El_Damiancito
Usuario (Argentina)
Boquitas PintadasConsignas:•1- Redactar una narración compuesta por un resumen cronológico del argumento de la novela.•2- Realizar una enumeración de los géneros discursivos utilizados por el autor para presentar los hechos en la obra. 1)Juan Carlos comenzó a encontrarse con Elsa, la viuda de Di Carlo, en sucesivas noches del año 1935. Durante este período, además de la viuda, frecuentó a otras tantas mujeres, una de ellas, Mabel, con quien tuvo relaciones en la primavera de ese año, para luego enviarle una carta expresándole su alegría por lo ocurrido. Por otra parte, en esta época -y esto sería una constante en el resto de su vida- asistía regularmente a bares y cantinas para beber y jugar.Al siguiente año, tanto el 30 de abril como el 22 de junio, se publicaron, respectivamente, dos cartas de Mabel (firmadas con seudónimo) a la redacción de una revista que incluía un “correo del corazón”, en el que esta consultaba acerca de la conveniencia de su relación con Juan Carlos, a lo que la redactora de la sección aconsejó no darle demasiada importancia. El día 22 de septiembre del corriente año se celebró en el Club Deportivo “Social” el baile de la primavera. Durante la velada se realizó una presentación de diferentes tipos de vals. Ese mismo día, Nélida Fernández fue elegida Reina de la Primavera, hecho que al parecer fue el comienzo de la rivalidad entre Nélida y Celina, la hermana de Juan Carlos.Ya en 1937, para la noche del 22 de abril, Juan Carlos y Nené se citaron y terminaron su encuentro pasando un tiempo prolongado en la puerta de la casa de ella.Al siguiente día, Nené se levantó temprano y se dirigió a su trabajo en Al Barato Argentino, donde se desempeñó normalmente. Durante el mediodía almorzó en su casa y le fue reprochado por su padre el haberse encontrado a noche anterior con un muchacho. Luego del almuerzo, Nené se acostó a dormir una siesta donde reflexionó sobre su situación particular, fue despertada por su madre y retornó a su trabajo, allí, fue reprendida por el gerente de la tienda por ausentarse de su puesto. Una vez finalizada su jornada laboral, volvió a su casa y esperó hasta las 22:00, hora en la que se encontró nuevamente con Juan Carlos para noviar en la puerta de su casa hasta la medianoche.El mismo día mencionado, Juan Carlos fue despertado por su madre, quien le preparó el desayuno. Se sintió muy mal esa mañana, con deseos de ser atendido para aliviar el dolor de su cuerpo. Pensó en la vuelta a su trabajo en la intendencia, en tener que afeitase regularmente y cumplir sus obligaciones. El almuerzo también le fue preparado por su madre y llevado al dormitorio. Luego de comer se sintió mejor y. aprovechando que su familia dormía, se vistió y salió a la calle, canceló su cita con el médico y se dirigió al bar. Un tiempo después se encontró con Pancho, con quien conversó acerca de las posibles consecuencias de su afección pulmonar. Mientras conversaban, Juan Carlos le aconsejó a Pancho cortejar a Rabadilla, una muchacha que aparentemente poseía un gran atractivo físico. Ni bien terminó de hablar con su amigo, se dirigió otra vez al bar, donde comenzó a sentirse mal nuevamente. Al salir de ese lugar, fue hacia la casa de Nené, allí pasó el tiempo intentando que ella accediera a tener relaciones sexuales con él, hasta que fue medianoche y Juan Carlos se retiró hacia la obra en construcción de la nueva comisaría, donde se encontraría con Mabel.En el transcurso de la fecha referida, Mabel se levantó a la mañana temprano, desayunó, se preparó y fue hacia la escuela donde trabajaba. Mabel logró simplificar su trabajo para no tener que continuarlo en su casa. De vuelta en su casa, comió antes del tiempo sugerido por su madre, para evadir a su padre, quien la hubiera obligado a atender a Cecil, su extranjero pretendiente, quien mantenía negociaciones con aquel. Desde su casa, se dirigió hacia lo de Celina, su amiga, donde durmió la siesta y se le ofreció un té a la tarde, a lo cual se negó, pues debía cumplir con el compromiso de encontrarse con su madre para ir al cine. Consecuentemente, junto a su madre, disfrutaron la proyección del film. Ya avanzada la tarde, ambas volvieron a su casa, donde cenaron en familia acompañados por el joven y apreciado socio del señor Sáenz. Cecil, habiendo tomado ya unas cuantas copas, no perdió oportunidad para besar y acariciar a Mabel. Un tiempo después, ella se retiró a su habitación para leer su revista preferida hasta que se hiciera la medianoche, cuando se encontraría con Juan Carlos.En el día aludido anteriormente, Pancho se levantó aún antes de que amaneciera, se higienizó, desayunó, se vistió y fue hasta la obra donde trabajaba. Durante el día pensó las ventajas y desventajas que residían en contar con la compañía de tantas mujeres como las que decía tener su amigo Juan Carlos. Por otra parte, cavilaba acerca de su preferencia por las rubias, como Nené. A pesar de todo, en el receso laboral a mediodía, Pancho dio una vuelta por el exterior de la casa del dr. Aschero para ver si podía dar con Rabadilla, sin poder cumplir su cometido, caminó hasta su casa donde almorzó junto a su familia. Ya de vuelta en su trabajo, Pancho conversó con su capataz intentando persuadirlo para que este lo recomendara como aspirante a suboficial de policía. Durante esa tarde, recibió la visita de su amigo Juan Carlos, con quien habló de la relación de este tanto con Nené como con Mabel, disimulando el asombro que le provocaba la astucia de su amigo. Ni bien terminó de trabajar, Pancho volvió a su casa, donde cenó el sobrante del almuerzo para luego salir a la calle. Deambulando por el pueblo tuvo la oportunidad de encontrarse con Rabadilla, caminó con ella unas cuadras y se enteró de que ella participaría de unos festejos el domingo siguiente. Pancho volvió temprano a su casa y en vez de compartir el programa de radio con su madre y su hermana se acostó, porque se sentía muy cansado.Al igual que los demás personajes, Rabadilla se despertó a la mañana, en una habitación que ocupaba en la casa del señor Aschero, donde trabajaba como sirvienta. Ya levantada, se higienizó, encendió la cocina, despertó a la señora de la casa y luego preparó el desayuno para el resto de la familia. Durante la mañana realizó sus quehaceres indicados por su empleadora. Más tarde, mientras disponía la mesa para el almuerzo, su patrón le miró las piernas, por lo cual ella evitó la cercanía con él. Tiempo después, Rabadilla se acostó un momento para descansar, pensando en algunos consejos que le había dado su patrona. Una vez levantada, se dirigió hacia Al Barato Argentino, donde se encontró con Nené y recordó algunos momentos de su infancia. De regreso, en la casa, siguió con sus tareas hasta poco más de la hora 20, cuando nuevamente salió para hacer un mandado y se encontró con Pancho, por el que se sintió atraída. A su vez, se imaginó casada con el muchacho, pensando que su patrona no se opondría a ello. Al anochecer volvió a la casa, terminó su trabajo y luego de comprar cigarrillos para el doctor, se acostó.Dos días más tarde, en el campamento provisional gitano, Juan Carlos le pagó a una mujer de la colectividad para que le predijera su suerte. Allí, él pidió que sólo se le dijera la información concerniente al futuro. Entre otras cosas, la gitana le advirtió acerca de las personas que podrían estar perjudicándolo, le mencionó que haría un viaje por tierra, sugirió una traición por parte de otra persona, que una persona rubia lo quería bien, también que perdería el dinero y que sólo le quedaría la sinceridad. Además, le mencionó que una mujer mayor lo cuidaría, entre tantas de las que parecía disponer por su buena apariencia. Seguidamente le advirtió de una enfermedad grave, de una muerte violenta que ocurriría en su entorno y un nuevo viaje por tierra pero de menor distancia. Finalmente vaticinó que moriría de viejo junto a su futura pareja.El domingo 26 de abril del mismo año a las 18:30 comenzó la celebración de las romerías en Coronel Vallejos, desarrolladas en el Prado Gallego. Durante la reunión, Raba compartió una pieza de baile con Pancho, con quien se retiró del predio. Mientras la acompañaba en el camino de vuelta, Pancho la defendió de un perro que los sorprendió durante el paseo. Aprovechando su aventajada posición, Pancho sedujo a su acompañante y la convenció de intimar con él mediante diversos argumentos engañosos. Luego del encuentro, Antonia quedó ilusionada con la posibilidad de formar una pareja estable con Francisco, para luego crear un porvenir compartido. El encuentro íntimo entre Rabadilla y Pancho tuvo como consecuencia un embarazo, que fue informado por el doctor Malbrán en el hospital, a partir de una ficha médica, el 11 de junio de ese año. El informe revelaba que la madre de la criatura por venir daría a luz alrededor del mes