InicioArteRelato breve 6
Lo invisible

Nunca he de olvidar la primera frase que mi frágil memoria había podido retener, una de esas que de tan sabias pasan a ser de todos y que tantas veces creí sin origen cierto.
Como casi todas las demás, la sabiduría aparentemente ancestral se reveló pesada de historia, acabada por la coyuntura del tiempo. Sin embargo, este fragmento se las arregló para conservar su magia, su capacidad de conmover, hacerse sentir como el grato consejo de un íntimo amigo: “lo esencial es invisible a los ojos”.
Mirado a la distancia, el recorrido hecho parece una triste parodia, una insana película de humor. Toda la vida había considerado la heroicidad un destino posible, narrable. Pero como muchos sabemos a la realidad le sobran látigos para dejar marcas de verdad, huellas que no se van más.
Desorientado, contrariado de sinsabor, busqué la fe en puertas y ventanas del corazón. Sin hallarla, vacío de milagros que evocar, salí como un risible Quijote en busca de mis propias aventuras. Recuerdo haberme dicho que si el destino no era más que un guión interactivo, una despiadada premonición de revista -universal, ambigua y complaciente- yo tomaría las riendas de mi propia historia, aunque luego el precio fuera costeado por mi propio bolsillo.
Comencé por dudar, ya que había escuchado por ahí que la del pensamiento era toda una aventura… Pues bien, lo es, claro que no por paradisíacos paisajes de ensueño, sino por oscuros pantanos de terror. Como muchos habrán comprobado ya, la verdad debe buscarse clavando los dedos en el barro del ser, en una masa informe que carece de marcas que guíen el andar.
Recorrido el laberinto del dudar (desde donde intento contar esta historia), definitivamente perdido ya, resignando la posibilidad de marcar un rumbo, el siguiente paso fue viajar. Cuántos lo habían hecho, desplazarse del medio, evadir la opresión y el escozor, huir como forma de desprenderse del lastre que nos agobia. Transité ciudades y afueras, climas y latitudes disímiles, también sin rumbo, pensando que allí estaría la libertad. Si buscar en el interior había sido un error, el acceso a una tremenda pérdida, la desorientación que llevaba me acompañó en cada viaje, fue mi compañera e hizo que no pudiera más que proyectar todos mis males en los lugares por donde se posaran mis cansados ojos.
En soledad, desahuciado y aturdido, tuve momentos de felicidad. Si bien nunca había dejado de estar perdido, algunos chispazos habían iluminado algunos tramos de mi viaje. En algunos desconocidos había encontrado algo de lo que había derrochado casi sin querer, el creer. Ya no creería más en mí, que tanto me había mentido, sino en los demás.
Como era de esperar, también pude degustar la traición. Si la felicidad estaba en brindarse y la fe en los demás, no faltó quien saboreara robarse para sí un trozo de alma del forastero. Nuevamente contradicho por la vida y sus avatares, creí estar abandonado para siempre, impedido para lidiar con el azar, timonear en un mar nunca tan desconocido.
Abatido, a punto de dejarme caer para siempre, me refugié en el pasado, ese lugar tan conocido de memoria, tan muerto como seguro. Volé hacia los más recónditos lugares, iluminé los más oscuros rincones de mi memoria y vi cosas terribles y deslumbrantes: vi flores y animales, vi familias felices, épocas escolares y espacios anhelados de amor puro y cristalino, de buenas intenciones…
Casi como una revelación, el milagro. El pasado, que tantos disgustos y rechazos había traído en otras épocas a mi puerta, trajo como la marea un misterioso paquete de recuerdos. Aunque siempre supe que la respuesta estaba en la niñez, en esa particular manera de mirar, nunca había podido descifrarla, comprender aquello que restaurara el opacado brillo de mis ojos:
En una tarde, ahora eterna para siempre, un grupo de niños se dirigieron un poco más lejos de lo acostumbrado, hacia una plaza que debía estar mucho más allá de la imaginaria línea marcada por el permiso, una línea que delimitaba el espacio de lo prohibido. Allí, donde un grupo de muchachitos mucho más experimentados –quienes ostentaban el conocimiento de algunos secretos tan míticos como ocultos para nosotros- solían juntarse, se habían congregado algunos desconocidos, absortos, petrificados por lo que difícilmente intentaban contemplar. Nuestras edades no nos acreditaban a preguntar, de manera que no hicimos más que ubicarnos frente al invisible espectáculo y urdir a nuestro tiempo diversidad de conjeturas.
