No hay necesidad de describir una taberna porteña; varios viejos amontonados, jugando domino y bebiendo “cañitas” para pasar el frio de la costa. Viejos pobres, antiguos y oxidados, pero con buena facha, es decir, se arreglaban para visitar el antro, usaban sus ternos de franela, sus bufandas delgadas y desgastadas de tanto uso, y un sombrero de paño a lo Gardel, buena pinta. En fin, la suma exponencial de todos estos factores, creaban en los pequeños locales un ambiente grato, a pesar de todo; buen humor, juegos, coqueteos. Otra botella. Todo barato para los amigos, compañeros, para ver los partidos de futbol. Ahora una garrafa. Así se la llevan.
Lo más característico de estos lugares, no son las ropas de las personas, no es el ambiente, no es el alcohol que sirven (que por cierto, generalmente, es una mierda), sino el tipo de personas que se sienten atraídos por ir a este tipo de lugares. Es decir, cientos de turistas se acercan diariamente a este tipo de lugares, algunos de estos, con ingenio y un poco de esfuerzo, se han transformado en todo un atractivo turístico para la población extranjera. Pero aun así, siguen existiendo mejores alternativas a estos, el llamado barrio puerto, alberga los mejores centros nocturnos de la región, en donde de todos lados, vienen a celebrar lo que sea. Pero, sin saber porque, a todos nos gusta ver a esos viejos ebrios en Valparaíso, por lo menos a mí, me gusta, me gusta beber vino, me gusta estar en lo viejo. Dios bendiga a la bohemia porteña.
Don Alexander
Humilde porteño y bohemio
“Era una noche, y no lo fue más…”
Era una noche tranquila, más tranquila de lo normal a decir verdad, no había ser vivo que recorriese las viejas y agrietadas veredas del barrio a los pies del cerro Barón, no había nadie por ningún lugar, solo la luz de los postes, que iluminaban las calles daban algo de vida a la escena porteña. Todo estaba cerrado, ningún negocio sería tan codicioso para estar hasta esas horas de la noche, además sabían que no habría nadie en las calles para comprar, solo había un frío invernal. Hasta las casas estaban dormidas aquella noche, todas con sus persianas cerradas y sus luces apagadas, esperando el alba, esperando un nuevo día de trabajo.
Solo había un lugar, escondido entre talleres mecánicos, botillerías y casas abandonadas, que, estoicamente, le decía a la siberica noche: “Aun vivo, yo soy la bohemia”. La cantina se mantenía atendiendo a sus fieles contertulios, suministrándole el alcohol que necesitasen para abatir el frío que invadía sus cuerpos, algunos pagaban, otros compraban “al lápiz”, otros “a fin de mes” y otros, solo pedían, ya nadie les cobraba. Es más, este negocio no ambicionaba nada, por eso era inmune al paso de los años, solo seguía vivo por las personas en él, que noche tras noche, daban un ápice de inmortalidad a las viejas paredes de adobe que se mantenían erguidas en la cantina. Hasta altas horas de la noche se mantenía activo el servicio de la cantina, tan altas las horas, que llegaban hasta el cielo, con el sol y todo, y aún mantenía a sus fervientes usuarios, en un estado dionisíaco de embriaguez y ternura.
Mientras la escena de la cantina se mantenía viva entre el jolgorio y la bohemia porteña, por la calle helada se acercaba una mujer; joven de edad, vestida con jeans ajustados y un polerón con una capucha que le cubría el rostro, vestimenta extraña para una dama, pero esa dama en si era más extraña de lo que era su ropa; era de una piel blanca, pálida, casi muerta por el frío, pero extraordinariamente lisa y tersa, suave con las sabanas de la cama de un motel. Camina por la acera del frente de la cantina, con paso suave pero constante, solo se detuvo cuando estaba justo en frente del jolgorioso local nocturno, levanto su cabeza, miro hacia la cantina y cruzo la calle.