de enero del próximo año, que estaba soltera y que no había revelado la identidad del futuro padre.Como bien había pronosticado la gitana del campamento, Juan Carlos tuvo que realizar un largo viaje por tierra. El muchacho se vio obligado a trasladarse en el mes de julio de 1937 hacia Cosquín, en Córdoba, para llevar a cabo la recuperación de su enfermedad. Una vez internado, Juan Carlos redactó múltiples cartas con distintos destinos, la mayoría de ellos, a mujeres que frecuentara mientras vivía en aquel pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Entre esas cartas, que serían corregidas por un hombre letrado -que compartía el internado con el protagonista- Juan Carlos le relataba con lujo de detalles a Nené las nuevas impresiones que le provocaba aquel lejano lugar. Le contó además de sus furtivos escapes al arrollo, donde se bañaba plácidamente, marcadamente en contra de las recomendaciones que le habían hecho tanto enfermeras como médicos. En las sucesivas cartas, Juan Carlos expresó el desaliento que trajo aparejado el hecho de sentirse olvidado por sus allegados y una consecuente revaloración de la atención que Nené le hacía sentir con su incondicional atención. Además, aprovechó la comunicación para narrarle conflictos familiares del pasado y cómo por esos conflictos la familia se vio disminuida y empobrecida, dato que ahora se tornaba fundamental, puesto que la internación que llevaba adelante costaba gran cantidad de dinero. Progresivamente, el protagonista dejó ver a partir de sus cartas a Nené un incremento en el sentimiento que los unía, llegando a hacerle diferentes promesas reservadas para su regreso a Vallejos. Entretanto, el ocupante de la habitación catorce, quien efectuaba las correcciones a las cartas del joven, tuvo diversos interrogantes acerca de la validez de las promesas mencionadas, también se preguntó si Juan Carlos se atrevería a formularlas si supiera la gravedad que implicaba la tuberculosis que padecía por aquellos tiempos.En el ínterin del carteo entre Juan Carlos y Nené, el día 29 de julio, fue redactado un informe policial que anunciaba el viaje de los aspirantes a suboficial hacia la Capital Federal, entre los cuales se encontraba Francisco Catalino Páez. Siendo especificado que la duración de la acreditación sería de seis meses.En efecto, durante su estadía en Córdoba Juan Carlos fue descubierto escapándose al arrollo, por lo cual fue reprendido e intimado; este descubrimiento tuvo como consecuencia una carta del doctor responsable de su curación dirigida al doctor Malbrán, quien en su respuesta, fechada el 23 de agosto, expresó su desconcierto ante la actitud del paciente, quien a pesar de la gravedad de su situación, no podría solventar por mucho tiempo el arancel del tratamiento, dado que no se hallaba en una buena posición económica. El 31 de agosto de ese mismo año Juan Carlos anuncia a Nené por medio de una carta que había sido requerido en Vallejos por su madre para ayudarle a solucionar unos asuntos económicos, motivo por el cual cabía la posibilidad de viajar pronto a su pueblo natal, de donde volvería luego para completar su recuperación. En la próxima carta, fechada el 9 de septiembre, confirmó la inminencia de su viaje a Vallejos y pidió a Nené mantener discreción respecto de ese tema.Tres días después, surgió un documento que daba cuenta de una denuncia del señor Cecil Brough-Croydon al señor Sáenz, motivada por una presunta estafa en la compra de ganado que aquel realizara a este.Un tiempo después Juan Carlos emprendió su viaje desde Córdoba hacia Buenos Aires. Una vez llegado, intentó encontrarse con Mabel pero no pudo hacerlo, ya que esta se había retirado hacia la ciudad de Buenos Aires. Entretanto, pudo saber del conflicto entre el padre de Mabel y el inglés y la consiguiente rotura del compromiso entre ella y el extranjero, lo que lo sumió en una profunda confusión. Ahora estaba indeciso entre el amor de Mabel y el de Nené, quien más se preocupó por él durante su ausencia. Poco tiempo después de la conversación entre el doctor Malbrán y la intendencia surgió la decisión de despedir a Juan Carlos, ya que este no podría seguir adelante con su trabajo. Este hecho trajo aparejado el reproche del padre de Nené, quien lo increpó por atreverse a cortejar a su hija a sabiendas de la precariedad de su salud. Desconcertado, Juan Carlos volvió al bar donde tanto tiempo se había entretenido en el pasado y, sin premeditarlo, dejó oír que Pancho era padre de un hijo irreconocido ante el comisario.Entrado el año 1938, siendo 27 de enero, Nené hizo un alto en su día y aprovechó para descansar. Mientras reposaba, Nené poseía el deseo ferviente de que Juan Carlos recuperase su empleo, seguramente para sortear la prohibición que le hiciera su padre. Al mismo tiempo esperaba que el joven martillero que había llegado al pueblo -con quien tanto había bailado durante las festividades navideñas- no se enterara de sus enredos con el doctor Aschero, un hombre casado que la había empleado, con quien había perdido su virginidad de manera reprobable. Ese mismo día, durante un receso en su día, Juan Carlos fumó un cigarrillo, mientras fumaba el segundo, no paraba de especular acerca de la posibilidad de una unión con Mabel, que solucionaría sus problemas económicos, unido a esto, se sentía profundamente preocupado por conseguir el dinero suficiente para completar su curación en Cosquín, a su vez, temía terriblemente encontrar pronto la muerte.También haciendo un recreo en ese día, Mabel volvió a la casa de su tía, donde luego de cambiarse y ponerse cómoda, consultó el diario para planificar una salida al cine. Mientras pasaba revista a los principales eventos, deseaba ser visitada por una estrella de cine estadounidense. Mabel sentía un gran temor por la incertidumbre económica y social que había provocado el conflicto entre su padre y Cecil, su ex prometido.A las 17:45 horas del mismo día, Pancho se tiró a descansar en el cuartel donde se capacitaba para suboficial. Luego, decidió aprovechar la ducha y darse un baño reparador, para después vestirse con su flamante uniforme, muy lentamente, evitando provocarle cualquier daño. Ni bien vestido, Francisco se enfrentó al espejo, orgulloso de su porte y se sintió ansioso por lucirlo en las calles de su pueblo. Su mayor miedo era ser denunciado por Rabadilla como padre de su menospreciado hijo.Recién en la noche de esa jornada, en Coronel Vallejos, Antonia pudo descansar del trajín de su día. Había sido trasladada momentos antes a la sala de partos del hospital local, para ser atendida en su alumbramiento. Mientras miraba por la rendija de la puerta el movimiento del hospital, Raba anhelaba el regreso de Pancho y calculaba el bienestar que implicaba su trabajo de suboficial. Conjuntamente, no se explicaba la indiferencia del muchacho ante sus reiteradas cartas. Indudablemente deseaba que su hijo naciera sano. Por otro lado la atemorizaba la idea de que el padre la repudiara a ella y a su hijito.Llegado el día 28 de enero del corriente año, nació “Panchito”, el hijo de Rabadilla.Unos meses después, Nené se casó con aquel joven martillero, el señor Donato Massa. El 10 de noviembre de ese año, desde Buenos Aires, Nené le envió una carta a Mabel, en la que expresó su agradecimiento por el obsequio de casamiento y le contó todos los detalles de su luna de miel en esa ciudad, donde -a diferencia del pueblo- encuentra múltiples distracciones y entretenimientos y, además, donde quisiera mudarse para vivir con su flamante esposo.Durante el verano de 1939 llegó a Vallejos un joven maestro que luego sería el novio de Mabel.Estando Nené en su departamento, en abril de ese mismo año, fue llamada por su amiga Rabadilla. Entre otras cosas, Raba le contó que estaba trabajando en Buenos Aires, en una fábrica, que extrañaba mucho a su pequeño hijo y el modo de vida que llevaba en su pueblo. Además, ante la pregunta de Nené acerca de Juan Carlos, Rabadilla explicó que este seguía su relación con la viuda y que no había cambiado su mala vida. Antonia le comentó sus deseos de visitarla, por lo que Nené no se mostró muy entusiasmada. Durante estas reiteradas conversaciones, Nené se enteró de que su padre estaba en un estado muy delicado y por su parte insinuó estar embarazada de su esposo. Un tiempo después, en Coronel Vallejos, Juan Carlos aprovechó una oportunidad para robar una buena cantidad de dinero de la intendencia y retornó hacia Córdoba, ya no al sitio anterior, sino a una pensión, haciéndose atender por un médico. Meses más tarde, en junio, escribió una carta a la viuda, proponiéndole que venda su propiedad y que con ese dinero invirtiera en Córdoba, para que ambos pudieran vivir juntos, alegando sus deseos de verla pronto.Enterada Celina de que Elsa estaba por irse a Córdoba con su hermano, la visitó y mantuvo una conversación con