El diario de Octavio (Casa nueva)
- ¿Usted como se llama? – comencé de nuevo. No podía dejar de preguntar una vez que comenzaba.
- Rodríguez.
- ¿Ése no es su apellido?
- Eso no importa. Todos me dicen Rodríguez. Me vas a decir señor Rodríguez.
- ¿Usted es mi tío? Porque parece mi tío… - de pronto, me sonreí.
- ¿Qué te hace pensar que soy tu tío?
- No sé… pero parece mi tío. Ahora le voy a decir “tío”
- ¡Pero no soy tu tío!
De repente, este tipo me caía bien. Me mostraba todo, se aseguraba de que no me quedara solo en lugares oscuros, me hablaba más de lo que me había hablado el otro hombre que me cuidaba… rápidamente me encariñé con él. Así me imaginaba un poco a mi padre. Tal vez, mi papá era más bueno, más cariñoso… pero ese tío postizo podría reemplazarlo momentáneamente.
Luego de cenar unos espaguetis pegados, ordené las cosas en mi cuarto, pasé por el baño, me recosté y llamé al “tío Rodríguez”. Tardó largo rato en llegar durante el cual me distraje buscando formas en las manchas de humedad que había en el techo.
- ¿Qué querés? Es hora de dormir.
- ¿Me cantás una canción? – le pedí sonriendo tímidamente.
- No. – ladró él.
- ¿Me leés un cuento?
- No.
- ¿Me contás sobre mi papá ?
- No.
- ¿Mi mamá?
- Aceptalo. Está muerta. – repuso mientras caminaba hacia la salida.
Entonces, no pude contener el llanto de vuelta. El tío se volvió con gesto de hastío, me miró largamente como pensando en palabras de consuelo… apagó la luz y se marchó.
En el momento en que quedé a oscuras, me callé. No tenía caso gemir si nadie me escuchaba. Me quedé mirando la oscuridad completa. Era igual que estar ciego pues daba lo mismo tener los ojos abiertos o cerrados… veía las mismas imágenes difusas sin forma ni color definido.
Repentinamente, justo cuando la vista se me empezaba a acostumbrar, sentí que una mano presionaba mi muñeca. Me estremecí y miré hacia la izquierda: allí se encontraba un muchacho que acababa de salir desde debajo de la cama. Tenía la piel blanca, el pelo alborotado, los ojos vacíos y la boca abierta en señal de miedo. Grité como un condenado haciendo que el niño saltara hacia atrás, se cayera de culo y se arrastrara a la pared. Cuando ya no pudo moverse más para escapar, me hizo coro con su grito.
Me tapé la cabeza con las mantas hasta que la luz del cuarto se encendió. Por suerte, no había mentido con eso de que no me desmayaba, mi me meaba ni me cagaba de miedo… aunque creo que me dio taquicardia. Temblaba de pies a cabeza, sudaba frío, no podía hablar ni moverme. Eso les cuento para que se imaginen el susto.
Sin embargo, cuando me descubrí la cabeza, vi que el fantasma aterrador era un niño de verdad, unos años mayor que yo, a quien definitivamente no esperaba ver ahí. Era alto, pálido, de ojos grandes como los míos (aunque celestes) y pelo ondulado largo – no como nena sino como si hiciera meses que no se aparecía por la peluquería –.
- ¡Dios! ¡Qué susto me diste! – exclamó riendo.
- ¡Vos me asustaste a mí! – le reproché bastante ofendido.
- ¡Sí, pero yo casi piso el techo! Vos sos re valiente.
En eso debía darle la razón. Al menos, yo me había quedado donde estaba. Por un rato no hablé. Cuando me asustaban así, me negaba a hablar a toda costa y a mirar a nadie. Solamente me mantenía cabizbajo esperando a que se me pasara el susto. Supongo que pensaba que, si hablaba o miraba a alguien, no podría evitar echarme a llorar. Era apenas una criatura, me asustaba mucho con facilidad, pero trataba siempre de evitar el llanto.
Después, empezamos a conversar. El niño, llamado Mateo, me contó que era mi hermano, que había ido a parar allí cuando tenía seis años, que su madre había intentado ahogarlo en el mar cuando supo que papá era el padre de la criatura (qué mujer más malvada), que él (Mateo) había escapado escondiéndose bajo el muelle del que lo habían arrojado… su modo optimista de contar las cosas como si fueran un chiste me hacía perder la consciencia de la gravedad de lo que me decía. Sonreía, aunque creo que más por mi presencia que porque se enorgulleciera de su historia.
También me contó cómo vivía ahí: le daban clases particulares muy avanzadas, le dejaban jugar por casi toda la casa, le daban postre los domingos y regalos en navidad, le dejaban leer los libros del estudio… aunque toda su diversión estaba centrada solamente en la libertad. Es decir, le hablaban bastante poco, se aseguraban de que llevara una vida ordenada, le negaban cualquier muestra de cariño, le mezquinaban las sonrisas… y, sobre todo, le prohibían ver a papá .
- El único que me habla es el tío Rodríguez. – me dijo con voz triste.
- ¿Vos también le decís “tío”? – le cuestioné abriendo los ojos grandes por la sorpresa.
- Sí – dijo Mateo sonriendo. – se hace el malo, pero yo sé que me quiere porque él es el que me da el desayuno en la cama en mi cumpleaños. La cocinera que lo hace ni me mira. Para mí, lo hace él.
Ciertamente, ni Mateo ni yo tuvimos la certeza de si la actitud del tío Rodríguez era sincera o solamente una fachada hasta tres años después.
- ¿O sea que estás acá desde los seis años y nunca conociste a papá ? – mi hermano asintió con la cabeza. – ¿Cuántos años tenés ahora?
- Doce.
- ¿Doce? ¿Y cómo sabés que está vivo? ¿Qué tal si se murió hace mucho y te mintieron para que no fueras a buscar a tu mamá?
- Vos querrás buscar a tu mamá, pero yo no quiero ver a la mía ni cuando sea grande. Mirá si saca un cuchillo y me mata. Aunque sí querría irme a otro lugar donde me traten mejor. Si papá está muerto, agarro mis cosas y me voy.
- Quiero conocerlo. – le dije yo. – Seguro que es bueno en realidad.
Fue ahí cuando empezó mi obsesión. Dicen que la curiosidad mató al gato, y, aunque yo nunca vi un gato morirse de curiosidad, debí admitir que yo sí caí en la trampa que marcó mi vida. Conocer a mi padre me llevó hasta extremos que yo nunca imaginé ni siquiera siendo un niño dispuesto a romper los límites para alcanzar mi fin.
Como les dije antes, mi naturaleza no era expresamente rebelde. Nunca desobedecía con el propósito de llamar la atención sino llevado por la tentación de lo prohibido en la clandestinidad.