Electric_Don
Usuario (Chile)
I Febril estaba esa noche, muerto sobre una cama dura como la piedra y caliente como mi frente, sentía como cada parte de mi cuerpo sucumbía ante el abrazo cálido y letal de la fiebre que combate la infección de una manera incesante, tan concentrada en eliminar el virus, que no recuerda que está consumiendo mi cuerpo. Los únicos que no eran afectados por la temible ola de calor que arrebata mi cuerpo eran mis pulmones, ahh mis amados pulmones, pequeños globos rosados que he mantenido libres de tabaco a pesar de los vicios a mi alrededor, y ahora me lo están agradeciendo dándome un aliento enérgico y cadavérico mientras se consume todo mi cuerpo, me dan una esperanza. Todo mi cuerpo caía ante el delirio de la fiebre y la noche invernal, yacía en mi lecho inmóvil, sudado por todos lados y expuesto a la más peligrosa arma presente en mi cuerpo: la mente febril. Obviamente las alucinaciones no se hicieron esperar, o por lo menos, creía que eso era, dado que más bien parecía un sueño, o una manifestación intensa de mis deseos plasmados, todos hechos en una mujer de carne y hueso. Si, aún la puedo recordar, sus hermosos ojos verdes me daban la bienvenida a ese mundo que solo es accesible de este modo, cuando todo tu cuerpo está muerto y solo tu mente es capaz de procesar lo más profundo de sí mismo, ella era esa manifestación, ella era todo eso y más. Corta fue la visita de esta dulce ser a mi mente, dado que rápidamente se escondió tras mis ojos abiertos que, a medio ver, estaban pegados en el techo. Era un despertar inconsciente, donde lo único que pensaba era en volver a dormir e imaginarme a esa mujer para reencontrármela, volver a la febrilidad para concertar una cita con aquella mujer perfecta que mi mente escondía de hace tiempo, y esperaba este momento exacto, cuando estoy más débil para presentármela. Sabe que si hubiese estado bien, estaría aun soñando con ella, recorriéndola y saboreándola oníricamente, pero la batalla que se libra en mi interior, impide cualquier sueño. Me levante con la esperanza de cansarme y de que volviera el sueño, solo logre darme cuenta de lo mal que estaba, ya que mis piernas no soportaban mi peso y se doblaron dejándome caer sobre la cama desordenada y mojada con mi sudor, cerré mis ojos y volví a soñar. Allí estaba ella, mirándome, aunque solo podía ver su cara que seguía tan perfecta como la había dejado, pero su cuerpo no era visible para mí, así que con la poca fuerza que tenía mi mente comencé a inventarla. La febrilidad me jalaba una vez más de vuelta al mundo real con mi trabajo a medio hacer. Ella no estaba hecha, era solo la manifestación sentimental de mis deseos, que se descubrían tras el acto enfermo y condicional de la cercanía a la muerte. Pero les faltaba algo para que fuese completa, y eso era el toque del mundo real, o más bien, el del mundo carnal. Así que mientras estaba despierto, miraba el techo sin motivo. Daba igual si hubiese estado con los ojos cerrados, solo lo hacía para que me diese sueño, estaba pensándola a ella, como la terminaría. Quería hacerla perfecta, recordé a todas las mujeres que me atraían y extraje lo que más me gustase de cada una, los uní todo en un cuerpo rápidamente, dado que no sabía cuándo volvería a dormir, y así quedó, el cuerpo para mi mujer perfecta. II Estaba lista, ya la tenía imagina y pensada, pero el sueño no volvía a mí, incluso, la fiebre comenzó a disiparse de mi cuerpo, se ganaba la batalla contra el virus y mi mente volvía a cerrarse para dar paso a los pensamientos de la vida racional, y junto con él, la cara y la esencia de mi mujer perfecta. Tenía que volver a la febrilidad de algún modo; me levante de la cama y comencé a buscar cosas en mi casa, cosas que no encontraba ¿Qué cosa me haría enfermar otra vez? Nada por supuesto. Nada consideraba la importancia de la febrilidad para los hombres llenos de deseos ocultos, nada tomaba en cuenta la importancia de la febrilidad más que para combatir. Me perdí, no supe que hacer, así que, comencé a llorar. Me arroje en el sofá y miraba el techo mientras las lágrimas se deslizaban por mí, ya sana, mejilla. Ya resignado, abrí la puerta de mi casa para sentir la noche que se iba una vez más, sin pena ni gloria, ocultándose una vez más, tras el poderoso velo de la fuerza del carro de Helios. Alcé mi frente con los ojos cerrados, recibí una tibia brisa en mi mojada frente que me refrescó suavemente las ideas. Estuve así unos minutos hasta que sentí que ya era suficientes, no había que soñar más, ella era y no lo seria nunca, tendría siempre en mi mente el cuerpo perfecto y el gusto de la mujer perfecta, pero nunca conocería la deliciosa sincronía del placer carnal y la febrilidad cuando se hacen uno solo. Todo eso se perdió entre la mejoría. Me di vuelta cuando, para mi sorpresa, la mujer me esperaba parada tras de mí, era su rostro perfecto y el cuerpo que le soñé empecinadamente y que ya quería olvidar. Era ella la que me abrazó y me susurro algo al oído que no logre escuchar, me hizo dormir, pero no logre soñarla más, ni a ella ni nada. La febrilidad volvió a mí, consumiendo todo; mi cuerpo, mis pulmones y mi mente. No desperté más.
