AlexFasnanando
Usuario (Perú)

Terminada la campaña naval con la inmolación de Grau y sus hombres, se inició la campaña terrestre chilena, destinada a ocupar el Departamento de Tarapacá, rico en salitre como el invadido Departamento del Litoral boliviano. El bloqueo chileno de Iquique se extendió a Arica mientras se preparaba el primer zarpazo en suelo peruano, que sería en el pequeño puerto de Pisagua. El 2 de noviembre de 1879, ni un mes después de Angamos y prueba evidente de la enorme labor de contención cumplida por el Huáscar, a las 5 de la mañana una fuerza de diez mil chilenos, a bordo de 19 buques inició el asalto contra la guarnición defendida por poco más de mil soldados peruanos y bolivianos. Solo dos cañones, en el norte y sur del puerto, se opusieron a los fuegos del blindado Cochrane, la corbeta O´Higgins, la cañonera Magallanes y la Covadonga, de triste recordación. Estas dos últimas se enfrentaron al cañón del fuerte Norte, que solo hizo un disparo y saltó de su base, quedando inutilizado. Por más de tres horas, la resistencia aliada mantuvo a raya a las fuerzas invasoras. Finalmente, abrumados por el superior poder de fuego de las naves chilenas y la mayor fuerza de desembarco, la resistencia aliada se retiró ordenadamente mientras las aduanas y las casas de Pisagua eran arrasadas por las llamas. Pisagua era un punto intermedio entre Iquique y Arica, y su dominio dividía a las fuerzas peruanas porque ya no se contaba con buques que pudieran trasladar tropas y abastecimientos. Las tropas en Iquique, la segunda ciudad en importancia del Departamento de Tarapacá, bloqueadas por mar y sin poder ser abastecidas por tierra dada la lejanía de Arica y la aridez del desierto, para no ser sometidas debieron abandonar la ciudad rumbo a Arica. Así fue como se perdió el 23 de noviembre, sin disparar un tiro, a la bella ciudad de Iquique, “lugar de sueño o de descanso” según la palabra aimara con que se le conocía Iki Iki, una ciudad rodeada por el desierto y que desde el mar parece una joya a punto de caer entre las aguas. La traición de Daza Mientras las fuerzas invasoras penetraban en Pisagua y tomaban posiciones, el ejército peruano se reagrupaba y esperaba los refuerzos bolivianos que, encabezados por su presidente Hilarión Daza, salió de Arica el 5 de noviembre. La orden era unirse al ejército que comandaba el general Juan Buendía y arrojar a los chilenos de Pisagua. Las tropas invasoras, que sumaban más de seis mil hombres con apoyo de 30 cañones Krupp, se concentraron en los alrededores de la prominencia del Pozo de Dolores, cerca de la oficina salitrera de San Francisco. Buendía comandaba una división de más de 9 mil hombres, la gran mayoría peruanos, con apoyo de batallones bolivianos. A este ejército aliado debió sumarse el famoso regimiento de Los Colorados de Bolivia, que bien disciplinados y armados, eran la fuerza personal de Daza. En la ruta al sur, cuando los ánimos bolivianos hervían por recuperar su territorio perdido, el presidente boliviano tomó la inesperada e increíble decisión de dar media vuelta al llegar al rio Camarones. Los historiadores bolivianos creen que Daza, al tomar esta medida que lo llenaría de infamia, se guió por sus cálculos políticos personales, pues su poder se fundaba en Los Colorados, quienes podrían quedar desbaratados en la lucha y así él estaría inerme ante sus enemigos en La Paz. Al conocerse en el mando peruano la retirada de Daza, se pidió que la noticia no se filtrara a la tropa, pero no tardó en difundirse ésta entre los aliados y cundió el desaliento en las fuerzas bolivianas. La noticia llegó justo cuando el ejército aliado se posicionaba frente las tropas chilenas y solo una chispa bastaba para desatar el primer choque de los ejércitos enemigos. Un cañonazo del lado chileno desatò la batalla, el 19 de noviembre, que los jefes peruanos preparaban para el día siguiente. Bien posicionado, el ejército chileno resistió las oleadas de los aliados, que atacaban en desorden e incluso se tiroteaban entre si, en el fragor del combate. El resultado de la lucha fue incierto, hasta que el ejército aliado emprendió la retirada, a Arica, en medio del desierto. Días después, el 27 de noviembre, a pesar del cansancio de sus hombres, que caminaron por el desierto sin agua ni alimentos, el ejército