milito_11
Usuario (Argentina)

Un Retrato de la Peor Clase El sólo hecho de tener que cursar esa materia durante dos horas, dos veces por semana, le había producido un completo replanteo sobre si su elección de carrera había sido la correcta. No sabía cuál era la verdadera razón de su odio: si era el profesor, quien acostumbraba a llegar cuarenta minutos tarde, con su tono de voz monótono y tan efectivo para dormir a cualquiera como una píldora; si era el sol que lograba llenar cada centímetro del aula con una luz calurosa y encandiladora; el horario, que comprendía esas dos horas en las que se sufre como en ningún otro horario el hambre y el sueño, o si eran todas esas razones juntas. Al principio del cuatrimestre no se preocupó, lo único que debía hacer era leer los textos que figuraban en el programa, estudiarlos y rendir el parcial. No importaba si le era imposible concentrarse en lo que su profesor explicaba, es más, se le había ocurrido dejar de concurrir a clase y emplear el tiempo en algo productivo, pero, lamentablemente, se tomaba asistencia al comenzar cada clase, no tenía otra opción más que sentarse y esperar a que el profesor, finalmente, les permitiera retirarse. Sin embargo, a medida que pasaron los días, y a medida que leyó, o por lo menos, intentó leer, se dio cuenta de que, para complicar aún más las cosas, la materia no era nada fácil. Fue en ese momento cuando se resignó, si le era imposible prestar atención en clase, y no podía entender los textos, sentado tranquilamente en su casa ¿Qué esperanzas tenía de aprobar la materia? De modo que ahí estaba, sufriendo una vez más, en esa silla caliente por le sol, luchando por permanecer despierto, ya que, a pesar de sentir poco cariño por su profesor, no le gustaría que lo viera dormido mientras él daba su clase. Para evitar dormirse, decidió mantenerse ocupado con algo, disponía de un cuaderno y de una lapicera, y era hábil dibujando, siempre lo habían elogiado por eso. Miró distraídamente a su alrededor, buscando un rostro que retratar, preferiblemente, uno que no le obligara a tener que darse vuelta o moverse si quiera. Detuvo de repente su búsqueda al encontrarse con el rostro de una chica sentada a pocos bancos de distancia, podía mirarla cuantas veces necesitara sin tener que dar señales de eso ya que el profesor se había parado justo delante de ella. La chica no parecía estar más concentrada que él mismo en la clase, aunque lo fingía mejor, miraba atentamente al profesor y garabateaba ocasionalmente en su cuaderno pretendiendo tomar apuntes. El dibujante sonrió, deseaba estar sentado junto a ella para poder decirle que la acompañaba en el sentimiento e iniciar una conversación de por qué odiaban la clase, al menos así, el tiempo transcurriría más rápido. Mientras comenzó a retratarla, se le ocurrió que probablemente esa era la primera vez que utilizaba el cuaderno en esa clase desde que anotó el nombre del profesor el primer día. Sonrió ante la idea de que alguna vez el profesor revisara qué había hecho él durante sus clases, y encontrara únicamente un retrato de una de sus estudiantes. Fue en medio de estos pensamientos que notó que el resto de los alumnos comenzaron a guardar sus pertenencias, indicándole que la clase había finalizado. Cerró rápidamente su cuaderno, antes de que alguien notara el dibujo y salió felizmente del aula luego de descubrir un método para pasar el tiempo. El próximo día que debía cursar la materia, al abrir la puerta, se encontró con un aula absolutamente vacía. Se fijó en el número que figuraba en la pared para cerciorarse de que fuera el aula correcta, una vez que comprobó que no se había equivocado, ingresó, buscó un buen asiento que le permitiera continuar con su dibujo sin que nadie lo notara y se sentó. Fue en ese momento cuando descubrió el mensaje escrito en el pizarrón que advert que se les había asignado una nueva aula del otro lado del edificio. Como había llegado con algunos minutos de anticipación, pudo encontrarla a tiempo y elegir un asiento conforme a sus requisitos. Tardó algunos segundos en notar que no sufría de un calor insoportable y que gozaba de una visión no encandilada por los rayos solares. Antes de ilusionarse, le preguntó a un chico sentado junto a él si sabía si esa iba a ser su nueva aula, cuando éste le respondió que sí, festejó con una sonrisa, por lo menos ahora no iba a sufrir físicamente la clase. Mientras los minutos pasaban y los estudiantes llegaban, él se dedicó a emprolijar lo que había dibujado anteriormente. Apenas habían pasado diez minutos desde que la clase debía haber empezado, cuando un hombre con aspecto de profesor les comunicó que era su nuevo profesor. A diferencia del antiguo, parecía estar contento de haberse dedicado a la docencia. Explicó que el anterior profesor se había mudado a otro país y que ya no volvería, al menos por el resto del cuatrimestre, agregó que había estado analizando lo que habíamos visto en clase y que le gustaría dar un repaso por los temas para asegurarse de que todos los hubieran entendido. Ilusionado con la nueva oportunidad de aprobar la materia, pasó la hoja con el retrato, y se dispuso a tomar apuntes. Cuando el nuevo profesor les indicó que la clase había terminado, para él sólo habían pasado pocos minutos, no sólo había entendido cada concepto y explicación que el profesor había dado, sino que además le había gustado. La clase le había entretenido y estaba emocionado por llegar a su casa e intentar leer los textos una vez más, estaba muy seguro de que ésta vez los entendería perfectamente. El retrato de la chica había quedado en el pasado. Así pasaron los días, las semanas, el primer parcial y ya se acercaba el segundo, las clases no habían disminuido en cuanto a su calidad y la chica no había vuelto a aparecer, el chico se perfilaba para aprobar el segundo parcial, y con él, la materia. Después de conseguir una calificación muy satisfactoria en el primero, no pensaba arruinarlo con una mala calificación en el segundo. Por eso no se sentía nervioso en lo absoluto minutos antes de rendirlo, le había dedicado el mismo método y tiempo que al primero, así que no tenía por qué estarlo. Pero cuando abrió la puerta del aula el día del parcial, se dio cuenta que no estaba del todo preparado. Ahí, sentada en la primera fila de bancos, estaba la chica que había retratado semanas atrás. Por más que disfrutaba de la clase, siempre le había dedicado unos minutos de distensión, durante la misma, para repasar los trazos que había podido dibujar antes de que desapareciera. Había deseado más de una vez con que regresara para poder finalizar con el retrato, o al menos esa era la razón que él mismo quería hacerse creer, en el fondo sabía que no era por eso, por algún extraño motivo y de alguna, aún mas rara, manera, le había tomado cariño. Nunca habían hablado y no conocía su nombre, es decir, más allá de algún eventual cruce de miradas, no había mantenido ningún contacto con ella. Sin embargo, ahí estaba y no podía dejar de mirarla. Alguien le tocó el hombro con la mano, y fue en ese momento que se dio cuenta de que estaba parado en la puerta, obstaculizando el paso, y que había estado así un par de segundos, suficientes para que todo el mundo se diera cuenta de a quién estaba observando. Todos menos la propia chica observada, quien no había despegado los ojos de sus apuntes ni un segundo, desesperada por retener información en el último momento antes del parcial. Comenzó a caminar hacia un asiento libre en la tercera fila, y