ella, en la cual le expresó su descontento por la relación que la viuda había mantenido con su hermano, a pesar de esto, dio por sobreentendido que la señora vendería su propiedad y se iría junto a él, por este motivo, le sugirió realizar algunas maniobras para evitar que su viaje se transforme en una deshonra para la familia. La maniobra consistiría en utilizar un medio ajeno al pueblo para transportar sus muebles hasta Cosquín, a lo que la viuda no opuso ningún impedimento.En tanto corría el mes, Rabadilla ya estaba de vuelta en su querido pueblo, ocupada por la familia Sáenz y, mientras limpiaba, pensaba organizarse para ir al encuentro de Pancho, a la salida de su trabajo. Rabadilla se esmeró en vestirse y embellecerse, pero cuando tuvo la oportunidad de ser vista por Francisco, este la ignoró rotundamente, cruzándose de vereda.Muy en contra de los deseos de Rabadilla, Pancho aprovechó una conversación con Mabel, alcanzándole unos higos, para cortejarla. Mabel, en principio mostrando un leve rechazo, siguió la conversación hasta quedar con él para verse en ese mismo lugar (su habitación, comunicada por un paredón con la comisaría) mientras fuera de noche. En efecto, Pancho se aprovechó de su posición ventajosa y la visitó repetidas veces, amenazándola con hablar a sus padres en caso de que ella opusiera alguna objeción. Una noche, al saltar la ventana para volver a su lugar de trabajo, fue sorprendido por Raba, sin mediar palabra, empuñando un cuchillo de cocina, apuñaló repetidas veces el cuerpo del padre de su hijo hasta matarlo. Según declara el acta inicial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Pancho encontró la muerte la noche del 17 de junio de 1939, aparentemente por querer aprovecharse de la autora del asesinato. Dos días después, los hermanos del fallecido fueron encarcelados por apedrear el vehículo en el cual transportaban a Antonia hacia Mercedes para ser procesada.Habiendo avanzado ya bastante tiempo, Mabel sintió la necesidad de confesarse en la iglesia. En su confesión, manifestó haber mentido en su declaración respecto de la muerte de su amante nocturno. Además, dijo haber convencido a su empleada de que tergiversara su propia confesión, en apariencia para aminorar la pena que vendría, aunque la verdadera causa fuera la deshonra familiar que supondría la exposición de su relación con un simple suboficial de pueblo. La confesión tuvo como consecuencias diversas indicaciones del párroco que Mabel prometió cumplir antes de su casamiento.En abril de 1941, en el tiempo en que comenzaron los preparativos para el casamiento con Gustavo, su novio, Mabel visitó a Nené en su departamento de Buenos Aires. Allí, se encontró con que su amiga ya era madre de dos niños pequeños, pero tanto una como otra disimularon notoria e hipócritamente su inconformidad con el modo de vida que llevaban. Para pasar el tiempo, conversaron de una novela radial que luego se dispusieron a escuchar. Más tarde, Mabel salió a la calle lamentando no haber conocido al esposo de Nené. Al irse, pensó por un segundo viajar a Córdoba para ver al único hombre que la había podido conmover. Mientras tanto, Nené mantuvo sus ganas de llorar delante de sus hijos, afligida por los comentarios de Mabel acerca de la fama de Juan Carlos, que la habían perturbado profundamente.Unos años después, Mabel tuvo una hija con el hombre que se había casado. Por su parte, Rabadilla comenzó a vivir en concubinato con un hombre viudo acompañado de cuatro hijos, quien era poseedor de una modesta propiedad en el campo y algunas otras pertenencias.Aún unos cuantos años más tarde, el 18 de abril de 1947, durante una visita a su madre y hermana en semana santa, Juan Carlos Etchepare murió en Coronel Vallejos, asfixiado por una hemorragia pulmonar. El joven contaba 29 escasos años de edad.En ese mismo día, Nené transitó su rutina de una manera casi convencional. Hizo sus quehaceres normalmente, tuvo algunas diferencias con su esposo y se acostó a descansar un momento a la tarde.Mientras tanto, Mabel, aprovechando la visita de su madre, llevó a su hija -que contaba dos años de edad- a pasear a la plaza, donde encontró cerrado el comercio donde atendía un joven que le resultaba simpático.En cuanto a Pancho, sus restos consistían en un esqueleto, que estaba depositado en un foso común del cementerio de Coronel Vallejos.Rabadilla, decidía matar un gallo carnoso para entregarlo a sus clientes. Sus hijastros se encontraban realizando diversas tareas, mientras que su hijo Panchito, de nueve años, era empleado repartidor de diarios en el pueblo. Raba pidió a su hijastra que la acompañaba que le ayudara a matar al animal, puesto que ella estaba impedida por el avanzado embarazo que mantenía.Al día siguiente, se elevaban diversas plegarias en nombre del difunto Juan Carlos. Una de ellas, pronunciada por una joven que, siendo niña, había sido acosada por el muchacho, a quien le había deseado la muerte. Llena de arrepentimiento, la joven pidió perdón reiteradas veces a la virgen. Otra, efectuada por la madre, intercediendo por él, para que les sean perdonadas sus culpas en el más allá. También lo recordó en su rezo la viuda: luego de pedir por su anterior marido, la viuda de Di Carlo mencionó en su oración a los integrantes de su familia, para luego pedir en nombre de Juan Carlos. Por último, la que lo recordó en su ruego fue su hermana Celina, aunque su pedido fue más bien dirigido en contra de Nené que a favor del difunto.El 12 de mayo de ese mismo año Nené escribió la primera carta dirigida a Leonor, la madre de Juan Carlos. En esta, enunció su más sentido pésame y haberse enterado muy recientemente, asimismo, intentó superar la rivalidad que las había separado, producto de la molestia que causaba saber que Juan Carlos se quedaba en su puerta en horas de la noche, repercutiendo en su salud.La segunda carta estaba fechada el día 24 del mismo mes y en esta agradeció el que haya contestado la anterior, a su vez, manifestó la inquietud que suscitaba la incertidumbre en cuanto al destino del cuerpo del fallecido, ya que creía que este había sido cremado y por lo tanto que en el futuro no participaría de la resurrección de la carne.Es en la tercera carta, enviada el día 10 del mes contiguo, que Nené expresó haber mantenido contacto vía carta con el hijo de Leonor durante su primera estadía en Córdoba. Nélida agregó su deseo de recibir esas cartas de regreso, aunque más no fuera para aliviar su dolor con la lectura de los mensajes pasados.En la siguiente, Nené brindó detalles que permitirían a Leonor identificar las cartas que le pertenecían, para que fuera posible serles devueltas.Las dos cartas consiguientes, fechadas el 30 de junio y el 14 de julio, manifestaban la pena producida por no recibir respuesta alguna por parte del destinatario. Por otra parte, expresan un penetrante dolor que influyó de manera contundente en la vida de Nené, quien ya no podía ocultar su descontento y tristeza. La carta del 23 de julio del corriente año estaba cargada de nostalgia y melancolía. Nené no cesaba de comentar sucesos pasados y anécdotas en el pueblo. Sin demasiado esfuerzo quiso comentarle a través del mensaje la verdad oculta en el conflicto con Celina, una vieja revancha que se fue agravando con el correr del tiempo.El día 25 del mismo mes, Nené redactó un borrador, en el cual deslizó su más sincero y visceral repudio hacia la vida que llevaba, hacia su actual esposo y hasta criticó a sus propios hijos. Entretanto, agregó los detalles de su oprobiosa relación con el doctor Aschero, que le había significado una huella de por vida. Además expuso el determinismo que imperaba en su vida y el alivio que implicaba la esperanza de reencontrarse con Juan Carlos en el otro mundo. Una vez que comenzó a denigrar a Celina por sus viles actitudes en el pasado su tono fue adquiriendo cada vez mayor odio y furia, hasta que finalmente tomó todos los elementos con los que estaba escribiendo y los arrojó por el aire.El 12 de agosto del año mencionado, rehizo su carta, atenuando los detalles volcados en el borrador anterior, de manera que se percibiera una mediana complacencia, pero que no quedara ni un rastro de la furia y la inconformidad que guiaron la anterior escritura. Por último anunció que de no ser contestada esa carta, sería la última que le enviaría.El día 21 de agosto del año 1947 Celina volvió a contestar, en lugar de su madre, las cartas recibidas de parte de Nené. En esta carta se excusó por no haber podido contestar anteriormente, alegando estar delicada de salud. Además de esto, Celina aprovechó para motivar los comentarios de Nené acerca de las inconformidades de su vida y los defectos de su familia.En la próxima carta de Celina a Nené, fechada el 10 de septiembre del mismo año, solicita a la destinataria la dirección del lugar de trabajo de su esposo mediante