“…A veces voy
Donde reina el mal…”
Era recurrente verla bailando en ese night-club los días sábado, era una de las más nuevas y novatas, su juventud se asomaba por cada poro de su desnudo cuerpo, solo cubierto con la pequeña tanga y el sostén ajustado, impidiendo ver sus florecientes tetas. Muchos se sorprendían al verla, su poco desarrollado cuerpo no era muestra de su mayoría de edad, así que muchos hombres la disfrutan, gozaban viendo mientras ella hacia el amor con el palo en medio del escenario, como acariciaba sus partes íntimas contra él. Eso los volvía locos a todos.
Ella era distinta a todas, no busca dinero, no lo quería ni lo necesitaba. De los billetes que caían al piso, apartaba una cantidad para pagar el taxi de vuelta a su casa, el resto; lo dejaba tirado, aquel que hiciese el aseo se beneficiara ampliamente de su desprendimiento de los objetos materiales y de su poca codicia. Aunque a pesar de su sencillez, era bastante hermética, no hablaba con casi nadie de las otras honradas trabajadoras del local, solo se limitaba a hablar con el gerente del lugar, con quien, arreglaba horarios y tiempos de trabajo, por ejemplo; cuanto tiempo bailaría, cuando saldría etc. Era la favorita del jefe, y se ganó el odio de sus compañeras.
Pero a ella no le importaba, solo le pesaba su disfraz, solo eso. Tenía que estar con el día y noche; en su casa, en la universidad, en su trabajo más tradicional, en todos lados. Siempre tenía que estar cubierta por su disfraz, por eso, amaba ir ahí, por eso le gustaba bailar ahí, mostrarse tal y como era; como la hembra que tenía en su interior y que le pedía a gritos salir de ahí, le pedía florecer día y noche, le pedía manifestarse y que todos la amaran lujuriosamente como lo hacían los solitarios hombres que acudían a ese local. Sentía como caía sobre su cuerpo semi-disfrazado, los gritos de lujuria y promesas falsas que todos los hombres les hacían llegar, y ella lo disfrutaba, la mujer que florecía dentro de su juvenil cuerpo lo gozaba.
Comienza su show, a la hora exacta, la puntualidad característica de ella daba inicio a uno de los espectáculos más esperados de los, siempre fieles, contertulios de ese local. Todos callaban cuando comenzaba la música sensual con la que siempre bailaba, una de los años dorados de las vedettes, aunque ella no se creía una, la hacía imaginar aquellos tiempos carnales, donde el destape era tan prohibido como para hacerlo siempre a escondidas. Ella odiaba el disfraz que usaba, siempre lo odio, desde que lo uso cuando sus padres le ordenaron esconderse.
No había nadie que interrumpiese su baile, nadie era capaz siquiera de mover un musculo cuando ella danzaba, todos miraban expectantes, atentos a su próximo movimiento, sin importar cual fuese, de seguro los dejaría boquiabiertos y muy excitados. Unos callaban a otros, para escuchar como ella a veces soltaba un inocente pero grosero gemido pasional, eso los volvía locos.
El tiempo se detenía cuando ella bailaba, nadie quería que pasara la hora en la cual, ella tenía el derecho y el deber de hacer su show. Todos bebían lo más fuerte para ralentizar el tiempo, pero no lo conseguían, su musa bailante, ejercía cambios en el tiempo, lo aceleraba, al igual que lo hacía con sus corazones. Ni el tiempo se resistía a sus encantos, hasta él se aceleraba, y hasta a veces, se sonrojaba.
El show llegaba a la mitad, las ventas en la barra se detenían, venia lo mejor. Todos silentes para escuchar la voz de esa divina juventud desaforada y desinhibida, que se disponía a cantar, la misma canción de todas las noches.
Y comenzaba la lluvia de billetes, caían y caían de a montones y por todos lados, por arriba, por abajo, por los lados, en su ropa interior. Venían de todos los lugares, billetes manchados con lujuria y pasión carnal, por eso no los quería, por eso ni los tocaba, los dejaba tirados ahí, pero todos insistían en arrojarles billetes queriendo ser uno de los afortunado de los que ella recogiese, pero no, el show había terminado, ella dejaba el escenario. Dejaba tras de sí, una estela casi visible de juventud y pasión, de cárcel y liberación, de esclava, si, de esclava de la sociedad. Pues nadie veía tras su disfraz.
Llego por fin a su camarín, donde mirándose al espejo, se quitaba todo el maquillaje y los brillos que tanto gustan a los mirones. Se sacó el sostén, y dejando caer grandes rellenos que pasaban desaparecidos tras la oscuridad parcial del local, hizo ver al espejo su pecho masculino, pues el disfraz lo tendría siempre sobre él. Usase cuanto maquillaje, se pusiese cuanto relleno, el disfraz no se lo podría quitar. No se lo quitaba más que la media hora en la que estaba bailando y siendo lo que era.
Se vistió rápidamente, con jeans, camisa y una chaqueta de cuero. Salió por la puerta de atrás del local, como siempre, sin que nadie lo viera, mientras tarareaba la canción “sin disfraz”.
