"Ojos de Gato"
Agotado por el calor que azotó la ciudad esa tarde, el cual no pudo combatir ni con su inútil ventilador portátil ni con la ducha de agua fría, decidió irse a dormir a pesar de que fueran apenas las 8 de la noche. Su cuarto era la habitación más fresca de la casa, lo que era una desventaja en invierno pero perfecta para esta ocasión. Ya se estaba acostando en el colchón cuando una horrible sensación en la boca lo detuvo, se dirigió al espejo que se encontraba junto a la puerta de la habitación, encendió la luz y buscó el origen del dolor dentro de su cavidad bucal. Nada. Debería ir con el dentista al día siguiente, “Menos mal que el pronóstico de mañana es de apenas 39 grados” pensó con fastidio mientras se dirigía una vez más a la cama no sin antes apagar la luz. Se relajó sobre el colchón ignorando esta vez el dolor. Sin embargo, no pudo ignorar una fuente de luz desconocida ubicada a pocos pasos de la cama. Aunque le costara creerlo, eran unos ojos amarillentos, probablemente de un gato. Un poco asustado, no por miedo a los felinos, sino por la presunta aparición del animal de quién no se había percatado con la luz encendida, se quedó estático esperando a que el gato hiciera algún tipo de movimiento.
Los segundos pasaban y ambos mantenían sus posiciones, el gato lo miraba directamente a los ojos, era él que cada tanto desviaba la mirada hacia el interruptor de luz ubicado al otro lado de la habitación como esperando a que se encendiera con el poder de sus ojos o por el simple hecho de que él desesperadamente deseaba que lo hiciera, sin embargo, nada sucedió. Decidió actuar, se levantó lentamente, el gato no demostró ningún signo de respuesta, comenzó a caminar hacia el interruptor siempre con la mirada fija al gato quien, asimismo, lo seguía con la mirada. Con un movimiento repentino y rápido, encendió la luz, que en menos de un segundo iluminó una habitación libre de cualquier tipo de animal.
No podía creerlo, lejos de pensar si quiera el la posibilidad de que haya sido un reflejo extraño, se preguntó si no se había quedado dormido, pero por más que intentó, no logró despertarse. Salió de la habitación ante la posibilidad de que el felino, conocido por su agilidad y reflejos, haya salido del cuarto antes de que accionara el interruptor. No obstante, el resto del departamento estaba vacío. Satisfecho, e incluso logró lanzar una sonrisa recordando su sobresalto al ver los ojos, se dirigió una vez más a su habitación. Se detuvo. Desenchufó el velador de la sala y lo llevó a su habitación, esta vez no tendría que pararse para prender la luz y el gato no podría escaparse antes de poder verlo. Luego de enchufarlo y apagar la luz, intentó acostarse una vez más…
Dos ojos… aún más cerca que la última vez. Pudo notar que parecían demasiado grandes para pertenecerles a un gato. Sin pensarlo dos veces, busco la ficha de la lámpara y la encendió, tan rápido como se iluminó la habitación, desaparecieron los ojos. Una gota de sudor le recorrió la cara y no tenía nada que ver con el calor. Se paró, buscó debajo de la cama, adentro de los armarios, y a poco estuvo de querer levantar el suelo de alfombra con tal de deshacerse de su visitante. No había nada, sencillamente, había desaparecido. Decidió mantener la luz encendida y serenarse. Evidentemente, algo extraño estaba sucediendo, no creía en fantasmas y mucho menos en gatos fantasmas, nunca había oído algo semejante, “Al menos que esté tratando con un Gato de Chesire” pensó presentando una sonrisa. No se le ocurrió nada por hacer, así que decidió no hacerle caso y lidiar con eso a la mañana siguiente, en ese momento deseó tener algún sillón en otra habitación, pero su deseo de tener un sillón no hizo mayor efecto que aquel de que se prendiera la luz. Por tercera vez en la noche, repitió el procedimiento, sin embargo, olvidó completamente su plan al instante en que apagó la luz, los ojos de gato estaban junto a su cama, tan cerca, que podía estirar la mano y tocarlos si quisiera, lógicamente esto fue lo último que se le ocurriría hacer. Recordó lo que había decidido antes de que los ojos aparecieran por tercera vez. Se dio vuelta y acostó su cara en la almohada e intentó olvidar al gato. Creyó sentir una sensación extraña, sin embargo, no se alarmó mucho, definitivamente, su mente le estaba haciendo pagar por el temor que estaba sintiendo esa noche. Así que intentó ignorarlo…
Se despertó, la luz invadía la habitación, lo había logrado, no podía evitar sentirse aliviado, de verdad había creído que no volvería a despertarse. Antes de levantarse, registró la habitación, estaba vacía. Se levantó, aún tenía sueño, pero el hambre lo vencía, además, había dormido demasiado. Calculó que debido a la luz que entraba en la habitación, debían ser alrededor de las doce del mediodía, pero para corroborarlo se fijó en el reloj de la mesa de luz. “Esta porquería se rompió” dijo al ver que los números digitales anunciaban que eran apenas las tres de la mañana, sin embargo, seguía funcionando, los minutos seguían pasando. Se dirigió hacia la sala, igual de iluminada que su cuarto, para fijarse en el reloj de pared, antes su sorpresa este también indicaba que eran las tres. Extrañado, volvió a su cuarto para buscar el teléfono y aclarar el asunto de la hora de una vez por todas. Cuando cruzó la puerta, notó algo insólito en el reflejo del espejo, los ojos del gato habían vuelto, sobresaltado, registró el cuarto una vez más. Vacío. Volvió al espejo y finalmente encontró el par de ojos de gato, ya no los volvería a perder de vista…
Los segundos pasaban y ambos mantenían sus posiciones, el gato lo miraba directamente a los ojos, era él que cada tanto desviaba la mirada hacia el interruptor de luz ubicado al otro lado de la habitación como esperando a que se encendiera con el poder de sus ojos o por el simple hecho de que él desesperadamente deseaba que lo hiciera, sin embargo, nada sucedió. Decidió actuar, se levantó lentamente, el gato no demostró ningún signo de respuesta, comenzó a caminar hacia el interruptor siempre con la mirada fija al gato quien, asimismo, lo seguía con la mirada. Con un movimiento repentino y rápido, encendió la luz, que en menos de un segundo iluminó una habitación libre de cualquier tipo de animal.