cuando pasó por al lado de la chica, ella levantó la vista como si hubiera podido leer sus pensamientos, lo miró a los ojos y sonrió mientras lo saludaba con la mano. Tardó unos instantes en procesar lo que había sucedido, pero, milagrosamente, logró gesticular una sonrisa tímida y, desafortunadamente, fracasó en el intento de hablarle haciendo un ruido incomprensible, el cual ella respondió con una risa. Continuó avanzando hasta el asiento maldiciéndose para sus adentros. Se sentó, fijó su vista al piso y no la volvió a levantar hasta que el calor que sentía en su rostro hubiera desaparecido. Una vez que alzó la vista, notó que el profesor ya había llegado y que estaba dando las recomendaciones para el parcial. Decidido a escucharlas, intentó olvidar todo el asunto sobre la chica y concentró su mente en lo que el profesor decía. Por más que escuchaba y entendía cada palabra, le era imposible conectarlas y encontrarles algún sentido, dentro de su cabeza no sólo se escuchaba la voz del pedagogo sino que también se oía la suya haciéndose preguntas sobre qué había significado la sonrisa, el saludo y la risa. Por segunda vez en el día, alguien le tocó el hombro con intenciones de llamar su atención, esta vez para entregarle la fotocopia del parcial. La tomó mientras ofrecía una disculpa y le dio una inspección. Como de costumbre, al principio no podía entender ni responder una sola consigna, pero esta vez, tampoco pudo entender en la segunda leída ni en la tercera. No podía evitarlo, estaba desconcentrado. Levantó la vista hacia donde estaba sentada la chica, quien ya había comenzado a escribir, al igual que el resto de los estudiantes. Se tomó unos instantes para tranquilizarse, respirar hondo y despejar su mente, leyó una vez más la primera consigna, esta vez la comprendió, y no sólo eso, también sabía responderla. Un poco más aliviado, leyó la segunda y tercer consigna, también sabía responderlas. Sonrió, tal vez era posible que le fuera bien en el examen a pesar de los inconvenientes inesperados, sólo necesitaba el tiempo suficiente para escribir las respuestas. Consultó su celular, pero en seguida deseó no haberlo hecho. No sabía cómo, aún más, dudaba de no haber sido víctima de un suceso sobrenatural o algo parecido, pero lo cierto, era que quedaban menos de cuarenta minutos. Había estado cerca de una hora con veinte minutos divagando, leyendo, relajándose, concentrándose y lamentándose. No había tiempo que perder, literalmente. Se propuso contestar las dos primeras preguntas antes de los próximos veinte minutos. Treinta minutos después, y con apenas diez restantes, contemplaba desesperado la segunda pregunta sin terminar. ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo era posible que un encuentro, si es que se podía llamarse encuentro a un intercambio de sonrisas de unos pocos segundos, con la chica, le afectara de semejante manera? Cinco minutos después, y con la misma cantidad restante, comenzaba a responder la tercera pregunta, con una letra ilegible y una coherencia cuestionable. No le importaba, terminar el parcial era imprescindible. Cuando el profesor inició con el reclamo de parciales, con la usual amenaza de irse fue cuando se rindió. No había terminado de responder la última pregunta y ni siquiera estaba convencido de las respuestas a las preguntas anteriores. Entregó el parcial desanimadamente y dirigió una mirada de odio a la chica que aún estaba sentada guardando sus pertenencias. Una vez más, la muchacha demostró sus dotes psíquicas, alzando la mirada en el preciso momento en que él la miró, se sorprendió al ver una demostración de odio por parte de una persona a la que nunca le había hablado. - ¿Estás bien? – Le preguntó cuando lo alcanzó una vez que salieron del aula. Nada lo había sorprendido ese día tanto como que ella, precisamente ella, le hablara, ni cuando la vio sentada en primera fila, ni cuando le sonrió, ni cuando sufrió un viaje en el espacio tiempo ocasionando que tuviera que hacer el parcial en cuarenta minutos, nada. La miró con una expresión incrédula, sintió una adrenalina y un cosquilleo que le subió por la cabeza. - Sí, sí ¿Por? – Logró responder finalmente. - Te ví con una cara rara cuando salías del aula, pensé que te pasaba algo – Lo tomó desprevenido enterarse que ella había notado la mirada de odio - No, no me pasa nada – Dijo presentando una sonrisa para dar más crédito a lo que acababa de decir. Pareció convencerla, cambió de expresión, ella también sonrió. - ¿Cómo te fue? – Le preguntó a la chica para cambiar de tema - Bien, creo que bien. No era muy difícil. ¿Querés ir a comer algo? – Preguntó de improvisto. Eso superó el record de sorpresa del día. La proposición salió de la nada misma, que la chica le confesara que era su hermana era más esperable a que lo invitara a almorzar. - Da-dale – tartamudeó – ¿Con vos? – Fue una pregunta inconsciente, no pudo evitarlo y lo lamentó apenas salió de su boca, decidió arreglarlo él mismo – Perdón, que boludo, no me vas a invitar a que coma sólo. Dale, me encantaría – Por fortuna, la chica encontró todo eso muy gracioso y empezó a reírse. Él la miraba mientras se reía, olvidándose de todo lo que le había hecho pasar durante el parcial, olvidándose que probablemente debiera rendir el final únicamente por culpa suya, entonces sonrió. No le importaba - ¿A vos cómo te fue? – Preguntó ella una vez que dejó de reírse. La miró. Estaba hablando con ella y estaban a punto de salir a comer juntos, ¿Qué cómo le había ido?: - Excelente – Contestó sonriendo mientras caminaban juntos saliendo de la facultad. COMENTÁ
La Chica en la Ventana Si había algo que disfrutaba de su trabajo, además del día en que le pagaban, era lo cerca que quedaba de su casa. No cerca en el sentido de un viaje en colectivo de diez minutos, cerca en el sentido de que lo separaban tan sólo tres cuadras con la justa medida de árboles, luz y longitud. En general eran cuadras residenciales excepto por un par de almacenes barriales, todo parecía estar condicionado para disfrutar al transitarlas, incluso a veces deseaba que el camino fuera más extenso, es decir, que fueran cinco o seis calles en total, lo suficiente como para que no fuera un ejercicio. El hecho de que la distancia fuera tan corta, permitía ir a un paso lento y contemplar cada casa y árbol con gran detenimiento, de hecho, ya tenía una especie de rutina, la cual comenzaba con una casa de la segunda cuadra que le llamaba especialmente la atención. Una casa muy antigua que si no fuera porque había visto a una anciana salir y entrar al almacén que había al lado, creería que estaba abandonada. El jardín había crecido mucho más de lo deseable y no permitía ver con claridad el primer piso, la enredadera estaba a punto de llegar al segundo pero la dueña de la casa no lo consideraba un problema. La casa estaba protegida por una reja negra que superaba la altura de un ser humano normal y como si eso fuera poco, cada barra terminaba en una punta filosa. El hecho de que las pocas veces que había visto a alguien abrir la puerta de la reja, ésta había producido un chirrido, le indicó que la anciana no acostumbraba a salir o recibir visitas. Había otra razón por la cual contemplaba la casa cada vez que pasaba además de su lúgubre aspecto, no recordaba una vez que no haya saludado a la chica, de no más de ocho años, que lo esperaba sonriente en la ventana superior derecha de la estructura. Cada día laboral, allí estaba, como esperándolo. La chica no combinaba con la casa, estaba vestida