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Historia de Simone (alegoría de un romance)

Arte4/4/2013
Historia de Simone: Alegoría de un romance


Simonne acabó por renunciar a Ronnie cuando ya tenía quince años. Por suerte para ella, se cruzó un muchacho que la ayudó a olvidar a su viejo amor.
La historia del noviazgo de Simonne con este muchacho, a quien ella llamaba Van Helsing haciendo alusión al mundo fantástico del que parecía provenir, podía contarse de una forma literal o simbólica. Simone eligió la versión simbólica. Si Octavio quería la versión literal, debería escucharla de su boca.
Este cuento trata de una princesa que vivía encerrada en un castillo custodiado por un dragón. La idea era que el hombre que la rescatara sería el indicado para casarse con ella; es decir, su verdadero amor. Sin embargo, esta princesa no era una bella doncella a la que nadie se resistía. Todo lo contrario: era una chica común que ya estaba alcanzando los veinte años. Para su envidia, otras princesas con su misma suerte se habían casado apenas a los quince años pues eran mucho más bellas que ella.
Sin embargo, esta princesa, llamada Ronda, era tan común que los hombres no se sentían particularmente impulsados a pelear contra un temible dragón para rescatarla. Cabalgaban por los bosques en busca de princesas que rescatar o de aventuras, se aproximaban al castillo de la princesa Ronda y chiflaban para que ella pudiese deleitarlos con su belleza. Aun así, le sonreían notablemente decepcionados cuando ella les agitaba el pañuelo en señal de saludo.
Muchos caballeros estaban dispuestos a desposarla, pero no a pelear contra el temible dragón que la custodiaba.
Varios príncipes o caballeros la habían insultado con su comportamiento tan poco galante.
Uno de ellos, al verla asomarse sin corona (pues ella acababa de despertarse) la confundió con la sirvienta. Ronda aclaró que ella era la princesa pensando que el hombre bromeaba. Entonces, el tipo frunció el entrecejo, dijo algo de ir a buscar a un mago y se marchó para no volver más.
Otro príncipe se acercó a su palacio, pero sólo para preguntarle cómo llegar al palacio de la princesa Gertrudis a lo que la princesa Ronda se negó a responder mientras revoleaba los ojos.
Un tercero apareció con un verso muy bien armado “Te rescataré, princesa Ronda, bella doncella, sin importar los peligros que implique esta ardua tarea”. Ilusionada, la princesa le indicó dónde estaba la puerta. Por desgracia, el tipo salió corriendo al rato gritando entre furioso y asustado: “¡No me dijiste que había un dragón!”
Así, la princesa volvió a quedarse sola. Furiosa con su suerte, decidió que no esperaría toda la vida a que un príncipe desease luchar contra el dragón para casarse con ella. Aprovechando su tan admirado talento para la música, durmió al dragón con una bella melodía producida por una flauta dulce. También se quedó cerca del dragón cuidándolo para que éste le tomara confianza y no intentara atacarla. Al final, la princesa y la bestia se convirtieron en amigos.



Un día, un príncipe con apariencia ostentosa, aunque casi desarmado, se presentó para rescatarla.
- ¡Hay un dragón dormido! – avisó Ronda para no engañarlo.
- ¿Creés que se despierte si entro?
- No, tiene el sueño muy pesado. Si dejás tu ruidosa armadura en la puerta y venís, ni se va a enterar.
Fue así como el príncipe “rescató” a la princesa de su amigo dragón, la admiró y prometió desposarla cuando llegase la primavera. La princesa Ronda se decepcionó un poco por esa decisión pues acababa de terminar el verano, pero decidió tener paciencia. La experiencia le había mostrado que las cosas buenas se hacían esperar y que ciertas cosas podían apurarse.
Lo que la princesa Ronda no esperaba era que, después de divertirse mucho con ese príncipe sociable y divertido, sobrevendrían días de cárcel verdadera. Este hombre resultó ser particularmente celoso. Luego de verla hablando con un plebeyo en medio del pueblo, decidió encerrarla en la choza donde vivían (supuesta casa de vacaciones) con barrotes en cada ventana y centinelas en cada puerta.
La princesa se sentía más prisionera que en su viejo castillo. Persona que se le acercaba sólo para conversar con ella, persona que huía ahuyentada por los guardias y por las flechas encendidas que apuntaba el paranoico príncipe. ¡Y eso que todavía no estaban casados!
Deprimida, Ronda se puso a tocar en su flauta la melodía con quien solía dormir al dragón. Lo extrañaba mucho pues se había encariñado mucho con él. Incluso, el dragón tenía mejor temperamento que este príncipe.
Entonces, comprendió la razón por la cual la habían encerrado en un castillo con un dragón como guardián: para que sólo alguien que quisiera estar con ella a toda costa pudiese rescatarla, alguien que quedase encantado con sus encantos, que se enamorase de su amor, que se quedase mirando su tierna y desesperanzada mirada… y no cualquier tipo. Aunque… ya era tarde para aprender esa lección.
De pronto, el techo de la casa se prendió fuego. Unas enormes garras que parecían manos sacaron a la princesa por la ventana. La casa del príncipe quedó reducida a cenizas mientras la princesa huía montada en su dragón guardián y salvador.
Ahora, el próximo que quisiese desposarla debería simpatizar primero con el dragón (o moriría) o se perdería de un increíble tesoro: una gran mujer con los ojos abiertos y un leal y poderoso dragón guardián.
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