No podía creerlo, lejos de pensar si quiera el la posibilidad de que haya sido un reflejo extraño, se preguntó si no se había quedado dormido, pero por más que intentó, no logró despertarse. Salió de la habitación ante la posibilidad de que el felino, conocido por su agilidad y reflejos, haya salido del cuarto antes de que accionara el interruptor. No obstante, el resto del departamento estaba vacío. Satisfecho, e incluso logró lanzar una sonrisa recordando su sobresalto al ver los ojos, se dirigió una vez más a su habitación. Se detuvo. Desenchufó el velador de la sala y lo llevó a su habitación, esta vez no tendría que pararse para prender la luz y el gato no podría escaparse antes de poder verlo. Luego de enchufarlo y apagar la luz, intentó acostarse una vez más…
Dos ojos… aún más cerca que la última vez. Pudo notar que parecían demasiado grandes para pertenecerles a un gato. Sin pensarlo dos veces, busco la ficha de la lámpara y la encendió, tan rápido como se iluminó la habitación, desaparecieron los ojos. Una gota de sudor le recorrió la cara y no tenía nada que ver con el calor. Se paró, buscó debajo de la cama, adentro de los armarios, y a poco estuvo de querer levantar el suelo de alfombra con tal de deshacerse de su visitante. No había nada, sencillamente, había desaparecido. Decidió mantener la luz encendida y serenarse. Evidentemente, algo extraño estaba sucediendo, no creía en fantasmas y mucho menos en gatos fantasmas, nunca había oído algo semejante, “Al menos que esté tratando con un Gato de Chesire” pensó presentando una sonrisa. No se le ocurrió nada por hacer, así que decidió no hacerle caso y lidiar con eso a la mañana siguiente, en ese momento deseó tener algún sillón en otra habitación, pero su deseo de tener un sillón no hizo mayor efecto que aquel de que se prendiera la luz. Por tercera vez en la noche, repitió el procedimiento, sin embargo, olvidó completamente su plan al instante en que apagó la luz, los ojos de gato estaban junto a su cama, tan cerca, que podía estirar la mano y tocarlos si quisiera, lógicamente esto fue lo último que se le ocurriría hacer. Recordó lo que había decidido antes de que los ojos aparecieran por tercera vez. Se dio vuelta y acostó su cara en la almohada e intentó olvidar al gato. Creyó sentir una sensación extraña, sin embargo, no se alarmó mucho, definitivamente, su mente le estaba haciendo pagar por el temor que estaba sintiendo esa noche. Así que intentó ignorarlo…
Se despertó, la luz invadía la habitación, lo había logrado, no podía evitar sentirse aliviado, de verdad había creído que no volvería a despertarse. Antes de levantarse, registró la habitación, estaba vacía. Se levantó, aún tenía sueño, pero el hambre lo vencía, además, había dormido demasiado. Calculó que debido a la luz que entraba en la habitación, debían ser alrededor de las doce del mediodía, pero para corroborarlo se fijó en el reloj de la mesa de luz. “Esta porquería se rompió” dijo al ver que los números digitales anunciaban que eran apenas las tres de la mañana, sin embargo, seguía funcionando, los minutos seguían pasando. Se dirigió hacia la sala, igual de iluminada que su cuarto, para fijarse en el reloj de pared, antes su sorpresa este también indicaba que eran las tres. Extrañado, volvió a su cuarto para buscar el teléfono y aclarar el asunto de la hora de una vez por todas. Cuando cruzó la puerta, notó algo insólito en el reflejo del espejo, los ojos del gato habían vuelto, sobresaltado, registró el cuarto una vez más. Vacío. Volvió al espejo y finalmente encontró el par de ojos de gato, ya no los volvería a perder de vista…
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