Un concierto de aullidos interrumpió momentáneamente la fiesta en el local nocturno, hasta los perros que estaban en la entrada del lugar se unieron a la orquesta sinfónica callejera e improvisada. Llorando, los animales elevaron su grito por un corto periodo de tiempo, vaticinando algo. Terminado los aullidos, todos miraron a la entrada, era la mujer. Todos seguían mirándola. Se quitó la capucha del poleron, y dejo ver una serie de trenzas blancas que recorrían en columnas perfectas el cuero cabelludo de su cabeza.
- Una gótica- Dijo uno de los viejos y siguió bebiendo.
La mujer observó a todos los presentes en la cantina, mientras se acercaba a la barra improvisada donde se recibían los tragos, la cantina no era muy grande, así que pudo divisar a todos los presentes en una corta observación.
- Buenas noches.-dijo la mujer al improvisado cantinero-¿Qué es lo que se suele tomar un miércoles 26 de agosto por la noche?
- Lo mismo de siempre, una caña- sin acabar de terminar la frase, ya le tenía servido un pequeño vaso.
- ¿Una caña?- dijo la mujer incrédula, mientras observaba el vaso por todos lados, lo olía, lo analizaba, hasta que por fin, decidió tomar.
Un escalofrió se apodero del cuerpo de la mujer, desde que entro el jugo alcohólico hasta su boca hasta cuando este, llego a su estómago, todo fue decorado con un improvisado baile de convulsiones pequeñas.
- Bueno ¿no?, directo de la garrafa, vinito pipeño- dijo mientras agitaba la botella de plástico donde aún quedaba algo de vino.
La mujer sonrió, mostrando unos dientes tan blancos como su piel, unos hermosos dientes como perlas, adornaban su inocente y cordial boca. Sus mejillas se enrojecieron en un instante, se transformaron en pequeños tomates a cada lado de su boca, rojos como el vino que la hizo sonreír. Sus ojos brillaban mientras observaba como el cantinero le servía otra vez en el pequeño vaso, sentía como se llenaba el vaso y como el jolgorio presente en la cantina se hacía parte de ella. Por un momento sintió que se paraba, que dejaba el tarro de madera que las hacía de asiento y se incorporaba a la fiesta, se incorporaba al bullicio. Que cantaba una y otra vez, al son de la desafinada guitarra que uno de los viejos tocaba a medias, que bailaba con la vieja que vivía en la cantina, que era la hermana del dueño y siempre estaba ebria y feliz, que jugaba domino con cada uno de los presente y con una “capicúa” les ganaba el juego y otra ronda de vino. Todo eso, sintió, sin pararse desde donde estaba. Mientras se llenaba su vaso.
Llevo de nuevo el vaso a su, ya rojiza, boca, donde repitió el mismo proceso, de nuevo se paró sin moverse, bailo sin saber cómo, canto sin conocer la letra de la canción y gano sin siquiera conocer el juego ni saber jugar. Uno sonrisa se volvió a apoderar de sus labios. El cantinero la veía, extrañado.
- ¿Usted no es de por aquí, cierto?, siendo tan joven, venir a meterse a un lugar lleno de viejos. Pensaría que alguien como usted estaría más cerca del barrio Puerto, allá están los jóvenes.
- Mi querido proveedor, el trabajo me ha traído hasta este decadente lugar, pero apenas entre, cuenta me di que su decadencia es solo estructural, porque su gente está más activa que nunca, que sus licores, desabridos y ácidos, mantienen fresca la carne. ¿Cuánto le debo, estimado señor?- Dijo la mujer mientras metía su mano al bolsillo de su pantalón.
- Las mujeres bonitas beben gratis- Dijo el cantinero guiñando un ojo.
La mujer no hizo protesta, no se sintió ofendida ni nada, solo sonrió con sus labios ya tranquilizados, de vuelta a su color natural. Se paró, dio las gracias y dio una mirada a todos los que estaban en la cantina, estaban todos aun enfiestados, algunos, ya derrotados, yacían en sus asientos o echados sobre las pequeñas mesas sin poder mover un musculo, pero con una sonrisa en la boca, una sonrisa roja. Todos eran felices, todos eran durante la noche bohemia de este lugar, donde no hay sueños, no hay ambiciones, no hay codicia, no hay interés, solo se es. Vio hacia el exterior la mujer, las primeras luces del día se hacían presente en el horizonte del puerto.
