link:
Lima está cubierta de las cenizas de los cremados en setiembre. Por eso tenemos el cielo tan opaco y a los policías tan corruptos. Cada uno recuerda a su muerto en verano, en el bus, en el metropolitano, en cada esquina que nos cruzamos con cientos de extraños. Eso es lo bueno en una ciudad tan grande. Uno puede perderse entre los transeúntes, sufrir con el chillido de las combies y los ambulantes, sentarse al fondo o viajar apretado con temor a que te roben la billetera, pero esto es lo que tenemos los limeños, cenizas de muertos y buses como cajones mortuorios listos para avanzar hacia nuestro siguiente destino. Entonces despierto, miro en el espejo mi rostro con barba de dos días, abro la ventana para ver la ciudad neblinosa avanzar sobre el zanjón. Me visto apresurado dudando si es más rápido manejar el auto o tomar el metropolitano. Por una extraña disociación terminó por tomar el auto y la avenida Javier Prado me recibe entre sus venas como una célula blanca tratando de pasar por un paro cardiaco. Bebo de mi café en la taza de metal, prendo el primer cigarrillo de la mañana y pongo música tranquila para soportar los claxon y gritos de los salvajes a lo lejos y los peatones. Soporto con solemnidad mi estado, así es más elegante sobrevivir al sistema que cada mañana drena un poco de mis sueños y juventud. Así no nos conocimos y es lo que nos toca vivir, un tiempo fuimos peatones por estas calles mientras colapsaban los gimnasios con personas bellas y los desayunos de comida rápida. Somos impuros, lo sé, por eso esta corbata me ajusta y tú estás corriendo a tu primera clase, profesora de inglés. Hoy es un año, por eso te recuerdo mientras acomodo el espejo retrovisor y no te encuentro. Es muy difícil olvidar a alguien que podía leer cada una de mis acciones, encajamos tan tontamente bien que nos reíamos de nuestras disculpas. Los domingos perdieron sentidos cuando despertábamos con resaca y necesitábamos una soda helada y hacíamos el amor tratando de pasar un día nublado entre las chispas de nuestros cuerpos al colapsar como en guerra estelar. No estás, eso me basta para fumar otro cigarrillo mientras me quedo parado en el tráfico más insalubre de la ciudad. Ha pasado un año y esto es tan jodidamente familiar ahora: despertar, afeitarme, bañarme coger el café caliente y zambullirme en las fauces de una ciudad que se alimenta de nuestra desesperación. Un año más viejos, un año que no fue bisiesto. La última mañana me dijiste que no podíamos amarnos en medio de esta ciudad ni en medio de nada. Abriste la puerta llorando y me pediste que comprendiera que no podías pertenecer a ningún lugar familiar. Que era lo tuyo escarbar experiencias y llegar al centro del mundo donde el fuego te esperaría. No fui suficiente para ti. Querías un caos mayor al mío. Un caos que te dejara flotar sobre el tráfico y los peatones. No sé, ahora, si lo que tienes es lo que siempre quisiste, yo no. Atrás quedó mi barba larga y tus tatuajes, atrás quedaron los trozos nuestros y nuestros sís y nos. Lentamente puedo dejar la Javier Prado y tomar un nuevo embotellamiento hacia Miraflores, hoy tengo dos reuniones importantes con personas lentas y metidas dentro de número y especialidades de nombres raros, de alguna forma agrado a todos, será que nos gusta salir de la oficina y tomar algo al mediodía o será que puedo ser la marioneta perfecta para cada uno que desde arriba me tira papeles e informes. No importa, no importa ya las cosas que soñamos, profesora de inglés. Este traje me ahoga, mis pies extrañan pisar el suelo de Chosica contigo corriendo hacia el río o sobre las calles de San Borja descalzos entre tanta gente mirándonos como dos fenómenos. No importa nada, solo tengo estas dos reuniones y un lugar donde dormir desde donde la ciudad muestra sus fauces nebulosas y oscuras, llenas de cenizas de setiembre y ahogados que trae el mar del Callao. El tráfico es demasiado lento, la música pierde sentido, me gustaría matarlos a todos, sobrevivir al siguiente exterminio de cobardes, soportar que no estás esta mañana que se cumple un año en el espejo retrovisor. Flota, chica, flota despacio, puedes creer conocer este lugar del mundo pero no puedes conocer a los que lo habitamos realmente. Ráscanos la nicotina primero, luego pregunta en qué lugar trabajamos y dónde nos vamos a beber. Encontrarás estereotipos de hombres de saco y corbata que te dirán vamos al bar de moda a tomar un pisco u otros cobardes que no soporten la entereza de tu mirada y te pidan salir a comer a algún lugar. No sé si fui el más puro o el más raro, ya no importa realmente ahora porque no encuentro los rastros tuyos entre las calles, se borraron con el viento y la lluvia de este lugar que no pueden tener otro color que el blanco y negro para tí, así como lo fue para mí. El nosotros, es un cubo de hielo que dejé derretirse en mi copa de pisco ayer, eso se fue ahogando tan lentamente que al desaparecer no encontramos su cadáver, solo a nosotros frente a frente tratando de separar lo familiar de lo extraño en una ilusión en 3D. Debiste haber vuelto a tus inviernos, no quedarte rondando por calles donde te encuentren viejos conocidos. Cada cierto tiempo alguien te ve en un restaurante o en un café tan perdida como tu primer día en esta ciudad. No es tu ciudad, no es lo tuyo un lugar tan sombrío para tus clases de yoga. Estoy atorado en la subida para mi trabajo. Miro el reloj, a los autos, a las personas y a cada uno que está tan apurado en llegar a algún lugar de la mano de un pastor omnipresente llamado sistema que me dan náuseas, me miro en el espejo, soy parte de todo, del horario de oficina y la modernidad que anuncian en carteles a lo largo de la autopista. Me jodí, no podrías volver a enamorarte de mí, termino mi café y acelero para pasar el semáforo en ámbar hacia un lugar, que no podría ser nuestro.