modernamente y tenía una actitud y apariencia alegre. Eso le hacía pensar que tal vez ella no vivía allí, pero como todas las mañanas, ya que nunca la había visto al volver del trabajo, se presentaba en la ventana para saludarlo, era algo difícil de creer. El procedimiento era simple, él miraba hacia la ventana, la chica lo saludaba con la mano, él le devolvía el gesto y una vez que ella desaparecía de la vista, él volvía a su rutina contemplativa: el desarrollo de la casa en construcción a dos casas de distancia de la de la anciana, la cancha de fútbol 5, la cual siempre parecía estar ocupada sin importar la hora o el clima y finalmente, el jardín de una casa cuyo dueño o dueña (nunca había visto a nadie salir de ella) mantenía esmeradamente. Así eran todas las mañanas y así mismo fue la mañana soleada del lunes. Una vez caminada las tres cuadras, cruzó la puerta del supermercado, atravesó todo el largo del negocio e ingresó al área de empleados para prepararse para un nuevo día de trabajo. Un trabajo que no le gustaba en lo más mínimo y que únicamente soportaba porque sabía que era temporal. De acuerdo a sus planes, estaría recibiéndose en poco más de un año. Sin embargo, se planteaba si llegaría a soportar todo un año en ese infierno: ya de por sí el trabajo de repositor no era el más gratificante, pero su jefe (o por lo menos el que creía que lo era) no lo dejaba en paz un instante y los inútiles de los otros repositores le dejaban todo el trabajo ya que eran amigos cercanos del jefe. Pero si era posible que algo lo irritara aún más que ellos, eran los clientes. Los odiaba. No dudaban un segundo en hacerle cualquier pregunta que se les cruzara por la cabeza, desde pedirle consejo sobre qué desodorante llevar hasta cuál era la diferencia entre dos tipos de jabón. Obviamente él no era el culpable de la producción de los distintos jabones y no tenía la menor idea de qué propiedades poseía cada uno y mucho menos que significaban. Este tipo de clientes lo había atormentado tanto que ya no contestaba ninguna tipo de pregunta, sin importar si verdaderamente le correspondían a él contestarlas, cómo la ubicación de una clase de producto en general. Él contestaba con voz monótona y con una expresión molesta que preguntara en la caja, a pesar de que el cliente tuviera que atravesar todo el supermercado. Era por eso que cada tarde, cuando salía de esa tortura, y comenzaba a caminar las tres cuadras no era nada como en la mañana. Las caminaba apresuradamente sin mirar, contemplar ni disfrutar. Únicamente, y porque ya era un hábito incorporado, desviaba la vista un instante a la ventana, pero en seguida la regresaba al camino, nunca había visto a la chica en la tarde. Pero ese lunes, que, sin temor a equivocarse, había considerado el peor día de trabajo de toda su vida, le sorprendió ver el rostro de la chica, sonriente como siempre, saludándolo. Esta vez, sin saber muy bien el motivo, tal vez necesitaba descargarse con alguien y sabía que en su casa no encontraría a nadie, no devolvió el saludo, de hecho la miró sólo un instante y siguió su camino como lo hacía todas las tardes, apresurado e impaciente de llegar a su casa. No creía que la chica se fuera a ofender si no cumplía por una única vez al acuerdo implícito que mantenían, estaba seguro que ella no vivía para saludarlo a él. Una vez llegó a su departamento y se sentó en su sillón a mirar la televisión se olvidó completamente del asunto. A la mañana siguiente si bien se levantó a la misma hora en que lo hacía y había hecho, todos los días, desde hace un año, se sentía como si no hubiera dormido ni un mísero minuto. Algo lo había despertado continuamente durante la noche y no lo había dejado dormir tranquilo. Por un momento, consideró la opción de faltar a su trabajo, pero en seguida desechó la idea, sabía que el jefe no toleraría que se ausentara dos veces en un mes – la semana pasada se había despertado con un fuerte dolor en el estómago que lo mantuvo incapacitado las veinticuatro horas. No tenía opción, con un gran esfuerzo se levantó de su cama, se vistió y fue a trabajar. Sin darse cuenta, había dejado de caminar a la mitad de la segunda cuadra. Como todas las mañanas se fijó en la ventana superior derecha de la casa de la anciana pero la encontró vacía, no había rastro de la chica. En ese momento, recordó lo que había sucedido la noche anterior, de como había ignorado su saludo, después de todo, parecía que sí se había ofendido. Se le ocurrió que podría tocar el timbre de la casa de la anciana y disculparse por su actitud, pero descartó esa idea en seguida, ¿Qué le diría a la vieja? Nunca había hablado con ella, era probable que ella no tuviera la menor idea de quién era él, no conocía el nombre de la chica y no creía que alguien aceptara que un completo desconocido entrara a su casa para hablar con su nieta, o cual fuera el vínculo que tuvieran entre ellas. Mucho menos si ese alguien vive en una casa decrépita y protegida por una reja. Así que dio un último vistazo a la ventana con la esperanza de que la chica hubiera aparecido mientras él divagaba, y al notar que no fue así, continuó con su camino hacia el supermercado. Salió del trabajo mucho más relajado que el día anterior, como si todos querrían compensarlo por el mal día anterior. Cuando pasó por la casa antigua, no tenía ninguna esperanza de encontrarse con su amiga, y por supuesto, no estaba. Se preocupó, no es que le fuera imprescindible para vivir que la chica lo saludara, pero temía haberla lastimado, sin embargo, se dijo que ella lo superaría y que tal vez ella también se había aburrido y tan sólo lo seguía haciendo para no ofenderlo a él. Notó que le estaba dando demasiada importancia al asunto, decidió olvidarse y dejar de preocuparse por nimiedades. El problema comenzó cuando se dispuso a dormir esa misma noche, había algo que lo molestaba, tal y como había sucedido la noche anterior. Notó algo. Un ruido, unos golpes en realidad. Se levantó, provenían del comedor, donde se encontraba la puerta principal. Lentamente, y sin hacer ruido, caminó hacia el comedor, le costaba levemente respirar, tenía miedo, el volumen de los golpes había aumentado y se dio cuenta que era incesante, no había ni un segundo de separación entre un golpe y el otro. Finalmente, llegó a la puerta que separaba al comedor del resto del departamento, estaba cerrada, tal como él la había dejado. Intentó mirar a través de la cerradura, pero no logró ver nada, sólo veía la puerta principal. Abrió la puerta muy lentamente, el comedor era más largo que ancho, del lado izquierdo de la puerta principal, estaba el sillón con la televisión, mientras que del lado derecho, que en ese momento no podía ver porque lo tapaba la puerta que acababa de abrir, se encontraba la mesa donde solía comer y un balcón muy pequeño, rodeado por una reja que llegaba hasta el piso superior, que daba a la calle. Por allí entraba la única luz que iluminaba la habitación en ese momento, la luz de la luna ya que las luces de la calle estaban rotas. El golpeteo seguía incrementando de volumen y seguía siendo permanente y continuo. Tomó una decisión, en vez de asomarse lentamente, lo haría rápido y repentinamente. Contó tres segundos. Uno. Se le ocurrió volver a su cama, después de todo, la noche anterior no le había sucedido nada malo, pero no, sabía que no podría dormirse hasta saber de qué se trataba. Dos. Notó que estaba aguantando la respiración y que tenía la espalda helada por el sudor frío que le provocaba la adrenalina que sentía, el corazón le latía a más no poder. Tres. Con un movimiento brusco, empujó la puerta lo más que pudo hasta que esta chocó con la pared, había alguien en el balcón. Era la chica. Comenzó a gritar desesperadamente. Golpeaba la ventana con la palma abierta, ya no lo saludaba, tampoco sonreía. COMENTÁ
