cómo la púa de clavo le hacía sangrar la palma rosada de su mano morena: -¡Ya está! ¡Ahora va a ver ese cholo currupantioso! IV La tarde era triste, la nieve caía!... En Lima, gracias a Dios, no hay nieve que caiga ni caído nunca. Apenas esa garúa finita de calabobos, como dije al principio de este relato, chorreando su fanguito de las hojas de los árboles, morenizando el mármol de las estatuas que ornan la Alameda de los Descalzos. Allá iban los amigotes del barrio a chuzar esa partida en que Chupitos había puesto todo su orgullo y su angustiada esperanza: -¿Se lo ganaré a Carmona?... Al principio, cuando Mayta, por sugerencia del zambito, propuso la pelea de los trompos, el propio Chupitos opinó que en esa tarde, con tanta lluvia y tanto barro, no se podría jugar. Y como lo presumió, Carmona tuvo la mezquindad de burlarse: -Lo que tienes es miedo de que te quite otro trompo. -¿Yo miento? No seas... -Entonces, ¿vamos? -Al tirito. Y fueron al camino que conduce a la Pampa de Amancaes que todavía tiene, felizmente, tierra que juegan los palomillas. Carmona se apresuró a escupir la babita alrededor de la cual todos formaron un círculo. Mayta disparó primero, luego Ricardo, después Faustino Zapata. Carmona midió la distancia con la piola, adelantó el pie derecho, enhuaracó con calma y disparó. Sólo que fue carrera de caballo y parada de borrico porque cayó el último. Chupitos disparó a su vez, inexplicablemente para él, su púa se hincó detrás de la marca de Ricardo quien resultó prima. Desgraciadamente, así, en público, el muchacho no pudo sugerirle que mandase la cocina con que habría recuperado su trompo y Ricardo mandó: -¡Quiñes! El trompo que ahora tenía Carmona, el trompo que antes había sido de Chupitos, se chantó ignominiosamente: ¡en sus manos jamás se habría chantado! Y allí estaba estúpido e inerte, esperando que las púas de los otros trompos se cebaran en su noble madera de naranjo. Y los golpes fueron llegando: Mayta le sacó una lonja y Faustino le hizo los quiñes de emparada. Hasta que al fin le llegó el turno a Chupitos. ¿Qué podría hacer? ¡Los trompos con quiñes, como la mujeres, ni de vainas!... Nunca sería el suyo ese trompo malamente estropeado ahora por la ley del juego que tanto se parece a la ley de la vida... Lenta, parsimoniosamente, Chupitos comenzó a enhuaracar su trompo para poner fin a esa vergüenza. Ajustó ahora la piola y pasó poo la púa el pulgar y el índice mojados en saliva; midió la distancia, alzó el bracito y disparó con toda su alma. Una sola exclamación admirativa se escuchó: -¡Lo rajaste! Chupitos ni siquiera miró el trompo rajado: se alzó de hombros y abandonando junto al viejo el trompo nuevo, se metió las manos en los bolsillos y dio la espalda a la tira murmurando: -Ya lo sabía... Y se fue. Los muchachos no se explicaban por qué los dos trompos allí, tirados, ni por qué se iba pegadito a la pared. De pronto se detuvo. Sus amigos que lo miraban marchar con la cabecita gacha, pensaron que iba a volver, pero Chupitos sacó del bolsillo el resto del clavo que lesirviera para hacer la segunda púa de combate, y arañando la pared, volvió a emprender su marcha hasta que se perdió, solo, triste e inútilmente vencedor; tras la esquina esa en que, a la hora de la tertulia, tanto había ponderado al viejo trompo partido ahora por su mano: -¡Más legal, te digo!...¡De naranjo purito!
