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I

Febril estaba esa noche, muerto sobre una cama dura como la piedra y caliente como mi frente, sentía como cada parte de mi cuerpo sucumbía ante el abrazo cálido y letal de la fiebre que combate la infección de una manera incesante, tan concentrada en eliminar el virus, que no recuerda que está consumiendo mi cuerpo. Los únicos que no eran afectados por la temible ola de calor que arrebata mi cuerpo eran mis pulmones, ahh mis amados pulmones, pequeños globos rosados que he mantenido libres de tabaco a pesar de los vicios a mi alrededor, y ahora me lo están agradeciendo dándome un aliento enérgico y cadavérico mientras se consume todo mi cuerpo, me dan una esperanza.

Todo mi cuerpo caía ante el delirio de la fiebre y la noche invernal, yacía en mi lecho inmóvil, sudado por todos lados y expuesto a la más peligrosa arma presente en mi cuerpo: la mente febril. Obviamente las alucinaciones no se hicieron esperar, o por lo menos, creía que eso era, dado que más bien parecía un sueño, o una manifestación intensa de mis deseos plasmados, todos hechos en una mujer de carne y hueso. Si, aún la puedo recordar, sus hermosos ojos verdes me daban la bienvenida a ese mundo que solo es accesible de este modo, cuando todo tu cuerpo está muerto y solo tu mente es capaz de procesar lo más profundo de sí mismo, ella era esa manifestación, ella era todo eso y más.

Corta fue la visita de esta dulce ser a mi mente, dado que rápidamente se escondió tras mis ojos abiertos que, a medio ver, estaban pegados en el techo. Era un despertar inconsciente, donde lo único que pensaba era en volver a dormir e imaginarme a esa mujer para reencontrármela, volver a la febrilidad para concertar una cita con aquella mujer perfecta que mi mente escondía de hace tiempo, y esperaba este momento exacto, cuando estoy más débil para presentármela. Sabe que si hubiese estado bien, estaría aun soñando con ella, recorriéndola y saboreándola oníricamente, pero la batalla que se libra en mi interior, impide cualquier sueño.

Me levante con la esperanza de cansarme y de que volviera el sueño, solo logre darme cuenta de lo mal que estaba, ya que mis piernas no soportaban mi peso y se doblaron dejándome caer sobre la cama desordenada y mojada con mi sudor, cerré mis ojos y volví a soñar. Allí estaba ella, mirándome, aunque solo podía ver su cara que seguía tan perfecta como la había dejado, pero su cuerpo no era visible para mí, así que con la poca fuerza que tenía mi mente comencé a inventarla. La febrilidad me jalaba una vez más de vuelta al mundo real con mi trabajo a medio hacer. Ella no estaba hecha, era solo la manifestación sentimental de mis deseos, que se descubrían tras el acto enfermo y condicional de la cercanía a la muerte. Pero les faltaba algo para que fuese completa, y eso era el toque del mundo real, o más bien, el del mundo carnal. Así que mientras estaba despierto, miraba el techo sin motivo. Daba igual si hubiese estado con los ojos cerrados, solo lo hacía para que me diese sueño, estaba pensándola a ella, como la terminaría. Quería hacerla perfecta, recordé a todas las mujeres que me atraían y extraje lo que más me gustase de cada una, los uní todo en un cuerpo rápidamente, dado que no sabía cuándo volvería a dormir, y así quedó, el cuerpo para mi mujer perfecta.

II

Estaba lista, ya la tenía imagina y pensada, pero el sueño no volvía a mí, incluso, la fiebre comenzó a disiparse de mi cuerpo, se ganaba la batalla contra el virus y mi mente volvía a cerrarse para dar paso a los pensamientos de la vida racional, y junto con él, la cara y la esencia de mi mujer perfecta. Tenía que volver a la febrilidad de algún modo; me levante de la cama y comencé a buscar cosas en mi casa, cosas que no encontraba ¿Qué cosa me haría enfermar otra vez? Nada por supuesto. Nada consideraba la importancia de la febrilidad para los hombres llenos de deseos ocultos, nada tomaba en cuenta la importancia de la febrilidad más que para combatir.
Me perdí, no supe que hacer, así que, comencé a llorar. Me arroje en el sofá y miraba el techo mientras las lágrimas se deslizaban por mí, ya sana, mejilla. Ya resignado, abrí la puerta de mi casa para sentir la noche que se iba una vez más, sin pena ni gloria, ocultándose una vez más, tras el poderoso velo de la fuerza del carro de Helios.

Alcé mi frente con los ojos cerrados, recibí una tibia brisa en mi mojada frente que me refrescó suavemente las ideas. Estuve así unos minutos hasta que sentí que ya era suficientes, no había que soñar más, ella era y no lo seria nunca, tendría siempre en mi mente el cuerpo perfecto y el gusto de la mujer perfecta, pero nunca conocería la deliciosa sincronía del placer carnal y la febrilidad cuando se hacen uno solo. Todo eso se perdió entre la mejoría.

Me di vuelta cuando, para mi sorpresa, la mujer me esperaba parada tras de mí, era su rostro perfecto y el cuerpo que le soñé empecinadamente y que ya quería olvidar. Era ella la que me abrazó y me susurro algo al oído que no logre escuchar, me hizo dormir, pero no logre soñarla más, ni a ella ni nada. La febrilidad volvió a mí, consumiendo todo; mi cuerpo, mis pulmones y mi mente.

No desperté más.
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