Facebook: Don Alexander
Twitter: @Electric_Don
Donde reina el mal…”
Era recurrente verla bailando en ese night-club los días sábado, era una de las más nuevas y novatas, su juventud se asomaba por cada poro de su desnudo cuerpo, solo cubierto con la pequeña tanga y el sostén ajustado, impidiendo ver sus florecientes tetas. Muchos se sorprendían al verla, su poco desarrollado cuerpo no era muestra de su mayoría de edad, así que muchos hombres la disfrutan, gozaban viendo mientras ella hacia el amor con el palo en medio del escenario, como acariciaba sus partes íntimas contra él. Eso los volvía locos a todos.
Ella era distinta a todas, no busca dinero, no lo quería ni lo necesitaba. De los billetes que caían al piso, apartaba una cantidad para pagar el taxi de vuelta a su casa, el resto; lo dejaba tirado, aquel que hiciese el aseo se beneficiara ampliamente de su desprendimiento de los objetos materiales y de su poca codicia. Aunque a pesar de su sencillez, era bastante hermética, no hablaba con casi nadie de las otras honradas trabajadoras del local, solo se limitaba a hablar con el gerente del lugar, con quien, arreglaba horarios y tiempos de trabajo, por ejemplo; cuanto tiempo bailaría, cuando saldría etc. Era la favorita del jefe, y se ganó el odio de sus compañeras.
Pero a ella no le importaba, solo le pesaba su disfraz, solo eso. Tenía que estar con el día y noche; en su casa, en la universidad, en su trabajo más tradicional, en todos lados. Siempre tenía que estar cubierta por su disfraz, por eso, amaba ir ahí, por eso le gustaba bailar ahí, mostrarse tal y como era; como la hembra que tenía en su interior y que le pedía a gritos salir de ahí, le pedía florecer día y noche, le pedía manifestarse y que todos la amaran lujuriosamente como lo hacían los solitarios hombres que acudían a ese local. Sentía como caía sobre su cuerpo semi-disfrazado, los gritos de lujuria y promesas falsas que todos los hombres les hacían llegar, y ella lo disfrutaba, la mujer que florecía dentro de su juvenil cuerpo lo gozaba.
Comienza su show, a la hora exacta, la puntualidad característica de ella daba inicio a uno de los espectáculos más esperados de los, siempre fieles, contertulios de ese local. Todos callaban cuando comenzaba la música sensual con la que siempre bailaba, una de los años dorados de las vedettes, aunque ella no se creía una, la hacía imaginar aquellos tiempos carnales, donde el destape era tan prohibido como para hacerlo siempre a escondidas. Ella odiaba el disfraz que usaba, siempre lo odio, desde que lo uso cuando sus padres le ordenaron esconderse.
No había nadie que interrumpiese su baile, nadie era capaz siquiera de mover un musculo cuando ella danzaba, todos miraban expectantes, atentos a su próximo movimiento, sin importar cual fuese, de seguro los dejaría boquiabiertos y muy excitados. Unos callaban a otros, para escuchar como ella a veces soltaba un inocente pero grosero gemido pasional, eso los volvía locos.
El tiempo se detenía cuando ella bailaba, nadie quería que pasara la hora en la cual, ella tenía el derecho y el deber de hacer su show. Todos bebían lo más fuerte para ralentizar el tiempo, pero no lo conseguían, su musa bailante, ejercía cambios en el tiempo, lo aceleraba, al igual que lo hacía con sus corazones. Ni el tiempo se resistía a sus encantos, hasta él se aceleraba, y hasta a veces, se sonrojaba.
El show llegaba a la mitad, las ventas en la barra se detenían, venia lo mejor. Todos silentes para escuchar la voz de esa divina juventud desaforada y desinhibida, que se disponía a cantar, la misma canción de todas las noches.
Y comenzaba la lluvia de billetes, caían y caían de a montones y por todos lados, por arriba, por abajo, por los lados, en su ropa interior. Venían de todos los lugares, billetes manchados con lujuria y pasión carnal, por eso no los quería, por eso ni los tocaba, los dejaba tirados ahí, pero todos insistían en arrojarles billetes queriendo ser uno de los afortunado de los que ella recogiese, pero no, el show había terminado, ella dejaba el escenario. Dejaba tras de sí, una estela casi visible de juventud y pasión, de cárcel y liberación, de esclava, si, de esclava de la sociedad. Pues nadie veía tras su disfraz.
Llego por fin a su camarín, donde mirándose al espejo, se quitaba todo el maquillaje y los brillos que tanto gustan a los mirones. Se sacó el sostén, y dejando caer grandes rellenos que pasaban desaparecidos tras la oscuridad parcial del local, hizo ver al espejo su pecho masculino, pues el disfraz lo tendría siempre sobre él. Usase cuanto maquillaje, se pusiese cuanto relleno, el disfraz no se lo podría quitar. No se lo quitaba más que la media hora en la que estaba bailando y siendo lo que era.
Se vistió rápidamente, con jeans, camisa y una chaqueta de cuero. Salió por la puerta de atrás del local, como siempre, sin que nadie lo viera, mientras tarareaba la canción “sin disfraz”.
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