link: https://www.youtube.com/watch?v=-uJ61jgFCMM Ella, no hablaba mi idioma era un error semántico y semiológico hasta que la besé y miles de años de guerras y evolución nos acercaron un poco entre estos continentes nuestras lenguas peleaban como dos animales puros y salvajes que buscan en el campo un lugar donde dormir y nuestras bocas durmieron sobre nosotros y sobre todos los que nos veían por las avenidas caminar sin rumbo cogidos de la mano como una película tonta de Hollywood fuimos reales sobre la mentira del universo una tarde ella lloró y me gritó desnuda, con el clítoris aún hinchado no puedo amarte no puedo imaginar un caos contigo entonces ella me dejó con el sabor del malecón a las cinco de la tarde y el olor al café mezclado con su desnudez no la volví a ver ayer recibí una postal de un lugar con mucha nieve y personas hermosas de ojos transparentes no era mi lugar mi lugar siempre fue el desorden y la intermitencia de espacios imperpetuos y alcohólicos sin historias que te piden una limosna cuando la luz se vuelve ámbar ella no hablaba mi idioma pero nos comprendíamos lentamente mientras la ciudad ardía fuera de mi cuarto y le contaba que no tenía una historia sin final feliz y nada sin ella.
link: https://www.youtube.com/watch?v=5alA8gpxQmE Yo fui Una mancha más en una sábana sin patria dentro de una casa color naranja ella me dejaba entrar cada media noche durante el verano un día tomó un vuelo nórdico me dio un chocolate y una dirección dijo debo buscar un invierno lejos de Lima antes que la casa se vuelva un edificio lleno de nichos de cuarenta metros cuadrados y el avión partió sin las golondrinas de Bécquer ni nada parecido a un volverán metí la cabeza a un taxi mientras las avenidas pasaban en el espejo retrovisor ahora regresé donde quedaba esa casa color naranja y las tumbas se iluminan esta medianoche que no puedo entrar a la casa que se llevaron los camiones ni a nada parecido a la sábana manchadas ni al olor extemporáneo de su piel.
link: https://www.youtube.com/watch?v=DDkCEAFJegs Niño, me dijo y tenía seis años menos que yo niño, con esos ojos tan oscuros puedes incendiar la Roma que tengo debajo de esta falda de diseñador pobre chica su naufragio salió en las noticias de las ocho mientras untaba mermelada sobre sus muslos luego la dejé correr liebre una cajetilla de cigarrillos no la detendrán ni mis palabras si le digo que la necesito para untar las siguientes mañanas de mermelada o lubricante huye pequeña liebre, pequeña pendeja y no me reclames si vuelves por la noche con el vestido roto porque nadie encontró Roma en tu corazón de tuercas solo puedo regalarte un beso cáustico mientras lloras y el nosotros se volverá metálico y llenos de engranajes para funcionar cada mañana que no te pueda incendiar.
link: https://www.youtube.com/watch?v=wd1-HM234DE Ella lloró debajo de un árbol calcinado hundió el rostro sobre las cenizas masticó terrones de tierra su vestido azul se degradó en un ligero blues de dos compases que su piel interpretaba qué difícil poder soportar el rastro cada vez que siento su perfume por las calles en otra mujer yo le advertí que los trozos que fue dejando en cada espacio que habíamos creado los perdería por siempre me dio un juego de estampitas y los coció junto al último beso en mi pecho no, me dijo no importa si te dejo rastros míos porque tengo más tuyos en mis maletas para el invierno que voy a perseguir los dejaré secar para quitarles el alcohol y los tendré junto a mi pecera entonces comprendí que sería su trofeo ahora, un rastro de ella ha vuelto con la fragancia de una chica no me apuro en desnudarla quiero olerla, imaginar que pudo ser ella aunque ella esté sucumbiendo en un espacio que no hemos creado.
