06:30- La radio daba los buenos días, a través de un locutor, con su clásicavoz de viejo somnoliento.
Como nunca, llegue temprano, bastante a decirverdad. Recién había llegado el jefe del turno, que, al verme entrar dijosorprendido: “Por fin, te acordaste de la hora de entrada”, yo no le diimportancia al viejo, guarde mi celular en la bolsa donde todos lo guardábamos,una bolsa transparente y a la vista de todos, no a la vista de todos pordesconfianza, sino para saber cuándo nos llamaban, el ruido de las maquinas funcionando,impedían oír todo dentro de la panadería. Nadie recorría los angostos pasillosdel viejo edificio, era aún temprano y ni siquiera la radio se dignaba adespertar, seguía emitiendo el chirrido característico de “Buenos días” con vozde viejo ya gastada. Dentro de la inmensidad de la soledad entre las 4 paredesblancas de la panadería, me limite a observar al viejo jefe de turno quecargaba sacos dentro de la revolvedora, para después agregar grasa, levadura ytodos los componentes propios de un buen pan. El espíritu cansado lo agobiabaal pobre viejo, lo arrastraba hacia abajo, junto a los 50 kilos de harina delsaco, solo sostenido por el poder que le asignaba el ser jefe de turno y elestandarte de control que significaba estar controlando la revolvedora.
-Como te ha ido- pregunto el viejo mientras girabala revolvedora mientras le echaba agua con una manguera.
-No hallo la hora de irme de este maldito lugar.
-Llevas 13 años trabajando aquí, no los vas a perderpor una simple pelea. ¿O si?
-A la mierda los años.
Y llegaron los demás.
09:00 El mensaje de los buenos días para, y da pasoa las típicas cumbias de panadería. “Loquito por ti, loco…” Como las detesto.
-Son como 20 sacos hoy.- Dijo el viejo jefe a todala cuadrilla, que éramos 7 personas. Nadie respondió. Todos trabajaban
Todos pegados a la mesa de producción tomábamos pedazosde masa y le dábamos forma, una por una, según lo que necesitara, “que el pande mesa” “que el amasado” “que el flauta”, uno por uno caían en la lata, todossin cesar, sin mirarnos las caras.
12:00 Cañonazo, buenas tardes y la radio sigue conlas cumbias.
Seguíamos en lo mismo, dando una y otra vez forma a la masa, miraba el montón de sacosapilados, calculando cuantos nos faltaban, el montón parecía nunca bajar, permanecíaahí, completo y estoico, a pesar de llevar casi 6 horas aquí. Solo éramos 7 enla panadería, nadie más aparecía en la sala de producción; ni vendedores, niadministradores, ni compradores, nadie entraba, no había nadie más que los 7que hacían el pan, que amasaban una y otra vez el mismo revuelto de masa.
Con los brazos entumecidos, me acerque a la pequeñareja que daba hacia la calle, nuestra única conexión hacia el exterior,necesitaba respirar, necesitaba dejar la masa. Observe el cielo despejado,muestra del día caluroso, sofocando que se desquitaba contra nosotros, habían pronosticado15 grados, pero era el doble lo que nos estaba cocinando a nosotros, tal y comose cocinaba el pan en el horno. Nadie caminaba por la calle veraneante, no habíaturistas como muestra de vacaciones, no habían torsos masculinos desnudos, nipernas femeninas al aire que nos demostraran que hacía calor, solo el concretohirviendo decoraba mi encierro, solo la pintura de los edificios derritiéndose,era diversión para mí, solo el grafiti de un demonio adornaba la pared delfrente, solo él estaba en la calle, solo el disfrutaba del calor. Nadie más.
14:00 En la radio, la voz de un drogadicto chillaba un alucinógeno "Light my fire"
Estaba cabreado, pero por lo menos, mi turno estabapor terminar, no me sentía cansado, ni agotado, no me dolía nada, ni lasmuñecas ni los brazos, solo estaba cabreado, solo quería salir de ahí. Pero porlo menos no me quedaba mucho para salir, mis 8 horas de trabajo estaban porcompletarse, y seria libre, iría a bañarme, a sacar todo este polvillo blancode mi cuerpo, asacar estos 13 años de mí, dejarlos a un lado. A sacarme estastelas manchadas con aceite y humedad, dejarlas a un lado en mi casillero,incinerarlas si fuese posible, y lanzar sus cenizas al aire gritando defelicidad. Y salir de este edificio viejo, con gente vieja, con trabajo viejo. Perono, aún faltaba para eso, miro hacia los sacos que nos faltan, y aún siguen ahí,no han bajado ni un poco, nadie los trae, son ellos los que no se van, los quese quedan ahí a pesar de usarlos una y otra vez, se niegan a abandonar la salade producción.