La Chica en la Ventana Si había algo que disfrutaba de su trabajo, además del día en que le pagaban, era lo cerca que quedaba de su casa. No cerca en el sentido de un viaje en colectivo de diez minutos, cerca en el sentido de que lo separaban tan sólo tres cuadras con la justa medida de árboles, luz y longitud. En general eran cuadras residenciales excepto por un par de almacenes barriales, todo parecía estar condicionado para disfrutar al transitarlas, incluso a veces deseaba que el camino fuera más extenso, es decir, que fueran cinco o seis calles en total, lo suficiente como para que no fuera un ejercicio. El hecho de que la distancia fuera tan corta, permitía ir a un paso lento y contemplar cada casa y árbol con gran detenimiento, de hecho, ya tenía una especie de rutina, la cual comenzaba con una casa de la segunda cuadra que le llamaba especialmente la atención. Una casa muy antigua que si no fuera porque había visto a una anciana salir y entrar al almacén que había al lado, creería que estaba abandonada. El jardín había crecido mucho más de lo deseable y no permitía ver con claridad el primer piso, la enredadera estaba a punto de llegar al segundo pero la dueña de la casa no lo consideraba un problema. La casa estaba protegida por una reja negra que superaba la altura de un ser humano normal y como si eso fuera poco, cada barra terminaba en una punta filosa. El hecho de que las pocas veces que había visto a alguien abrir la puerta de la reja, ésta había producido un chirrido, le indicó que la anciana no acostumbraba a salir o recibir visitas. Había otra razón por la cual contemplaba la casa cada vez que pasaba además de su lúgubre aspecto, no recordaba una vez que no haya saludado a la chica, de no más de ocho años, que lo esperaba sonriente en la ventana superior derecha de la estructura. Cada día laboral, allí estaba, como esperándolo. La chica no combinaba con la casa, estaba vestida modernamente y tenía una actitud y apariencia alegre. Eso le hacía pensar que tal vez ella no vivía allí, pero como todas las mañanas, ya que nunca la había visto al volver del trabajo, se presentaba en la ventana para saludarlo, era algo difícil de creer. El procedimiento era simple, él miraba hacia la ventana, la chica lo saludaba con la mano, él le devolvía el gesto y una vez que ella desaparecía de la vista, él volvía a su rutina contemplativa: el desarrollo de la casa en construcción a dos casas de distancia de la de la anciana, la cancha de fútbol 5, la cual siempre parecía estar ocupada sin importar la hora o el clima y finalmente, el jardín de una casa cuyo dueño o dueña (nunca había visto a nadie salir de ella) mantenía esmeradamente. Así eran todas las mañanas y así mismo fue la mañana soleada del lunes. Una vez caminada las tres cuadras, cruzó la puerta del supermercado, atravesó todo el largo del negocio e ingresó al área de empleados para prepararse para un nuevo día de trabajo. Un trabajo que no le gustaba en lo más mínimo y que únicamente soportaba porque sabía que era temporal. De acuerdo a sus planes, estaría recibiéndose en poco más de un año. Sin embargo, se planteaba si llegaría a soportar todo un año en ese infierno: ya de por sí el trabajo de repositor no era el más gratificante, pero su jefe (o por lo menos el que creía que lo era) no lo dejaba en paz un instante y los inútiles de los otros repositores le dejaban todo el trabajo ya que eran amigos cercanos del jefe. Pero si era posible que algo lo irritara aún más que ellos, eran los clientes. Los odiaba. No dudaban un segundo en hacerle cualquier pregunta que se les cruzara por la cabeza, desde pedirle consejo sobre qué desodorante llevar hasta cuál era la diferencia entre dos tipos de jabón. Obviamente él no era el culpable de la producción de los distintos jabones y no tenía la menor idea de qué propiedades poseía cada uno y mucho menos que significaban. Este tipo de clientes lo había atormentado tanto que ya no contestaba ninguna tipo de pregunta, sin importar si verdaderamente le correspondían a él contestarlas, cómo la ubicación de una clase de producto en general. Él contestaba con voz monótona y con una expresión molesta que preguntara en la caja, a pesar de que el cliente tuviera que atravesar todo el supermercado. Era por eso que cada tarde, cuando salía de esa tortura, y comenzaba a caminar las tres cuadras no era nada como en la mañana. Las caminaba apresuradamente sin mirar, contemplar ni disfrutar. Únicamente, y porque ya era un hábito incorporado, desviaba la vista un instante a la ventana, pero en seguida la regresaba al camino, nunca había visto a la chica en la tarde. Pero ese lunes, que, sin temor a equivocarse, había considerado el peor día de trabajo de toda su vida, le sorprendió ver el rostro de la chica, sonriente como siempre, saludándolo. Esta vez, sin saber muy bien el motivo, tal vez necesitaba descargarse con alguien y sabía que en su casa no encontraría a nadie, no devolvió el saludo, de hecho la miró sólo un instante y siguió su camino como lo hacía todas las tardes, apresurado e impaciente de llegar a su casa. No creía que la chica se fuera a ofender si no cumplía por una única vez al acuerdo implícito que mantenían, estaba seguro que ella no vivía para saludarlo a él. Una vez llegó a su departamento y se sentó en su sillón a mirar la televisión se olvidó completamente del asunto. A la mañana siguiente si bien se levantó a la misma hora en que lo hacía y había hecho, todos los días, desde hace un año, se sentía como si no hubiera dormido ni un mísero minuto. Algo lo había despertado continuamente durante la noche y no lo había dejado dormir tranquilo. Por un momento, consideró la opción de faltar a su trabajo, pero en seguida desechó la idea, sabía que el jefe no toleraría que se ausentara dos veces en un mes – la semana pasada se había despertado con un fuerte dolor en el estómago que lo mantuvo incapacitado las veinticuatro horas. No tenía opción, con un gran esfuerzo se levantó de su cama, se vistió y fue a trabajar. Sin darse cuenta, había dejado de caminar a la mitad de la segunda cuadra. Como todas las mañanas se fijó en la ventana superior derecha de la casa de la anciana pero la encontró vacía, no había rastro de la chica. En ese momento, recordó lo que había sucedido la noche anterior, de como había ignorado su saludo, después de todo, parecía que sí se había ofendido. Se le ocurrió que podría tocar el timbre de la casa de la anciana y disculparse por su actitud, pero descartó esa idea en seguida, ¿Qué le diría a la vieja? Nunca había hablado con ella, era probable que ella no tuviera la menor idea de quién era él, no conocía el nombre de la chica y no creía que alguien aceptara que un completo desconocido entrara a su casa para hablar con su nieta, o cual fuera el vínculo que tuvieran entre ellas. Mucho menos si ese alguien vive en una casa decrépita y protegida por una reja. Así que dio un último vistazo a la ventana con la esperanza de que la chica hubiera aparecido mientras él divagaba, y al notar que no fue así, continuó con su camino hacia el supermercado. Salió del trabajo mucho más relajado que el día anterior, como si todos querrían compensarlo por el mal día anterior. Cuando pasó