link: https://www.youtube.com/watch?v=dKafrXoViuM Lima está cubierta de las cenizas de los cremados en setiembre. Por eso tenemos el cielo tan opaco y a los policías tan corruptos. Cada uno recuerda a su muerto en verano, en el bus, en el metropolitano, en cada esquina que nos cruzamos con cientos de extraños. Eso es lo bueno en una ciudad tan grande. Uno puede perderse entre los transeúntes, sufrir con el chillido de las combies y los ambulantes, sentarse al fondo o viajar apretado con temor a que te roben la billetera, pero esto es lo que tenemos los limeños, cenizas de muertos y buses como cajones mortuorios listos para avanzar hacia nuestro siguiente destino. Entonces despierto, miro en el espejo mi rostro con barba de dos días, abro la ventana para ver la ciudad neblinosa avanzar sobre el zanjón. Me visto apresurado dudando si es más rápido manejar el auto o tomar el metropolitano. Por una extraña disociación terminó por tomar el auto y la avenida Javier Prado me recibe entre sus venas como una célula blanca tratando de pasar por un paro cardiaco. Bebo de mi café en la taza de metal, prendo el primer cigarrillo de la mañana y pongo música tranquila para soportar los claxon y gritos de los salvajes a lo lejos y los peatones. Soporto con solemnidad mi estado, así es más elegante sobrevivir al sistema que cada mañana drena un poco de mis sueños y juventud. Así no nos conocimos y es lo que nos toca vivir, un tiempo fuimos peatones por estas calles mientras colapsaban los gimnasios con personas bellas y los desayunos de comida rápida. Somos impuros, lo sé, por eso esta corbata me ajusta y tú estás corriendo a tu primera clase, profesora de inglés. Hoy es un año, por eso te recuerdo mientras acomodo el espejo retrovisor y no te encuentro. Es muy difícil olvidar a alguien que podía leer cada una de mis acciones, encajamos tan tontamente bien que nos reíamos de nuestras disculpas. Los domingos perdieron sentidos cuando despertábamos con resaca y necesitábamos una soda helada y hacíamos el amor tratando de pasar un día nublado entre las chispas de nuestros cuerpos al colapsar como en guerra estelar. No estás, eso me basta para fumar otro cigarrillo mientras me quedo parado en el tráfico más insalubre de la ciudad. Ha pasado un año y esto es tan jodidamente familiar ahora: despertar, afeitarme, bañarme coger el café caliente y zambullirme en las fauces de una ciudad que se alimenta de nuestra desesperación. Un año más viejos, un año que no fue bisiesto. La última mañana me dijiste que no podíamos amarnos en medio de esta ciudad ni en medio de nada. Abriste la puerta llorando y me pediste que comprendiera que no podías pertenecer a ningún lugar familiar. Que era lo tuyo escarbar experiencias y llegar al centro del mundo donde el fuego te esperaría. No fui suficiente para ti. Querías un caos mayor al mío. Un caos que te dejara flotar sobre el tráfico y los peatones. No sé, ahora, si lo que tienes es lo que siempre quisiste, yo no. Atrás quedó mi barba larga y tus tatuajes, atrás quedaron los trozos nuestros y nuestros sís y nos. Lentamente puedo dejar la Javier Prado y tomar un nuevo embotellamiento hacia Miraflores, hoy tengo dos reuniones importantes con personas lentas y metidas dentro de número y especialidades de nombres raros, de alguna forma agrado a todos, será que nos gusta salir de la oficina y tomar algo al mediodía o será que puedo ser la marioneta perfecta para cada uno que desde arriba me tira papeles e informes. No importa, no importa ya las cosas que soñamos, profesora de inglés. Este traje me ahoga, mis pies extrañan pisar el suelo de Chosica contigo corriendo hacia el río o sobre las calles de San Borja descalzos entre tanta gente mirándonos como dos fenómenos. No importa nada, solo tengo estas dos reuniones y un lugar donde dormir desde donde la ciudad muestra sus fauces nebulosas y oscuras, llenas de cenizas de setiembre y ahogados que trae el mar del Callao. El tráfico es demasiado lento, la música pierde sentido, me gustaría matarlos a todos, sobrevivir al siguiente exterminio de cobardes, soportar que no estás esta mañana que se cumple un año en el espejo retrovisor. Flota, chica, flota despacio, puedes creer conocer este lugar del mundo pero no puedes conocer a los que lo habitamos realmente. Ráscanos la nicotina primero, luego pregunta en qué lugar trabajamos y dónde nos vamos a beber. Encontrarás estereotipos de hombres de saco y corbata que te dirán vamos al bar de moda a tomar un pisco u otros cobardes que no soporten la entereza de tu mirada y te pidan salir a comer a algún lugar. No sé si fui el más puro o el más raro, ya no importa realmente ahora porque no encuentro los rastros tuyos entre las calles, se borraron con el viento y la lluvia de este lugar que no pueden tener otro color que el blanco y negro para tí, así como lo fue para mí. El nosotros, es un cubo de hielo que dejé derretirse en mi copa de pisco ayer, eso se fue ahogando tan lentamente que al desaparecer no encontramos su cadáver, solo a nosotros frente a frente tratando de separar lo familiar de lo extraño en una ilusión en 3D. Debiste haber vuelto a tus inviernos, no quedarte rondando por calles donde te encuentren viejos conocidos. Cada cierto tiempo alguien te ve en un restaurante o en un café tan perdida como tu primer día en esta ciudad. No es tu ciudad, no es lo tuyo un lugar tan sombrío para tus clases de yoga. Estoy atorado en la subida para mi trabajo. Miro el reloj, a los autos, a las personas y a cada uno que está tan apurado en llegar a algún lugar de la mano de un pastor omnipresente llamado sistema que me dan náuseas, me miro en el espejo, soy parte de todo, del horario de oficina y la modernidad que anuncian en carteles a lo largo de la autopista. Me jodí, no podrías volver a enamorarte de mí, termino mi café y acelero para pasar el semáforo en ámbar hacia un lugar, que no podría ser nuestro.
