
Simplemente buscaba un libro. Fue hasta el escritorio: había ahí algunos libros. Sobre la mesa: libros daban color al viejo mantel... Una buena idea era probar con el atril: cargaba con el peso de tres. No se podía apoyar el reloj despertador en el banquito que hacía de mesa de luz, ya que estaba ocupado por otros tantos. Bajo la frazada que vestía, desalineada, el mínimo ropero, se ocultaban algunos más. Habría desayunado un delicioso café con leche y tostadas... de no ser por unos libros, entrometidos, que descansaban apoyados en la mesada. Los zapatos bajo la cama interrumpían la vista, detrás de los cuales se amontonaban tantos... Quizá en los cajones... No. En las repisas... Tampoco.
Quedaban pocas opciones, una de ellas implicaba el recuerdo de un bisturí; y siendo tan tarde y tan temprano para todas las demás, la candidata se impuso rotundamente, abrumando al resto: sentado sobre el suelo -helado- de la cocina, creyó sentir más frío en una de sus muñecas, uno nuevo, inédito. Luego, un calor rojo vino a calmarlo, descendiente por el brazo. Entonces, y justo entonces, lo vio: el libro que tanto necesitaba estaba siendo sostenido por la mano que, poco a poco, perdía la poca fuerza que le restaba.
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