El Relicario
Está muerta – dijo finalmente el doctor luego de una minuciosa inspección al cadáver de Emilia Gonzáles , la hija mayor del célebre y rico periodista Eduardo Gonzáles - Estrangulada - Solté un gemido de sorpresa, nadie habló pero todos miraban a la misma persona. Un ser sentado en un sillón, apartado de los demás. Describiría su expresión pero su rostro se ocultaba en la absoluta oscuridad. Este hombre se llamaba Antonio José Cabrera, era el poeta más talentoso que había conocido. Aunque había oído hablar de él lo vi por primera vez dos días atrás, en la casa de los Gonzáles, cuando me enseñó algunas de sus obras. Quedé impresionado a pesar de no ser un seguidor de la poesía, percibí en el primer verso su habilidad y comprendí porque se encontraba en la fiesta organizada por la familia. Todos los años realizan una pequeña reunión con algunos escritores, pero mi excusa de ir fue mi eterna relación con esta familia. Se lo había encontrado a Antonio saliendo desesperado de la habitación antes de hallar el cadáver de Emilia.
Cabrera se paró lentamente de su escondite y se acercó a la luz de la vela, su rostro estaba mucho más pálido que de costumbre. A pesar de ser una persona de considerable estatura se lo veía encorvado como un viejo, tenía aproximadamente treinta años. Nos miró con temor y a la vez con odio, luego se acercó a la difunta, apoyó su cabeza en su pecho y comenzó a llorar desconsoladamente. Pedro Agüero, reciente autor de un libro que prometía convertirse en best-seller y además comprometido de la chica, se adelantó, tomó a Cabrera de los hombros y lo hizo a un lado, empujándolo contra la pared. El agredido, desesperado gemía algo in entendible y revoleaba los ojos en busca de ayuda, pero sólo encontró miradas de desprecio. Al acercarme a los escritores para calmarlos, escuché un ruido de cristal roto, al inspeccionar el suelo hallé un relicario enganchado a una cadena, que sostenía la mismísima mano sin vida de Emilia, en su interior había una pequeña insignia de oro con las siglas A.E.A. lo que se había roto era el pequeño vidrio que la protegía. Extrañado tomé el relicario y lo levanté, miré al señor Gonzáles que se encontraba absorto de cualquier sentimiento. Con delicadeza me le acerqué y le tendí el objeto, él observó mi mano unos instantes y luego tomó el relicario. Al ver lo que contenía miró a los hombres peleando. Se dirigió hacia ellos, los separó y propinó un enorme golpe a Cabrera, lo contuve antes de que acometiera contra el poeta nuevamente.
- ¡Es él! – gritaba Eduardo – El asesino.
- ¿Cómo lo sabe?- pregunté
- A.E.A significa Asociación de Escritores Argentinos, él es el único miembro de aquí
- ¡No! – susurró Cabrera – Él también es miembro – dijo señalándolo a Pedro Agüero
- ¡¿Insinúas que yo maté a mi prometida?! – Exclamó Agüero. Tuve que soltar a Eduardo para detener a Pedro, que lleno de ira avanzaba hacia Cabrera. De repente se escuchó un gemido:
- Este no es mi relicario – Volteé, Cabrera observaba el objeto en su mano luego de haberlo tomado del piso, Eduardo lo había arrojado. – Este no es mi relicario – Repitió.
- ¿Qué?
- Este relicario es el suyo, no es mío.
- ¿Cómo lo sabes? ¡Son iguales! – Preguntó Pedro
- ¡El mío no! ¡El mío es distinto a todos!
- ¿En qué sentido? – Pregunté
- En su contenido – Contestó mirándome – este tiene la insignia, el mío tiene… – y se detuvo, humillado o sin atreverse a continuar
- ¿Qué? ¿Qué tiene? – Pregunté incitándolo a seguir
- Una foto – dijo con un tono muy bajo
- ¿Una foto? ¿De quién? – No contestó, miró detrás de él, hacia la cama donde se encontraba…
- ¿De ella? ¿Una foto de ella?
- Sí, de ella. La conocí una vez que acompañó a Agüero al club y me pareció la mujer más bella que había visto, y comenzamos a vernos. Finalmente me confesó que no podíamos seguir viéndonos debido a su compromiso con Agüero, yo no lo quise aceptar pero no había nada que pudiera hacer. Luego, este fin de semana, el padre de Emilia me invita a su casa y mis esperanzas renacieron. Pero, esta noche, cuando me decidí a visitarla, la encontré muerta. Salí a pedir ayuda y me encontré con ustedes entrando.- Hubo un nuevo silencio.
- Pero, si este no es tu relicario, quiere decir que… es el de Pedro – Reflexioné, todos lo miraron. Eduardo se paró y le tendió la mano:
- Muéstrame tu relicario. – Pedro corrió hacia la puerta, pero lo detuvieron, le quitamos el relicario lo abrimos, efectivamente la foto de Emilia nos presentaba una sonrisa.
- ¿Por qué? – Preguntó Eduardo
- Supe que me engañaba, encontré un poema entre su ropa, cuando se lo mostré y le pregunté quien era su amante me lo negó. Perdí mi compostura y… - No hizo falta que terminara la frase. Luego nos contó que cuando vio que Cabrera lloraba la muerte de Emilia más que nadie, supo que él era el amante, y aprovechó la pelea para robar el relicario de Antonio, había perdido el suyo en el intento de matar a Emilia, pero ignoraba el detalle de la foto.
Se llevaron a Agüero a la mañana siguiente.