- He sido esta noche, pero ya no lo seré mas.- Dijo la mujer mientras salía de la cantina.
Y entre las primeras luces del día, desapareció.
Lo más característico de estos lugares, no son las ropas de las personas, no es el ambiente, no es el alcohol que sirven (que por cierto, generalmente, es una mierda), sino el tipo de personas que se sienten atraídos por ir a este tipo de lugares. Es decir, cientos de turistas se acercan diariamente a este tipo de lugares, algunos de estos, con ingenio y un poco de esfuerzo, se han transformado en todo un atractivo turístico para la población extranjera. Pero aun así, siguen existiendo mejores alternativas a estos, el llamado barrio puerto, alberga los mejores centros nocturnos de la región, en donde de todos lados, vienen a celebrar lo que sea. Pero, sin saber porque, a todos nos gusta ver a esos viejos ebrios en Valparaíso, por lo menos a mí, me gusta, me gusta beber vino, me gusta estar en lo viejo. Dios bendiga a la bohemia porteña.
Don Alexander
Humilde porteño y bohemio
“Era una noche, y no lo fue más…”
Era una noche tranquila, más tranquila de lo normal a decir verdad, no había ser vivo que recorriese las viejas y agrietadas veredas del barrio a los pies del cerro Barón, no había nadie por ningún lugar, solo la luz de los postes, que iluminaban las calles daban algo de vida a la escena porteña. Todo estaba cerrado, ningún negocio sería tan codicioso para estar hasta esas horas de la noche, además sabían que no habría nadie en las calles para comprar, solo había un frío invernal. Hasta las casas estaban dormidas aquella noche, todas con sus persianas cerradas y sus luces apagadas, esperando el alba, esperando un nuevo día de trabajo.
Solo había un lugar, escondido entre talleres mecánicos, botillerías y casas abandonadas, que, estoicamente, le decía a la siberica noche: “Aun vivo, yo soy la bohemia”. La cantina se mantenía atendiendo a sus fieles contertulios, suministrándole el alcohol que necesitasen para abatir el frío que invadía sus cuerpos, algunos pagaban, otros compraban “al lápiz”, otros “a fin de mes” y otros, solo pedían, ya nadie les cobraba. Es más, este negocio no ambicionaba nada, por eso era inmune al paso de los años, solo seguía vivo por las personas en él, que noche tras noche, daban un ápice de inmortalidad a las viejas paredes de adobe que se mantenían erguidas en la cantina. Hasta altas horas de la noche se mantenía activo el servicio de la cantina, tan altas las horas, que llegaban hasta el cielo, con el sol y todo, y aún mantenía a sus fervientes usuarios, en un estado dionisíaco de embriaguez y ternura.
Mientras la escena de la cantina se mantenía viva entre el jolgorio y la bohemia porteña, por la calle helada se acercaba una mujer; joven de edad, vestida con jeans ajustados y un polerón con una capucha que le cubría el rostro, vestimenta extraña para una dama, pero esa dama en si era más extraña de lo que era su ropa; era de una piel blanca, pálida, casi muerta por el frío, pero extraordinariamente lisa y tersa, suave con las sabanas de la cama de un motel. Camina por la acera del frente de la cantina, con paso suave pero constante, solo se detuvo cuando estaba justo en frente del jolgorioso local nocturno, levanto su cabeza, miro hacia la cantina y cruzo la calle.
Un concierto de aullidos interrumpió momentáneamente la fiesta en el local nocturno, hasta los perros que estaban en la entrada del lugar se unieron a la orquesta sinfónica callejera e improvisada. Llorando, los animales elevaron su grito por un corto periodo de tiempo, vaticinando algo. Terminado los aullidos, todos miraron a la entrada, era la mujer. Todos seguían mirándola. Se quitó la capucha del poleron, y dejo ver una serie de trenzas blancas que recorrían en columnas perfectas el cuero cabelludo de su cabeza.
