luciacqua
Usuario (Argentina)

Acá por fin se viene la bomba. Para los que querían ver la historia avanzar Historia de Simone: Mamá Luego de perder a Emilio Van Helsing, Simonne volvió a estar sola y desvió su atención a otra parte. Un día, mientras estaba ordenando su cuarto de chica adolescente, oyó que algo se caía detrás de la cómoda. La corrió sin demasiado esfuerzo y halló el viejo retrato de su verdadera madre. La contempló por largo rato buscando un parecido entre madre e hija. Hacía unos años, más o menos a los doce, Simonne había empezado de descreer la historia que la anciana le había contado. No era que no tuviese suficientes pruebas sino que eso de vivir pensando que se había criado con la familia equivocada le daba verdadero dolor de cabeza. O sería que la aparición de María le había hecho pensar que esa verdad era demasiado fuerte para afrontarla ella sola. Después de todo, la existencia de María era la señal de que algo en Simonne se había acumulado durante años hasta colapsar. Y eso de buscar a la verdadera María Columbina había terminado por convertirse en una fantasía de niños que jugaban a ser detectives. Jamás encontraría a esa chica. Sabía Dios si seguía viva, si aún estaba en esa ciudad o si llegarían algún día a coincidir en un mismo espacio. Ni siquiera coincidiendo en los bailes podía Simonne tener la certeza de que la encontraría. Así pasó varios años sin recordar a su “hermana” y ocupándose de Ronnie o de Emilio o soñando con ese muchacho que una vez le había abierto la mente. Abigail, que parecía estar sincronizada con ella, no volvió a tocar el tema de la otra María. Ahora, a los diecisiete años, Simonne volvió a ver la foto de su verdadera madre y, luego de contemplarla largamente al tiempo que miraba una foto de ella misma junto a su otra madre, se echó a llorar. Al día siguiente, Abi se le acercó para preguntarle por qué tenía los ojos hinchados. - Estuve llorando toda la noche. – contestó Simonne con voz débil porque estaba a punto de echarse a llorar de vuelta. – Ayer vi el cuadro de mi mamá… de las dos… y no pude soportarlo. – y nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas. Como estaban al principio de una clase, Abi pidió permiso a la profesora para que las dejara salir a lo que ésta accedió sin chistar. Mientras conversaban en el baño, entraron Moni, Elena y Carmen. Para sorpresa de Simonne, Moni también estaba llorando. - ¿Qué le pasa? – preguntó Simonne intentando olvidar su tristeza. - Se acordó de su mamá. – contestó Elena notablemente apenada. - Hoy hubiera sido su cumpleaños. – contó Moni. – Sabía que ella había muerto cuando yo tenía seis años… pero ayer fui a comprarle un regalo que le hubiera gustado mucho y, cuando lo estaba por pagar… me acordé de que no se lo iba a poder dar… ¿y a vos qué te pasó? - No, yo… nada, es una estupidez… - mintió Simonne. A pesar de que había hecho buenas migas con Moni a los doce años y se contaban muchas cosas, la verdadera historia de Simonne había sido siempre algo entre ella y Abi. Nadie más lo sabría nunca. Lo único que sabían todos de Simonne era de sus dos personalidades, de su perro, su gato, sus hermanos, sus padres y de su vida color de rosa. Simonne, por su parte, sabía una pequeña porción de la vida de sus amigas: sabía que Elena y Juanita habían venido de Capital Federal en el mismo vehículo cuando eran niñas, que los padres de Carmen eran italianos y habían