17:00 Una banda sobrevalorada cantaba en la radio,la falsa voz juvenil del vocalista, me endurecía la mente, pero daba graciasque se haya reventado la cabeza con un escopetazo, para así no volver aescuchar su voz en una nueva canción.
Éramos los mismos siete, aun apegados a la mesa, aunmanejando la masa. Sin hambre, sin frio, sin calor, si sueño. Los mismos siete.Seguíamos moviendo las manos. El pan salía y salía, caliente y humeante,delicioso, salían los carros llenos por el pasillo hacia la sala de venta,desde donde no se oía ningún sonido, era un día flojo, sin gente, sin compradores:nadie llegaba, nadie venia.
20:00 La noche caía al ritmo de esa música norteamericanade los años 50 o 60, de esa donde a nadie se le entiende algo, pero todosbailaban.
Los hornos, a toda leña, cocían, incesantemente elpan. El panadero encargado del horno, todo sudado y rojo, echaba y echabapedazos grandes de tronco de pino, las lenguas de fuego le acariciaban elarrugado y quemado rostro, ennegrecido hasta las pupilas, el panadero observabasu fuego, su creación, como esta subía cada vez más queriendo alcanzar el techopor fuera del horno, queriendo escapar también. Me quedo un rato observando elfuego, embobado, por algo sutil pero recurrente. “A veces me gustaría vivir enel fuego”, me dijo el panadero, mientras partía un trozo grande de leña, “Megusta estar aquí, porque aquí, el fuego vive conmigo y de mi”. Ni siquieraquise mirarlo, solo quería irme, y aun no podía, tenía sacos de harina quetransformar en pan.
Pero a pesar de la cercanía con el fuego, hacia frío, tenía frío. Reviso el sistema de ventilación de la panadería y estabaapagado, no había extractor activado que nos renovase el aire, ¿Por qué el frioentonces?; la reja seguía abierta. Me acerco a ella con la intención de cerrarel portón de acero, para que así no entre más frio, pero estaba con un candado,quería salir, miro hacia todos lados de la sala de producción, nadie me veía. Queríasalir. La reja tenia candado. Miro hacia afuera y la escena era distinta a lade la tarde; negras nubes cubrían el cielo en su totalidad, vaticinando unaguacero seguro, el frio invernal venía desde el cerro y desde el mar, elviento paseaba por las calles de la ciudad y nadie más, nadie caminaba en lacalle, nadie estaba en la calle, solo el demonio pintado adornaba la noche. Yme miraba.
22:00 Los lentos se apoderan de la radio, clásicos desiempre. ¿Lentos?¿ A esta hora? Que estación tan rara.
Intente cambiar la radio, aborrecía la música en inglés,y todos me detuvieron con la mirada apenas gire la perilla sintonizadora. Volvía poner los lentos. Era hora de cenar, habían porotos, odio los porotos. Me sientoen la silla, cerca de la mesa de producción con mi plato.
- ¿Harás horas extras?- me pregunto eljefe de turno, que comía al lado mío
- Al parecer.
- ¿No te iras hoy?
- Creo que no.
- Es lo mejor que puedes hacer- y se echóuna cucharada de porotos a la boca.
Miraba la reja de salida desde mi asiento, seguía cerrada.Veía a mis compañeros, todos comían coordinados. Veía al demonio pintado en lapared del edificio del frente, me miraba. Veía hacia el cielo de la sala, seescuchaba la lluvia que empezaba a caer. Mire el celular, sin llamadas perdidasy sin señal.
- Lo mejor será que me quede-Dije, y me eche unacucharada de porotos a la boca. Después los vomite. Apague la radio, nadie miró.
La lluvia se hizo más fuerte. Y no cesó.