No hay necesidad de describir una taberna porteña; varios viejos amontonados, jugando domino y bebiendo “cañitas” para pasar el frio de la costa. Viejos pobres, antiguos y oxidados, pero con buena facha, es decir, se arreglaban para visitar el antro, usaban sus ternos de franela, sus bufandas delgadas y desgastadas de tanto uso, y un sombrero de paño a lo Gardel, buena pinta. En fin, la suma exponencial de todos estos factores, creaban en los pequeños locales un ambiente grato, a pesar de todo; buen humor, juegos, coqueteos. Otra botella. Todo barato para los amigos, compañeros, para ver los partidos de futbol. Ahora una garrafa. Así se la llevan. Lo más característico de estos lugares, no son las ropas de las personas, no es el ambiente, no es el alcohol que sirven (que por cierto, generalmente, es una mierda), sino el tipo de personas que se sienten atraídos por ir a este tipo de lugares. Es decir, cientos de turistas se acercan diariamente a este tipo de lugares, algunos de estos, con ingenio y un poco de esfuerzo, se han transformado en todo un atractivo turístico para la población extranjera. Pero aun así, siguen existiendo mejores alternativas a estos, el llamado barrio puerto, alberga los mejores centros nocturnos de la región, en donde de todos lados, vienen a celebrar lo que sea. Pero, sin saber porque, a todos nos gusta ver a esos viejos ebrios en Valparaíso, por lo menos a mí, me gusta, me gusta beber vino, me gusta estar en lo viejo. Dios bendiga a la bohemia porteña. Don Alexander Humilde porteño y bohemio “Era una noche, y no lo fue más…” Era una noche tranquila, más tranquila de lo normal a decir verdad, no había ser vivo que recorriese las viejas y agrietadas veredas del barrio a los pies del cerro Barón, no había nadie por ningún lugar, solo la luz de los postes, que iluminaban las calles daban algo de vida a la escena porteña. Todo estaba cerrado, ningún negocio sería tan codicioso para estar hasta esas horas de la noche, además sabían que no habría nadie en las calles para comprar, solo había un frío invernal. Hasta las casas estaban dormidas aquella noche, todas con sus persianas cerradas y sus luces apagadas, esperando el alba, esperando un nuevo día de trabajo. Solo había un lugar, escondido entre talleres mecánicos, botillerías y casas abandonadas, que, estoicamente, le decía a la siberica noche: “Aun vivo, yo soy la bohemia”. La cantina se mantenía atendiendo a sus fieles contertulios, suministrándole el alcohol que necesitasen para abatir el frío que invadía sus cuerpos, algunos pagaban, otros compraban “al lápiz”, otros “a fin de mes” y otros, solo pedían, ya nadie les cobraba. Es más, este negocio no ambicionaba nada, por eso era inmune al paso de los años, solo seguía vivo por las personas en él, que noche tras noche, daban un ápice de inmortalidad a las viejas paredes de adobe que se mantenían erguidas en la cantina. Hasta altas horas de la noche se mantenía activo el servicio de la cantina, tan altas las horas, que llegaban hasta el cielo, con el sol y todo, y aún mantenía a sus fervientes usuarios, en un estado dionisíaco de embriaguez y ternura. Mientras la escena de la cantina se mantenía viva entre el jolgorio y la bohemia porteña, por la calle helada se acercaba una mujer; joven de edad, vestida con jeans ajustados y un polerón con una capucha que le cubría el rostro, vestimenta extraña para una dama, pero esa dama en si era más extraña de lo que era su ropa; era de una piel blanca, pálida, casi muerta por el frío, pero extraordinariamente lisa y tersa, suave con las sabanas de la cama de un motel. Camina por la acera del frente de la cantina, con paso suave pero constante, solo se detuvo cuando estaba justo en frente del jolgorioso local nocturno, levanto su cabeza, miro hacia la cantina y cruzo la calle. Un concierto de aullidos interrumpió momentáneamente la fiesta en el local nocturno, hasta los perros que estaban en la entrada del lugar se unieron a la orquesta sinfónica callejera e improvisada. Llorando, los animales elevaron su grito por un corto periodo de tiempo, vaticinando algo. Terminado los aullidos, todos miraron a la entrada, era la mujer. Todos seguían mirándola. Se quitó la capucha del poleron, y dejo ver una serie de trenzas blancas que recorrían en columnas perfectas el cuero cabelludo de su cabeza. - Una gótica- Dijo uno de los viejos y siguió bebiendo. La mujer observó a todos los presentes en la cantina, mientras se acercaba a la barra improvisada donde se recibían los tragos, la cantina no era muy grande, así que pudo divisar a todos los presentes en una corta observación. - Buenas noches.-dijo la mujer al improvisado cantinero-¿Qué es lo que se suele tomar un miércoles 26 de agosto por la noche? - Lo mismo de siempre, una caña- sin acabar de terminar la frase, ya le tenía servido un pequeño vaso. - ¿Una caña?- dijo la mujer incrédula, mientras observaba el vaso por todos lados, lo olía, lo analizaba, hasta que por fin, decidió tomar. Un escalofrió se apodero del cuerpo de la mujer, desde que entro el jugo alcohólico hasta su boca hasta cuando este, llego a su estómago, todo fue decorado con un improvisado baile de convulsiones pequeñas. - Bueno ¿no?, directo de la garrafa, vinito pipeño- dijo mientras agitaba la botella de plástico donde aún quedaba algo de vino. La mujer sonrió, mostrando unos dientes tan blancos como su piel, unos hermosos dientes como perlas, adornaban su inocente y cordial boca. Sus mejillas se enrojecieron en un instante, se transformaron en pequeños tomates a cada lado de su boca, rojos como el vino que la hizo sonreír. Sus ojos brillaban mientras observaba como el cantinero le servía otra vez en el pequeño vaso, sentía como se llenaba el vaso y como el jolgorio presente en la cantina se hacía parte de ella. Por un momento sintió que se paraba, que dejaba el tarro de madera que las hacía de asiento y se incorporaba a la fiesta, se incorporaba al bullicio. Que cantaba una y otra vez, al son de la desafinada guitarra que uno de los viejos tocaba a medias, que bailaba con la vieja que vivía en la cantina, que era la hermana del dueño y siempre estaba ebria y feliz, que jugaba domino con cada uno de los presente y con una “capicúa” les ganaba el juego y otra ronda de vino. Todo eso, sintió, sin pararse desde donde estaba. Mientras se llenaba su vaso. Llevo de nuevo el vaso a su, ya rojiza, boca, donde repitió el mismo proceso, de nuevo se paró sin moverse, bailo sin saber cómo, canto sin conocer la letra de la canción y gano sin siquiera conocer el juego ni saber jugar. Uno sonrisa se volvió a apoderar de sus labios. El cantinero la veía, extrañado. - ¿Usted no es de por aquí, cierto?, siendo tan joven, venir a meterse a un lugar lleno de viejos. Pensaría que alguien como usted estaría más cerca del barrio Puerto, allá están los jóvenes. - Mi querido proveedor, el trabajo me ha traído hasta este decadente lugar, pero apenas entre, cuenta me di que su decadencia es solo estructural, porque su gente está más activa que nunca, que sus licores, desabridos y ácidos, mantienen fresca la carne. ¿Cuánto le debo, estimado señor?- Dijo la mujer mientras metía su mano al bolsillo de su pantalón. - Las mujeres bonitas beben gratis- Dijo el cantinero guiñando un ojo. La mujer no hizo protesta, no se sintió ofendida ni nada, solo sonrió con sus labios ya tranquilizados, de vuelta a su color natural. Se paró, dio las gracias y dio una mirada a todos los que estaban en la cantina, estaban todos aun enfiestados, algunos, ya derrotados, yacían en sus asientos o echados sobre las pequeñas mesas sin poder mover un musculo, pero con una sonrisa en la boca, una sonrisa roja. Todos eran felices, todos eran durante la noche bohemia de este lugar, donde no hay sueños, no hay ambiciones, no hay codicia, no hay interés, solo se es. Vio hacia el exterior la mujer, las primeras luces del día se hacían presente en el horizonte del puerto. - He sido esta noche, pero ya no lo seré mas.- Dijo la mujer mientras salía de la cantina. Y entre las primeras luces del día, desapareció.