viajado a la Argentina escapando de la guerra y que Moni vivía con unos padres adoptivos. Sólo de Abi conocía toda su vida: que vivía con su madre y hermanos, que su padre había desaparecido una noche y había vuelto diez años después para encontrarse con que ya nadie lo recordaba, que a Abi le había dado un ataque epiléptico cuando el hombre se fue, que se escapó temporalmente cuando volvió y que ahora había vuelto a llevarse bien con él. Fue por esto que Simonne decidió invitar a las chicas a su casa esa tarde. Quería conocer más de ellas además de que pensaba contarles toda su verdad. En la tarde, sólo Moni pudo ir. Parecía todavía muy triste por su madre así que estaba dispuesta a contarle también su historia para ver si podía oír algo distinto de lo que Carmen y Elena le decían. - ¿Sabés que mis padres murieron cuando yo tenía seis años? – comenzó Moni. – Fue una tragedia. Mi madre se había enojado conmigo porque le había manchado un mantel con tinta china así que me mandó a la pieza. Yo, enojadísima, me escapé por la ventana y me fui a la casa de una vecina. Horas más tarde, me enteré de que mi casa se había prendido fuego porque, en la desesperación de buscarme, mi mamá se había olvidado de vigilar la cocina. – Moni se echó a llorar desesperada. – Lo último que pasó entre ella y yo fue que nos peleamos… lo último que hizo fue retarme… lo último que hice yo fue escaparme… y, para peor, ella murió por mi culpa… Los ojos de Simonne se abrieron de par en par. Su historia coincidía con la de la abuela. De repente, la madre de Simonne apareció en la sala con el retrato de la otra madre entre las manos. Moni, al ver a su verdadera madre, se quedó paralizada. ¡Era parecida a ella! Y después, el retrato… - ¿Qué hacés con el cuadro de esta mujer en tu pieza? – preguntó la madre de Simonne angustiada. – ¿Y por qué escribiste en el portarretrato que es tu mamá? Lo que siguió, Simonne no lo recordaba con claridad. Todos la vieron cambiar de Simonne a María constantemente sin parar. Gritaba, se callaba, se ponía de pie, se volvía a sentar, se soltaba el cabello, se lo volvía a recoger, abría los ojos como platos, los cerraba con forzada serenidad… Sólo recordaba haber llamado a Moni “cobarde” y “usurpadora” mientras la chica escapaba sin poder consigo misma.
Nota: es la continuación de "El diario perdido" para los que lo leyeron. Diario de Octavio (Extraños) Lo que vale la pena contar de mi historia comenzó cuando yo tenía ocho años. A esa edad, era un nene bastante particular, según mi madre. Lo dijo con esas palabras y jamás las olvidé. Físicamente, no era ni alto ni bajito, ni gordito ni flaquito, ni feo ni bonito. Bueno, eso es discutible, lo cierto es que no era de los nenitos que conmueven hasta al más duro tigre ni tampoco de los que espantan hasta al más tierno cachorro. Creo que era demasiado caradura para atraer a los adultos, demasiado preguntón y pedigüeño. Tampoco era caprichoso, egoísta, gritón o dominante… aunque sí era desobediente, no era explícitamente rebelde. No desobedecía para hacerme notar sino cuando no corría riesgo de que me descubrieran… y no estaba muy orgulloso de hacerlo. Lo que a mi madre se refería era a que, cuando yo era chiquito, tenía los ojos grandes. Pero no como tener ojos chiquitos o grandes como los adultos, no se refería a mi aspecto físico sino que iba más allá. Cuando uno es chiquito, los ojos grandes muestran