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Diario de Octavio (Extraños)

Arte8/16/2011
Nota: es la continuación de "El diario perdido" para los que lo leyeron. Diario de Octavio (Extraños) Lo que vale la pena contar de mi historia comenzó cuando yo tenía ocho años. A esa edad, era un nene bastante particular, según mi madre. Lo dijo con esas palabras y jamás las olvidé. Físicamente, no era ni alto ni bajito, ni gordito ni flaquito, ni feo ni bonito. Bueno, eso es discutible, lo cierto es que no era de los nenitos que conmueven hasta al más duro tigre ni tampoco de los que espantan hasta al más tierno cachorro. Creo que era demasiado caradura para atraer a los adultos, demasiado preguntón y pedigüeño. Tampoco era caprichoso, egoísta, gritón o dominante… aunque sí era desobediente, no era explícitamente rebelde. No desobedecía para hacerme notar sino cuando no corría riesgo de que me descubrieran… y no estaba muy orgulloso de hacerlo. Lo que a mi madre se refería era a que, cuando yo era chiquito, tenía los ojos grandes. Pero no como tener ojos chiquitos o grandes como los adultos, no se refería a mi aspecto físico sino que iba más allá. Cuando uno es chiquito, los ojos grandes muestran asombro, curiosidad por el mundo que los rodea. Si sus ojos son chiquitos, no escapa a los adultos su sorpresa ya que siempre tienen cara de sorpresa; cuando sus ojos son grandes como eran los míos, la sorpresa se acentúa mucho más y ni hablar si uno tiene ojos claros (que no era mi caso aunque sí el de mi hermano). Es verdad que, al crecer, tener los ojos grandes para muchos denota cierta estupidez… (en los varones, a las chicas les queda muy bonito), pero cuando uno es chiquito, tiene significación. Según mi madre, los ojos grandes definían de antemano mi personalidad. Cabe aclarar hoy que mi madre murió cuando yo tenía ocho años… es decir… poco sabía ella de lo que sería de mi destino y si mi personalidad sería aquélla. Y, de hecho, no saben ustedes cuán equivocada estaba la pobre. ¿Y por qué es esto importante? Porque mi curiosidad marcaría mi vida para siempre. 1 de junio (fecha en que escribo y en que empezó todo) Todo empezó un día primero de junio cuando salía de la escuela. Me despedí de mis amigos, ésos cuyas caras te olvidás a los dos años, me senté en la escalinata de la escuela y me puse a dibujar mientras esperaba a mi mamá. Estaba de buen humor porque empezaba un nuevo mes y se acercaban las vacaciones (y mi cumpleaños). Me gustan los comienzos de cada mes porque siempre huelen a nuevo, a cambio en el almanaque, a letra nueva en el cuaderno. No era como los días de la semana, que se repiten constantemente, sino que cambiaban cada treinta días. Y las horas pasaron y mi mamá no llegaba. Diez minutos, media hora, los chicos se iban hasta que no quedaba nadie, se hacía una hora, dos, tres… me empezaba a angustiar. ¿Por qué nadie pasaba a buscarme? ¿Por qué se tardaba tanto mi mamá? Ella nunca se había tardado tanto. Siempre estaba esperándome cuando yo salía. ¿Se habría olvidado de mí? Hice un gran esfuerzo por no largarme a llorar. No es que tuviera un mal presentimiento, pero todos deben saber lo que siente uno cuando se lo olvidan en la escuela. Empezaban a entrar las maestras del turno tarde y todas me preguntaron qué hacía yo ahí solo. Haciéndome el valiente, les dije que mi mamá ya iba a pasar a buscarme así que se fueron. Como no teníamos teléfono ni sabía yo mi dirección no me animaba a pedirle a alguien que me llevara. Yo vivía solo con mi madre porque mi padre se había marchado antes de que yo naciera. En realidad, me enviaba siempre cosas por correo, regalos de navidad, de cumpleaños, huevos de pascua, pero nunca volvía de su viaje. Yo sabía que no era mi mamá porque nosotros éramos bastante pobres así que mi madre siempre me hacía regalos humildes. Entonces, unos tipos llegaron en un auto enorme último modelo. Uno de los tipos salió, me preguntó si yo era Octavio Morales y, apenas le contesté que sí, me hizo a subirme al auto. Mi madre me había dicho que, si alguna vez me buscaban unos tipos en un auto como ése que yo veía, me subiera porque trabajaban con papá así que yo no tenía miedo. Me dieron un sándwich de carne que me comí sin pensarlo dos veces porque me moría de hambre. Después, me llevaron a mi casa no sin antes decirme que les avisara si mi madre llegaba. No entendí por qué me decían eso así que entré rápido a mi casa. Allí no había nadie. ¿Acaso mi madre se habría acordado por fin de buscarme mientras estos hombres me traían? Les avisé a ellos que no había nadie más en casa y un hombre se quedó conmigo para que no estuviera solo.
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