Llevaba horas ahí, postrado boca abajo en la azotea del nuevo edificio construido cerca del mall, también nuevo, que sería inaugurado en unas horas más. Su trabajo era sencillo, debía atravesar una certera bala en el cráneo del alcalde, que estaría encargado de la ceremonia de inauguración del nuevo centro comercial, trabajo fácil, dinero fácil. Tenía todas sus herramientas de trabajo al alcance; su siempre fiel rifle francotirador Dragunov SVD que le había ganado en una apuesta a ese ruso ebrio, una cantimplora como de un litro, llena con vodka y bebida energética y su compilado de música, tenia de todo, electrónica, 90’s, 80’s, 70’s. De todo. Nada le falta para pasar horas y hasta días en un mismo lugar esperando a su presa, vigilando a todo con sus ojos de ángel, que, omnipresentes, analizaban a cada una de las personas que recorrían, inocentes, el puerto. No conocía a aquel que le había realizado el pago por el trabajo, era una de sus reglas; el clásico “sin nombres”, pero había sido una cantidad bastante grande para ponerle una bala en el cráneo a ese corrupto, hijo de puta, del alcalde de turno. Todos odiaban a ese cabron, incluso el mismo, estaba pensando poner una bala de gratis, casi como un favor a la sociedad, cuando su contacto le llamo y le ofreció el trabajo, a él antes que a nadie, él era el mejor. Pasaban las horas, el seguía en la azotea, observando, vigilando, analizando todo. Recién comenzaron a preparar todo para empezar la ceremonia. No aparecía el objetivo. El seguía esperando. Comenzó a recordar como se hizo asesino, como empezó a cobrar por acabar con las vidas ajenas, no lo recordaba, no quería hacerlo, era innecesario, solo se preocupaba de su presa. Había olvidado muchas cosas, donde había nacido, quien era su familia, como y cuando disparo por primera vez un arma, no lo recordaba, no importaba, solo quería cazar a su presa. Seguían moviéndose las personas en el puerto, agitando los brazos y llevando de un lado a otras distintas decoraciones para recibir al “honorable alcalde, que daría un paso más en el progreso de la ciudad, inaugurando el nuevo mall”, se había aprendido de memoria esto, de una pancarta de invitación. Solo quería matarlo. Si recordaba, quien era su objetivo, un gordo, negro y viejo hombre, con gustos pedófilos y con una ambición atropelladora, propia de todo político, lo llenaba de ira, apretaba la culata de su rifle y comenzaba a apuntar a todos los que se le pareciesen a ese desgraciado. Creía jalar el gatillo e imaginaba los sesos desparramados por todos lados, y después a otro, y a otro. Todos eran ese alcalde. Comenzaron a aparecer las autoridades, bajo el volumen de la música que tenía al oído, se concentró buscando a aquel que valía mucho, instintivamente, lo busca a través de la mira de su rifle por entre la multitud. No aparecía, solo existían hombre y mujeres que se saludaban unos a otros, con besos y abrazos, celebrando una vez más el triunfo sobre el pueblo, imponiendo su tecnología y acabando con los sueños y las esperanzas de los negocios más pequeños en pos del “progreso”. Todos eran felices. Él asesino, no. Buscaba a su presa. Concentro su mirada en un estrado improvisado, que tenía a sus espaldas las banderas de la ciudad y del país, donde el alcalde daría su clásico discurso de agradecimiento, saludaría a todos y explicaría la magna obra que yacía a sus espaldas, que daría trabajos a todos, que acercaría el turismo a la región etc. El solo pensaba en la bala cruzando su cráneo. Estuvo así como por veinte minutos. Hasta que llegó el momento, todos callaron en ese lugar, la ceremonia comenzaba. Todo debía funcionar de acuerdo al protocolo, todo comenzaría cuando se detuviera el auto que traería al alcalde. Todos estarían listos para cuando el alcalde asomara su cabeza por fuera de la limosina en la que suele asistir a todas las ceremonias, el asesino también. Llegó la limosina. Todos aplaudían, dichosos de poder ver al alcalde, responsable de este magnífico paso hacia el progreso. En el momento en que el alcalde bajo del auto, el asesino comenzó a perseguirlo con la mirada de su rifle, no lo dejo en paz, buscaba el momento apropiado para terminar el trabajo, no quería daños colaterales, no le pagaban extra por eso. Avanzo el alcalde por la alfombra roja, saludos a unos y a otros, de la mano, con besos y abrazos, agitando su mano alzada para el pueblo que veía tras las rejas de contención. El asesino lo perseguía con la mira. El alcalde tomo su posición en la tarima, donde comenzó su discurso. Al asesino le temblaban las manos, sudaba por todos lados, se pasaba la lengua por los labios, estaba ansioso, quería matar, quería matar al alcalde. No encontraba la ocasión, muchos habían atrás de él, los mataría también, no quería hacerlo, solo quería matar al alcalde. Estaba a punto de terminar su discurso, debía matarlo allí, pues después se mezclaría con la multitud y sería imposible darle caza. El alcalde agradecía, el asesino acariciaba el gatillo. Todos salieron de atrás del alcalde se alejaron de él, era el momento, tenía que hacerlo. Tomó el rifle con ambas manos, y le apunto directo a la frente del alcalde, el instinto guio sus manos, aguanto la respiración y finalmente, jalo el gatillo, el instinto guio la bala. Las banderas se mancharon con los sesos del alcalde. Todos corrían, nadie lo ayudó. El alcalde moría solo. El asesino dio un último sorbo a su botella - Salud.- dijo alzando la botella hacia el lugar de la ceremonia. Bajo de la azotea, y en la calle, se hizo uno con la niebla. Facebook : Don Alexander Twitter: @Electric_Don