asombro, curiosidad por el mundo que los rodea. Si sus ojos son chiquitos, no escapa a los adultos su sorpresa ya que siempre tienen cara de sorpresa; cuando sus ojos son grandes como eran los míos, la sorpresa se acentúa mucho más y ni hablar si uno tiene ojos claros (que no era mi caso aunque sí el de mi hermano). Es verdad que, al crecer, tener los ojos grandes para muchos denota cierta estupidez… (en los varones, a las chicas les queda muy bonito), pero cuando uno es chiquito, tiene significación. Según mi madre, los ojos grandes definían de antemano mi personalidad. Cabe aclarar hoy que mi madre murió cuando yo tenía ocho años… es decir… poco sabía ella de lo que sería de mi destino y si mi personalidad sería aquélla. Y, de hecho, no saben ustedes cuán equivocada estaba la pobre. ¿Y por qué es esto importante? Porque mi curiosidad marcaría mi vida para siempre. 1 de junio (fecha en que escribo y en que empezó todo) Todo empezó un día primero de junio cuando salía de la escuela. Me despedí de mis amigos, ésos cuyas caras te olvidás a los dos años, me senté en la escalinata de la escuela y me puse a dibujar mientras esperaba a mi mamá. Estaba de buen humor porque empezaba un nuevo mes y se acercaban las vacaciones (y mi cumpleaños). Me gustan los comienzos de cada mes porque siempre huelen a nuevo, a cambio en el almanaque, a letra nueva en el cuaderno. No era como los días de la semana, que se repiten constantemente, sino que cambiaban cada treinta días. Y las horas pasaron y mi mamá no llegaba. Diez minutos, media hora, los chicos se iban hasta que no quedaba nadie, se hacía una hora, dos, tres… me empezaba a angustiar. ¿Por qué nadie pasaba a buscarme? ¿Por qué se tardaba tanto mi mamá? Ella nunca se había tardado tanto. Siempre estaba esperándome cuando yo salía. ¿Se habría olvidado de mí? Hice un gran esfuerzo por no largarme a llorar. No es que tuviera un mal presentimiento, pero todos deben saber lo que siente uno cuando se lo olvidan en la escuela. Empezaban a entrar las maestras del turno tarde y todas me preguntaron qué hacía yo ahí solo. Haciéndome el valiente, les dije que mi mamá ya iba a pasar a buscarme así que se fueron. Como no teníamos teléfono ni sabía yo mi dirección no me animaba a pedirle a alguien que me llevara. Yo vivía solo con mi madre porque mi padre se había marchado antes de que yo naciera. En realidad, me enviaba siempre cosas por correo, regalos de navidad, de cumpleaños, huevos de pascua, pero nunca volvía de su viaje. Yo sabía que no era mi mamá porque nosotros éramos bastante pobres así que mi madre siempre me hacía regalos humildes. Entonces, unos tipos llegaron en un auto enorme último modelo. Uno de los tipos salió, me preguntó si yo era Octavio Morales y, apenas le contesté que sí, me hizo a subirme al auto. Mi madre me había dicho que, si alguna vez me buscaban unos tipos en un auto como ése que yo veía, me subiera porque trabajaban con papá así que yo no tenía miedo. Me dieron un sándwich de carne que me comí sin pensarlo dos veces porque me moría de hambre. Después, me llevaron a mi casa no sin antes decirme que les avisara si mi madre llegaba. No entendí por qué me decían eso así que entré rápido a mi casa. Allí no había nadie. ¿Acaso mi madre se habría acordado por fin de buscarme mientras estos hombres me traían? Les avisé a ellos que no había nadie más en casa y un hombre se quedó conmigo para que no estuviera solo.