un pretexto, donde enviaría luego un mensaje con el propósito de dejar en evidencia la inconformidad de Nené para con su vida y su familia, incluido su esposo. Esta información fue contenida en la carta que Celina envió a Massa dieciséis días más tarde, entre las confesiones, figuraba el deseo que sentía Nélida de poder haber continuado su relación con Juan Carlos tiempo atrás.Aparentemente la carta de Celina fue recibida por el señor Massa y este hecho desencadenó un conflicto entre él y su esposa, que terminó con una separación de ambos. Dos semanas después, Nélida hizo un viaje acompañada por sus hijos a Cosquín, dirigiéndose a la pensión donde se había hospedado Juan Carlos tiempo antes de su muerte. Allí, Nené se encontró con Elsa, la viuda de Di Carlo, con quien conversó y tuvo oportunidad de consultar acerca de Juan Carlos. Elsa pudo confirmar que su visitante se mantuvo en la memoria y en las conversaciones que Elsa mantuviera con el difunto. Sin mucho más que hablar, y contradiciendo la intención de quedarse que había expresado Nené, la viuda le consiguió un auto de alquiler para que esta dejara esa localidad. Durante su viaje hacia La Falda, Nélida tuvo un sueño en el cual imaginó un encuentro con Juan Carlos, posiblemente en una vida posterior a la natural, donde ellos pudieron casarse y compartir una habitación.Años más tarde, el 14 de septiembre de 1968, Nélida Enriqueta Fernández de Massa sintió que el final de su vida estaba cerca. Postrada en su cama recibió la extremaunción, inmediatamente, llamó a su marido al lecho -con quien se había reconciliado, luego de dos meses de separación- y solicitó modificar su última voluntad. En efecto, Nené había expresado su deseo de ser enterrada y que en su ataúd fueran colocadas las cartas que había mantenido con su amado Juan Carlos; ahora, en cambio, quiso que fueran colocados otros objetos, todos ellos recuerdos de la familia que había constituido y de sus hijos cuando pequeños. Además, dio indicaciones a su marido de quemar las mencionadas cartas. Una vez que se acercó su hijo a la cama, expiró. Al día siguiente, fue publicado un aviso fúnebre que informaba acerca de la muerte de Nélida y a su vez convocaba al entierro, que sucedería esa misma tarde.El mismo día de la muerte de Nené, el nicho de Juan Carlos ya no contaba con flores y se habían agregado a él algunas inscripciones a cargo de Celina, su hermana. En el caso de Mabel, ella recibía a una alumna en su departamento para darle una clase particular; realizaba este trabajo para colaborar con el tratamiento de una afección que padecía su nieto de dos años. El cadáver de Francisco Páez estaba cubierto por otros cuerpos en diferentes grados de descomposición, en el cementerio de Coronel Vallejos. Por último, en ese momento, Antonia Ramírez se dirigía al centro de su pueblo natal junto con su hija, llevando diferentes obsequios para su hijo Panchito, que se encontraba pronto a desposarse; en el viaje, recordó el pasado que compartiera con Nené e hizo mención de ello a su hija.Habiéndose reunido con el escribano, Massa consiguió las cartas que su esposa le había pedido quemar luego de su muerte. Sentado en su casa, reflexionando acerca de la proximidad de la soledad en aquel lugar, el hombre se dispuso a abrir el paquete recibido. Leyó unas palabras de una carta, tomada del grupo de las que estaban atadas con una cinta celeste (escritas por Juan Carlos), pero detuvo su lectura imaginando que ese acto iría en contra de la voluntad de su difunta esposa, entonces, tomó ambos grupos de cartas, los introdujo en el sobre mayor y, acercándose al incinerador del piso, las arrojó en él. El grupo de cartas unidas por la cinta rosada se quemó conjuntamente, mientras que el resto, que se hallaban sueltas, fueron desparramadas por el fuego, iluminándolas y dejando leer en ellas algunas frases sueltas, profesadas en su momento por Juan Carlos. 2) Referencias:1- Epígrafe (2ª entrega - página 22).2- Carta personal informal (2ª entrega - página 22).3- Necrológica (1ª entrega - página 9).4- Narración descriptiva en tercera persona (1ª entrega – página 10).5- Carta personal formal (1ª entrega – página 10).6- Crónica periodística (1ª entrega - página 19).7- Borrador de carta (2ª entrega - página 25).8- Álbum de fotografías (3ª entrega - página 33).9- Descripción de dormitorio (3ª entrega – páginas 36 y 37).10- Dedicatoria en fotografía (3ª entrega - página 38).11- Carta a correo de lectores (3ª entrega - páginas 38 y 39).12- Respuesta de redacción (3ª entrega - página 42).13- Descripción literaria (3ª entrega - página 43).14- Leyendas al pie de fotografía (3ª entrega - página 43).15- Agenda personal (3ª entrega - páginas 43 y 44).16- Crónicas de rutinas (4ª y 5ª entrega - páginas 47, 53, 61, 66 y 72).17- Diálogo con voz omitida (6ª entrega - página 78).18- Soliloquio (6ª entrega - página 84).19- Destacado de hechos relevantes en orden cronológico (6ª entrega - páginas 84 y 85).20- Carta profesional formal (6ª entrega - páginas 89 y 90).21- Reflexión (7ª entrega - página 100).22- Sucesión de imágenes oníricas (7ª entrega - página 103).23- Ficha de historial clínico (8ª entrega - página 109).24- Expediente policial (8ª entrega - página 109).25- Interposición de demanda (8ª entrega - página 110).26- Enumeración (8ª entrega - páginas 110 y 111).27- Recapitulación (9ª entrega - página 117).28- Conversación telefónica (10 ª entrega - página 132).29- Diálogo con expresión de la conciencia (10ª entrega - páginas 140 y 141).30- Monólogo interno (11ª entrega - página 144).31- Extracto de informe policial (12ª entrega - página 155).32- Narración literaria en tercera persona (13ª entrega - página 167).33- Novela radial (13ª entrega - página 173).34- Confesión (14ª entrega - página 182).35- Recordatorias de lápida (14ª entrega - página 190 - texto marcado).36- Plegaria (14ª entrega - página 190).37- Aviso fúnebre (16ª entrega - página 212).Espero que le sirva a alguien. La motivación para crear esto fue, justamente, no haberlo encontrado en la red
Artículo crítico: “Ritual, vida y muerte en Conducta en los velorios” “No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía.” De esta manera el narrador da comienzo a esta singular historia, la de una familia entera que se dedica a desbordar velorios; a robar, organizada e imperceptiblemente, el protagonismo que los deudos sostienen forzadamente, como él mismo lo dice, bajo las formas más solapadas de la hipocresía. Mucho se ha escrito ya de “Conducta en los velorios”, el cuento de Cortázar incluido en Historia de Cronopios y de Famas, sin embargo, consideramos quedan algunos rincones de la casa mortuoria por recorrer, esta vez, gracias a la luz que nos proporcionan algunas nociones de Valentín Voloshinov. Específicamente, nos interesa tomar solo un concepto que podemos encontrar en su artículo “El discurso en la vida y el discurso en la poesía”, publicado hacia fines de la década del treinta del siglo próximo pasado. Pretendemos, entonces, realizar una lectura sociológica del cuento en cuestión a partir del concepto de “evaluación ideológica” del autor; se trata, en pocas palabras, del sentido que sobrepasa la elección de la forma utilizada para presentar el contenido del relato, que se desprende de la relación particular que se materializa en la obra. Efectivamente, desde el inicio el narrador deja en claro cuáles son las evaluaciones acerca de los hechos que se sucederán pero, entendemos, hay por lo menos una más que no se halla explícita: La farsa familiar -que aparenta lograr su cometido a partir de la radicalización de las formalidades hipócritas- encuentra su fundamento en una sincera relación con el ritual funerario. En efecto, si el clan puede sostener la actitud teatralizada es porque, lejos del horizonte ficticio que la sociedad constituye en torno al ritual de la muerte, hay una verdadera motivación en las acciones del grupo, que ya no solo es una repetición litúrgica, sino una auténtica mitología concebida por la muerte. Para mejor figurar lo antedicho, citemos dos ejemplos textuales: 1- Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café […] 2- Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. En el primer caso, la narración confirma que hay una manera “verdadera” de llorar la muerte, esto descarta que todo duelo sea ficticio. Pero es la segunda en donde puede encontrarse una respuesta a la hipótesis planteada más arriba: el llanto de las hermanas, signo que remite a la niñez, al pasado y a la historia vital, es el significante que señala la condición humana, aquello que nos conecta con lo más íntimo de nuestro ser, con nuestra totalidad e insignificancia, desnudando el mito que sostiene la vida pero que no alcanza para mitigar el efecto de la muerte. En resumen, el llanto es verdadero, expresión auténtica de la congoja que valida el ritual de la muerte.