por la casa antigua, no tenía ninguna esperanza de encontrarse con su amiga, y por supuesto, no estaba. Se preocupó, no es que le fuera imprescindible para vivir que la chica lo saludara, pero temía haberla lastimado, sin embargo, se dijo que ella lo superaría y que tal vez ella también se había aburrido y tan sólo lo seguía haciendo para no ofenderlo a él. Notó que le estaba dando demasiada importancia al asunto, decidió olvidarse y dejar de preocuparse por nimiedades. El problema comenzó cuando se dispuso a dormir esa misma noche, había algo que lo molestaba, tal y como había sucedido la noche anterior. Notó algo. Un ruido, unos golpes en realidad. Se levantó, provenían del comedor, donde se encontraba la puerta principal. Lentamente, y sin hacer ruido, caminó hacia el comedor, le costaba levemente respirar, tenía miedo, el volumen de los golpes había aumentado y se dio cuenta que era incesante, no había ni un segundo de separación entre un golpe y el otro. Finalmente, llegó a la puerta que separaba al comedor del resto del departamento, estaba cerrada, tal como él la había dejado. Intentó mirar a través de la cerradura, pero no logró ver nada, sólo veía la puerta principal. Abrió la puerta muy lentamente, el comedor era más largo que ancho, del lado izquierdo de la puerta principal, estaba el sillón con la televisión, mientras que del lado derecho, que en ese momento no podía ver porque lo tapaba la puerta que acababa de abrir, se encontraba la mesa donde solía comer y un balcón muy pequeño, rodeado por una reja que llegaba hasta el piso superior, que daba a la calle. Por allí entraba la única luz que iluminaba la habitación en ese momento, la luz de la luna ya que las luces de la calle estaban rotas. El golpeteo seguía incrementando de volumen y seguía siendo permanente y continuo. Tomó una decisión, en vez de asomarse lentamente, lo haría rápido y repentinamente. Contó tres segundos. Uno. Se le ocurrió volver a su cama, después de todo, la noche anterior no le había sucedido nada malo, pero no, sabía que no podría dormirse hasta saber de qué se trataba. Dos. Notó que estaba aguantando la respiración y que tenía la espalda helada por el sudor frío que le provocaba la adrenalina que sentía, el corazón le latía a más no poder. Tres. Con un movimiento brusco, empujó la puerta lo más que pudo hasta que esta chocó con la pared, había alguien en el balcón. Era la chica. Comenzó a gritar desesperadamente. Golpeaba la ventana con la palma abierta, ya no lo saludaba, tampoco sonreía. COMENTÁ
El Relicario Está muerta – dijo finalmente el doctor luego de una minuciosa inspección al cadáver de Emilia Gonzáles , la hija mayor del célebre y rico periodista Eduardo Gonzáles - Estrangulada - Solté un gemido de sorpresa, nadie habló pero todos miraban a la misma persona. Un ser sentado en un sillón, apartado de los demás. Describiría su expresión pero su rostro se ocultaba en la absoluta oscuridad. Este hombre se llamaba Antonio José Cabrera, era el poeta más talentoso que había conocido. Aunque había oído hablar de él lo vi por primera vez dos días atrás, en la casa de los Gonzáles, cuando me enseñó algunas de sus obras. Quedé impresionado a pesar de no ser un seguidor de la poesía, percibí en el primer verso su habilidad y comprendí porque se encontraba en la fiesta organizada por la familia. Todos los años realizan una pequeña reunión con algunos escritores, pero mi excusa de ir fue mi eterna relación con esta familia. Se lo había encontrado a Antonio saliendo desesperado de la habitación antes de hallar el cadáver de Emilia. Cabrera se paró lentamente de su escondite y se acercó a la luz de la vela, su rostro estaba mucho más pálido que de costumbre. A pesar de ser una persona de considerable estatura se lo veía encorvado como un viejo, tenía aproximadamente treinta años. Nos miró con temor y a la vez con odio, luego se acercó a la difunta, apoyó su cabeza en su pecho y comenzó a llorar desconsoladamente. Pedro Agüero, reciente autor de un libro que prometía convertirse en best-seller y además comprometido de la chica, se adelantó, tomó a Cabrera de los hombros y lo hizo a un lado, empujándolo contra la pared. El agredido, desesperado gemía algo in entendible y revoleaba los ojos en busca de ayuda, pero sólo encontró miradas de desprecio. Al acercarme a los escritores para calmarlos, escuché un ruido de cristal roto, al inspeccionar el suelo hallé un relicario enganchado a una cadena, que sostenía la mismísima mano sin vida de Emilia, en su interior había una pequeña insignia de oro con las siglas A.E.A. lo que se había roto era el pequeño vidrio que la protegía. Extrañado tomé el relicario y lo levanté, miré al señor Gonzáles que se encontraba absorto de cualquier sentimiento. Con delicadeza me le acerqué y le tendí el objeto, él observó mi mano unos instantes y luego tomó el relicario. Al ver lo que contenía miró a los hombres peleando. Se dirigió hacia ellos, los separó y propinó un enorme golpe a Cabrera, lo contuve antes de que acometiera contra el poeta nuevamente. - ¡Es él! – gritaba Eduardo – El asesino. - ¿Cómo lo sabe?- pregunté - A.E.A significa Asociación de Escritores Argentinos, él es el único miembro de aquí - ¡No! – susurró Cabrera – Él también es miembro – dijo señalándolo a Pedro Agüero - ¡¿Insinúas que yo maté a mi prometida?! – Exclamó Agüero. Tuve que soltar a Eduardo para detener a Pedro, que lleno de ira avanzaba hacia Cabrera. De repente se escuchó un gemido: - Este no es mi relicario – Volteé, Cabrera observaba el objeto en su mano luego de haberlo tomado del piso, Eduardo lo había arrojado. – Este no es mi relicario – Repitió. - ¿Qué? - Este relicario es el suyo, no es mío. - ¿Cómo lo sabes? ¡Son iguales! – Preguntó Pedro - ¡El mío no! ¡El mío es distinto a todos! - ¿En qué sentido? – Pregunté - En su contenido – Contestó mirándome – este tiene la insignia, el mío tiene… – y se detuvo, humillado o sin atreverse a continuar - ¿Qué? ¿Qué tiene? – Pregunté incitándolo a seguir - Una foto – dijo con un tono muy bajo - ¿Una foto? ¿De quién? – No contestó, miró detrás de él, hacia la cama donde se encontraba… - ¿De ella? ¿Una foto de ella? - Sí, de ella. La conocí una vez que acompañó a Agüero al club y me pareció la mujer más bella que había visto, y comenzamos a vernos. Finalmente me confesó que no podíamos seguir viéndonos debido a su compromiso con Agüero, yo no lo quise aceptar pero no había nada que pudiera hacer. Luego, este fin de semana, el padre de Emilia me invita a su casa y mis esperanzas renacieron. Pero, esta noche, cuando me decidí a visitarla, la encontré muerta. Salí a pedir ayuda y me encontré con ustedes entrando.- Hubo un nuevo silencio. - Pero, si este no es tu relicario, quiere decir que… es el de Pedro – Reflexioné, todos lo miraron. Eduardo se paró y le tendió la mano: - Muéstrame tu relicario. – Pedro corrió hacia la puerta, pero lo detuvieron, le quitamos el relicario lo abrimos, efectivamente la foto de Emilia nos presentaba una sonrisa. - ¿Por qué? – Preguntó Eduardo - Supe que me engañaba, encontré un poema entre su ropa, cuando se lo mostré y le pregunté quien era su amante me lo negó. Perdí mi compostura y… - No hizo falta que terminara la frase. Luego nos contó que cuando vio que Cabrera lloraba la muerte de Emilia más que nadie, supo que él era el amante, y aprovechó la pelea para robar el relicario de Antonio, había perdido el suyo en el intento de matar a Emilia, pero ignoraba el detalle de la foto. Se llevaron a Agüero a la mañana siguiente.