La hora del lobo espero fehacientemente, espero en la soledad de la noche acalorada, la espero sin tener una presa, sin tener armas, sin saber que cazar, solo la espero ansiosa a que llegue y por fin darle cara. No hay anda peor que el no saber qué hacer, se puede andar para cualquier lado, pero el no saber cómo, nos carcome día a día, noche tras noche. Hambre, sueño, frio y desesperación son mis fieles compañeros ahora, mientras espero a que llegue la hora más importante de mi vida. Juego todos los días conmigo mismo, pero es un juego que siempre pierdo, siempre caigo derrotado, una y otra vez, soy un buen perdedor, pues me levanto y me miro a los ojos sabiendo que nunca ganaré, soy un estúpido. El absurdo acoge mi situación actual, la derrota de mi cuerpo ante la vida mi solución, pero soy un cobarde, lo seré mientras no llegue a la hora del lobo, mientras no me mire a los endemoniados ojos de ángel que me acechan y cargue por fin con mi destino. El libro en blanco no se cierra, sigue ahí, en blanco, muerto pero hambriento y desesperado de saber algo, está hecho para saber no para existir, quiere saberlo todo y por eso, no sabe nada. Recorre las hojas en blanco buscando lo que no está ahí, pues la hora aún no ha llegado. Ambos sabemos, que no todos saben de la hora, pero a todos les ha llegado o les llegará, es tan inevitable como la muerte misma, nadie se escapa a su implacable persecución, en la noche llega y te ataca. Te muerde el cuello y no te suelta, incesante luchadora, hasta que te levantes y luches, luches contra ella, aunque de nada te servirá, sus designios están dichos ya dentro de ti. Las hojas en blanco, no están en blanco. Háblame, háblame, yo sé que estás ahí en algún lado, ¿te escondes de mí? ¿Acaso te doy miedo? No, es solo que ya te aburriste del juego, del maldito juego que deja a todos afuera y que se ríe una y otra vez de sus infortunados participantes que, ingenuos y estúpidos, apuestan todo al perdedor. Nadie se puede resistir cuando llega la hora, las estrellas caen, las mentiras se creen a sí mismas, y todos saben la verdad. Como nube justiciera llega del cielo sin ser vista, aterriza en lo más profundo de tu hermético ser, y realiza su trabajo; alentador para algunos, sepultador para otros. ¿Habrá algo más terrible que saber que tu existencia no tenga sentido? ¿Que no serás recordado? ¿Que no importaras en lo más mínimo? Si, saber que la muerte es tu única salida, el fin tú único y fiel amigo y el amargo encuentro final, tu único sabor. Pero aun así, a pesar de todo este clima desalentador y desesperante, el nerviosismo no logra carcomer mis ansias de que llegue esa hora. El suelo se hace palpitante de esta emoción también, el cielo se oscurece cada vez más, anunciando que la noche se acerca, el lobo está a punto de salir a cazar. La marea sube, la luna la atrae hacia afuera de la tierra, se la quiere llevar lejos, donde no exista nada. Yo también estoy subiendo, pero no por la luna, por supuesto que no, me levanto definitivamente, demostrando quien soy ante la noche que como un manta que tapa al muerto, esconde al día para que descanse el nuevo sol del otro día. Ohh habitad mío que me privas de la libertad ¿es que acaso el insomnio es el remedio para la vida? No hay nada más terrible que el ocio, porque siempre me deriva a lo mismo, a los libros en blanco que se burlan de mi extraña agonía en vida. Solo estoy condenado a la soledad de la tibia noche costera y anhelando un momento de libertad que viene montando en el lomo del cazador nocturno. Pero ya está, basta de supuración excesiva de falsos sentimientos poéticos, no hay nada más humillante que eso, es hora ya, la iluminación se acerca lentamente. Pero más que iluminarme, solo me acosan más dudas. Más preguntas se forman en mi mente y se alejan cada vez más las respuestas, allá a lo lejos se encuentran, en el no-lugar. Así es la hora del lobo, no hay respuestas, solo más preguntas desconcertantes de un futuro aún más oscura que la noche en la que estoy. Porque el mañana es oscuro, es veleidoso y está envuelto en la más profunda distorsión para nosotros, los sobrevivientes
“…A veces voy Donde reina el mal…” Era recurrente verla bailando en ese night-club los días sábado, era una de las más nuevas y novatas, su juventud se asomaba por cada poro de su desnudo cuerpo, solo cubierto con la pequeña tanga y el sostén ajustado, impidiendo ver sus florecientes tetas. Muchos se sorprendían al verla, su poco desarrollado cuerpo no era muestra de su mayoría de edad, así que muchos hombres la disfrutan, gozaban viendo mientras ella hacia el amor con el palo en medio del escenario, como acariciaba sus partes íntimas contra él. Eso los volvía locos a todos. Ella era distinta a todas, no busca dinero, no lo quería ni lo necesitaba. De los billetes que caían al piso, apartaba una cantidad para pagar el taxi de vuelta a su casa, el resto; lo dejaba tirado, aquel que hiciese el aseo se beneficiara ampliamente de su desprendimiento de los objetos materiales y de su poca codicia. Aunque a pesar de su sencillez, era bastante hermética, no hablaba con casi nadie de las otras honradas trabajadoras del local, solo se limitaba a hablar con el gerente del lugar, con quien, arreglaba horarios y tiempos de trabajo, por ejemplo; cuanto tiempo bailaría, cuando saldría etc. Era la favorita del jefe, y se ganó el odio de sus compañeras. Pero a ella no le importaba, solo le pesaba su disfraz, solo eso. Tenía que estar con el día y noche; en su casa, en la universidad, en su trabajo más tradicional, en todos lados. Siempre tenía que estar cubierta por su disfraz, por eso, amaba ir ahí, por eso