Triste, Solitario y Final. La argentinidad como creación artística y cultural Especialmente un calificativo se impone al terminar de leer Triste, Solitario y Final: entrañable. Como han dicho muchos ya, esta novela de Osvaldo Soriano -a la vez iniciática y consagrada- se erige como un magistral homenaje: al cine, al humor, a las novelas negras, a los ídolos… Pero no es solo de esto de lo que queremos hablar, sino también de la realización de las formas en ella, del grotesco brutal que significa -una mezcla equilibrada de risa y de llanto, de belleza y fealdad, en definitiva: de comedia y tragedia-. Y nos sentimos tentados a afirmar que esta condición, tan particularmente referida por muchos lectores (lo que justifica sus diversas traducciones) es especialmente decodificada por nosotros, los argentinos. En otras palabras, leemos en esta genial y entretenida novela una variada gama de matices significativos que tienen la fuerza de “incrustarse” en el imaginario social de nuestra cultura rioplatense. Esta idea, para nada original, no es más que el encuentro fortuito resultante de la inquietud provocada por la lectura de esta obra -una especie de exaltación innombrable- y un valioso trabajo crítico que pudo poner nombre a dicha movilización. Se trata del apartado “Absurdo y derrota. Literatura y política en la narrativa de Osvaldo Soriano y Tomás Eloy Martínez”, a cargo de Claudia Román y Silvio Santamarina . Si bien en el trabajo crítico mencionado el material literario objeto de análisis es la obra posterior de Soriano, consideramos que algunas categorías y conceptos serán muy productivos también en el intento de un acceso más profundo a la novela que nos convoca. Por otra parte, la elección de este material se justifica en el hecho de que forma parte de un estudio para nada convencional, una historia de la literatura, justamente, crítica, en donde incurren esfuerzos por desnaturalizar los criterios tradicionales de legitimación del canon literario nacional. Todo esto, en función de la perspectiva teórica que nos servirá de marco. En la búsqueda de nuestro objetivo, nos valdremos de los aportes de Raymond Williams, expuestos en su libro Materialismo y Literatura, por lo que este trabajo pretende ser un análisis literario alineado en su “materialismo cultural” . Siguiendo a este autor, pretendemos pensar el material estético en su contexto de origen, para recuperar una conciencia histórica de él y poder relacionarlo luego con nuestra cultura, entendida no como acumulación de conocimientos legitimados por sistema de valores de la burguesía, sino como toda creación humana, en nuestro caso, particularmente creación a partir del lenguaje. La literatura, en este sentido, es creación a la vez social y de sociedad. La novela en cuestión, desde la perspectiva que pretendemos construir, es un ejemplo perfecto de realización del lenguaje en contra de concepciones hegemónicas de cultura. Desde un principio sus personajes -caricaturescos, oclusivos, gastados, acabados…- son la viva representación de la vida en la periferia, de la vida a partir de la exclusión, de la vida como fuerza de posibilidad independiente de las condiciones adversas, pero a la vez, de la vida como infinito absurdo. Esta es una forma reiterada en la trama, por ejemplo, cuando el dúo protagónico irrumpe en la oficina de Dick Van Dyke, en donde este les lanza una encrespada evaluación: -Son un par de locos. Primero entran sin permiso, tan rotosos como vagabundos, después usted se sienta en mi mejor sillón como si estuviera en su casa y me hace preguntas impertinentes. Su amigo provoca a mi secretaria y se hace golpear, luego pelean ustedes y se insultan. ¡Esto es demasiado! Si, con Williams, consideramos a la literatura como categoría ideológica, no podemos dejar de señalar que también en este caso la novela de Soriano propone la inclusión de formas periféricas. En otras palabras, los artistas populares (Charles Chaplin, el Gordo y el Flaco), la novela negra (Marlowe tomado de las novelas de Raymond Chandler), el periodismo (el autor, reconocido periodista, como personaje de su propia obra), el tango, el circo… en Triste, Solitario y Final, “forman parte” de la literatura: Ollie camina lentamente hacia las luces del escenario donde las cámaras están listas. No sabe por qué, pero otra vez recuerda los rosedales, las mujeres tímidas y los hombres implacables que las toman del brazo. Los compases del tango (…). El tango ha dejado de oírse y el Gordo sonríe frente al Flaco y le hace un gesto cómplice. El flaco entiende y sonríe también. Ahora recuerda su viaje a la Argentina, en 1914, sus acrobacias de payaso en un teatro céntrico (…) . Por otra parte, definamos también con nuestro sociólogo la ideología como “conciencia práctica”, como realización social de lo ideológico, que no es otra cosa que un sistema de producción de signos y de significación. En esta dirección, la obra de Soriano se nos presenta como útil muestra de oposición, de creación novedosa de conciencia nacional, de cultura nacional y, a su vez, se contrasta con la imagen que se tiene de esta desde el exterior (Estados Unidos) y hacia el interior (punto de vista del argentino también desde el exterior). En el primer caso, sin recurrir a menciones puntuales, baste mencionar que cada vez que el personaje argentino se encuentra con uno estadounidense y es oído por este, es confundido con un “chicano”, con un mexicano o con un oriundo de otras nacionalidades latinoamericanas, en una suerte de indiferenciación. En otro pasaje, al preguntar un “yanqui” por estas latitudes, y luego de que se le aclarara que Argentina se ubicaba más hacia el sur, vuelve a solicitar que le hablaran de este país, pues “Brasil siempre le había gustado”. En el segundo caso, tomemos este interesante pasaje, que consiste en el cruce entre los protagonistas y dos argentinos durante una de las tantas fugas que aquellos llevan a cabo, estando arriba de un tren. Estas dos páginas ofrecen tipos de relaciones harto interesantes acerca de la imagen del otro y para el otro: La mujer del asiento próximo los miraba, divertida. Habló en castellano: -Perdón, señores: ¿Por casualidad ustedes son argentinos? -Él, señora –Respondió el detective, con una sonrisa fría-, yo no tengo el honor. -¡Ah! ¡El señor! –Gritó la mujer, mientras se tomaba la cara con ambas manos-. ¡Argentino! ¡Yo soy cordobesa! Soriano la miró. En ese momento lo último que hubiera querido encontrar era un argentino. En este punto señalemos algunas cosas. Por una parte, la aparente ironía de Marlowe al referirse al “honor” de ser argentino, lo que significaría una imagen despectiva desde el exterior hacia nuestro país. Por otra, la también negativa imagen que expresa Soriano, en forma de reniego por lo inoportuno, que se constituiría en premonición. Unas líneas más adelante, al preguntar la señora si se estaban divirtiendo: -Mucho, señora –terció Marlowe-, los argentinos son muy divertidos. Más aún si están juntos. Los dejo charlar, mientras tomo una copa en el bar. Marlowe reacciona nuevamente con ironía y simplemente se va, demuestra un claro rechazo a participar en la conversación (pues él sí comprendía el idioma). De alguna manera, si recordamos el principio de la relación entre ambos personajes, Marlowe nunca mostró simpatía por el argentino en cuanto a su condición. No es hasta establecer una relación personal con él, cuando demuestra una cierta de reconciliación o aceptación de Soriano, ya no por su identidad, sino más bien por su individualidad, por una suerte de necesidad o destino que los fuerza a estar unidos y establece una interdependencia entre ellos. Esto último nos invita a pensar que, más allá de las diferencias culturales, irreconciliables, la condición humana es lo que hace que las personas puedan acercarse y sustentar una auténtica relación. Pero volvamos a las menciones de la novela en cuanto a la mirada del otro. La evaluación que se desprende del hombre argentino hacia los estadounidenses no pretende ser nada negativa: (…) Acercó su rostro al de Soriano en actitud cómplice. -¿Es yanqui? –hizo un guiño. -Sí, muy buen tipo. Ni bien el anciano reconoció a su compatriota, comenzó a interrogarlo, en actitud persecutoria. Le preguntó cuánto hacía que estaban, qué hacían, si eran artistas… Contestando Soriano, a su vez, repetidamente: “ajá”. Luego mencionó haberlos visto en la televisión, para, por último, encerrarlo, diciendo: “Los diarios dicen que la policía los anda buscando”. Gritó: -¡Policía! –luego repitió el grito en inglés. -¡Viejo alcahuete! –Dijo Soriano, y se levantó de un salto-. ¡Argentino, hijo de puta! Dio un empellón al hombre y salió al pasillo. Logrado su cometido, y presenciando cómo el policía se llevaba a Soriano… (…) -A ver, amigo –dijo el agente-, levántese y explique. Soriano se puso de pie. -No hablo inglés –dijo en inglés. -¿Ah, no? –el policía gruñó-. Entonces venga conmigo. Lo empujó a través del vagón. La gente sonreía. El porteño aplaudió. De estas menciones podemos hipotetizar