peruano infligió una derrota contundente a tres mil 500 chilenos en la Batalla de Tarapacá, . La victoria fue un breve respiro moral, porque los tres cañones que se le arrebataron a los chilenos debieron ser enterrados o destruidos porque no tenían animales de carga ni los hombres tenían fuerzas para llevarlos hasta Arica. Al llegar a Arica, el jefe político y militar, vicealmirante Lizardo Montero responsabilizó a Buendía por la pérdida de los territorios del sur y se le abrió proceso en la justicia militar. Apenas se posicionó de Iquique, el mando chileno nombró jefe político al almirante Patricio Lynch, quien dispuso el reinicio de la explotación del salitre, para financiar la guerra contra el Perú. La fuga de Prado En Lima, el curso negativo de la guerra desató las pasiones políticas y el pueblo, conmovido por la pérdida de las fuerzas navales, inició una colecta pública para la compra de otros blindados, gesto noble e ingenuo porque las guerras no se afrontan con buenos deseos e improvisación, sino con previsión, preparación y estrategias nacionales. El presidente Prado, que dirigía la guerra desde Arica, terminada la campaña naval e iniciada la invasión chilena, retornó a Lima el 28 de noviembre. Quienes dan testimonios de su persona, indican que era evidente el agobio que sentía por el peso de la guerra contra Chile, país donde tenía yacimientos de carbón que abastecían a los buques de la Armada que precisamente combatía contra el Perú. García Belaúnde, ya citado, señala que Prado tenía pingues inversiones en Chile, donde tenía muy buenas relaciones. El presidente, además, tenía una estrecha y muy sospechosa amistad con el encargado de negocios de Chile, Joaquín Godoy, con quien se reunía hasta en su dormitorio de Palacio de Gobierno. Godoy le hizo creer a Prado que Chile nunca atacaría al Perú y, ese convencimiento, hizo que durante su gestión, desde 1876, Prado no le dio ningún interés en potenciar al Ejército y la Marina de Guerra. Agobiado por el descalabro en mar y tierra, ya en Lima, Prado convocó a su consejo de ministros y les reveló la cruda realidad de los hechos. Sacó a relucir entonces un permiso aprobado por el Congreso desde mayo pasado, en que se le autorizaba a salir del país. Sin medir las consecuencias políticas, Prado decidió ir en persona a Estados Unidos, a buscar un blindado que permita recuperar el poderío peruano. Se embarcó el 18 de diciembre, con nombre falso, en un buque que zarpó esa tarde a Guayaquil. Su abordaje no pasó desapercibido para El Comercio, que publicó la sensacional noticia. La fuga de Prado se divulgó en Lima, y cundió una sensación de vacío y estupor. En plena guerra, el presidente abandonaba el país y le encargaba el mando a su vicepresidente, el anciano general La Puerta, achacoso y enfermo de gota. El malestar pronto se trocó en rabia y empezaron a alzarse voces de protesta. En Lima, desde marzo, ya se encontraba Nicolás de Piérola, el caudillo rebelde que se cubrió de cariño popular cuando al frente del Huáscar, en su revolución de 1877, no dudó en enfrentarse a dos poderosos buques ingleses que no habían respetado la bandera peruana. Era un rebelde romántico y en el combate de Pacocha se ganó el respeto nacional. Al iniciarse el conflicto, vino de Chile, donde estaba exiliado. Ofreció sus servicios a Prado, pero este no lo aceptó. Piérola, a quien el pueblo llamaba el Califa, emergió al desatarse el vacío de poder con la partida de Prado. Tres días después, un destacamento militar acantonado en la Plaza Bolívar, se negó a cumplir las órdenes del primer ministro La Cotera y se desataron los combates en Lima. Detrás de la insubordinación está la mano de Piérola, a través de uno de sus incondicionales, el general Miguel Iglesias. Durante 48 horas, hay combates y, ante el temor de una guerra civil, se aceptó el mandato de Piérola, que asumió con el cargo de Jefe Supremo de la República. Con Piérola al mando llegó el Año Nuevo de 1880, año calamitoso por los reveses en el sur y la política sectaria del Jefe Supremo, que sacó a flote sus ambiciones y egocentrismos, dividiendo al ejército, colocando a sus incondicionales, no importándole la calidad profesional sino tan solo su obsecuencia. Así llegó el amanecer de 1880, que sería el inicio de la noche negra que viviría el Perú hasta 1883.