le gustaba bailar ahí, mostrarse tal y como era; como la hembra que tenía en su interior y que le pedía a gritos salir de ahí, le pedía florecer día y noche, le pedía manifestarse y que todos la amaran lujuriosamente como lo hacían los solitarios hombres que acudían a ese local. Sentía como caía sobre su cuerpo semi-disfrazado, los gritos de lujuria y promesas falsas que todos los hombres les hacían llegar, y ella lo disfrutaba, la mujer que florecía dentro de su juvenil cuerpo lo gozaba. Comienza su show, a la hora exacta, la puntualidad característica de ella daba inicio a uno de los espectáculos más esperados de los, siempre fieles, contertulios de ese local. Todos callaban cuando comenzaba la música sensual con la que siempre bailaba, una de los años dorados de las vedettes, aunque ella no se creía una, la hacía imaginar aquellos tiempos carnales, donde el destape era tan prohibido como para hacerlo siempre a escondidas. Ella odiaba el disfraz que usaba, siempre lo odio, desde que lo uso cuando sus padres le ordenaron esconderse. No había nadie que interrumpiese su baile, nadie era capaz siquiera de mover un musculo cuando ella danzaba, todos miraban expectantes, atentos a su próximo movimiento, sin importar cual fuese, de seguro los dejaría boquiabiertos y muy excitados. Unos callaban a otros, para escuchar como ella a veces soltaba un inocente pero grosero gemido pasional, eso los volvía locos. El tiempo se detenía cuando ella bailaba, nadie quería que pasara la hora en la cual, ella tenía el derecho y el deber de hacer su show. Todos bebían lo más fuerte para ralentizar el tiempo, pero no lo conseguían, su musa bailante, ejercía cambios en el tiempo, lo aceleraba, al igual que lo hacía con sus corazones. Ni el tiempo se resistía a sus encantos, hasta él se aceleraba, y hasta a veces, se sonrojaba. El show llegaba a la mitad, las ventas en la barra se detenían, venia lo mejor. Todos silentes para escuchar la voz de esa divina juventud desaforada y desinhibida, que se disponía a cantar, la misma canción de todas las noches. Y comenzaba la lluvia de billetes, caían y caían de a montones y por todos lados, por arriba, por abajo, por los lados, en su ropa interior. Venían de todos los lugares, billetes manchados con lujuria y pasión carnal, por eso no los quería, por eso ni los tocaba, los dejaba tirados ahí, pero todos insistían en arrojarles billetes queriendo ser uno de los afortunado de los que ella recogiese, pero no, el show había terminado, ella dejaba el escenario. Dejaba tras de sí, una estela casi visible de juventud y pasión, de cárcel y liberación, de esclava, si, de esclava de la sociedad. Pues nadie veía tras su disfraz. Llego por fin a su camarín, donde mirándose al espejo, se quitaba todo el maquillaje y los brillos que tanto gustan a los mirones. Se sacó el sostén, y dejando caer grandes rellenos que pasaban desaparecidos tras la oscuridad parcial del local, hizo ver al espejo su pecho masculino, pues el disfraz lo tendría siempre sobre él. Usase cuanto maquillaje, se pusiese cuanto relleno, el disfraz no se lo podría quitar. No se lo quitaba más que la media hora en la que estaba bailando y siendo lo que era. Se vistió rápidamente, con jeans, camisa y una chaqueta de cuero. Salió por la puerta de atrás del local, como siempre, sin que nadie lo viera, mientras tarareaba la canción “sin disfraz”. Facebook: Don Alexander Twitter: @Electric_Don
06:30- La radio daba los buenos días, a través de un locutor, con su clásicavoz de viejo somnoliento. Como nunca, llegue temprano, bastante a decirverdad. Recién había llegado el jefe del turno, que, al verme entrar dijosorprendido: “Por fin, te acordaste de la hora de entrada”, yo no le diimportancia al viejo, guarde mi celular en la bolsa donde todos lo guardábamos,una bolsa transparente y a la vista de todos, no a la vista de todos pordesconfianza, sino para saber cuándo nos llamaban, el ruido de las maquinas funcionando,impedían oír todo dentro de la panadería. Nadie recorría los angostos pasillosdel viejo edificio, era aún temprano y ni siquiera la radio se dignaba adespertar, seguía emitiendo el chirrido característico de “Buenos días” con vozde viejo ya gastada. Dentro de la inmensidad de la soledad entre las 4 paredesblancas de la panadería, me limite a observar al viejo jefe de turno quecargaba sacos dentro de la revolvedora, para después agregar grasa, levadura ytodos los componentes propios de un buen pan. El espíritu cansado lo agobiabaal pobre viejo, lo arrastraba hacia abajo, junto a los 50 kilos de harina delsaco, solo sostenido por el poder que le asignaba el ser jefe de turno y elestandarte de control que significaba estar controlando la revolvedora. -Como te ha ido- pregunto el viejo mientras girabala revolvedora mientras le echaba agua con una manguera. -No hallo la hora de irme de este maldito lugar. -Llevas 13 años trabajando aquí, no los vas a perderpor una simple pelea. ¿O si? -A la mierda los años. Y llegaron los demás. 09:00 El mensaje de los buenos días para, y da pasoa las típicas cumbias de panadería. “Loquito por ti, loco…” Como las detesto. -Son como 20 sacos hoy.- Dijo el viejo jefe a todala cuadrilla, que éramos 7 personas. Nadie respondió. Todos trabajaban Todos pegados a la mesa de producción tomábamos pedazosde masa y le dábamos forma, una por una, según lo que necesitara, “que el pande mesa” “que el amasado” “que el flauta”, uno por uno caían en la lata, todossin cesar, sin mirarnos las caras. 