Una marca más en la pared
Como me contaban que sería un 9 de julio, allá por el siglo XXI, en el que anunciaban que nevaría (cosa poco creíble a decir verdad), en mi pueblo reinaba una extraña comunión. Desde el día anterior en realidad, las personas hasta parecían personas: saludos, sonrisas, ojos ajados y cabezas semiladeadas por doquier. No había miradas al piso, ni distraídas hacia los lados antes de cruzar las calles. Los perros parecían limpios y los pájaros… por supuesto. O bien la mirada que evaluaba todo eso había tenido un día particular, lo que suele decirse una buena predisposición. La cuestión es que estaba todo listo, el para qué no lo sabía muy bien, pero definitivamente listo, esperando.
Creo que esa noche había dormido bien, mejor que de costumbre, sin tener que lidiar con los demonios que tenían cara de dibujos animados y me visitaban regularmente cada noche. Recuerdo que se proyectaban en la pared oscurecida por la noche, algo así como mirar fijamente el sol y volver a verlo verdoso, pegado en un árbol, en un muro descascarado, en un cordón de la vereda… Así se proyectaban los pequeños demoñitos en la pared de casa. Muerto de miedo pero lo suficientemente macho para guardarme el secreto.
Como había dormido bien, si mal no recuerdo (no recuerdo nada más), la noche pasó en un soplo. O bien tuve los mismos asquerosos sueños, las mismas terribles percepciones y como un gusto a muerte en el paladar, de manera que lo he olvidado todo… un punto más para el olvido: una buena noche de pasado.
Sobresaltado, salté de la cama, medio dormido todavía salí de la habitación, intentando ver a través de unos ojos tercamente pegados. También medio chocándome la puerta y la pata de otra cama… Llegué a la ventana: un cerco interminable de gente.
Parece que, a diferencia de la mayoría de los días, habían mateado bien temprano, habían también vencido la parsimonia pueblerina que tanto gusta a los forasteros ocasionales, habían encontrado una buena razón para dejar en evidencia lo aburridos que habían estado todos esos días de sus vidas, en ese lugar.
Decidido, salté también dentro de los pantalones, y hacia arriba en el buzo; me metí en los zapatos y los cordones quedaron bien atados a pesar del apuro. Llegado a la puerta principal, un grito: -¡Andá para dentro te digo!- Fue más dura que la pared de los demonios nocturnos, me la llevé por delante y ya no hubo nada más que decir, me volví sin chistar hacia la ventana.
Intentaba, pero era imposible: los bajos delante y los altos atrás. Algunos pillos subidos en las plantas tuvieron una posición privilegiada y yo tal vez me gozara un poco con eso, porque esos mocosos habían vencido las imposiciones de los mayores, que ya no poseían tal destreza. En efecto, solo quedaba esperar la llegada… ¿Pero de qué? Yo no contaba muchos agostos y sin embargo había visto pasar por allí tantísimos trenes, por lo que intuía que otra cosa muy distinta de eso no podría pasar por ese lugar, así es que no podía explicarme la conmoción que el evento había provocado.
Al cabo de unos buenos metros (o centímetros) caminados por el sol, los ánimos se notaban inquietos. Las señoras se pantalleaban con objetos tan extraños como coloridos; los hombres, alternaban el peso entre una pierna y otra, cada tanto uno se esforzaba por mostrar su nerviosismo encendiendo un cigarro tras otro, tras otro… hasta que el paquete vacío certificara la solvencia de sus argumentos; los niños bien, imagino, repartirían el peso al igual que los hombres, solo que entre la frente y la nariz, sobre la cruel ventana, que dejaba ver a medias pero nunca tocar, oler, escuchar, que habría sido lo más interesante.
Cuando los cigarros se terminaron, las piernas se cansaron y los abanicos volvieron a sus carteras, algunos desistieron, no se sintieron capaces de sostener más tiempo tal escenificación. Era demasiado esfuerzo, hasta para un enfermo de aburrimiento. Así es que prefirieron reconciliarse con el mate en los patios (los acompañados) y en las mesadas (los solos). Todo esto no debilitó el límite, vaya que no; se podría decir que el resultado se parecía a un árbol que dejara caer un par de hojas rendido ante el principio del otoño… no más que eso. Pero el invierno no estaba cerca, y el follaje seguiría bien tupido, hasta el final.
Por fin, el mar de gente comenzó a erguirse, a alborotarse y a moverse, tempestuosamente. Las manos se confundieron con las cabezas; los abanicos resurgieron casi como pancartas, los cigarros, como bengalas y las piernas pilares para sostener algún petiso que insistía en no querer perderse la función. En un momento dado, las cabezas giraron al unísono hacia la derecha, todo lo que fue posible, y descendieron solo un poco, como un leve asentimiento. Se mantuvieron así, y los ojos que podían verse comprobaban que el resto también se había mantenido abierto de manera tenebrosa. En este punto quisiera llamar a esto La foto, pues eso mismo había sido, una fotografía sin necesidad de cámara que la fijara.
Se rompió el silencio casi al mismo tiempo que la inercia, los gritos ascendieron como lo habían hecho algunos ruegos en esa semana, los actores mostraron ser también cantantes, y vaya que congeniaban, eran una sola voz, por momentos perfecta como una manada… Las cabezas y los cuerpos giraron con vitalidad, como en carrera, y solo los ganadores pudieron seguir el corto trayecto que recorrería el tren sobre sus ojos, para provocar ese efecto de quietud, que permite ver algo después de las ventanillas. Solo algunos fueron -seguramente los que prescindieron del saludo en sus manos, los que se limitaron a la carrera de cabezas- los que vieron, que era lo realmente convocante.
Nunca más quise preguntar acerca del tren blanco y amarillo, mucho menos si traía algo importante, o a alguien. Sí vi las cabezas seguir una cola de fierro alejarse hacia la izquierda, a mayor velocidad que de costumbre, y oí los aplausos y otras tantas manos que se comportaban en forma extraña, caóticas, sin saber muy bien qué era lo mejor para hacer o dónde estar…
Yo esperé, hasta que el árbol casi había quedado deshojado. Cuando las caras se volvieron definitivamente, aplaudí a mi tiempo con ganas, con un entusiasmo –sospecho ahora- más auténtico que el anterior, luego se abrieron mis ojos y mis manos se agitaron locamente hacia arriba, ante mi padre que se mostraba muy conforme, acercándose a la casa. Ese día fui, sin sospecharlo, un espectador privilegiado.