Historia de Simonne: Ronnie parte 1
Cuando Simonne empezó la secundaria, no se imaginó cuánto cambiaría su vida desde entonces. Entró al aula con Abigail casi con temor de los demás compañeros. Ambas habían sido enviadas a un colegio público que tendría mejor nivel educacional que las escuelas a las que irían otros niños así que podían considerarse afortunadas. Incluso, estaban en la misma división.
Las niñas iban a todos lados juntas cual si fueran siamesas. No se separaban ni para ir al baño. Al principio, ni siquiera se hablaban con las niñas. Aun así, estando juntas, no estaban tan nerviosas sino que se quejaban juntas de las tareas, se reían de los niños más payasos del curso y hasta se hacían bromas entre ellas. Bien decían que los amigos no multiplicaban los problemas sino que los dividían. Ellas dos solas estaban muy bien.
Pasaron varios meses, Simonne ya había olvidado su loca idea de encontrar a la que llamaba su hermana para no darse demasiadas explicaciones. Estar en la secundaria era para ella una aventura emocionante; un juego nuevo. Aun así, había traído el elástico, sus lápices de colores, su muñeca favorita y su libro de cuentos nuevo.
De todas formas, las cosas empezaron a ponerse interesantes un día común en el que ella se encontraba sentada junto a Abigail no escuchando la clase. En realidad, se estaban riendo a carcajadas porque el muchacho que estaba adelante se tiraba unos pedos bastante estruendosos. Intentaban que sus risotadas fuesen silenciosas para que no las regañara la profesora, aunque no podían evitar retorcerse.
De pronto, la maestra se interrumpió y miró hacia donde estaban ellas, al fondo de la clase.
- ¿Qué pasa ahí? – gritó y caminó hacia el fondo de la clase.
Las niñas se pararon derechas mientras los nervios las invadían.
- ¿¡Qué es eso que está escribiendo, Morales!? – gritó la maestra dirigiéndose a un muchacho que estaba cerca de ellas.
El niño se ruborizó intensamente al tiempo que la maestra le quitaba un cuaderno que él había estado escribiendo. Inmediatamente, ella se puso a leerlo en voz alta. Sin querer, Simonne y su mejor amiga soltaron otra risotada por las cosas que decían en el diario. En realidad, no sabían que los niños también escribían diarios. ¿Acaso, como ése, lo hacían con la intención de que lo leyeran sus enamoradas?
- Seño, ¿puedo ir al baño? – inquirió el chico que estaba sentado delante de las niñas.
- Si, vaya, por favor. – contestó la maestra haciendo un gesto de disgusto.
De pronto, gritó dirigiéndose al chico que estaba detrás de Simonne:
- ¡Usted! ¿¡Qué trae ahí!?
- Seño… - titubeó el muchachito, que ya había cambiado la voz.
- ¿¡Una revista de chicas desnudas!? – chilló la mujer mirando la revista que acababa de confiscarle. – ¿¡Qué hace usted con esto!? ¡Se la voy a tener que confiscar y voy a llamar a sus padres!

La maestra regresó al frente de la clase con la revista en la mano. Inmediatamente, el chico se levantó para suplicarle compasión, pero la pierna que acababa de extender Simonne por estar sentada en una posición inusual fue para él un obstáculo mortal. Se tropezó con ella y cayó al suelo con toda su humanidad.
- ¿Estás bien? – le preguntó Simonne avergonzada.
- ¡Auch! – se quejó él.
- ¡Perdoname! ¿Me perdonás?
- Sí… sí
He vuelto con anécdotas un poco distorsionadas de mis días de escuela