Historia de Simonne: Ronnie parte 1 Cuando Simonne empezó la secundaria, no se imaginó cuánto cambiaría su vida desde entonces. Entró al aula con Abigail casi con temor de los demás compañeros. Ambas habían sido enviadas a un colegio público que tendría mejor nivel educacional que las escuelas a las que irían otros niños así que podían considerarse afortunadas. Incluso, estaban en la misma división. Las niñas iban a todos lados juntas cual si fueran siamesas. No se separaban ni para ir al baño. Al principio, ni siquiera se hablaban con las niñas. Aun así, estando juntas, no estaban tan nerviosas sino que se quejaban juntas de las tareas, se reían de los niños más payasos del curso y hasta se hacían bromas entre ellas. Bien decían que los amigos no multiplicaban los problemas sino que los dividían. Ellas dos solas estaban muy bien. Pasaron varios meses, Simonne ya había olvidado su loca idea de encontrar a la que llamaba su hermana para no darse demasiadas explicaciones. Estar en la secundaria era para ella una aventura emocionante; un juego nuevo. Aun así, había traído el elástico, sus lápices de colores, su muñeca favorita y su libro de cuentos nuevo. De todas formas, las cosas empezaron a ponerse interesantes un día común en el que ella se encontraba sentada junto a Abigail no escuchando la clase. En realidad, se estaban riendo a carcajadas porque el muchacho que estaba adelante se tiraba unos pedos bastante estruendosos. Intentaban que sus risotadas fuesen silenciosas para que no las regañara la profesora, aunque no podían evitar retorcerse. De pronto, la maestra se interrumpió y miró hacia donde estaban ellas, al fondo de la clase. - ¿Qué pasa ahí? – gritó y caminó hacia el fondo de la clase. Las niñas se pararon derechas mientras los nervios las invadían. - ¿¡Qué es eso que está escribiendo, Morales!? – gritó la maestra dirigiéndose a un muchacho que estaba cerca de ellas. El niño se ruborizó intensamente al tiempo que la maestra le quitaba un cuaderno que él había estado escribiendo. Inmediatamente, ella se puso a leerlo en voz alta. Sin querer, Simonne y su mejor amiga soltaron otra risotada por las cosas que decían en el diario. En realidad, no sabían que los niños también escribían diarios. ¿Acaso, como ése, lo hacían con la intención de que lo leyeran sus enamoradas? - Seño, ¿puedo ir al baño? – inquirió el chico que estaba sentado delante de las niñas. - Si, vaya, por favor. – contestó la maestra haciendo un gesto de disgusto. De pronto, gritó dirigiéndose al chico que estaba detrás de Simonne: - ¡Usted! ¿¡Qué trae ahí!? - Seño… - titubeó el muchachito, que ya había cambiado la voz. - ¿¡Una revista de chicas desnudas!? – chilló la mujer mirando la revista que acababa de confiscarle. – ¿¡Qué hace usted con esto!? ¡Se la voy a tener que confiscar y voy a llamar a sus padres! La maestra regresó al frente de la clase con la revista en la mano. Inmediatamente, el chico se levantó para suplicarle compasión, pero la pierna que acababa de extender Simonne por estar sentada en una posición inusual fue para él un obstáculo mortal. Se tropezó con ella y cayó al suelo con toda su humanidad. - ¿Estás bien? – le preguntó Simonne avergonzada. - ¡Auch! – se quejó él. - ¡Perdoname! ¿Me perdonás? - Sí… sí He vuelto con anécdotas un poco distorsionadas de mis días de escuela
Historia de Simone: Alegoría de un romance Simonne acabó por renunciar a Ronnie cuando ya tenía quince años. Por suerte para ella, se cruzó un muchacho que la ayudó a olvidar a su viejo amor. La historia del noviazgo de Simonne con este muchacho, a quien ella llamaba Van Helsing haciendo alusión al mundo fantástico del que parecía provenir, podía contarse de una forma literal o simbólica. Simone eligió la versión simbólica. Si Octavio quería la versión literal, debería escucharla de su boca. Este cuento trata de una princesa que vivía encerrada en un castillo custodiado por un dragón. La idea era que el hombre que la rescatara sería el indicado para casarse con ella; es decir, su verdadero amor. Sin embargo, esta princesa no era una bella doncella a la que nadie se resistía. Todo lo contrario: era una chica común que ya estaba alcanzando los veinte años. Para su envidia, otras princesas con su misma suerte se habían casado apenas a los quince años pues eran mucho más bellas