Acá por fin se viene la bomba. Para los que querían ver la historia avanzar
Historia de Simone: Mamá
Luego de perder a Emilio Van Helsing, Simonne volvió a estar sola y desvió su atención a otra parte. Un día, mientras estaba ordenando su cuarto de chica adolescente, oyó que algo se caía detrás de la cómoda. La corrió sin demasiado esfuerzo y halló el viejo retrato de su verdadera madre. La contempló por largo rato buscando un parecido entre madre e hija.
Hacía unos años, más o menos a los doce, Simonne había empezado de descreer la historia que la anciana le había contado. No era que no tuviese suficientes pruebas sino que eso de vivir pensando que se había criado con la familia equivocada le daba verdadero dolor de cabeza. O sería que la aparición de María le había hecho pensar que esa verdad era demasiado fuerte para afrontarla ella sola. Después de todo, la existencia de María era la señal de que algo en Simonne se había acumulado durante años hasta colapsar. Y eso de buscar a la verdadera María Columbina había terminado por convertirse en una fantasía de niños que jugaban a ser detectives. Jamás encontraría a esa chica. Sabía Dios si seguía viva, si aún estaba en esa ciudad o si llegarían algún día a coincidir en un mismo espacio. Ni siquiera coincidiendo en los bailes podía Simonne tener la certeza de que la encontraría.
Así pasó varios años sin recordar a su “hermana” y ocupándose de Ronnie o de Emilio o soñando con ese muchacho que una vez le había abierto la mente. Abigail, que parecía estar sincronizada con ella, no volvió a tocar el tema de la otra María.
Ahora, a los diecisiete años, Simonne volvió a ver la foto de su verdadera madre y, luego de contemplarla largamente al tiempo que miraba una foto de ella misma junto a su otra madre, se echó a llorar.
Al día siguiente, Abi se le acercó para preguntarle por qué tenía los ojos hinchados.
- Estuve llorando toda la noche. – contestó Simonne con voz débil porque estaba a punto de echarse a llorar de vuelta. – Ayer vi el cuadro de mi mamá… de las dos… y no pude soportarlo. – y nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas.
Como estaban al principio de una clase, Abi pidió permiso a la profesora para que las dejara salir a lo que ésta accedió sin chistar.
Mientras conversaban en el baño, entraron Moni, Elena y Carmen. Para sorpresa de Simonne, Moni también estaba llorando.
- ¿Qué le pasa? – preguntó Simonne intentando olvidar su tristeza.
- Se acordó de su mamá. – contestó Elena notablemente apenada.
- Hoy hubiera sido su cumpleaños. – contó Moni. – Sabía que ella había muerto cuando yo tenía seis años… pero ayer fui a comprarle un regalo que le hubiera gustado mucho y, cuando lo estaba por pagar… me acordé de que no se lo iba a poder dar… ¿y a vos qué te pasó?
- No, yo… nada, es una estupidez… - mintió Simonne.
A pesar de que había hecho buenas migas con Moni a los doce años y se contaban muchas cosas, la verdadera historia de Simonne había sido siempre algo entre ella y Abi. Nadie más lo sabría nunca. Lo único que sabían todos de Simonne era de sus dos personalidades, de su perro, su gato, sus hermanos, sus padres y de su vida color de rosa.
Simonne, por su parte, sabía una pequeña porción de la vida de sus amigas: sabía que Elena y Juanita habían venido de Capital Federal en el mismo vehículo cuando eran niñas, que los padres de Carmen eran italianos y habían viajado a la Argentina escapando de la guerra y que Moni vivía con unos padres adoptivos. Sólo de Abi conocía toda su vida: que vivía con su madre y hermanos, que su padre había desaparecido una noche y había vuelto diez años después para encontrarse con que ya nadie lo recordaba, que a Abi le había dado un ataque epiléptico cuando el hombre se fue, que se escapó temporalmente cuando volvió y que ahora había vuelto a llevarse bien con él.
Fue por esto que Simonne decidió invitar a las chicas a su casa esa tarde. Quería conocer más de ellas además de que pensaba contarles toda su verdad.
En la tarde, sólo Moni pudo ir. Parecía todavía muy triste por su madre así que estaba dispuesta a contarle también su historia para ver si podía oír algo distinto de lo que Carmen y Elena le decían.
- ¿Sabés que mis padres murieron cuando yo tenía seis años? – comenzó Moni. – Fue una tragedia. Mi madre se había enojado conmigo porque le había manchado un mantel con tinta china así que me mandó a la pieza. Yo, enojadísima, me escapé por la ventana y me fui a la casa de una vecina. Horas más tarde, me enteré de que mi casa se había prendido fuego porque, en la desesperación de buscarme, mi mamá se había olvidado de vigilar la cocina. – Moni se echó a llorar desesperada. – Lo último que pasó entre ella y yo fue que nos peleamos… lo último que hizo fue retarme… lo último que hice yo fue escaparme… y, para peor, ella murió por mi culpa…
Los ojos de Simonne se abrieron de par en par. Su historia coincidía con la de la abuela.
De repente, la madre de Simonne apareció en la sala con el retrato de la otra madre entre las manos. Moni, al ver a su verdadera madre, se quedó paralizada. ¡Era parecida a ella! Y después, el retrato…
- ¿Qué hacés con el cuadro de esta mujer en tu pieza? – preguntó la madre de Simonne angustiada. – ¿Y por qué escribiste en el portarretrato que es tu mamá?
Lo que siguió, Simonne no lo recordaba con claridad. Todos la vieron cambiar de Simonne a María constantemente sin parar. Gritaba, se callaba, se ponía de pie, se volvía a sentar, se soltaba el cabello, se lo volvía a recoger, abría los ojos como platos, los cerraba con forzada serenidad…
Sólo recordaba haber llamado a Moni “cobarde” y “usurpadora” mientras la chica escapaba sin poder consigo misma.