Esto y los otros poemas son un compilado de un borracho, si quieren tomar un trago, estoy en Lima. link: https://www.youtube.com/watch?v=-DSVDcw6iW8 Lo trascendental no es el sexo amigo mío ni lo que construyes sobre tus ilusiones y lo crees tanto que piensas haberlo vivido somos mediocres esa mediocridad nos despierta cada mañana a ser parte de un todo sin cerebro a creer necesitar un café o un cigarro a comprar un despertador mientras nos ahogamos en un cuarto de dos por tres y dejamos de ser nosotros para vender nuestra fuerza por un trozo de pan o un sábado por la noche en la disco de moda y las deudas llegan y fin de mes es una promesa de nuestro jefe que no paga nuestra renta ni las drogas para soportarlo somos una herencia de la hegemonía y la religión por eso nos persignamos por eso vestimos un saco y una corbata que nos ahoga la respiración un grillete post moderno un trozo de tela que es más fuerte que nuestra voluntad.
link: https://www.youtube.com/watch?v=IgbPHTBiAVQ Las mitades que nos dimos con el tiempo cobraron intereses y crecieron hasta hacer la unidad en ese momento la tetera hervía te vi con ese polo viejo con el que dormías con tus arrugas con tus estrías y viendo tus ojeras pensé mierda, estoy enamorado y nos dimos el uno lejos de las mitades y amores de revista y no necesitamos alcohol para poder intercambiar nuestros tánatos ni canciones románticas y nada y nosotros a la vez entonces, la mañana más fría de diciembre empezamos a devaluarnos se fue reduciendo la unidad Hasta la tarde que la tetera no hervía volteaste con los ojos impregnados de los vapores que dejamos atrás no esperamos que otra tetera hirviera ni las tortillas ni al tiempo que ganamos intereses hasta llegar al uno ahora, la autopista es un río lleno de relaves amor, pienso amor, repito y ella aparece al final del puente miles de carros como personas se pierden detrás de ella nos observamos sé que no es real y todo pasó sobre el nosotros regreso la mirada, a los carros a los gatos doy una aspirada larga ahora, es gracioso no hay mitades ni autopistas con sonidos de río arrojo el humo todo se detiene stop motion no hay tánatos ni civiles no existe el nosotros no existe el pasado ahora nl último fotograma se vela blanco y negro estático ya no habrá autopistas ni mitades cruzo el puente la tarde sigue siendo de un domingo que huele a gas y a ella.
Labios pequeños fotogramas ojos azules su olor cambiaría la última cajetilla de cigarrillos por sentir su olor una vez más desnuda ansiosa sobre esa cama llena de fantasmas se fue no quedará el olor a café por las tardes ni de su sexo o su castellano masticado vivimos en el lado oscuro de la luna que seis meses es un día estamos a un paso del infierno el que arde entre nuestras calles vamos querida no des tus nos ni tus sis no des nada para poder recordar esos labios pequeños en este lado sin nosotros eres mil verbos ocurriendo en un mismo instante que note puedo poseer.