- Una gótica- Dijo uno de los viejos y siguió bebiendo.
La mujer observó a todos los presentes en la cantina, mientras se acercaba a la barra improvisada donde se recibían los tragos, la cantina no era muy grande, así que pudo divisar a todos los presentes en una corta observación.
- Buenas noches.-dijo la mujer al improvisado cantinero-¿Qué es lo que se suele tomar un miércoles 26 de agosto por la noche?
- Lo mismo de siempre, una caña- sin acabar de terminar la frase, ya le tenía servido un pequeño vaso.
- ¿Una caña?- dijo la mujer incrédula, mientras observaba el vaso por todos lados, lo olía, lo analizaba, hasta que por fin, decidió tomar.
Un escalofrió se apodero del cuerpo de la mujer, desde que entro el jugo alcohólico hasta su boca hasta cuando este, llego a su estómago, todo fue decorado con un improvisado baile de convulsiones pequeñas.
- Bueno ¿no?, directo de la garrafa, vinito pipeño- dijo mientras agitaba la botella de plástico donde aún quedaba algo de vino.
La mujer sonrió, mostrando unos dientes tan blancos como su piel, unos hermosos dientes como perlas, adornaban su inocente y cordial boca. Sus mejillas se enrojecieron en un instante, se transformaron en pequeños tomates a cada lado de su boca, rojos como el vino que la hizo sonreír. Sus ojos brillaban mientras observaba como el cantinero le servía otra vez en el pequeño vaso, sentía como se llenaba el vaso y como el jolgorio presente en la cantina se hacía parte de ella. Por un momento sintió que se paraba, que dejaba el tarro de madera que las hacía de asiento y se incorporaba a la fiesta, se incorporaba al bullicio. Que cantaba una y otra vez, al son de la desafinada guitarra que uno de los viejos tocaba a medias, que bailaba con la vieja que vivía en la cantina, que era la hermana del dueño y siempre estaba ebria y feliz, que jugaba domino con cada uno de los presente y con una “capicúa” les ganaba el juego y otra ronda de vino. Todo eso, sintió, sin pararse desde donde estaba. Mientras se llenaba su vaso.
Llevo de nuevo el vaso a su, ya rojiza, boca, donde repitió el mismo proceso, de nuevo se paró sin moverse, bailo sin saber cómo, canto sin conocer la letra de la canción y gano sin siquiera conocer el juego ni saber jugar. Uno sonrisa se volvió a apoderar de sus labios. El cantinero la veía, extrañado.
- ¿Usted no es de por aquí, cierto?, siendo tan joven, venir a meterse a un lugar lleno de viejos. Pensaría que alguien como usted estaría más cerca del barrio Puerto, allá están los jóvenes.
- Mi querido proveedor, el trabajo me ha traído hasta este decadente lugar, pero apenas entre, cuenta me di que su decadencia es solo estructural, porque su gente está más activa que nunca, que sus licores, desabridos y ácidos, mantienen fresca la carne. ¿Cuánto le debo, estimado señor?- Dijo la mujer mientras metía su mano al bolsillo de su pantalón.
- Las mujeres bonitas beben gratis- Dijo el cantinero guiñando un ojo.
La mujer no hizo protesta, no se sintió ofendida ni nada, solo sonrió con sus labios ya tranquilizados, de vuelta a su color natural. Se paró, dio las gracias y dio una mirada a todos los que estaban en la cantina, estaban todos aun enfiestados, algunos, ya derrotados, yacían en sus asientos o echados sobre las pequeñas mesas sin poder mover un musculo, pero con una sonrisa en la boca, una sonrisa roja. Todos eran felices, todos eran durante la noche bohemia de este lugar, donde no hay sueños, no hay ambiciones, no hay codicia, no hay interés, solo se es. Vio hacia el exterior la mujer, las primeras luces del día se hacían presente en el horizonte del puerto.
- He sido esta noche, pero ya no lo seré mas.- Dijo la mujer mientras salía de la cantina.
Y entre las primeras luces del día, desapareció.