que, en principio, es la diferencia de edad lo que marca la gran diferencia entre las cosmovisiones de ambos personajes argentinos, denotando un conflicto generacional entre diferentes culturas. El personaje del viejo habla el inglés a la perfección, tiene una buena imagen de los extranjeros, o por lo menos, espera simpatizar con ellos. Prefiere el cumplimiento de la ley antes que la traición, porque considera a su compatriota un total desconocido con quien nada de lo que comparte justifica su encubrimiento. Del otro lado, Soriano, el argentino joven, se mufa de la compañía de la pareja de ancianos desde el principio, los subestima y, al verse acorralado, expresa la fantástica frase “¡Argentino, hijo de puta!”, dando a entender que esa identidad nada tiene que ver con la suya, con la emergente, la cultura que, razonamos, presenta como válida el autor. En su novela Respiración artificial, Ricardo Piglia hace formular a uno de sus personajes una idea muy tentadora, la de que la utopía es el exilio. En su discurrir, el personaje analiza que no hay otra forma de conseguir el ideal de la existencia más que alejándose del lugar de origen. El nuevo espacio de residencia tendría como consecuencia la detención del tiempo, transformando al nuevo lugar en una especie de “estado de transición”, desde donde se anhela volver al espacio-tiempo de partida, al que se considera ya como un “paraíso perdido”. Pero hay que hacer una precisión: no es la recuperación del paraíso la utopía, sino ese estado antes mencionado, generado por la tensión entre el lugar ajeno, extraño, y el anhelado, esperado. Esta idea, ubicada por el personaje de Piglia en los remotos inicios de la literatura y relacionada con el locus amoenus, el conocido tópico literario, es una constante en nuestra obra. Soriano, el personaje homónimo del autor, al pasar por situaciones extremas, sobre todo al peligrar su vida, no hace más que recordar el bienestar y la tranquilidad con la que vivía en Buenos Aires: -(…) ¡Qué boludo que soy! Ya ni siquiera espero que los yanquis vayan a matarme a mi país; vengo directamente a la boca del tigre. Pero a partir de esto, queremos señalar que si bien la nostalgia del lugar de origen se hace presente recurrentemente, hay un ansia de utopía particular que persiste y se mantiene intachablemente. En efecto, una serie de valores: la hombría, la camaradería, la lealtad… se constituyen, en palabras de Claudia Román y Silvio Santamarina, en una “épica de la rutina del argentino medio”, en una “argentinidad” . Y es esta argentinidad la que, proponemos, se constituye como nueva identidad, como forma crítica de cultura como acción, la que evidencia la intervención del hombre ante la imposición, ante el mandato hegemónico de la clase dominante. En referencia al desánimo que se desprende de la cita anterior, inmediatamente, en el día siguiente, ante la nueva aventura que los esperaba, y luego de las indicaciones de Marlowe, Soriano personaje expresa: -Muy bien. Hasta luego Marlowe. ¡Cuídese! Esta simple respuesta, seguida de una serie de acciones que se suceden maquinalmente, contra infortunios y obstáculos de toda índole, es una confirmación de la esperanza, una verdadera adaptación al medio, transformándolo en nueva utopía, en un nuevo espacio donde todo es posible. De hecho, cuando todo parece estar perdido, cuando ya no hay más lugar donde escapar, cuando todas las puertas se han cerrado, Soriano y Marlowe deciden descansar. Se vuelven hacia la casa del detective y realizan el tan postergado aseo y reposo, sin mayor preocupación. Alguien podría decir que el sueño ha acabado en este punto, pero tenemos para objetar que el texto no habla de ello. Consideramos que el final, en el que el narrador interrumpe su historia, representa más una salida que una fatalidad: El detective se puso de pie, buscó el tablero y sacó las piezas de una caja de cartón. Faltaba el rey blanco. Buscó en el escritorio. Encontró una bala 45 y la paró en el casillero de su rey. El juego de ajedrez “comienza” y, confiamos, que una bala ocupe el lugar del rey blanco (color que tiene prioridad en los movimientos) no responde al azar. Lo que queda de historia ya no es narrado, el narrador se hace a un lado y deja hablar a los personajes, quienes tampoco expresan ninguna predestinación ni tampoco alguna especie de final con carácter terminal. Al contrario, su conversación también sugiere un nuevo comienzo, una nueva historia: -¿No tenía otra cosa que hacer? Durante los días que estuvimos juntos me pregunté quién es usted, qué busca aquí. -¿Lo averiguó? -No, pero me gustaría saberlo.
Gautier, falsario encantador ¿Puede alguien decirme: me voy a comer tu dolor? ¿Y repetirme: te voy a salvar esta noche? Carlos “Indio” Solari [/align] Siempre reaparece el malestar indecible, el rechazo inmediato al encontrarme con las omnipresentes “pseudohistorias vampirescas”, esas producciones en serie de la mal reflejada libido adolescente estadounidense que tan bien se digieren por estas latitudes. Meditar en esto hace inevitable la pregunta: ¿Qué hay de irresistible en ser desangrado por un/a zombie nocturno/a de largos colmillos? Más allá de lo sabido –la elección del actor o actriz que corporizan al tan representado arquetipo responde a estrictos y contemporáneos estándares de belleza- debe haber algo más, una motivación inherente a la condición humana moderna que haga del vampiro (si se quiere, del vampirismo) no solo un tema recurrente, sino casi una clave del éxito. El problema mencionado estuvo en mi agenda desde hace ya un buen tiempo, hasta que quiso Fortuna me encuentre con un cuento que casualmente fue de gran ayuda para desenmarañarlo, al menos parcialmente. Si hay algo sobrenatural en “La muerta enamorada” es cómo nos muestra la luz que detestaríamos vislumbrar al final de otro gran cuento, sin sacrificar nunca nuestra complacencia. Aceptamos, sin queja alguna, el fraude. Será que la genialidad del autor nos extasió de tal manera que durante el viaje perdimos la expectativa que había tenido el destino al cual nos dirigíamos junto con el relato, corriendo, aunque evitando desperdiciar detalles. Adán (o Eva) sabía que todos los frutos eran sabrosos y provechosos, pero la curiosidad, disfrazada de manzana, pudo más. Del mismo modo Romualdo gozaba de una “inocencia perfecta”, un estado que hacía más que suficiente un panorama para nosotros tan desalentador, un paisaje que podríamos ver a la vuelta de la esquina de cualquiera de nuestros hogares: la invariable comodidad. De pronto, como un nuevo Dante, Gautier nos lleva de paseo por un infernal parque temático. Más allá de lo que mencione por conocido, es lo imaginado lo que embriaga el pensamiento, tanto, que olvidamos completamente la advertencia: Romualdo no es más que uno, y la ilusión siempre fue la nocturna. No nos desembaracemos de la culpa, nosotros también nos permitimos “una sola mirada demasiado complaciente”, pero jamás hizo falta acción mayor que esa para fantasear con la repetición del paseo que inyectara un poco de azar en la película que presenciamos pacientemente cada día, esperando, sin demasiada perspectiva, un distinto final. Asistimos entusiasmados a los encuentros con Clorimonda, a la posibilidad de no volver a despertar en el claustro, enlutados con sotanas y rosarios, abrigamos la esperanza de callar la voz del inquisidor y hasta confirmamos lo que más o menos escuché o soñé no hace mucho tiempo: Nosotros, que escuchamos de Pablo la exhortación de imponer el espíritu contra la enferma carne, no somos dos partes disociadas, sino una misma que oscila entre ambos polos, hasta la muerte. Soy un tercero, pensé entonces, alguien que apuesta vacilante al potencial vencedor de ambos contrincantes. Fue también durante un prolongado tramo tercero el protagonista, viendo alternarse al monje y al caballero nocturno, al ascético y al vanidoso; el sujeto presenciando a los objetos de un dios macabro y de un diablo fascinante. Pero no olvidemos el problema, nos interesa decir qué hay de infalible en este manoseado campo. Pues bien, casi sin querer ya se ha dicho, no lo supe hasta estar acabado el pensamiento producido por la lectura del final y la posterior relectura del inicio del relato: confié en Clorimonda, tanto que perdí mi sangre cada noche con la más solícita aprobación; que olvidé desde dónde venía, quién era; que esta nueva y extraña luz opacó el sol que me había alumbrado. Entré hechizado al infierno y cedí mi mano descansada al galante guía, que me mostró lo más profundo y siniestro de mi ser. Dejé de preocuparme del origen y no pude más que mirar hacia adelante. ¿Dónde estaba el placer entonces? En ser conducido, en no decidir, en ser el objeto. De esto se trató siempre el vampirismo, de entregarse al éxtasis, dejarse llevar, delegar la culpa del exceso en esa extraña fuerza inexplicable… Aunque compartido el indescriptible encanto, Romualdo sufrirá siempre los recuerdos, pero está de vuelta. En cuanto Gautier: cerró la puerta, con nosotros adentro.
