InicioApuntes Y MonografiasArtículo breve de crítica literaria
Artículo crítico: “Ritual, vida y muerte en Conducta en los velorios” “No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía.” De esta manera el narrador da comienzo a esta singular historia, la de una familia entera que se dedica a desbordar velorios; a robar, organizada e imperceptiblemente, el protagonismo que los deudos sostienen forzadamente, como él mismo lo dice, bajo las formas más solapadas de la hipocresía. Mucho se ha escrito ya de “Conducta en los velorios”, el cuento de Cortázar incluido en Historia de Cronopios y de Famas, sin embargo, consideramos quedan algunos rincones de la casa mortuoria por recorrer, esta vez, gracias a la luz que nos proporcionan algunas nociones de Valentín Voloshinov. Específicamente, nos interesa tomar solo un concepto que podemos encontrar en su artículo “El discurso en la vida y el discurso en la poesía”, publicado hacia fines de la década del treinta del siglo próximo pasado. Pretendemos, entonces, realizar una lectura sociológica del cuento en cuestión a partir del concepto de “evaluación ideológica” del autor; se trata, en pocas palabras, del sentido que sobrepasa la elección de la forma utilizada para presentar el contenido del relato, que se desprende de la relación particular que se materializa en la obra. Efectivamente, desde el inicio el narrador deja en claro cuáles son las evaluaciones acerca de los hechos que se sucederán pero, entendemos, hay por lo menos una más que no se halla explícita: La farsa familiar -que aparenta lograr su cometido a partir de la radicalización de las formalidades hipócritas- encuentra su fundamento en una sincera relación con el ritual funerario. En efecto, si el clan puede sostener la actitud teatralizada es porque, lejos del horizonte ficticio que la sociedad constituye en torno al ritual de la muerte, hay una verdadera motivación en las acciones del grupo, que ya no solo es una repetición litúrgica, sino una auténtica mitología concebida por la muerte. Para mejor figurar lo antedicho, citemos dos ejemplos textuales: 1- Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café […] 2- Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. En el primer caso, la narración confirma que hay una manera “verdadera” de llorar la muerte, esto descarta que todo duelo sea ficticio. Pero es la segunda en donde puede encontrarse una respuesta a la hipótesis planteada más arriba: el llanto de las hermanas, signo que remite a la niñez, al pasado y a la historia vital, es el significante que señala la condición humana, aquello que nos conecta con lo más íntimo de nuestro ser, con nuestra totalidad e insignificancia, desnudando el mito que sostiene la vida pero que no alcanza para mitigar el efecto de la muerte. En resumen, el llanto es verdadero, expresión auténtica de la congoja que valida el ritual de la muerte.
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