Llevaba horas ahí, postrado boca abajo en la azotea del nuevo edificio construido cerca del mall, también nuevo, que sería inaugurado en unas horas más. Su trabajo era sencillo, debía atravesar una certera bala en el cráneo del alcalde, que estaría encargado de la ceremonia de inauguración del nuevo centro comercial, trabajo fácil, dinero fácil. Tenía todas sus herramientas de trabajo al alcance; su siempre fiel rifle francotirador Dragunov SVD que le había ganado en una apuesta a ese ruso ebrio, una cantimplora como de un litro, llena con vodka y bebida energética y su compilado de música, tenia de todo, electrónica, 90’s, 80’s, 70’s. De todo. Nada le falta para pasar horas y hasta días en un mismo lugar esperando a su presa, vigilando a todo con sus ojos de ángel, que, omnipresentes, analizaban a cada una de las personas que recorrían, inocentes, el puerto.
No conocía a aquel que le había realizado el pago por el trabajo, era una de sus reglas; el clásico “sin nombres”, pero había sido una cantidad bastante grande para ponerle una bala en el cráneo a ese corrupto, hijo de puta, del alcalde de turno. Todos odiaban a ese cabron, incluso el mismo, estaba pensando poner una bala de gratis, casi como un favor a la sociedad, cuando su contacto le llamo y le ofreció el trabajo, a él antes que a nadie, él era el mejor.
Pasaban las horas, el seguía en la azotea, observando, vigilando, analizando todo. Recién comenzaron a preparar todo para empezar la ceremonia. No aparecía el objetivo. El seguía esperando. Comenzó a recordar como se hizo asesino, como empezó a cobrar por acabar con las vidas ajenas, no lo recordaba, no quería hacerlo, era innecesario, solo se preocupaba de su presa. Había olvidado muchas cosas, donde había nacido, quien era su familia, como y cuando disparo por primera vez un arma, no lo recordaba, no importaba, solo quería cazar a su presa.
Seguían moviéndose las personas en el puerto, agitando los brazos y llevando de un lado a otras distintas decoraciones para recibir al “honorable alcalde, que daría un paso más en el progreso de la ciudad, inaugurando el nuevo mall”, se había aprendido de memoria esto, de una pancarta de invitación. Solo quería matarlo.
Si recordaba, quien era su objetivo, un gordo, negro y viejo hombre, con gustos pedófilos y con una ambición atropelladora, propia de todo político, lo llenaba de ira, apretaba la culata de su rifle y comenzaba a apuntar a todos los que se le pareciesen a ese desgraciado. Creía jalar el gatillo e imaginaba los sesos desparramados por todos lados, y después a otro, y a otro. Todos eran ese alcalde.
Comenzaron a aparecer las autoridades, bajo el volumen de la música que tenía al oído, se concentró buscando a aquel que valía mucho, instintivamente, lo busca a través de la mira de su rifle por entre la multitud. No aparecía, solo existían hombre y mujeres que se saludaban unos a otros, con besos y abrazos, celebrando una vez más el triunfo sobre el pueblo, imponiendo su tecnología y acabando con los sueños y las esperanzas de los negocios más pequeños en pos del “progreso”. Todos eran felices. Él asesino, no. Buscaba a su presa.
Concentro su mirada en un estrado improvisado, que tenía a sus espaldas las banderas de la ciudad y del país, donde el alcalde daría su clásico discurso de agradecimiento, saludaría a todos y explicaría la magna obra que yacía a sus espaldas, que daría trabajos a todos, que acercaría el turismo a la región etc. El solo pensaba en la bala cruzando su cráneo. Estuvo así como por veinte minutos.
Hasta que llegó el momento, todos callaron en ese lugar, la ceremonia comenzaba. Todo debía funcionar de acuerdo al protocolo, todo comenzaría cuando se detuviera el auto que traería al alcalde. Todos estarían listos para cuando el alcalde asomara su cabeza por fuera de la limosina en la que suele asistir a todas las ceremonias, el asesino también.
Llegó la limosina. Todos aplaudían, dichosos de poder ver al alcalde, responsable de este magnífico paso hacia el progreso. En el momento en que el alcalde bajo del auto, el asesino comenzó a perseguirlo con la mirada de su rifle, no lo dejo en paz, buscaba el momento apropiado para terminar el trabajo, no quería daños colaterales, no le pagaban extra por eso. Avanzo el alcalde por la alfombra roja, saludos a unos y a otros, de la mano, con besos y abrazos, agitando su mano alzada para el pueblo que veía tras las rejas de contención. El asesino lo perseguía con la mira.
El alcalde tomo su posición en la tarima, donde comenzó su discurso. Al asesino le temblaban las manos, sudaba por todos lados, se pasaba la lengua por los labios, estaba ansioso, quería matar, quería matar al alcalde. No encontraba la ocasión, muchos habían atrás de él, los mataría también, no quería hacerlo, solo quería matar al alcalde.
Estaba a punto de terminar su discurso, debía matarlo allí, pues después se mezclaría con la multitud y sería imposible darle caza. El alcalde agradecía, el asesino acariciaba el gatillo. Todos salieron de atrás del alcalde se alejaron de él, era el momento, tenía que hacerlo. Tomó el rifle con ambas manos, y le apunto directo a la frente del alcalde, el instinto guio sus manos, aguanto la respiración y finalmente, jalo el gatillo, el instinto guio la bala. Las banderas se mancharon con los sesos del alcalde. Todos corrían, nadie lo ayudó. El alcalde moría solo.