Una marca más en la pared Como me contaban que sería un 9 de julio, allá por el siglo XXI, en el que anunciaban que nevaría (cosa poco creíble a decir verdad), en mi pueblo reinaba una extraña comunión. Desde el día anterior en realidad, las personas hasta parecían personas: saludos, sonrisas, ojos ajados y cabezas semiladeadas por doquier. No había miradas al piso, ni distraídas hacia los lados antes de cruzar las calles. Los perros parecían limpios y los pájaros… por supuesto. O bien la mirada que evaluaba todo eso había tenido un día particular, lo que suele decirse una buena predisposición. La cuestión es que estaba todo listo, el para qué no lo sabía muy bien, pero definitivamente listo, esperando. Creo que esa noche había dormido bien, mejor que de costumbre, sin tener que lidiar con los demonios que tenían cara de dibujos animados y me visitaban regularmente cada noche. Recuerdo que se proyectaban en la pared oscurecida por la noche, algo así como mirar fijamente el sol y volver a verlo verdoso, pegado en un árbol, en un muro descascarado, en un cordón de la vereda… Así se proyectaban los pequeños demoñitos en la pared de casa. Muerto de miedo pero lo suficientemente macho para guardarme el secreto. Como había dormido bien, si mal no recuerdo (no recuerdo nada más), la noche pasó en un soplo. O bien tuve los mismos asquerosos sueños, las mismas terribles percepciones y como un gusto a muerte en el paladar, de manera que lo he olvidado todo… un punto más para el olvido: una buena noche de pasado. Sobresaltado, salté de la cama, medio dormido todavía salí de la habitación, intentando ver a través de unos ojos tercamente pegados. También medio chocándome la puerta y la pata de otra cama… Llegué a la ventana: un cerco interminable de gente. Parece que, a diferencia de la mayoría de los días, habían mateado bien temprano, habían también vencido la parsimonia pueblerina que tanto gusta a los forasteros ocasionales, habían encontrado una buena razón para dejar en evidencia lo aburridos que habían estado todos esos días de sus vidas, en ese lugar. Decidido, salté también dentro de los pantalones, y hacia arriba en el buzo; me metí en los zapatos y los cordones quedaron bien atados a pesar del apuro. Llegado a la puerta principal, un grito: -¡Andá para dentro te digo!- Fue más dura que la pared de los demonios nocturnos, me la llevé por delante y ya no hubo nada más que decir, me volví sin chistar hacia la ventana. Intentaba, pero era imposible: los bajos delante y los altos atrás. Algunos pillos subidos en las plantas tuvieron una posición privilegiada y yo tal vez me gozara un poco con eso, porque esos mocosos habían vencido las imposiciones de los mayores, que ya no poseían tal destreza. En efecto, solo quedaba esperar la llegada… ¿Pero de qué? Yo no contaba muchos agostos y sin embargo había visto pasar por allí tantísimos trenes, por lo que intuía que otra cosa muy distinta de eso no podría pasar por ese lugar, así es que no podía explicarme la conmoción que el evento había provocado. Al cabo de unos buenos metros (o centímetros) caminados por el sol, los ánimos se notaban inquietos. Las señoras se pantalleaban con objetos tan extraños como coloridos; los hombres, alternaban el peso entre una pierna y otra, cada tanto uno se esforzaba por mostrar su nerviosismo encendiendo un cigarro tras otro, tras otro… hasta que el paquete vacío certificara la solvencia de sus argumentos; los niños bien, imagino, repartirían el peso al igual que los hombres, solo que entre la frente y la nariz, sobre la cruel ventana, que dejaba ver a medias pero nunca tocar, oler, escuchar, que habría sido lo más interesante. Cuando los cigarros se terminaron, las piernas se cansaron y los abanicos volvieron a sus carteras, algunos desistieron, no se sintieron capaces de sostener más tiempo tal escenificación. Era demasiado esfuerzo, hasta para un enfermo de aburrimiento. Así es que prefirieron reconciliarse con el mate en los patios (los acompañados) y en las mesadas (los solos). Todo esto no debilitó el límite, vaya que no; se podría decir que el resultado se parecía a un árbol que dejara caer un par de hojas rendido ante el principio del otoño… no más que eso. Pero el invierno no estaba cerca, y el follaje seguiría bien tupido, hasta el final. Por fin, el mar de gente comenzó a erguirse, a alborotarse y a moverse, tempestuosamente. Las manos se confundieron con las cabezas; los abanicos resurgieron casi como pancartas, los cigarros, como bengalas y las piernas pilares para sostener algún petiso que insistía en no querer perderse la función. En un momento dado, las cabezas giraron al unísono hacia la derecha, todo lo que fue posible, y descendieron solo un poco, como un leve asentimiento. Se mantuvieron así, y los ojos que podían verse comprobaban que el resto también se había mantenido abierto de manera tenebrosa. En este punto quisiera llamar a esto La foto, pues eso mismo había sido, una fotografía sin necesidad de cámara que la fijara. Se rompió el silencio casi al mismo tiempo que la inercia, los gritos ascendieron como lo habían hecho algunos ruegos en esa semana, los actores mostraron ser también cantantes, y vaya que congeniaban, eran una sola voz, por momentos perfecta como una manada… Las cabezas y los cuerpos giraron con vitalidad, como en carrera, y solo los ganadores pudieron seguir el corto trayecto que recorrería el tren sobre sus ojos, para provocar ese efecto de quietud, que permite ver algo después de las ventanillas. Solo algunos fueron -seguramente los que prescindieron del saludo en sus manos, los que se limitaron a la carrera de cabezas- los que vieron, que era lo realmente convocante. Nunca más quise preguntar acerca del tren blanco y amarillo, mucho menos si traía algo importante, o a alguien. Sí vi las cabezas seguir una cola de fierro alejarse hacia la izquierda, a mayor velocidad que de costumbre, y oí los aplausos y otras tantas manos que se comportaban en forma extraña, caóticas, sin saber muy bien qué era lo mejor para hacer o dónde estar… Yo esperé, hasta que el árbol casi había quedado deshojado. Cuando las caras se volvieron definitivamente, aplaudí a mi tiempo con ganas, con un entusiasmo –sospecho ahora- más auténtico que el anterior, luego se abrieron mis ojos y mis manos se agitaron locamente hacia arriba, ante mi padre que se mostraba muy conforme, acercándose a la casa. Ese día fui, sin sospecharlo, un espectador privilegiado.
Lo invisible Nunca he de olvidar la primera frase que mi frágil memoria había podido retener, una de esas que de tan sabias pasan a ser de todos y que tantas veces creí sin origen cierto. Como casi todas las demás, la sabiduría aparentemente ancestral se reveló pesada de historia, acabada por la coyuntura del tiempo. Sin embargo, este fragmento se las arregló para conservar su magia, su capacidad de conmover, hacerse sentir como el grato consejo de un íntimo amigo: “lo esencial es invisible a los ojos”. Mirado a la distancia, el recorrido hecho parece una triste parodia, una insana película de humor. Toda la vida había considerado la heroicidad un destino posible, narrable. Pero como muchos sabemos a la realidad le sobran látigos para dejar marcas de verdad, huellas que no se van más. Desorientado, contrariado de sinsabor, busqué la fe en puertas y ventanas del corazón. Sin hallarla, vacío de milagros que evocar, salí como un risible Quijote en busca de mis propias aventuras. Recuerdo haberme dicho que si el destino no era más que un guión interactivo, una despiadada premonición de revista -universal, ambigua y complaciente- yo tomaría las riendas de mi propia historia, aunque luego el precio fuera costeado por mi propio bolsillo. Comencé por dudar, ya que había escuchado por ahí que la del pensamiento era toda una aventura… Pues bien, lo es, claro que no por paradisíacos paisajes de ensueño, sino por oscuros pantanos de terror. Como muchos habrán comprobado ya, la verdad debe buscarse clavando los dedos en el barro del ser, en una masa informe que carece de marcas que guíen el andar. Recorrido el laberinto del dudar (desde donde intento contar esta historia), definitivamente perdido ya, resignando la posibilidad de marcar un rumbo, el siguiente paso fue viajar. Cuántos lo habían hecho, desplazarse del medio, evadir la opresión y el escozor, huir como forma de desprenderse del lastre que nos agobia. Transité ciudades y afueras, climas y latitudes disímiles, también sin rumbo, pensando que allí estaría la libertad. Si buscar en el interior había sido un error, el acceso a una tremenda pérdida, la desorientación que llevaba me acompañó en cada viaje, fue mi compañera e hizo que no pudiera más que proyectar todos mis males en los lugares por donde se posaran mis cansados ojos. En soledad, desahuciado y aturdido, tuve momentos de felicidad. Si bien nunca había dejado de estar perdido, algunos chispazos habían iluminado algunos tramos de mi viaje. En algunos desconocidos había encontrado algo de lo que había derrochado casi sin querer, el creer. Ya no creería más en mí, que tanto me había mentido, sino en los demás. Como era de esperar, también pude degustar la traición. Si la felicidad estaba en brindarse y la fe en los demás, no faltó quien saboreara robarse para sí un trozo de alma del forastero. Nuevamente contradicho por la vida y sus avatares, creí estar abandonado para siempre, impedido para lidiar con el azar, timonear en un mar nunca tan desconocido. Abatido, a punto de dejarme caer para siempre, me refugié en el pasado, ese lugar tan conocido de memoria, tan muerto como seguro. Volé hacia los más recónditos lugares, iluminé los más oscuros rincones de mi memoria y vi cosas terribles y deslumbrantes: vi flores y animales, vi familias felices, épocas escolares y espacios anhelados de amor