El gobierno de Manuel Pardo cometió un error estratégico al firmar una alianza secreta defensiva con Bolivia, en febrero de 1873, que se pagaría caro en 1879 y marcaría a fuego a las generaciones futuras de peruanos. La alianza contemplaba extenderse a Argentina, pero este país si bien inicialmente dio su visto bueno, finalmente dio marcha atrás en 1878. La alianza secreta, sin embargo, nunca fue secreta. La cancillería de Brasil, que tenía diferencias con Bolivia por territorios en el Acre, con Perú en el Amazonas y con Argentina por parte del Paraná, estaba al tanto de las negociaciones, que les fueron comunicadas a la cancillería chilena. El gobierno de Pardo recurrió a la alianza con Bolivia luego de cancelar, por falta de presupuesto, la compra de dos poderosos buques que el presidente José Balta dispuso adquirir en Inglaterra, y que serían superiores a los blindados Blanco Encalada y Cochrane comprados por Chile. Los pedidos estaban hechos e incluso una comisión naval ya se encontraba en Londres para la compra, cuando llegó la contraorden de Lima. El equilibrio militar en el mar, desde 1872, quedó a favor de Chile porque las últimas compras del Perú, en ese estratégico sector, eran dos monitores fluviales, el Manco Cápac y el Atahualpa, tan inútiles para navegar en el mar que, para traerlos desde Louisiana, Estados Unidos, en 1868, se debieron comprar dos buques de madera para remolcarlos por el Caribe, el Atlántico y el Pacífico. Víctor Andrés García Belaúnde, en su libro El expediente Prado, sostiene que la escandalosa sobrevaloración de estos monitores fue la base de la fortuna del presidente Ignacio Prado, que suscribió el contrato en octubre de 1867. Cada buque costó casi un millón de pesos, monto casi igual al de los blindados adquiridos por Chile, con la diferencia abismal de que éstos eran nuevos y tecnológicamente avanzados, mientras que los monitores fueron llamados por la prensa norteamericana como “ataúdes flotantes”. Otra desgracia para la Marina de Guerra fue perder, en agosto de 1868, la corbeta América, gemela de La Unión, destruida por el maremoto que siguió al megaterremoto que destruyó Arica y gran parte del sur peruano. Estas limitaciones navales, se creía entonces en Lima, serían superadas mediante la diplomacia con otros dos “blindados”, Bolivia y Argentina. POR DIEZ CENTAVOS En 1878, el Perú y Bolivia pasaban por severas crisis económicas. En Bolivia, incluso, una sequía desató una hambruna que mató a miles de campesinos y que obligó al régimen de Hilarión Daza a tomar medidas excepcionales, una de ella fue aprobar un impuesto de diez centavos por quintal de salitre extraído de su territorio de Antofagasta. La medida fue rechazada por las compañías chilenas e inglesas que explotaban el salitre. La chilena Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta aludía que, según el Tratado de 1874, firmado por Bolivia y Chile, se exoneraba de toda alza de impuestos por 25 años a los capitales chilenos. Daza rechazó los argumentos de la empresa chilena, en la que eran accionistas influyentes políticos de Santiago, y no solo aplicó el impuesto, sino que escalaría el conflicto al decidir la confiscación de esta empresa, en febrero de 1879 por no pagar los impuestos. Para entonces, el gobierno de Chile ya había decidido dar todo su respaldo a los empresarios sureños y, el 14 de febrero de 1879, fecha fijada por La Paz para rematar la compañía de salitres, fuerzas chilenas desembarcaron del Blanco Encalada y del Cochrane y tomaron el control de Antofagasta y de Cobija, las principales ciudades del Departamento del Litoral boliviano. Por esos días, Daza celebraba su cumpleaños y el carnaval, ocultando a su país la invasión chilena. Dos semanas después, pasadas las fiestas, anunció su salida a la zona del conflicto y demandó del Perú el cumplimiento de la alianza defensiva. En marzo, Lima envió a Santiago al plenipotenciario Lavalle, quien fue ofendido por el populacho santiaguino, que quemó banderas peruanas. Las negociaciones de Lavalle fueron infructuosas y fracasó cuando el presidente chileno Anibal Pinto le preguntó sobre el tratado secreto de Bolivia y Perú contra Chile. Lavalle dijo que lo desconocía y no tenía información disponible. DESARMADOS Y SORPRENDIDOS La declaratoria de guerra de Chile llegó en el peor momento para el Perú. La Marina de Guerra estaba prácticamente en escombros, tanto que se criaban gallinas en el puesto de mando del Huáscar y la Independencia, de 3 mil