Algunas cosas eran evidentes y otras no tanto. En principio, el silencio se imponía certeramente, irrefutable, solo interrumpido por un constante silbido del viento que soplaba de forma insistente como cada agosto en mi barrio. Lo segundo era el líder: ni más fuerte ni más popular que los demás, Emanuel ocupaba un indiscutible protagonismo en la improvisada escena; en sus manos, un gigantesco carretel plástico giraba de manera lenta y constante, acompañado por una sonrisa que no podía disimular el reflejo de la admiración con la que se lo adornaba. Por último, el nexo entre lo sabido y lo extraño, entre lo sobreentendido y lo enigmático: un hilo transparente (similar a una telaraña) ascendía curvo y brillante, en parte denunciado por la luz del sol; hacia la nada. Todo estaba en su lugar: las cabezas mirando el cielo, los árboles y las cabelleras sacudidos por el viento que hacía oscilar también al hilo, el carretel entre las manos… pero nadie sabía dónde estaba el barrilete.
Exaltados, contentos pero inquietos, los más chicos saltábamos al descubrir que nada sostenía a ese hilo en el cielo, sin poder determinar en qué punto del cielo el sol dejaba de iluminarlo, sin saber hacia qué dimensión se dirigiera, aunque pareciera haber sido atravesado por algunas escazas nubes que transitaban el infinito azul.
Emanuel, sorprendido, notó que su carretel había dejado de girar, una repentina fuerza le había impedido seguir moviéndolo. Al bajar su estupefacta mirada, pudo comprobar que el hilo se había terminado. ¿Quién podría determinar hoy la longitud de ese hilo? Para mí sigue siendo un encantador misterio. Un tanto desconcertado, mostró un incipiente miedo en su rostro y buscó a los lados, casi implorando auxilio. Más raro que su rostro era el de todos los presentes, pues habíamos decidido coronarlo con los mejores laureles por semejante hazaña. Después de unos minutos de silencio, Emanuel, un chico sabidamente rodeado de pobreza, masculló el desafío:
-Por favor, el barrilete no es mío, si alguien me lo puede bajar, yo le voy a regalar este rollo de tanza entero.
Primero asustados, luego envalentonados, pasaron uno a uno los muchachos de la plaza -los más atrevidos, por supuesto-. Uno a uno intentaron y fallaron, alternativamente mudaban la sonrisa de picardía por una mueca de impotencia. Entretanto, algo con lo que ninguno de nosotros contaba, aterrizó en el escenario.
Haber roto los límites no había pasado desapercibido a nuestros padres, quienes se acercaron a la plaza con duras rostros desaprobatorios. Rogar una excepción hubiera profundizado el incómodo ridículo en que nos encontrábamos, así que no hicimos más que alejarnos lentamente volteándonos para ver cómo los muchachos intentaban una proeza que parecía bastante más heroica que la realizada por Emanuel.
Luego de recibir sendos garrotazos y enérgicos reproches, logramos una tregua. Explicamos lo vivido sin poder reproducir la intensidad del hecho, sin poder figurar a los adultos la distancia que el hilo seguramente había recorrido. Incrédulos, los padres aceptaron a desgano la historia, pensando seguramente en la exageración por medio de la cual dábamos cuenta de lo sucedido.
En un descuido, confiados, quienes nos cuidaban volvieron a sus diarios quehaceres, dejándonos solos en un patio abierto, en un terreno abierto al cielo que se había tragado el barrilete. Con los corazones saltando -como lo habíamos hecho antes en la plaza- no hicieron falta muchas miradas para compartir la seguridad de que ningún castigo sería suficiente para apagar la emoción que sería ver volver el objeto que había sido extraviado en el cielo. Sin perder un segundo, y habiéndonos asegurado de que la vigilancia había menguado, sorteamos sigilosamente la puerta del patio y corrimos con todas nuestras fuerzas hacia el lugar.
Al llegar, Pablo, quien había llegado a la plaza cuando nosotros la dejábamos atrás, era el único que se mantenía erguido, descansando de pie con las manos en su cadera, triunfal, sobre un numeroso grupo de curiosos que, encorvado, no paraba de alabarlo.
Encandilados por el objeto, sonreímos. Ahí estaba, inmóvil, como un cuerpo desposeído, en el suelo. El barrilete plástico parecía un dragón vencido, un blanco dragón de una larga cola de trapo anudado, un derrotado paladín de los aires.
Los tres niños entre los que me encontraba habían visto un hilo trazar una línea hasta el cielo, los tres habían presenciado la rotura de los límites de la tierra y del aire, del delgado espacio que separa lo real de lo mágico. Nunca más quise preguntar qué había sucedido, los cómos ni los porqués de la caída del grande, del regreso del gigante blanco. Hoy prefiero revivir la esencia de un milagro, la fe impresa en el rostro de tres niños que, por desconocer, vieron lo que para muchos fue negado. Hoy desconozco cómo bajar una barrilete que ha escalado el cielo, pero aprendí como rescatar la fe que se había hundido en el pasado.
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