puro y cristalino, de buenas intenciones… Casi como una revelación, el milagro. El pasado, que tantos disgustos y rechazos había traído en otras épocas a mi puerta, trajo como la marea un misterioso paquete de recuerdos. Aunque siempre supe que la respuesta estaba en la niñez, en esa particular manera de mirar, nunca había podido descifrarla, comprender aquello que restaurara el opacado brillo de mis ojos: En una tarde, ahora eterna para siempre, un grupo de niños se dirigieron un poco más lejos de lo acostumbrado, hacia una plaza que debía estar mucho más allá de la imaginaria línea marcada por el permiso, una línea que delimitaba el espacio de lo prohibido. Allí, donde un grupo de muchachitos mucho más experimentados –quienes ostentaban el conocimiento de algunos secretos tan míticos como ocultos para nosotros- solían juntarse, se habían congregado algunos desconocidos, absortos, petrificados por lo que difícilmente intentaban contemplar. Nuestras edades no nos acreditaban a preguntar, de manera que no hicimos más que ubicarnos frente al invisible espectáculo y urdir a nuestro tiempo diversidad de conjeturas. Algunas cosas eran evidentes y otras no tanto. En principio, el silencio se imponía certeramente, irrefutable, solo interrumpido por un constante silbido del viento que soplaba de forma insistente como cada agosto en mi barrio. Lo segundo era el líder: ni más fuerte ni más popular que los demás, Emanuel ocupaba un indiscutible protagonismo en la improvisada escena; en sus manos, un gigantesco carretel plástico giraba de manera lenta y constante, acompañado por una sonrisa que no podía disimular el reflejo de la admiración con la que se lo adornaba. Por último, el nexo entre lo sabido y lo extraño, entre lo sobreentendido y lo enigmático: un hilo transparente (similar a una telaraña) ascendía curvo y brillante, en parte denunciado por la luz del sol; hacia la nada. Todo estaba en su lugar: las cabezas mirando el cielo, los árboles y las cabelleras sacudidos por el viento que hacía oscilar también al hilo, el carretel entre las manos… pero nadie sabía dónde estaba el barrilete. Exaltados, contentos pero inquietos, los más chicos saltábamos al descubrir que nada sostenía a ese hilo en el cielo, sin poder determinar en qué punto del cielo el sol dejaba de iluminarlo, sin saber hacia qué dimensión se dirigiera, aunque pareciera haber sido atravesado por algunas escazas nubes que transitaban el infinito azul. Emanuel, sorprendido, notó que su carretel había dejado de girar, una repentina fuerza le había impedido seguir moviéndolo. Al bajar su estupefacta mirada, pudo comprobar que el hilo se había terminado. ¿Quién podría determinar hoy la longitud de ese hilo? Para mí sigue siendo un encantador misterio. Un tanto desconcertado, mostró un incipiente miedo en su rostro y buscó a los lados, casi implorando auxilio. Más raro que su rostro era el de todos los presentes, pues habíamos decidido coronarlo con los mejores laureles por semejante hazaña. Después de unos minutos de silencio, Emanuel, un chico sabidamente rodeado de pobreza, masculló el desafío: -Por favor, el barrilete no es mío, si alguien me lo puede bajar, yo le voy a regalar este rollo de tanza entero. Primero asustados, luego envalentonados, pasaron uno a uno los muchachos de la plaza -los más atrevidos, por supuesto-. Uno a uno intentaron y fallaron, alternativamente mudaban la sonrisa de picardía por una mueca de impotencia. Entretanto, algo con lo que ninguno de nosotros contaba, aterrizó en el escenario. Haber roto los límites no había pasado desapercibido a nuestros padres, quienes se acercaron a la plaza con duras rostros desaprobatorios. Rogar una excepción hubiera profundizado el incómodo ridículo en que nos encontrábamos, así que no hicimos más que alejarnos lentamente volteándonos para ver cómo los muchachos intentaban una proeza que parecía bastante más heroica que la realizada por Emanuel. Luego de recibir sendos garrotazos y enérgicos reproches, logramos una tregua. Explicamos lo vivido sin poder reproducir la intensidad del hecho, sin poder figurar a los adultos la distancia que el hilo seguramente había recorrido. Incrédulos, los padres aceptaron a desgano la historia, pensando seguramente en la exageración por medio de la cual dábamos cuenta de lo sucedido. En un descuido, confiados, quienes nos cuidaban volvieron a sus diarios quehaceres, dejándonos solos en un patio abierto, en un terreno abierto al cielo que se había tragado el barrilete. Con los corazones saltando -como lo habíamos hecho antes en la plaza- no hicieron falta muchas miradas para compartir la seguridad de que ningún castigo sería suficiente para apagar la emoción que sería ver volver el objeto que había sido extraviado en el cielo. Sin perder un segundo, y habiéndonos asegurado de que la vigilancia había menguado, sorteamos sigilosamente la puerta del patio y corrimos con todas nuestras fuerzas hacia el lugar. Al llegar, Pablo, quien había llegado a la plaza cuando nosotros la dejábamos atrás, era el único que se mantenía erguido, descansando de pie con las manos en su cadera, triunfal, sobre un numeroso grupo de curiosos que, encorvado, no paraba de alabarlo. Encandilados por el objeto, sonreímos. Ahí estaba, inmóvil, como un cuerpo desposeído, en el suelo. El barrilete plástico parecía un dragón vencido, un blanco dragón de una larga cola de trapo anudado, un derrotado paladín de los aires. Los tres niños entre los que me encontraba habían visto un hilo trazar una línea hasta el cielo, los tres habían presenciado la rotura de los límites de la tierra y del aire, del delgado espacio que separa lo real de lo mágico. Nunca más quise preguntar qué había sucedido, los cómos ni los porqués de la caída del grande, del regreso del gigante blanco. Hoy prefiero revivir la esencia de un milagro, la fe impresa en el rostro de tres niños que, por desconocer, vieron lo que para muchos fue negado. Hoy desconozco cómo bajar una barrilete que ha escalado el cielo, pero aprendí como rescatar la fe que se había hundido en el pasado.

Llorando iba, riendo quedo a reformular mi canto en noche de lamento. Sin respuesta ni pregunta, estoy sin aliento, con espanto de palabras... endebles; indefenso. Se acaba el espacio aquí, de callado no tengo nada más que decir importante para nadie a quien le importe me entrego entero porque no me he roto suficiente- mente para callar del Todo. Gracias por leer y comentar

Simplemente buscaba un libro. Fue hasta el escritorio: había ahí algunos libros. Sobre la mesa: libros daban color al viejo mantel... Una buena idea era probar con el atril: cargaba con el peso de tres. No se podía apoyar el reloj despertador en el banquito que hacía de mesa de luz, ya que estaba ocupado por otros tantos. Bajo la frazada que vestía, desalineada, el mínimo ropero, se ocultaban algunos más. Habría desayunado un delicioso café con leche y tostadas... de no ser por unos libros, entrometidos, que descansaban apoyados en la mesada. Los zapatos bajo la cama interrumpían la vista, detrás de los cuales se amontonaban tantos... Quizá en los cajones... No. En las repisas... Tampoco. Quedaban pocas opciones, una de ellas implicaba el recuerdo de un bisturí; y siendo tan tarde y tan temprano para todas las demás, la candidata se impuso rotundamente, abrumando al resto: sentado sobre el suelo -helado- de la cocina, creyó sentir más frío en una de sus muñecas, uno nuevo, inédito. Luego, un calor rojo vino a calmarlo, descendiente por el brazo. Entonces, y justo entonces, lo vio: el libro que tanto necesitaba estaba siendo sostenido por la mano que, poco a poco, perdía la poca fuerza que le restaba. Gracias por pasar y comentar. Está prohibido cualquier tipo de compasión, por ser ficción
II Llego, oigo, miro sin ver. Escucho lo mismo, lo mismo veo, lo mismo llego, siempre. No hay nadie en la caja gris, nadie que escuche conmigo. No hay nadie por aquí. Mejor me voy. Me voy pero sigo sin llegar. Me encuentro perdido, hundido en un océano de azar. Mareado, mi mente no puede descansar. Busco un ritmo para el corazón, uno que complazca y dé paz, y dé… más. Encuentro nada… más que todo. Todo y caer, todo y correr, sin fin correr. Agotado no puedo parar. Hay que salir de acá. Me fui a caminar y saltar. La angustia no está, aunque el vacío se hace notar. Lo mismo siento, siempre. Siempre.
http://www.elclarin.cl/web/images/stories/2012/octubre/diarioche.jpg Literatura es eso: mentir bien la verdad Juan Carlos Onetti Dibujaba porque de esa manera el trazo no sucumbía ante la imperiosa ansiedad, porque los acordes y arpegios del lento rock que solía rolar se le antojaban unísonos con su mano en movimiento, formando un vals de lo más sutil. Si escribía, no podía más que hacerlo en papeles pequeños, por el mismo motivo que hacía del dibujo un peculiar remedio: grandes espacios blancos significarían intimidación, amenazas que sostendrían una insufrible quietud. Desconfiaba de los grandes relatos, de las verdades irreprochables, así es que también prefería balbucear comentarios, brevísimos, que cupieran en aquellos papelitos: refutables, provisorios y mortales -como nosotros-. Confiaba, sí, en la contradicción, en lo dispar y en la proliferación de hibridajes. Quizá fuera por eso que en ese momento se sintiera ese científico que imaginaba de niño, que era, sin duda, la respuesta inmediata ante la pregunta de qué quisiera ser cuando grande... “Un poco de reflexión, uno de delirio; algo de verosimilitud, de mentira; un humor solapado, una pizca de humanidad y también de miseria... Listo: otro respiro de vida, un latido más; un ruido que rescate y me lleve hasta la vigilia, arrancado de un profundo sueño de muerte.” Gracias por pasar y comentar. Si te gustó, date una vuelta por mi perfil, hay otras cosas que escribí.