que ella. Sin embargo, esta princesa, llamada Ronda, era tan común que los hombres no se sentían particularmente impulsados a pelear contra un temible dragón para rescatarla. Cabalgaban por los bosques en busca de princesas que rescatar o de aventuras, se aproximaban al castillo de la princesa Ronda y chiflaban para que ella pudiese deleitarlos con su belleza. Aun así, le sonreían notablemente decepcionados cuando ella les agitaba el pañuelo en señal de saludo. Muchos caballeros estaban dispuestos a desposarla, pero no a pelear contra el temible dragón que la custodiaba. Varios príncipes o caballeros la habían insultado con su comportamiento tan poco galante. Uno de ellos, al verla asomarse sin corona (pues ella acababa de despertarse) la confundió con la sirvienta. Ronda aclaró que ella era la princesa pensando que el hombre bromeaba. Entonces, el tipo frunció el entrecejo, dijo algo de ir a buscar a un mago y se marchó para no volver más. Otro príncipe se acercó a su palacio, pero sólo para preguntarle cómo llegar al palacio de la princesa Gertrudis a lo que la princesa Ronda se negó a responder mientras revoleaba los ojos. Un tercero apareció con un verso muy bien armado “Te rescataré, princesa Ronda, bella doncella, sin importar los peligros que implique esta ardua tarea”. Ilusionada, la princesa le indicó dónde estaba la puerta. Por desgracia, el tipo salió corriendo al rato gritando entre furioso y asustado: “¡No me dijiste que había un dragón!” Así, la princesa volvió a quedarse sola. Furiosa con su suerte, decidió que no esperaría toda la vida a que un príncipe desease luchar contra el dragón para casarse con ella. Aprovechando su tan admirado talento para la música, durmió al dragón con una bella melodía producida por una flauta dulce. También se quedó cerca del dragón cuidándolo para que éste le tomara confianza y no intentara atacarla. Al final, la princesa y la bestia se convirtieron en amigos. Un día, un príncipe con apariencia ostentosa, aunque casi desarmado, se presentó para rescatarla. - ¡Hay un dragón dormido! – avisó Ronda para no engañarlo. - ¿Creés que se despierte si entro? - No, tiene el sueño muy pesado. Si dejás tu ruidosa armadura en la puerta y venís, ni se va a enterar. Fue así como el príncipe “rescató” a la princesa de su amigo dragón, la admiró y prometió desposarla cuando llegase la primavera. La princesa Ronda se decepcionó un poco por esa decisión pues acababa de terminar el verano, pero decidió tener paciencia. La experiencia le había mostrado que las cosas buenas se hacían esperar y que ciertas cosas podían apurarse. Lo que la princesa Ronda no esperaba era que, después de divertirse mucho con ese príncipe sociable y divertido, sobrevendrían días de cárcel verdadera. Este hombre resultó ser particularmente celoso. Luego de verla hablando con un plebeyo en medio del pueblo, decidió encerrarla en la choza donde vivían (supuesta casa de vacaciones) con barrotes en cada ventana y centinelas en cada puerta. La princesa se sentía más prisionera que en su viejo castillo. Persona que se le acercaba sólo para conversar con ella, persona que huía ahuyentada por los guardias y por las flechas encendidas que apuntaba el paranoico príncipe. ¡Y eso que todavía no estaban casados! Deprimida, Ronda se puso a tocar en su flauta la melodía con quien solía dormir al dragón. Lo extrañaba mucho pues se había encariñado mucho con él. Incluso, el dragón tenía mejor temperamento que este príncipe. Entonces, comprendió la razón por la cual la habían encerrado en un castillo con un dragón como guardián: para que sólo alguien que quisiera estar con ella a toda costa pudiese rescatarla, alguien que quedase encantado con sus encantos, que se enamorase de su amor, que se quedase mirando su tierna y desesperanzada mirada… y no cualquier tipo. Aunque… ya era tarde para aprender esa lección. De pronto, el techo de la casa se prendió fuego. Unas enormes garras que parecían manos sacaron a la princesa por la ventana. La casa del príncipe quedó reducida a cenizas mientras la princesa huía montada en su dragón guardián y salvador. Ahora, el próximo que quisiese desposarla debería simpatizar primero con el dragón (o moriría) o se perdería de un increíble tesoro: una gran mujer con los ojos abiertos y un leal y poderoso dragón guardián.
