Gautier, falsario encantador
¿Puede alguien decirme:
me voy a comer tu dolor?
¿Y repetirme:
te voy a salvar esta noche?
Carlos “Indio” Solari
me voy a comer tu dolor?
¿Y repetirme:
te voy a salvar esta noche?
Carlos “Indio” Solari
[/align]
Siempre reaparece el malestar indecible, el rechazo inmediato al encontrarme con las omnipresentes “pseudohistorias vampirescas”, esas producciones en serie de la mal reflejada libido adolescente estadounidense que tan bien se digieren por estas latitudes. Meditar en esto hace inevitable la pregunta: ¿Qué hay de irresistible en ser desangrado por un/a zombie nocturno/a de largos colmillos? Más allá de lo sabido –la elección del actor o actriz que corporizan al tan representado arquetipo responde a estrictos y contemporáneos estándares de belleza- debe haber algo más, una motivación inherente a la condición humana moderna que haga del vampiro (si se quiere, del vampirismo) no solo un tema recurrente, sino casi una clave del éxito.
El problema mencionado estuvo en mi agenda desde hace ya un buen tiempo, hasta que quiso Fortuna me encuentre con un cuento que casualmente fue de gran ayuda para desenmarañarlo, al menos parcialmente.
Si hay algo sobrenatural en “La muerta enamorada” es cómo nos muestra la luz que detestaríamos vislumbrar al final de otro gran cuento, sin sacrificar nunca nuestra complacencia. Aceptamos, sin queja alguna, el fraude. Será que la genialidad del autor nos extasió de tal manera que durante el viaje perdimos la expectativa que había tenido el destino al cual nos dirigíamos junto con el relato, corriendo, aunque evitando desperdiciar detalles.
Adán (o Eva) sabía que todos los frutos eran sabrosos y provechosos, pero la curiosidad, disfrazada de manzana, pudo más. Del mismo modo Romualdo gozaba de una “inocencia perfecta”, un estado que hacía más que suficiente un panorama para nosotros tan desalentador, un paisaje que podríamos ver a la vuelta de la esquina de cualquiera de nuestros hogares: la invariable comodidad. De pronto, como un nuevo Dante, Gautier nos lleva de paseo por un infernal parque temático. Más allá de lo que mencione por conocido, es lo imaginado lo que embriaga el pensamiento, tanto, que olvidamos completamente la advertencia: Romualdo no es más que uno, y la ilusión siempre fue la nocturna.
No nos desembaracemos de la culpa, nosotros también nos permitimos “una sola mirada demasiado complaciente”, pero jamás hizo falta acción mayor que esa para fantasear con la repetición del paseo que inyectara un poco de azar en la película que presenciamos pacientemente cada día, esperando, sin demasiada perspectiva, un distinto final.
Asistimos entusiasmados a los encuentros con Clorimonda, a la posibilidad de no volver a despertar en el claustro, enlutados con sotanas y rosarios, abrigamos la esperanza de callar la voz del inquisidor y hasta confirmamos lo que más o menos escuché o soñé no hace mucho tiempo: Nosotros, que escuchamos de Pablo la exhortación de imponer el espíritu contra la enferma carne, no somos dos partes disociadas, sino una misma que oscila entre ambos polos, hasta la muerte. Soy un tercero, pensé entonces, alguien que apuesta vacilante al potencial vencedor de ambos contrincantes. Fue también durante un prolongado tramo tercero el protagonista, viendo alternarse al monje y al caballero nocturno, al ascético y al vanidoso; el sujeto presenciando a los objetos de un dios macabro y de un diablo fascinante.
Pero no olvidemos el problema, nos interesa decir qué hay de infalible en este manoseado campo. Pues bien, casi sin querer ya se ha dicho, no lo supe hasta estar acabado el pensamiento producido por la lectura del final y la posterior relectura del inicio del relato: confié en Clorimonda, tanto que perdí mi sangre cada noche con la más solícita aprobación; que olvidé desde dónde venía, quién era; que esta nueva y extraña luz opacó el sol que me había alumbrado. Entré hechizado al infierno y cedí mi mano descansada al galante guía, que me mostró lo más profundo y siniestro de mi ser. Dejé de preocuparme del origen y no pude más que mirar hacia adelante. ¿Dónde estaba el placer entonces? En ser conducido, en no decidir, en ser el objeto. De esto se trató siempre el vampirismo, de entregarse al éxtasis, dejarse llevar, delegar la culpa del exceso en esa extraña fuerza inexplicable…
Aunque compartido el indescriptible encanto, Romualdo sufrirá siempre los recuerdos, pero está de vuelta. En cuanto Gautier: cerró la puerta, con nosotros adentro.