12:00 Cañonazo, buenas tardes y la radio sigue conlas cumbias. Seguíamos en lo mismo, dando una y otra vez forma a la masa, miraba el montón de sacosapilados, calculando cuantos nos faltaban, el montón parecía nunca bajar, permanecíaahí, completo y estoico, a pesar de llevar casi 6 horas aquí. Solo éramos 7 enla panadería, nadie más aparecía en la sala de producción; ni vendedores, niadministradores, ni compradores, nadie entraba, no había nadie más que los 7que hacían el pan, que amasaban una y otra vez el mismo revuelto de masa. Con los brazos entumecidos, me acerque a la pequeñareja que daba hacia la calle, nuestra única conexión hacia el exterior,necesitaba respirar, necesitaba dejar la masa. Observe el cielo despejado,muestra del día caluroso, sofocando que se desquitaba contra nosotros, habían pronosticado15 grados, pero era el doble lo que nos estaba cocinando a nosotros, tal y comose cocinaba el pan en el horno. Nadie caminaba por la calle veraneante, no habíaturistas como muestra de vacaciones, no habían torsos masculinos desnudos, nipernas femeninas al aire que nos demostraran que hacía calor, solo el concretohirviendo decoraba mi encierro, solo la pintura de los edificios derritiéndose,era diversión para mí, solo el grafiti de un demonio adornaba la pared delfrente, solo él estaba en la calle, solo el disfrutaba del calor. Nadie más. 14:00 En la radio, la voz de un drogadicto chillaba un alucinógeno "Light my fire" Estaba cabreado, pero por lo menos, mi turno estabapor terminar, no me sentía cansado, ni agotado, no me dolía nada, ni lasmuñecas ni los brazos, solo estaba cabreado, solo quería salir de ahí. Pero porlo menos no me quedaba mucho para salir, mis 8 horas de trabajo estaban porcompletarse, y seria libre, iría a bañarme, a sacar todo este polvillo blancode mi cuerpo, asacar estos 13 años de mí, dejarlos a un lado. A sacarme estastelas manchadas con aceite y humedad, dejarlas a un lado en mi casillero,incinerarlas si fuese posible, y lanzar sus cenizas al aire gritando defelicidad. Y salir de este edificio viejo, con gente vieja, con trabajo viejo. Perono, aún faltaba para eso, miro hacia los sacos que nos faltan, y aún siguen ahí,no han bajado ni un poco, nadie los trae, son ellos los que no se van, los quese quedan ahí a pesar de usarlos una y otra vez, se niegan a abandonar la salade producción. 17:00 Una banda sobrevalorada cantaba en la radio,la falsa voz juvenil del vocalista, me endurecía la mente, pero daba graciasque se haya reventado la cabeza con un escopetazo, para así no volver aescuchar su voz en una nueva canción. Éramos los mismos siete, aun apegados a la mesa, aunmanejando la masa. Sin hambre, sin frio, sin calor, si sueño. Los mismos siete.Seguíamos moviendo las manos. El pan salía y salía, caliente y humeante,delicioso, salían los carros llenos por el pasillo hacia la sala de venta,desde donde no se oía ningún sonido, era un día flojo, sin gente, sin compradores:nadie llegaba, nadie venia. 20:00 La noche caía al ritmo de esa música norteamericanade los años 50 o 60, de esa donde a nadie se le entiende algo, pero todosbailaban. Los hornos, a toda leña, cocían, incesantemente elpan. El panadero encargado del horno, todo sudado y rojo, echaba y echabapedazos grandes de tronco de pino, las lenguas de fuego le acariciaban elarrugado y quemado rostro, ennegrecido hasta las pupilas, el panadero observabasu fuego, su creación, como esta subía cada vez más queriendo alcanzar el techopor fuera del horno, queriendo escapar también. Me quedo un rato observando elfuego, embobado, por algo sutil pero recurrente. “A veces me gustaría vivir enel fuego”, me dijo el panadero, mientras partía un trozo grande de leña, “Megusta estar aquí, porque aquí, el fuego vive conmigo y de mi”. Ni siquieraquise mirarlo, solo quería irme, y aun no podía, tenía sacos de harina quetransformar en pan. Pero a pesar de la cercanía con el fuego, hacia frío, tenía frío. Reviso el sistema de ventilación de la panadería y estabaapagado, no había extractor activado que nos renovase el aire, ¿Por qué el frioentonces?; la reja seguía abierta. Me acerco a ella con la intención de cerrarel portón de acero, para que así no entre más frio, pero estaba con un candado,quería salir, miro hacia todos lados de la sala de producción, nadie me veía. Queríasalir. La reja tenia candado. Miro hacia afuera y la escena era distinta a lade la tarde; negras nubes cubrían el cielo en su totalidad, vaticinando unaguacero seguro, el frio invernal venía desde el cerro y desde el mar, elviento paseaba por las calles de la ciudad y nadie más, nadie caminaba en lacalle, nadie estaba en la calle, solo el demonio pintado adornaba la noche. Yme miraba. 22:00 Los lentos se apoderan de la radio, clásicos desiempre. ¿Lentos?¿ A esta hora? Que estación tan rara. Intente cambiar la radio, aborrecía la música en inglés,y todos me detuvieron con la mirada apenas gire la perilla sintonizadora. Volvía poner los lentos. Era hora de cenar, habían porotos, odio los porotos. Me sientoen la silla, cerca de la mesa de producción con mi plato. - ¿Harás horas extras?- me pregunto eljefe de turno, que comía al lado mío - Al parecer. - ¿No te iras hoy? - Creo que no. - Es lo mejor que puedes hacer- y se echóuna cucharada de porotos a la boca. Miraba la reja de salida desde mi asiento, seguía cerrada.Veía a mis compañeros, todos comían coordinados. Veía al demonio pintado en lapared del edificio del frente, me miraba. Veía hacia el cielo de la sala, seescuchaba la lluvia que empezaba a caer. Mire el celular, sin llamadas perdidasy sin señal. - Lo mejor será que me quede-Dije, y me eche unacucharada de porotos a la boca. Después los vomite. Apague la radio, nadie miró. La lluvia se hizo más fuerte. Y no cesó.