Antes de comenzar a leer, les aviso que ésta es la continuación del Diario Perdido y que está indirectamente vinculada con la historia de Octavio.Historia de Simonne: InfanciaSimonne había sido una niña criada con mucho cariño en el seno de una familia normal. Tenía tres hermanos, cuatro abuelos, dos perros y todos los juguetes que la familia se podía permitir. Sólo una cosa le faltaba a ella: salud. Simonne sufría de asma, lo que le impedía salir a corretear con sus amigas porque los ataques de asma solían ser siempre un verdadero drama.Así veía ella jugar a los niños al fútbol, a las niñas a la mancha, a sus hermanos a las escondidas… sentada en una sillita junto a unos libros o un puestito de limonadas. No era que no tuviese amigos sino que pasaba mucho tiempo sola. Como todos sus juegos debían ser pasivos, en algún momento, sus amigos la dejaban para ir a corretear por allí en busca de aventura.En el colegio, era la que mejor se comportaba porque era la que nunca salía corriendo al recreo sino que debía ser más tranquila. Por el contrario, las clases de gimnasia eran su perdición porque el maestro siempre la hacía agitar hasta puntos críticos.Por supuesto, Simonne seguía siendo una niña y, como toda niña, era desobediente cuando quería. Algunas veces, corría sin importarle el peligro de quedarse sin respiración pensando siempre “esta vez no me va a pasar”. Y, por suerte para ella, no siempre le daban ataques porque solía descansar ni bien comenzaba a agitarse.Su mejor amiga era Abigail, una vecinita que casi siempre se quedaba con ella cuando todos los demás se iban, aunque solía ir a danza o a piano por lo que no podía salir a jugar todos los días. Abigail era bastante fiel con respecto a su amistad. Aunque no iba al mismo colegio de Simonne y tenía otras amigas, jamás cambiaba a una por otra ni aunque fuera más interesante.En fin, Simonne lo tenia todo en la vida menos emociones. Al igual que Octavio, le gustaba explorar, inventar juegos, leer libros, hacer dibujos y escribir algunos cuentos. Sin embargo, algo le decía que tenía algo más que esperar… y eso que tenía tan sólo siete años.Una tarde en que no tenía con quién jugar, tomó su pelota y empezó a simular un baile en medio de la calle. Sus pasos parecían llevarla lejos de su casa a un lugar especial sin que ella pareciera darse cuenta. ¿Adónde iba? Bah, ya regresaría. No importaba qué tan largo se fuera…Y la pelota se le escapó de las manos, rebotó en la calle, rodó hacia un descampado y después desapareció de su vista. Simonne, preocupada porque la pelota era de Abigail, salió a buscarla. Cruzó la calle casi sin mirar si pasaban autos, recorrió todo el descampado sin tener resultado, caminó veredas sin poder creer que el juguete pudiese irse tan lejos.Estaba desesperada. Abigail no le iba a negar su amistad por perderle la pelota, pero se pondría muy triste porque era su favorita y Simonne no quería fallarle. Deshizo el camino hecho por si acaso la oscuridad le impidiera ver algún rincón importante. Volvió hacia el lugar donde la había visto caer, a donde la había visto por última vez…Mientras tanto, anochecía. Ya era hora de regresar, pero si lo hacía, podía dar por perdida la pelota para siempre. Tal vez, alguien se la había llevado… con algo de suerte, Abigail había llegado de sus clases de danza y la había recogido al verla abandonada… o la había recogido su madre… o alguna amiga de Abi. Aunque… ¿no le habrían avisado a Simonne que no era necesario buscarla? Después de todo, ella se había recorrido las mismas manzanas como diez veces. Alguien la tendría que haber visto en medio de su búsqueda. Enemigos no tenía, aunque había algunos ladrones desgraciados capaces de robarse las pelotas abandonadas en vez de dejarlas en espera de su dueño. ¡Oh, por Dios! ¿Y si la habían robado? Eso sucedía con los juguetes que nadie recogía hasta el día siguiente…Angustiada, a punto de echarse a llorar, por fin la vio. Ya eran las diez de la noche, pero allí estaba frente a la puerta de una casa.Dos días después, Simonne se apareció por su casa como si nunca se hubiera ido. La había buscado la policía, la había buscado casi todo el barrio, la habían llorado, se habían hecho denuncias de su pérdida, se había sospechado un secuestro… hasta se habían allanado casas sin resultado.Simonne estaba en casa de vuelta. No parecía sentirse culpable de su desaparición y había sido entonces cuando empezó a exigir que la llamaran Simonne. Antes, se había llamado María Columbina (todos le decían María)… pero ahora ya no quería responder a este nombre. Cuando le decían María, ni siquiera se sentía aludida. No se daba vuelta ni por equivocación. Esto era mucho más que un capricho. Algo le había sucedido durante su desaparición.
