Un Retrato de la Peor Clase
El sólo hecho de tener que cursar esa materia durante dos horas, dos veces por semana, le había producido un completo replanteo sobre si su elección de carrera había sido la correcta. No sabía cuál era la verdadera razón de su odio: si era el profesor, quien acostumbraba a llegar cuarenta minutos tarde, con su tono de voz monótono y tan efectivo para dormir a cualquiera como una píldora; si era el sol que lograba llenar cada centímetro del aula con una luz calurosa y encandiladora; el horario, que comprendía esas dos horas en las que se sufre como en ningún otro horario el hambre y el sueño, o si eran todas esas razones juntas.
Al principio del cuatrimestre no se preocupó, lo único que debía hacer era leer los textos que figuraban en el programa, estudiarlos y rendir el parcial. No importaba si le era imposible concentrarse en lo que su profesor explicaba, es más, se le había ocurrido dejar de concurrir a clase y emplear el tiempo en algo productivo, pero, lamentablemente, se tomaba asistencia al comenzar cada clase, no tenía otra opción más que sentarse y esperar a que el profesor, finalmente, les permitiera retirarse.
Sin embargo, a medida que pasaron los días, y a medida que leyó, o por lo menos, intentó leer, se dio cuenta de que, para complicar aún más las cosas, la materia no era nada fácil. Fue en ese momento cuando se resignó, si le era imposible prestar atención en clase, y no podía entender los textos, sentado tranquilamente en su casa ¿Qué esperanzas tenía de aprobar la materia?
De modo que ahí estaba, sufriendo una vez más, en esa silla caliente por le sol, luchando por permanecer despierto, ya que, a pesar de sentir poco cariño por su profesor, no le gustaría que lo viera dormido mientras él daba su clase. Para evitar dormirse, decidió mantenerse ocupado con algo, disponía de un cuaderno y de una lapicera, y era hábil dibujando, siempre lo habían elogiado por eso. Miró distraídamente a su alrededor, buscando un rostro que retratar, preferiblemente, uno que no le obligara a tener que darse vuelta o moverse si quiera. Detuvo de repente su búsqueda al encontrarse con el rostro de una chica sentada a pocos bancos de distancia, podía mirarla cuantas veces necesitara sin tener que dar señales de eso ya que el profesor se había parado justo delante de ella. La chica no parecía estar más concentrada que él mismo en la clase, aunque lo fingía mejor, miraba atentamente al profesor y garabateaba ocasionalmente en su cuaderno pretendiendo tomar apuntes. El dibujante sonrió, deseaba estar sentado junto a ella para poder decirle que la acompañaba en el sentimiento e iniciar una conversación de por qué odiaban la clase, al menos así, el tiempo transcurriría más rápido.
Mientras comenzó a retratarla, se le ocurrió que probablemente esa era la primera vez que utilizaba el cuaderno en esa clase desde que anotó el nombre del profesor el primer día. Sonrió ante la idea de que alguna vez el profesor revisara qué había hecho él durante sus clases, y encontrara únicamente un retrato de una de sus estudiantes. Fue en medio de estos pensamientos que notó que el resto de los alumnos comenzaron a guardar sus pertenencias, indicándole que la clase había finalizado. Cerró rápidamente su cuaderno, antes de que alguien notara el dibujo y salió felizmente del aula luego de descubrir un método para pasar el tiempo.
El próximo día que debía cursar la materia, al abrir la puerta, se encontró con un aula absolutamente vacía. Se fijó en el número que figuraba en la pared para cerciorarse de que fuera el aula correcta, una vez que comprobó que no se había equivocado, ingresó, buscó un buen asiento que le permitiera continuar con su dibujo sin que nadie lo notara y se sentó. Fue en ese momento cuando descubrió el mensaje escrito en el pizarrón que advert que se les había asignado una nueva aula del otro lado del edificio. Como había llegado con algunos minutos de anticipación, pudo encontrarla a tiempo y elegir un asiento conforme a sus requisitos. Tardó algunos segundos en notar que no sufría de un calor insoportable y que gozaba de una visión no encandilada por los rayos solares. Antes de ilusionarse, le preguntó a un chico sentado junto a él si sabía si esa iba a ser su nueva aula, cuando éste le respondió que sí, festejó con una sonrisa, por lo menos ahora no iba a sufrir físicamente la clase.