I Ángeles posados en la punta de la torre, Contemplan, impacientes, la degeneración de la sociedad Ángeles posados en la cima del mundo, ¿Es que acaso nada pueden ver? No, ellos son ciegos, Hundidos en la eterna penumbra de hechos paganos. Pero nosotros no, aún sentimos y vemos la luz del nuevo día. II La triste y desconsentida unión, Lleva consigo toda la aceptación, De una religión hambrienta y desolada. Pero no, nada es superior a esta unión, Es sagrada, fuente de toda la fuerza. Pero a mí solo me gustas tú. No me interesa, en serio no me interesa, Aquello que todas llaman moral. En ningún lugar existe. Mucho menos en nuestra cama. III Asilados de toda sociedad y de toda moral, Nos encontramos en el mismo lugar, de la misma forma, Hacinados y escondidos, una vez más. Pues un afrodisiaco es, Vivir de esta forma tan desconsiderada. Anular toda conexión con nosotros mismos, Y dejar que los pobres instintos guíen nuestros pasos. ¿Por qué vuelves a mí? ¿Es por gusto acaso?, ¿te enamoraste de mí? Si, el amor fluye por nuestras venas y las culposas sabanas. Todos son testigos de la dramatización de una nueva escena de placer. Somos retrato de una pobre fantasía de otros años. Yo soy distinto a ti, Provengo de una sangre amargada y muerta, Tú vives promesas muertas años atrás. ¿Es que acaso somos la pareja perfecta? IV No, no hay perfección en nuestro mundo, Tú se la atribuyes a héroes hermosos y vacíos. Todo está hecho sobre asombrosas incoherencias. Ausencias de todos los casos, Muertes accidentales y casuales, todo en un mismo lugar. Si, casualidades sobre todo, porque gracias a ellas estamos aquí los dos, Recostados, pensando que haremos la próxima vez. ¿Es que acaso estamos locos? No, si no, estaríamos conscientes de nuestra locura. V Pero ya basta de explicar lo que somos, Basta ya del triste y soberbio disfraz. Desnúdate de una vez. Ponte la ropa y dime la verdad. Dame el maldito afrodisiaco. Apégalo a mi cuerpo, déjalo caer. Déjame ser débil, aunque sea solo una vez. Experimentar contigo, no se compara a nada Descanso, ciegamente, en tu pelvis destrozada y aliñada. Admiras mi desnudez, sin que me importa si te gusta Mis sentimientos son tuyos. Y si está mal hecho, desde el génesis ha estado mal. VI El bohemio y la reina se han encontrado, Se desprecian mutuamente. Pero en la cama dejan atrás, ropas y prejuicios, Y por única vez, nos hundimos En la noche clara y en el día a ojos cerrados.
Han pasados los años sobre mi cuerpo y sobre la tierra, y ambos seguimos tan inertes ante su azote como lo fue en el principio de los tiempos. Caricias terrenales han sido participes de la, siempre eterna existencia de mi cuerpo, y ¿Qué es lo que queda?, la misma insinceridad de todos los días, de todos los eternos días en lo que no he vivido. Masturbación eterna del tesoro de la vida, albergo bajo mi frente y mis ojos, que ya todo lo han visto, son dichosos ante la insinceridad de la tierra muerta y árida. Sin vida yace aquella que siempre la tuvo sobre ella, yace tirada en el piso; vieja y retraída, muerta y mustia, dando sus últimos alientos descompensadores mientras me admira en la soledad del fin en el que no vivimos nunca. No siempre fue así, antes recorría esta pobre tierra junto a otros seres igual de indiferentes a ella, pero ninguno logro apreciar el infinito castigo de caminar por siempre sobre la tierra. Ellos disfrutaron el dulce abrazo que te brinda la madera enterrada bajo tierra viva, ellos son dichosos de no caminar, ellos son dichosos de nunca haber vivido bien y ahora disfrutar la fiel compañía de la muerte. Aunque el mal perdedor se muerde los labios, nadie se compadece de él, nadie se burla tampoco, a nadie le importa, por qué, simplemente, nadie es, ni nunca nadie más lo será. Ríete del chiste, siendo estúpido serás feliz, serás feliz siempre así, estúpido, de mente abierta y de pensamiento inerte, quédate así mejor, no salgas a ningún lado, o podrías ganar la condena de no volver a entrar más. Doy un paso sobre la tierra reseca y herida, pero aun no muerta, pues tiene que apreciar la última existencia, el último vástago que ha dejado sobre la tierra, si, ¿acaso tienes miedo? ¿Tienes miedo a la verdad? Paso tras paso deja tras de sí, nada, pues nada hay después de él, nada más hay para él ni lo desea, no tiene que ambicionar. Oh dichosos sean aquellos que no ambicionan, pues de ellos será el reino de los cielos, ¿De los cielos?, no hay cielo, no hay infierno, solo tierra mustia pero aún viva. Desfalco de desazón reino ahora la intensidad de la vida, no hay por qué vivir, no hay nada por qué ser, no hay nada para ver, se ha acabado el show y no se repetirá, nadie lo aguantaría, es algo viejo y roído. Nadie más lo quería ver, pues estaba solo, nadie esperaba que se subiese una vez más el telón, solo estaba la tarima donde había un actor cesante, esperando. Siempre esperando. Mejor toma como loco al inmortal, mejor ve como se hace uno con la neblina, uno con la llovizna, olvídate de él y vuelve a tu realidad. Pero el seguirá allí, recorriendo una y otra vez los parajes de la eternidad, buscando lo que no existe, no hay nada más para el que el no-deseo. Vuelve a la realidad mejor, aquí, no hay nada que ver, es tarde, mejor vete a dormir. Deja que el inmortal como único hombre sincero cargue con toda la verdad, nadie quiere a la verdad, la