El diario de Octavio (Casa nueva) - ¿Usted como se llama? – comencé de nuevo. No podía dejar de preguntar una vez que comenzaba. - Rodríguez. - ¿Ése no es su apellido? - Eso no importa. Todos me dicen Rodríguez. Me vas a decir señor Rodríguez. - ¿Usted es mi tío? Porque parece mi tío… - de pronto, me sonreí. - ¿Qué te hace pensar que soy tu tío? - No sé… pero parece mi tío. Ahora le voy a decir “tío” - ¡Pero no soy tu tío! De repente, este tipo me caía bien. Me mostraba todo, se aseguraba de que no me quedara solo en lugares oscuros, me hablaba más de lo que me había hablado el otro hombre que me cuidaba… rápidamente me encariñé con él. Así me imaginaba un poco a mi padre. Tal vez, mi papá era más bueno, más cariñoso… pero ese tío postizo podría reemplazarlo momentáneamente. Luego de cenar unos espaguetis pegados, ordené las cosas en mi cuarto, pasé por el baño, me recosté y llamé al “tío Rodríguez”. Tardó largo rato en llegar durante el cual me distraje buscando formas en las manchas de humedad que había en el techo. - ¿Qué querés? Es hora de dormir. - ¿Me cantás una canción? – le pedí sonriendo tímidamente. - No. – ladró él. - ¿Me leés un cuento? - No. - ¿Me contás sobre mi papá ? - No. - ¿Mi mamá? - Aceptalo. Está muerta. – repuso mientras caminaba hacia la salida. Entonces, no pude contener el llanto de vuelta. El tío se volvió con gesto de hastío, me miró largamente como pensando en palabras de consuelo… apagó la luz y se marchó. En el momento en que quedé a oscuras, me callé. No tenía caso gemir si nadie me escuchaba. Me quedé mirando la oscuridad completa. Era igual que estar ciego pues daba lo mismo tener los ojos abiertos o cerrados… veía las mismas imágenes difusas sin forma ni color definido. Repentinamente, justo cuando la vista se me empezaba a acostumbrar, sentí que una mano presionaba mi muñeca. Me estremecí y miré hacia la izquierda: allí se encontraba un muchacho que acababa de salir desde debajo de la cama. Tenía la piel blanca, el pelo alborotado, los ojos vacíos y la boca abierta en señal de miedo. Grité como un condenado haciendo que el niño saltara hacia atrás, se cayera de culo y se arrastrara a la pared. Cuando ya no pudo moverse más para escapar, me hizo coro con su grito. Me tapé la cabeza con las mantas hasta que la luz del cuarto se encendió. Por suerte, no había mentido con eso de que no me desmayaba, mi me meaba ni me cagaba de miedo… aunque creo que me dio taquicardia. Temblaba de pies a cabeza, sudaba frío, no podía hablar ni moverme. Eso les cuento para que se imaginen el susto. Sin embargo, cuando me descubrí la cabeza, vi que el fantasma aterrador era un niño de verdad, unos años mayor que yo, a quien definitivamente no esperaba ver ahí. Era alto, pálido, de ojos grandes como los míos (aunque celestes) y pelo ondulado largo – no como nena sino como si hiciera meses que no se aparecía por la peluquería –. - ¡Dios! ¡Qué susto me diste! – exclamó riendo. - ¡Vos me asustaste a mí! – le reproché bastante ofendido. - ¡Sí, pero yo casi piso el techo! Vos sos re valiente. En