La hora del lobo espero fehacientemente, espero en la soledad de la noche acalorada, la espero sin tener una presa, sin tener armas, sin saber que cazar, solo la espero ansiosa a que llegue y por fin darle cara. No hay anda peor que el no saber qué hacer, se puede andar para cualquier lado, pero el no saber cómo, nos carcome día a día, noche tras noche. Hambre, sueño, frio y desesperación son mis fieles compañeros ahora, mientras espero a que llegue la hora más importante de mi vida.
Juego todos los días conmigo mismo, pero es un juego que siempre pierdo, siempre caigo derrotado, una y otra vez, soy un buen perdedor, pues me levanto y me miro a los ojos sabiendo que nunca ganaré, soy un estúpido. El absurdo acoge mi situación actual, la derrota de mi cuerpo ante la vida mi solución, pero soy un cobarde, lo seré mientras no llegue a la hora del lobo, mientras no me mire a los endemoniados ojos de ángel que me acechan y cargue por fin con mi destino.
El libro en blanco no se cierra, sigue ahí, en blanco, muerto pero hambriento y desesperado de saber algo, está hecho para saber no para existir, quiere saberlo todo y por eso, no sabe nada. Recorre las hojas en blanco buscando lo que no está ahí, pues la hora aún no ha llegado.
Ambos sabemos, que no todos saben de la hora, pero a todos les ha llegado o les llegará, es tan inevitable como la muerte misma, nadie se escapa a su implacable persecución, en la noche llega y te ataca. Te muerde el cuello y no te suelta, incesante luchadora, hasta que te levantes y luches, luches contra ella, aunque de nada te servirá, sus designios están dichos ya dentro de ti. Las hojas en blanco, no están en blanco.
Háblame, háblame, yo sé que estás ahí en algún lado, ¿te escondes de mí? ¿Acaso te doy miedo? No, es solo que ya te aburriste del juego, del maldito juego que deja a todos afuera y que se ríe una y otra vez de sus infortunados participantes que, ingenuos y estúpidos, apuestan todo al perdedor.
Nadie se puede resistir cuando llega la hora, las estrellas caen, las mentiras se creen a sí mismas, y todos saben la verdad. Como nube justiciera llega del cielo sin ser vista, aterriza en lo más profundo de tu hermético ser, y realiza su trabajo; alentador para algunos, sepultador para otros. ¿Habrá algo más terrible que saber que tu existencia no tenga sentido? ¿Que no serás recordado? ¿Que no importaras en lo más mínimo? Si, saber que la muerte es tu única salida, el fin tú único y fiel amigo y el amargo encuentro final, tu único sabor.
Pero aun así, a pesar de todo este clima desalentador y desesperante, el nerviosismo no logra carcomer mis ansias de que llegue esa hora. El suelo se hace palpitante de esta emoción también, el cielo se oscurece cada vez más, anunciando que la noche se acerca, el lobo está a punto de salir a cazar. La marea sube, la luna la atrae hacia afuera de la tierra, se la quiere llevar lejos, donde no exista nada. Yo también estoy subiendo, pero no por la luna, por supuesto que no, me levanto definitivamente, demostrando quien soy ante la noche que como un manta que tapa al muerto, esconde al día para que descanse el nuevo sol del otro día.
Ohh habitad mío que me privas de la libertad ¿es que acaso el insomnio es el remedio para la vida? No hay nada más terrible que el ocio, porque siempre me deriva a lo mismo, a los libros en blanco que se burlan de mi extraña agonía en vida. Solo estoy condenado a la soledad de la tibia noche costera y anhelando un momento de libertad que viene montando en el lomo del cazador nocturno.