Ping pong Al doblar la esquina, vi a Tincho caminando adelante, le grité y me esperó, seguimos caminando juntos riendo y sin saber que esperar de esa noche. A mitad de cuadra, la casa del cumpleañero se presentó, no era grande, pero tenía un lindo patio frontal con una curiosa fuente. Tocamos timbre y tuvimos que esperar un largo rato para que nos abrieran. Detrás de la puerta grande de madera, apareció la cara de Franco, con una gran sonrisa, se la devolvimos saludándolo y deseándole un feliz cumpleaños, en ese momento, me dio pánico que los otros invitados le hayan regalado algo. Miré a Tincho y me tranquilicé cuando no vi ningún paquete, al menos no estaba sólo. Entramos por primera vez a la casa, y vimos una habitación grande con una mesa de ping pong, ya ocupada, y varios sillones. La desesperación de no conocer a nadie, y de ver el aspecto de los invitados, me duró poco ya que detecté a Federico haciéndome señas desde el fondo. Le hice una seña a Martín, y me siguió. Luego de los saludos, miré alrededor y vi a las chicas en la cocina. Atravesé la puerta de vidrio y las saludé. Faltaba una. Lucía. La busqué con la mirada, me había dicho que vendría. “Correte” me dijo una voz femenina de atrás, era ella, parecía enojada, tenía una escoba en la mano. Miré el suelo y me di cuenta de que estaba pisando unas papas fritas. Me hice a un lado mientras la jodía con su manera de saludar. No se rió. “Mejor vuelvo más tarde” pensé y volví con los chicos. Diez minutos más tarde, luego de intercambiar noticias de futbol, entraron las chicas y se sentaron. Seguí hablando con Federico, pero no pude evitar escuchar una conversación entre Santiago y Lucía, en la que él la acusaba de cancelar la ida al cine. Me alarmé, y presté más atención, ella se excusaba con que se le había hecho tarde, no pude evitar sentir tristeza pero logré disimularla para que Fede no la notara. De repente Lucía se paró y fue a la cocina, se encontró con Gastón, lo saludó y se quedó hablando. Aproveché para hablar con Santi, haciéndome el boludo, me acerqué al tema. “Che ¿Qué es eso que hablabas con Lu? ¿La invitaste al cine?” “Sí sí, pero tranqui, como amigos” Por segunda vez en la noche tuve que hacer un esfuerzo por disimular, esta vez, la felicidad. Me invitó a jugar al ping pong, acepté para distenderme. Después de varios partidos volvimos con los demás. Me senté en el sillón y la busqué. No estaba en el grupo, giré la cabeza y la vi, seguía hablando con Gastón. Temor. Le pregunté a las chicas si sabían algo “Sí aparentemente, se le tiró Gasty o algo”. Esta vez no pude disimular. otros cuentos: http://www.taringa.net/posts/arte/2229601/¿Bien-escondida---Cuento.html http://www.taringa.net/posts/arte/2230224/El-Relicario---Cuento.html http://www.taringa.net/posts/arte/2242606/Departamento---Cuento.html http://www.taringa.net/posts/arte/2228764/Colectivo--cuento.html
Espera Eterna Se subió al transporte, y buscó un asiento vacío, encontró uno al fondo. Pidió permiso a un joven que lloraba, y se sentó. No pudo evitar sentir lástima por el chico, no tendría más de veinte años. Miró afuera, un día gris, como para condimentar el ambiente. Tomó el sobre, todavía cerrado, que guardaba en su abrigo, era grueso, al abrirlo una fotografía cayó, su madre, su padre y sus dos hermanas le sonreían. No pudo evitarlo, lloró, algo raro en él. Nadie se dio cuenta, y si lo notaron disimularon. Su compañero de asiento le dio una palmada en el hombro. Pero él no lo miró, nunca soportó que lo vieran llorar. Cuando pudo controlarse, se fijó en el resto del contenido del sobre. Una carta con la letra de su madre. La leyó dos veces, y dos veces más el final: “… no podemos esperar el momento de que vuelvas… Cuidáte mucho por favor Mamá” La letra se borroneó por una lágrima, miró la foto de nuevo. Le parecían años desde la última vez que los había visto, cuando apenas había pasado un mes. Aquella noche… no recordaba mucho, lágrimas… incluso su padre, nunca lo había visto llorar antes. Sacó de su cabeza esos pensamientos, sólo lograban aumentar su tristeza. Un par de cosas más en el sobre, recuerdos de sus hermanas, y otra carta de su padre. La leería más tarde. Miró afuera, ya estaban llegando, tomó su mochila, guardó el sobre en su abrigo y esperó. Finalmente la nave se detuvo y se les ordenó bajar no sin antes ponerse el casco y agarrar un rifle. MALVINAS ARGENTINAS
Día Festivo A pesar de la triste imagen que presentaba el establecimiento decidió entrar, en verdad era el único bar que había visto abierto luego de varios minutos de búsqueda. Como esperaba el bar estaba casi vacío. Un borracho recostado sobre la barra y otro que parecía querer imitarlo apenas se inmutó cuando el vaso que sostenía se le cayó sobre el pantalón. Avanzó hacia la barra y el pidió un trago al cantinero. El hombre lo inspeccionó antes de servírselo: - ¿Qué haces acá? – Y con un gesto con la cabeza señalando a los otros dos agregó – vos parecés ser alguien – En realidad venía de la oficina, vestía un traje ya muy viejo y arruinado por el uso. No respondió, después de todo, por eso estaba en ese lugar ¿no? Agarró el vaso y tomó un trago, hizo un esfuerzo por no escupirlo. El cantinero lo notó y lo miró despectivamente, pero no dijo nada siguió mirando la televisión. Una mujer entrevistaba a un hombre en calzoncillos y una bandera de Boca que utiliza a modo de capa junto a una muchedumbre en el obelisco. Sonó su celular, un mensaje, de ella… lo ignoró. Hablaría con ella más tarde, todavía no podía enfrentarla. En ese momento la puerta del bar se abrió. Una mujer de unos treinta años entró. Se sentó junto al hombre recién llegado y pidió una cerveza. Lo miró y sonrió. - ¿Te conozco? – De hecho, ahora que la miraba bien, sí, la conocía. Trabajaba en la fotocopiadora al frente de la oficina. Justamente hoy la había visto y habían hablado sobre el calor que hacía. - Sí trabajo en el edificio al frente de la fotocopiadora - Sí me acuerdo, ¿no ibas a cenar con tu esposa?- No podía creerlo, la miró incrédulo – Me lo dijiste hoy – dijo riéndose – que estabas apurado porque tenías que hacer una reservación en un restaurante en Puerto Madero – Ahora lo recordaba, que vergüenza. - No conseguí mesa – Su respuesta no era lo que esperaba, pero la mujer se dio cuenta de que no quería hablar de eso, el hombre le devolvió la pregunta - ¿Y vos? ¿No tenés planes? - Sí éste – Se rieron juntos, extendió la mano – Josefina. - Luciano – respondió, estrechándosela. Josefina miró la tele, ahora la mujer entrevistaba a una nena en los hombros de su padre. - ¿Por qué hacen tanto escándalo con este día? - Cierto, ¿Qué se celebra? Pasa todos los años, y no es mérito de nadie – coincidió Luciano. Se rieron chocando los vasos, el cantinero se rió también demostrando su acuerdo. De repente, se escuchó una cuenta regresiva de la tele y de afuera. Se miraron, sonrieron, alzaron los vasos una vez más y brindaron. - Feliz Año Nuevo – dijo Josefina - Feliz Año Nuevo – dijo Luciano