Mientras los minutos pasaban y los estudiantes llegaban, él se dedicó a emprolijar lo que había dibujado anteriormente. Apenas habían pasado diez minutos desde que la clase debía haber empezado, cuando un hombre con aspecto de profesor les comunicó que era su nuevo profesor. A diferencia del antiguo, parecía estar contento de haberse dedicado a la docencia. Explicó que el anterior profesor se había mudado a otro país y que ya no volvería, al menos por el resto del cuatrimestre, agregó que había estado analizando lo que habíamos visto en clase y que le gustaría dar un repaso por los temas para asegurarse de que todos los hubieran entendido. Ilusionado con la nueva oportunidad de aprobar la materia, pasó la hoja con el retrato, y se dispuso a tomar apuntes.
Cuando el nuevo profesor les indicó que la clase había terminado, para él sólo habían pasado pocos minutos, no sólo había entendido cada concepto y explicación que el profesor había dado, sino que además le había gustado. La clase le había entretenido y estaba emocionado por llegar a su casa e intentar leer los textos una vez más, estaba muy seguro de que ésta vez los entendería perfectamente. El retrato de la chica había quedado en el pasado.
Así pasaron los días, las semanas, el primer parcial y ya se acercaba el segundo, las clases no habían disminuido en cuanto a su calidad y la chica no había vuelto a aparecer, el chico se perfilaba para aprobar el segundo parcial, y con él, la materia. Después de conseguir una calificación muy satisfactoria en el primero, no pensaba arruinarlo con una mala calificación en el segundo. Por eso no se sentía nervioso en lo absoluto minutos antes de rendirlo, le había dedicado el mismo método y tiempo que al primero, así que no tenía por qué estarlo. Pero cuando abrió la puerta del aula el día del parcial, se dio cuenta que no estaba del todo preparado.
Ahí, sentada en la primera fila de bancos, estaba la chica que había retratado semanas atrás. Por más que disfrutaba de la clase, siempre le había dedicado unos minutos de distensión, durante la misma, para repasar los trazos que había podido dibujar antes de que desapareciera. Había deseado más de una vez con que regresara para poder finalizar con el retrato, o al menos esa era la razón que él mismo quería hacerse creer, en el fondo sabía que no era por eso, por algún extraño motivo y de alguna, aún mas rara, manera, le había tomado cariño. Nunca habían hablado y no conocía su nombre, es decir, más allá de algún eventual cruce de miradas, no había mantenido ningún contacto con ella. Sin embargo, ahí estaba y no podía dejar de mirarla.
Alguien le tocó el hombro con la mano, y fue en ese momento que se dio cuenta de que estaba parado en la puerta, obstaculizando el paso, y que había estado así un par de segundos, suficientes para que todo el mundo se diera cuenta de a quién estaba observando. Todos menos la propia chica observada, quien no había despegado los ojos de sus apuntes ni un segundo, desesperada por retener información en el último momento antes del parcial. Comenzó a caminar hacia un asiento libre en la tercera fila, y cuando pasó por al lado de la chica, ella levantó la vista como si hubiera podido leer sus pensamientos, lo miró a los ojos y sonrió mientras lo saludaba con la mano. Tardó unos instantes en procesar lo que había sucedido, pero, milagrosamente, logró gesticular una sonrisa tímida y, desafortunadamente, fracasó en el intento de hablarle haciendo un ruido incomprensible, el cual ella respondió con una risa. Continuó avanzando hasta el asiento maldiciéndose para sus adentros. Se sentó, fijó su vista al piso y no la volvió a levantar hasta que el calor que sentía en su rostro hubiera desaparecido. Una vez que alzó la vista, notó que el profesor ya había llegado y que estaba dando las recomendaciones para el parcial. Decidido a escucharlas, intentó olvidar todo el asunto sobre la chica y concentró su mente en lo que el profesor decía. Por más que escuchaba y entendía cada palabra, le era imposible conectarlas y encontrarles algún sentido, dentro de su cabeza no sólo se escuchaba la voz del pedagogo sino que también se oía la suya haciéndose preguntas sobre qué había significado la sonrisa, el saludo y la risa.