El asesino dio un último sorbo a su botella
- Salud.- dijo alzando la botella hacia el lugar de la ceremonia.
Bajo de la azotea, y en la calle, se hizo uno con la niebla.
Facebook : Don Alexander
Twitter: @Electric_Don
No conocía a aquel que le había realizado el pago por el trabajo, era una de sus reglas; el clásico “sin nombres”, pero había sido una cantidad bastante grande para ponerle una bala en el cráneo a ese corrupto, hijo de puta, del alcalde de turno. Todos odiaban a ese cabron, incluso el mismo, estaba pensando poner una bala de gratis, casi como un favor a la sociedad, cuando su contacto le llamo y le ofreció el trabajo, a él antes que a nadie, él era el mejor.
Pasaban las horas, el seguía en la azotea, observando, vigilando, analizando todo. Recién comenzaron a preparar todo para empezar la ceremonia. No aparecía el objetivo. El seguía esperando. Comenzó a recordar como se hizo asesino, como empezó a cobrar por acabar con las vidas ajenas, no lo recordaba, no quería hacerlo, era innecesario, solo se preocupaba de su presa. Había olvidado muchas cosas, donde había nacido, quien era su familia, como y cuando disparo por primera vez un arma, no lo recordaba, no importaba, solo quería cazar a su presa.
Seguían moviéndose las personas en el puerto, agitando los brazos y llevando de un lado a otras distintas decoraciones para recibir al “honorable alcalde, que daría un paso más en el progreso de la ciudad, inaugurando el nuevo mall”, se había aprendido de memoria esto, de una pancarta de invitación. Solo quería matarlo.
Si recordaba, quien era su objetivo, un gordo, negro y viejo hombre, con gustos pedófilos y con una ambición atropelladora, propia de todo político, lo llenaba de ira, apretaba la culata de su rifle y comenzaba a apuntar a todos los que se le pareciesen a ese desgraciado. Creía jalar el gatillo e imaginaba los sesos desparramados por todos lados, y después a otro, y a otro. Todos eran ese alcalde.
Comenzaron a aparecer las autoridades, bajo el volumen de la música que tenía al oído, se concentró buscando a aquel que valía mucho, instintivamente, lo busca a través de la mira de su rifle por entre la multitud. No aparecía, solo existían hombre y mujeres que se saludaban unos a otros, con besos y abrazos, celebrando una vez más el triunfo sobre el pueblo, imponiendo su tecnología y acabando con los sueños y las esperanzas de los negocios más pequeños en pos del “progreso”. Todos eran felices. Él asesino, no. Buscaba a su presa.
Concentro su mirada en un estrado improvisado, que tenía a sus espaldas las banderas de la ciudad y del país, donde el alcalde daría su clásico discurso de agradecimiento, saludaría a todos y explicaría la magna obra que yacía a sus espaldas, que daría trabajos a todos, que acercaría el turismo a la región etc. El solo pensaba en la bala cruzando su cráneo. Estuvo así como por veinte minutos.
Hasta que llegó el momento, todos callaron en ese lugar, la ceremonia comenzaba. Todo debía funcionar de acuerdo al protocolo, todo comenzaría cuando se detuviera el auto que traería al alcalde. Todos estarían listos para cuando el alcalde asomara su cabeza por fuera de la limosina en la que suele asistir a todas las ceremonias, el asesino también.
Llegó la limosina. Todos aplaudían, dichosos de poder ver al alcalde, responsable de este magnífico paso hacia el progreso. En el momento en que el alcalde bajo del auto, el asesino comenzó a perseguirlo con la mirada de su rifle, no lo dejo en paz, buscaba el momento apropiado para terminar el trabajo, no quería daños colaterales, no le pagaban extra por eso. Avanzo el alcalde por la alfombra roja, saludos a unos y a otros, de la mano, con besos y abrazos, agitando su mano alzada para el pueblo que veía tras las rejas de contención. El asesino lo perseguía con la mira.
El alcalde tomo su posición en la tarima, donde comenzó su discurso. Al asesino le temblaban las manos, sudaba por todos lados, se pasaba la lengua por los labios, estaba ansioso, quería matar, quería matar al alcalde. No encontraba la ocasión, muchos habían atrás de él, los mataría también, no quería hacerlo, solo quería matar al alcalde.
Estaba a punto de terminar su discurso, debía matarlo allí, pues después se mezclaría con la multitud y sería imposible darle caza. El alcalde agradecía, el asesino acariciaba el gatillo. Todos salieron de atrás del alcalde se alejaron de él, era el momento, tenía que hacerlo. Tomó el rifle con ambas manos, y le apunto directo a la frente del alcalde, el instinto guio sus manos, aguanto la respiración y finalmente, jalo el gatillo, el instinto guio la bala. Las banderas se mancharon con los sesos del alcalde. Todos corrían, nadie lo ayudó. El alcalde moría solo.
El asesino dio un último sorbo a su botella
- Salud.- dijo alzando la botella hacia el lugar de la ceremonia.
Bajo de la azotea, y en la calle, se hizo uno con la niebla.
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