El llanto del niño, el hombre gritándole a su celular, las risas chillonas de dos adolescentes en el asiento frente al suyo y la ruidosa música de la radio del conductor hicieron que su ligera molestia en la cabeza se convirtiera en una terrible jaqueca. Deseaba poder bajarse pero aún faltaban cuatro paradas, intentó no pensar en el dolor, distanciarse de ese colectivo. Abrió la ventana, a pesar del frío del invierno afuera, y dejó que el viento le golpeara la cara. Inmediatamente el hombre del celular le dio un descanso a la pobre persona con quien hablaba para dedicarle un par de minutos de sus gritos al hombre con la jaqueca por su imprudencia y falta de consideración hacia los demás, la madre del niño abandonó unos segundos la lectura de su revista para aliarse con el escandaloso hombre y señalar su inexistente preocupación por la salud de su niño que tenía un catarro, este se había callado atento a la discusión del mismo modo que las dos adolescentes con risas chillonas. El conductor escuchó la discusión, apagó la radio y se dio vuelta para callar a todos y ordenarle al hombre con la jaqueca que cerrara la ventana inmediatamente ya que estaba absolutamente prohibido abrir las ventanas en invierno. Resignado, cerró la ventana, y se recostó en el asiento, el conductor volvió a mirar al frente, prendió la radio y subió el volumen, las chicas soltaron risas nerviosas, el niño se acordó de porque estaba llorando y la mujer continuó con la lectura de su revista, el hombre le gritó a la pobre persona al otro lado del teléfono y el joven con la jaqueca miró por la ventana para darse cuenta de que estaba lloviendo, y que se había pasado por dos paradas… otros cuentos http://www.taringa.net/posts/arte/2230224/El-Relicario---Cuento.html http://www.taringa.net/posts/arte/2229601/¿Bien-escondida---Cuento.html http://www.taringa.net/posts/arte/2346454/Ping-Pong---Cuento.html http://www.taringa.net/posts/arte/2242606/Departamento---Cuento.html
"Ojos de Gato" Agotado por el calor que azotó la ciudad esa tarde, el cual no pudo combatir ni con su inútil ventilador portátil ni con la ducha de agua fría, decidió irse a dormir a pesar de que fueran apenas las 8 de la noche. Su cuarto era la habitación más fresca de la casa, lo que era una desventaja en invierno pero perfecta para esta ocasión. Ya se estaba acostando en el colchón cuando una horrible sensación en la boca lo detuvo, se dirigió al espejo que se encontraba junto a la puerta de la habitación, encendió la luz y buscó el origen del dolor dentro de su cavidad bucal. Nada. Debería ir con el dentista al día siguiente, “Menos mal que el pronóstico de mañana es de apenas 39 grados” pensó con fastidio mientras se dirigía una vez más a la cama no sin antes apagar la luz. Se relajó sobre el colchón ignorando esta vez el dolor. Sin embargo, no pudo ignorar una fuente de luz desconocida ubicada a pocos pasos de la cama. Aunque le costara creerlo, eran unos ojos amarillentos, probablemente de un gato. Un poco asustado, no por miedo a los felinos, sino por la presunta aparición del animal de quién no se había percatado con la luz encendida, se quedó estático esperando a que el gato hiciera algún tipo de movimiento. Los segundos pasaban y ambos mantenían sus posiciones, el gato lo miraba directamente a los ojos, era él que cada tanto desviaba la mirada hacia el interruptor de luz ubicado al otro lado de la habitación como esperando a que se encendiera con el poder de sus ojos o por el simple hecho de que él desesperadamente deseaba que lo hiciera, sin embargo, nada sucedió. Decidió actuar, se levantó lentamente, el gato no demostró ningún signo de respuesta, comenzó a caminar hacia el interruptor siempre con la mirada fija al gato quien, asimismo, lo seguía con la mirada. Con un movimiento repentino y rápido, encendió la luz, que en menos de un segundo iluminó una habitación libre de cualquier tipo de animal. No podía creerlo, lejos de pensar si quiera el la posibilidad de que haya sido un reflejo extraño, se preguntó si no se había quedado dormido, pero por más que intentó, no logró despertarse. Salió de la habitación ante la posibilidad de que el felino, conocido por su agilidad y reflejos, haya salido del cuarto antes de que accionara el interruptor. No obstante, el resto del departamento estaba vacío. Satisfecho, e incluso logró lanzar una sonrisa recordando su sobresalto al ver los ojos, se dirigió una vez más a su habitación. Se detuvo. Desenchufó el velador de la sala y lo llevó a su habitación, esta vez no tendría que pararse para prender la luz y el gato no podría escaparse antes de poder verlo. Luego de enchufarlo y apagar la luz, intentó acostarse una vez más… Dos ojos… aún más cerca que la última vez. Pudo notar que parecían demasiado grandes para pertenecerles a un gato. Sin pensarlo dos veces, busco la ficha de la lámpara y la encendió, tan rápido como se iluminó la habitación, desaparecieron los ojos. Una gota de sudor le recorrió la cara y no tenía nada que ver con el calor. Se paró, buscó debajo de la cama, adentro de los armarios, y a poco estuvo de querer levantar el suelo de alfombra con tal de deshacerse de su visitante. No había nada, sencillamente, había desaparecido. Decidió mantener la luz encendida y serenarse. Evidentemente, algo extraño estaba sucediendo, no creía en fantasmas y mucho menos en gatos fantasmas, nunca había oído algo semejante, “Al menos que esté tratando con un Gato de Chesire” pensó presentando una sonrisa. No se le ocurrió nada por hacer, así que decidió no hacerle caso y lidiar con eso a la mañana siguiente, en ese momento deseó tener algún sillón en otra habitación, pero su deseo de tener un sillón no hizo mayor efecto que aquel de que se prendiera la luz. Por tercera vez en la noche, repitió el procedimiento, sin embargo, olvidó completamente su plan al instante en que apagó la luz, los ojos de gato estaban junto a su cama, tan cerca, que podía estirar la mano y tocarlos si quisiera, lógicamente esto fue lo último que se le ocurriría hacer. Recordó lo que había decidido antes de que los ojos aparecieran por tercera vez. Se dio vuelta y acostó su cara en la almohada e intentó olvidar al gato. Creyó sentir una sensación extraña, sin embargo, no se alarmó mucho, definitivamente, su mente le estaba haciendo pagar por el temor que estaba sintiendo esa noche. Así que intentó ignorarlo… Se despertó, la luz invadía la habitación, lo había logrado, no podía evitar sentirse aliviado, de verdad había creído que no volvería a despertarse. Antes de levantarse, registró la habitación, estaba vacía. Se levantó, aún tenía sueño, pero el hambre lo vencía, además, había dormido demasiado. Calculó que debido a la luz que entraba en la habitación, debían ser alrededor de las doce del mediodía, pero para corroborarlo se fijó en el reloj de la mesa de luz. “Esta porquería se rompió” dijo al ver que los números digitales anunciaban que eran apenas las tres de la mañana, sin embargo, seguía funcionando, los minutos seguían pasando. Se dirigió hacia la sala, igual de iluminada que su cuarto, para fijarse en el reloj de pared, antes su sorpresa este también indicaba que eran las tres. Extrañado, volvió a su cuarto para buscar el teléfono y aclarar el asunto de la hora de una vez por todas. Cuando cruzó la puerta, notó algo insólito en el reflejo del espejo, los ojos del gato habían vuelto, sobresaltado, registró el cuarto una vez más. Vacío. Volvió al espejo y finalmente encontró el par de ojos de gato, ya no los volvería a perder de vista… NO TE OLVIDES DE COMENTAR