Pero ya está, basta de supuración excesiva de falsos sentimientos poéticos, no hay nada más humillante que eso, es hora ya, la iluminación se acerca lentamente. Pero más que iluminarme, solo me acosan más dudas. Más preguntas se forman en mi mente y se alejan cada vez más las respuestas, allá a lo lejos se encuentran, en el no-lugar. Así es la hora del lobo, no hay respuestas, solo más preguntas desconcertantes de un futuro aún más oscura que la noche en la que estoy. Porque el mañana es oscuro, es veleidoso y está envuelto en la más profunda distorsión para nosotros, los sobrevivientes
Juego todos los días conmigo mismo, pero es un juego que siempre pierdo, siempre caigo derrotado, una y otra vez, soy un buen perdedor, pues me levanto y me miro a los ojos sabiendo que nunca ganaré, soy un estúpido. El absurdo acoge mi situación actual, la derrota de mi cuerpo ante la vida mi solución, pero soy un cobarde, lo seré mientras no llegue a la hora del lobo, mientras no me mire a los endemoniados ojos de ángel que me acechan y cargue por fin con mi destino.
El libro en blanco no se cierra, sigue ahí, en blanco, muerto pero hambriento y desesperado de saber algo, está hecho para saber no para existir, quiere saberlo todo y por eso, no sabe nada. Recorre las hojas en blanco buscando lo que no está ahí, pues la hora aún no ha llegado.
Ambos sabemos, que no todos saben de la hora, pero a todos les ha llegado o les llegará, es tan inevitable como la muerte misma, nadie se escapa a su implacable persecución, en la noche llega y te ataca. Te muerde el cuello y no te suelta, incesante luchadora, hasta que te levantes y luches, luches contra ella, aunque de nada te servirá, sus designios están dichos ya dentro de ti. Las hojas en blanco, no están en blanco.
Háblame, háblame, yo sé que estás ahí en algún lado, ¿te escondes de mí? ¿Acaso te doy miedo? No, es solo que ya te aburriste del juego, del maldito juego que deja a todos afuera y que se ríe una y otra vez de sus infortunados participantes que, ingenuos y estúpidos, apuestan todo al perdedor.
Nadie se puede resistir cuando llega la hora, las estrellas caen, las mentiras se creen a sí mismas, y todos saben la verdad. Como nube justiciera llega del cielo sin ser vista, aterriza en lo más profundo de tu hermético ser, y realiza su trabajo; alentador para algunos, sepultador para otros. ¿Habrá algo más terrible que saber que tu existencia no tenga sentido? ¿Que no serás recordado? ¿Que no importaras en lo más mínimo? Si, saber que la muerte es tu única salida, el fin tú único y fiel amigo y el amargo encuentro final, tu único sabor.
Pero aun así, a pesar de todo este clima desalentador y desesperante, el nerviosismo no logra carcomer mis ansias de que llegue esa hora. El suelo se hace palpitante de esta emoción también, el cielo se oscurece cada vez más, anunciando que la noche se acerca, el lobo está a punto de salir a cazar. La marea sube, la luna la atrae hacia afuera de la tierra, se la quiere llevar lejos, donde no exista nada. Yo también estoy subiendo, pero no por la luna, por supuesto que no, me levanto definitivamente, demostrando quien soy ante la noche que como un manta que tapa al muerto, esconde al día para que descanse el nuevo sol del otro día.
Ohh habitad mío que me privas de la libertad ¿es que acaso el insomnio es el remedio para la vida? No hay nada más terrible que el ocio, porque siempre me deriva a lo mismo, a los libros en blanco que se burlan de mi extraña agonía en vida. Solo estoy condenado a la soledad de la tibia noche costera y anhelando un momento de libertad que viene montando en el lomo del cazador nocturno.
Pero ya está, basta de supuración excesiva de falsos sentimientos poéticos, no hay nada más humillante que eso, es hora ya, la iluminación se acerca lentamente. Pero más que iluminarme, solo me acosan más dudas. Más preguntas se forman en mi mente y se alejan cada vez más las respuestas, allá a lo lejos se encuentran, en el no-lugar. Así es la hora del lobo, no hay respuestas, solo más preguntas desconcertantes de un futuro aún más oscura que la noche en la que estoy. Porque el mañana es oscuro, es veleidoso y está envuelto en la más profunda distorsión para nosotros, los sobrevivientes