desprecian y le escupen en su ambiguo rostro, adornado con joyas y perlas, nadie nunca la quiso, ¿Para qué sirve la verdad? Si no es más que un velo que nos separa de lo natural, pero ahora lo natural muere bajo los pies del inmortal errante, da sus últimos respiros mientras ve a su ultimo hijo con el hombre desvanecerse en lo que eran sus dominios. No hay nada que celebrar, cabezas y torsos adornan el último paraje que veremos, no tiene porqué ser hermoso, ¿Por qué? Porque la verdad no es hermosa, he ahí su ambigüedad, nos la adornan con hermosas caretas vestidas de mineral para nunca mostrar la horripilante facha de la verdad desnuda. Todos conocen la verdad, pero nadie la mira a los ojos, nadie la saluda cuando la ve. Dame la mano inmortal, recorramos por última vez el mundo, con el abrigo del gélido respiro final de la tierra que muere por fin, envidiosa perra que no guanto nuestra felicidad y nos inventó sobre ella para que jugásemos a ser dioses. El juego ha terminado por fin, todos perdieron, todos. A pesar que uno sigue en pie, el también perdió, todos perdimos siempre, era obvio, nadie le puede ganar al tiempo incansable e irreversible, que siempre va de la mano con el inmortal. Nunca nadie los atraparan, ambos corren inquietos en la niebla, pero siempre hacia donde mismo, hacia adelante, hacia el final. “Adiós inmortal, pues no nos veremos del otro lado”
Sé que no es cierto, Deseo. Sé que no es más que una fantasía, Otro sueño en una noche febril. Otro sueño acompañado de sed, El mismo deseo acompañado de otro sueño. Palpando estoy ahora, Cada uno de mis sentimientos. Padezco, y los cuento uno por uno, Mientras los amontono en tu lado de la cama. Regálame el olvido, ohh Deseo. Déjame dormir al medio, Olvidando que es de los dos el espacio. No, solo me das más deseo. Tomo mis sentimientos, Y los dejo debajo de la cama. Me escondo, cobarde. Aparezco, inerte. Duermo, bebé. Desaparezco, y olvidas. Muerdo el recuerdo, Mastico el placer, Y me trago los sueños. me indigestiono, vomito y vuelvo a comer. ¿Olvidaste ya, Deseo? ¿Olvidaste ya los besos? Espero. Ya no espero nada. Solo al Deseo. Me reemplazaste ya Deseo. No queda ni Esperanza. Solo Soledad. Mis pensamientos se derraman sobre la cama, La pasión corre por mis venas, Se desliza por mis brazos, Y mancha la alfombra donde hicimos alguna vez el amor. Adiós Deseo.
Era desgenerado pensarlo, siquiera. Residía allí, donde todos se reúnen a la hora estipulada a realizar actos repetitivos y, ridículamente aplaudidos y ovacionados. Montaba su obra, a la misma hora que él la veía, se amaban y no lo sabían. La realizaba con placer perverso y obsesivo, él la miraba y la amaba sin que ella lo supiese, nunca podría. A ratos él miraba hacia la calle, por la ventana a un lado de su cama, la vista era horrible, luces destellantes provenientes de autos despreocupados y de anuncios que nunca dormían y que parecían estar envidiosos de aquellos que lo hacían. No te dejaban dormir. Quería salir un rato, la puerta se hacía lejana entre tantas sabanas pesadas y recuerdos olvidados por ella. Él los conservaba por ella. Ella no lo recordaba. Acariciaba las heladas mantas que se hacían tibias de a poco, se manchaba a si mismo con la condensación de su sudor y su exhalación. Quería seguir saliendo, pero ella estaba en la televisión, desgranándose cada vez más entre los aplausos de quienes la amaban. Todas aplaudían a sus movimientos, manos grandes y velludas, masculinas y poderosas que sostenían cigarros caros y vasos de whisky a medio llenar. La película estaba a la mitad, aún faltaba lo bueno. Él la seguía esperando, le guardaba el lado que ocupó por tanto tiempo en esa cama, que estaba en esa habitación blanca y propia de un manicomio, que estaba en ese departamento de los suburbios que nadie quiso comprar más que él. Nunca volvería a ese lugar, ahora estaba lejos, era una estrella inalcanzable para cualquiera, siquiera para él. Era un desgenerado. Ahora solo podría emocionarse con las escenas explicitas del cuerpo bronceado y mojado de aquella que fue su mujer, de aquella que compartió con él tantos momentos que ella ya había olvidado y que él recordaba por completo. Ahora solo queda el dolor de alguna vez haber amado, ahora solo queda jalársela una vez más viendo como ella no te recuerda, como ella es la reina del baile que siempre quiso ser, como es bañada una y otra vez. Toda la atención en ella, la misma que nunca él le dio, y ahora consigue dentro de la hora y cuarto que dura la película. La exaltación del poder hizo que él se parase de la cama. De un salto se incorporó a la escena vista en la televisión desde la lejanía, se desvistió y se imaginó con ella en la inerte cama que sobrevivía a los arranques de recuerdos de él, durante las noches que pasaban sus películas por el canal Premium. Se desconoció a si mismo cuando vio lo qué hizo, se vio desnudo e indefenso, sin disfraz, potente ante sus deseos. Apagó la televisión, ordenó su cama y se acurrucó una vez más entre la vergüenza del que no habla y del abandonado, del deseo fortuito del placer pasado que ahoga en sus manos cada vez que recuerda algún ápice de la existencia de ella y apaga la luz, imaginando que estirará el brazo y encontrará aquel tórax que tanto desea. “Era desgenerado pensarla, siquiera” dijo él mientras se acurrucaba con resignación.