Algo que se me ocurrió ayer, aunque no se compara, la idea la saqué de Hemingway, quien escribió uno de los cuentos más cortos de la historia, lo dejo más abajo, a más de uno no le va a gustar, pero está bien es algo que se me ocurrió hacer y ver cómo quedaba y tal vez a alguien le guste la idea y se ponga a pensar y llenar los espacios en blanco Más que obvio que pueden dejar cualquier comentario positivo o negativo, pero intenten que no sea ofensivo. Gracias! También les dejo un artículo con respecto al cuento de Hemingway que me pareció bueno, si a alguien le interesa "Buenas tardes, vengo a devolver un libro que compré ayer. “Guía Para Padres Primerizos”" “For sale: baby shoes never worn” “Vendo: zapatos de bebé, sin usar” Ernest Hemingway EL CUENTO MÁS BREVE DEL MUNDO POR EDUARDO BERTI Hace pocos meses (en noviembre de 2006) la revista Wired convocó a un treintena de escritores norteamericanos, en su mayoría de ciencia ficción, y les pidió que escribiesen un cuento de apenas seis palabras, tomando como ejemplo un micro-relato de Ernest Hemingway cuyo texto completo dice en inglés “For sale: baby shoes, never worn” y que, según parece, el autor de Los asesinos tenía por una de sus obras maestras. La respuesta fue entusiasta y todos cumplieron la premisa, salvo el desobediente Arthur C. Clarke, que escribió un larguísimo cuento de diez palabras. Algunos entregaron más de un texto, como Margaret Atwood. Abundaron los cuentos de tinte político (alusiones directas a Bush y a Irak), y hasta hubo perlas: Steven Meretzky propuso “Muy confundido, leyó su propio obituario” (He read his obituary with confusion); Bruce Sterling escribió “Era muy caro seguir siendo humano” (It cost too much staying human), y Ben Bova puso “Salvó al mundo volviendo a morir” (To save humankind he died again), los que podrían ser, además, brillantes inicios de novela. En cuanto a la ya mencionada Atwood, empleando una audaz elipsis jugó con la lógica secreta que vincula dos hechos o noticias: “Hallan cadáver incompleto. Médico compra yate” (Corpse parts missing. Doctor buys yatch). En sus cuentos más ortodoxos, Hemingway ya había dado muestra de su capacidad sintética y de su economía expresiva. Su “A Very Short Story”, para muchos una versión reducida y avant la lettre de Adiós a las armas, tiene tan sólo 767 palabras en inglés pero, pese al título, no es su relato más corto: “A Banal Story” tiene 634, y el más breve de sus cuentos, exceptuando los intertextos de In Our Time (1925), acaso sea “The Revolutionist”, que no llega a las quinientas palabras. Un buen ejemplo de cómo trabaja Hemingway es “Hills Like White Elephants” (Colinas como elefantes blancos), cuya intriga se reduce a un diálogo entre dos personajes acerca de una operación médica, nunca explicitada. El lector deduce, o no, que la chica está embarazada y que el hombre la presiona para que el bebé no nazca. La palabra clave (aborto) jamás es puesta en boca de los personajes ni tampoco mencionada por el narrador. “Vendo zapatos de bebé, sin usar” es, en este sentido, digno de Hemningway. Lo omitido (¿otro aborto?) queda resonando en la mente del lector. No estamos ante una novela, o ante un cuento tradicional, donde una lectura gradual nos irá respondiendo los interrogantes: ¿Quién vende los zapatos? ¿Por qué los vende? ¿Por qué están sin uso? ¿Ha ocurrido algo con el bebé? ¿Qué ha ocurrido? En el minicuento de seis palabras adjudicado a Hemingway nos hallamos ante un hecho presente (el aviso que “ocupa” todo el relato) pero asimismo ante un hecho pasado que obra de dato escondido. Estamos a un paso de la tan citada “Tesis del cuento” de Ricardo Piglia. “Un cuento siempre cuenta dos historias”, concluye Piglia, para quien todo cuento es un relato que encierra un relato secreto. En “Vendo zapatos de bebé, sin usar”, lo mismo que en buena parte de la llamada microficción, los procedimientos que hemos mencionado (la omisión deliberada, la tesis de los dos relatos simultáneos) son llevados a un extremo. Todo está, en este caso, “fuera” del texto. O “fuera de campo”, como dicen los directores de cine cuando la acción no es registrada por la cámara. Hasta la canonización o (siendo menos tajantes) la popularización del cuento adjudicado a Hemingway, dos textos se repartían el privilegio de ser considerados como “el cuento más breve del mundo”. Uno tiene siete palabras, el otro dieciséis. Es decir que Hemingway les ganó a ambos en brevedad. Aunque parezca imposible, circulan en libros y en antologías cuentos todavía más breves. Luisa Valenzuela escribió uno de apenas dos palabras (“Que bueno”, así, sin acentos ni signos de exclamación) aunque se apoyó en un título provocadoramente extenso (“El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mondolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles por la tarde”); Aloé Azid ha postulado un cuento de una sola palabra (“Yo”) y cuyo título es “Autobiografía”, pero la cosa no excede de una broma muy ingeniosa, ya que en su caso no se puede hablar de “acción” ni de relato. Cierto consenso ha establecido que entre nosotros, lectores de lengua española (e incluso entre el lectorado europeo, un poco a la sombra de Italo Calvino), el cetro de “cuento más breve” recayese en “El dinosaurio” del guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí” En la tradición de la microfiction norteamericana, por su parte, por años se ha estimado que “el cuento más breve del mundo” era un celebrado texto de Fredric Brown: “The last man on Earth sat in a room. There was a knock on the door.” (El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta), en verdad una reescritura de “Mensaje” de Thomas Bailey Aldrich (“Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta”), incluido en la famosa Antología de la Literatura Fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y adjudicado a Borges por algunos estudiosos de la obra de Bailey Aldirch. Durante décadas se ha afirmado que la microficción en castellano (Arreola, Denevi, Piñera, Valadés, etc) lograba textos más breves que la llamada sudden fiction o flash fiction norteamericana. Aunque esto ha dejado de ser tan así en los últimos tiempos, es cierto que las antologías norteamericanas consagradas al “cuento hiperbeve” incluyen textos de hasta 750 palabras, cuando en castellano el límite suele rondar las 300 o, como máximo, 500 palabras. Lo peculiar del minicuento adjudicado a Hemingway no es tanto que haya desafiado esta idea establecida (y que el “cuento más breve del mundo” sea ahora norteamericano, ya no latinoamericano), como que, a diferencia del de Monterroso y el de Fredric Brown, estemos en presencia de un texto no fantástico, sino más bien realista. El dato no es menor porque, usualmente, suele repetirse que el formato hiperbreve le sienta mejor a los textos fantásticos o, al menos, de índole extraordinaria: casos muy curiosos, hechos sorprendentes. Irving Howe, especialista en microfiction, escribió que “los escritores que hacen cuentos breves tienen que ser especialmente audaces” porque “apuestan todo a un golpe de inventiva” La argentina Ana María Shua, una de las mejores cultoras del microcuento en la actualidad, ha dicho que “las minificciones tienden en su mayor parte al género fantástico, en parte porque se les exige provocar algún tipo de sorpresa estética, temática o de contenido, ya que el sutil desarrollo de climas o personajes son casi imposibles”. Ambos tienen razón si se piensa en la microficción en su conjunto. Lo más extraordinario del cuento de Hemingway (si realmente es de Hemingway) acaso no sea, por lo tanto, su cortísima extensión, sino el hecho de que consiguió instalarse en lo alto del podio de la brevedad encarnando, en cierto aspecto, una excepción a dos reglas. ~