Por segunda vez en el día, alguien le tocó el hombro con intenciones de llamar su atención, esta vez para entregarle la fotocopia del parcial. La tomó mientras ofrecía una disculpa y le dio una inspección. Como de costumbre, al principio no podía entender ni responder una sola consigna, pero esta vez, tampoco pudo entender en la segunda leída ni en la tercera. No podía evitarlo, estaba desconcentrado. Levantó la vista hacia donde estaba sentada la chica, quien ya había comenzado a escribir, al igual que el resto de los estudiantes. Se tomó unos instantes para tranquilizarse, respirar hondo y despejar su mente, leyó una vez más la primera consigna, esta vez la comprendió, y no sólo eso, también sabía responderla. Un poco más aliviado, leyó la segunda y tercer consigna, también sabía responderlas. Sonrió, tal vez era posible que le fuera bien en el examen a pesar de los inconvenientes inesperados, sólo necesitaba el tiempo suficiente para escribir las respuestas. Consultó su celular, pero en seguida deseó no haberlo hecho. No sabía cómo, aún más, dudaba de no haber sido víctima de un suceso sobrenatural o algo parecido, pero lo cierto, era que quedaban menos de cuarenta minutos. Había estado cerca de una hora con veinte minutos divagando, leyendo, relajándose, concentrándose y lamentándose. No había tiempo que perder, literalmente. Se propuso contestar las dos primeras preguntas antes de los próximos veinte minutos.
Treinta minutos después, y con apenas diez restantes, contemplaba desesperado la segunda pregunta sin terminar. ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo era posible que un encuentro, si es que se podía llamarse encuentro a un intercambio de sonrisas de unos pocos segundos, con la chica, le afectara de semejante manera? Cinco minutos después, y con la misma cantidad restante, comenzaba a responder la tercera pregunta, con una letra ilegible y una coherencia cuestionable. No le importaba, terminar el parcial era imprescindible.
Cuando el profesor inició con el reclamo de parciales, con la usual amenaza de irse fue cuando se rindió. No había terminado de responder la última pregunta y ni siquiera estaba convencido de las respuestas a las preguntas anteriores. Entregó el parcial desanimadamente y dirigió una mirada de odio a la chica que aún estaba sentada guardando sus pertenencias. Una vez más, la muchacha demostró sus dotes psíquicas, alzando la mirada en el preciso momento en que él la miró, se sorprendió al ver una demostración de odio por parte de una persona a la que nunca le había hablado.
- ¿Estás bien? – Le preguntó cuando lo alcanzó una vez que salieron del aula. Nada lo había sorprendido ese día tanto como que ella, precisamente ella, le hablara, ni cuando la vio sentada en primera fila, ni cuando le sonrió, ni cuando sufrió un viaje en el espacio tiempo ocasionando que tuviera que hacer el parcial en cuarenta minutos, nada. La miró con una expresión incrédula, sintió una adrenalina y un cosquilleo que le subió por la cabeza.
- Sí, sí ¿Por? – Logró responder finalmente.
- Te ví con una cara rara cuando salías del aula, pensé que te pasaba algo – Lo tomó desprevenido enterarse que ella había notado la mirada de odio
- No, no me pasa nada – Dijo presentando una sonrisa para dar más crédito a lo que acababa de decir. Pareció convencerla, cambió de expresión, ella también sonrió.
- ¿Cómo te fue? – Le preguntó a la chica para cambiar de tema
- Bien, creo que bien. No era muy difícil. ¿Querés ir a comer algo? – Preguntó de improvisto. Eso superó el record de sorpresa del día. La proposición salió de la nada misma, que la chica le confesara que era su hermana era más esperable a que lo invitara a almorzar.
- Da-dale – tartamudeó – ¿Con vos? – Fue una pregunta inconsciente, no pudo evitarlo y lo lamentó apenas salió de su boca, decidió arreglarlo él mismo – Perdón, que boludo, no me vas a invitar a que coma sólo. Dale, me encantaría – Por fortuna, la chica encontró todo eso muy gracioso y empezó a reírse. Él la miraba mientras se reía, olvidándose de todo lo que le había hecho pasar durante el parcial, olvidándose que probablemente debiera rendir el final únicamente por culpa suya, entonces sonrió. No le importaba
- ¿A vos cómo te fue? – Preguntó ella una vez que dejó de reírse. La miró. Estaba hablando con ella y estaban a punto de salir a comer juntos, ¿Qué cómo le había ido?:
- Excelente – Contestó sonriendo mientras caminaban juntos saliendo de la facultad.
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