eso debía darle la razón. Al menos, yo me había quedado donde estaba. Por un rato no hablé. Cuando me asustaban así, me negaba a hablar a toda costa y a mirar a nadie. Solamente me mantenía cabizbajo esperando a que se me pasara el susto. Supongo que pensaba que, si hablaba o miraba a alguien, no podría evitar echarme a llorar. Era apenas una criatura, me asustaba mucho con facilidad, pero trataba siempre de evitar el llanto. Después, empezamos a conversar. El niño, llamado Mateo, me contó que era mi hermano, que había ido a parar allí cuando tenía seis años, que su madre había intentado ahogarlo en el mar cuando supo que papá era el padre de la criatura (qué mujer más malvada), que él (Mateo) había escapado escondiéndose bajo el muelle del que lo habían arrojado… su modo optimista de contar las cosas como si fueran un chiste me hacía perder la consciencia de la gravedad de lo que me decía. Sonreía, aunque creo que más por mi presencia que porque se enorgulleciera de su historia. También me contó cómo vivía ahí: le daban clases particulares muy avanzadas, le dejaban jugar por casi toda la casa, le daban postre los domingos y regalos en navidad, le dejaban leer los libros del estudio… aunque toda su diversión estaba centrada solamente en la libertad. Es decir, le hablaban bastante poco, se aseguraban de que llevara una vida ordenada, le negaban cualquier muestra de cariño, le mezquinaban las sonrisas… y, sobre todo, le prohibían ver a papá . - El único que me habla es el tío Rodríguez. – me dijo con voz triste. - ¿Vos también le decís “tío”? – le cuestioné abriendo los ojos grandes por la sorpresa. - Sí – dijo Mateo sonriendo. – se hace el malo, pero yo sé que me quiere porque él es el que me da el desayuno en la cama en mi cumpleaños. La cocinera que lo hace ni me mira. Para mí, lo hace él. Ciertamente, ni Mateo ni yo tuvimos la certeza de si la actitud del tío Rodríguez era sincera o solamente una fachada hasta tres años después. - ¿O sea que estás acá desde los seis años y nunca conociste a papá ? – mi hermano asintió con la cabeza. – ¿Cuántos años tenés ahora? - Doce. - ¿Doce? ¿Y cómo sabés que está vivo? ¿Qué tal si se murió hace mucho y te mintieron para que no fueras a buscar a tu mamá? - Vos querrás buscar a tu mamá, pero yo no quiero ver a la mía ni cuando sea grande. Mirá si saca un cuchillo y me mata. Aunque sí querría irme a otro lugar donde me traten mejor. Si papá está muerto, agarro mis cosas y me voy. - Quiero conocerlo. – le dije yo. – Seguro que es bueno en realidad. Fue ahí cuando empezó mi obsesión. Dicen que la curiosidad mató al gato, y, aunque yo nunca vi un gato morirse de curiosidad, debí admitir que yo sí caí en la trampa que marcó mi vida. Conocer a mi padre me llevó hasta extremos que yo nunca imaginé ni siquiera siendo un niño dispuesto a romper los límites para alcanzar mi fin. Como les dije antes, mi naturaleza no era expresamente rebelde. Nunca desobedecía con el propósito de llamar la atención sino llevado por la tentación de lo prohibido en la clandestinidad.