toneladas, se encontraba en reparaciones. Solo la corbeta de madera La Unión se encontraba hábil para el combate, mientras que los monitores Atahualpa y Manco Cápac, cada uno con un poderoso cañón de 500 libras, no servía de mucho por no poder desplazarse en el mar y eran usados como pontones frente al Callao. El ejército tampoco estaba preparado, adolecía de falta de disciplina, preparación y de unidad. El armamento, además, era obsoleto y variado, mientras que las unidades chilenas estaban armadas de 12 mil 500 fusiles belgas Comblain del año. Las cosas estaban peores en el plano político, por la continua rebeldía de Nicolás de Piérola, que dividió al Perú con sus revoluciones de 1874 y 1877. Elegido en 1876, Prado, el héroe del 2 de mayo de 1866, mandaba un régimen debilitado y corroído por la crisis económica. Las arcas del estado, estaban exhaustas, lo que se refleja en el descuido y abandono de la Marina de Guerra y el Ejército. Las ciudades de Iquique, Pisagua y Arica, en el extremo sur peruano, tampoco tenían un resguardo militar respetable, omisión lamentable si se tiene en cuenta que, hasta ese fatídico año de 1879 y durante casi toda esa década, esa era la región más rica del país por sus reservas de salitre. Bolivia estaba igual o peor que el Perú, lo que se confirmaría durante el primer año de la guerra. Chile, en cambio, llegaba políticamente compacto y militarmente preparado. Desde los años 30, tuvo una sucesión de presidentes elegidos y no sufrió de revoluciones y guerras civiles, que si azotaron al Perú en los años 40, 50, 60 y 70. Un presidente asesinado (José Balta, 1872) y un expresidente (Manuel Pardo, 1878) abatido por militares en el Congreso daban cuenta de la magnitud de la crisis política reinante en el Perú. EL HUÁSCAR, ESPADA Y ESCUDO El mar fue el teatro de operaciones de la guerra en su primera fase. El almirantazgo chileno planeó destruir a la flota peruana con un golpe sorpresa en el Callao, pero ya la Independencia y el Huáscar estaban en camino a Iquique, que estaba bloqueada por la Esmeralda y la Covadonga. Las dos flotas se cruzaron alta mar, sin verse. El triunfo del Huáscar sobre la Esmeralda en el combate de Iquique (21 de mayo, 1879) fue ensombrecido por la trágica e inesperada pérdida de la Independencia, nuestro barco más poderoso, que se perdió por perseguir a la Covadonga, un barquichuelo de 500 toneladas. Los testimonios del desastre indican que la Independencia chocó contra una peña submarina, no registrada en los mapas náuticos. La nave encalló al mediodía y se ladeó a la derecha. Al percatarse del choque, el capitán de la Covadonga, Condell de la Haza, ordenó dar media vuelta y ametrallar a la nave que se hundía, mientras casi a la misma hora, frente a Iquique, Grau daba una lección de humanidad al mundo y rescataba a los náufragos de la Esmeralda, quienes en la cubierta del Huáscar gritaban “Viva el Perú generoso”. La desgracia de la Independencia cayó como un mazazo en Lima y, desde entonces, el Huáscar y Grau, como dijera Basadre, se convirtieron en el escudo y la espada del Perú, doblegando sus esfuerzos en neutralizar las líneas de abastecimiento chileno y, en lo posible, evitar un choque con los dos buques chilenos, que lo doblaban en poder de fuego y blindaje. Las correrías del Huáscar se volverían legendarias y alcanzarían la cumbre al abordar y capturar el transporte Rímac, el mejor barco de transporte chileno, donde iba el Regimiento Yungay, que cayó con armamento y caballada. La captura del Rímac, en julio de 1879, desató una crisis política en Santiago y el populacho apedreó el Congreso. El alto mando naval chileno fue removido y el jefe del Blanco Encalada, Galvarino Riveros, asumió como comandante en jefe con la misión de capturar o hundir al Huáscar. La estrategia de Riveros fue dividir a la Armada sureña en dos divisiones, que peinarían el océano en forma paralela, para evitar toda vía de escape al monitor. Por esos días, Grau y el Huáscar volvieron a Lima. El pueblo en las calles aplaudía al ver al héroe. En un homenaje que se le dio en el Club de la Unión, con la modestia y precisión que lo caracterizaba, Grau afirmó con serenidad y en voz alta: “Si el Huáscar no vuelve, tampoco yo volveré”. El 8 de octubre de 1879, a las 9 de la mañana, el Huáscar y La Unión fueron acorralados por los buques chilenos. Grau ordenó al capitán de La Unión a abrirse paso, mientras él asumía el reto de combatir. Durante más de una hora, la heroica tripulación de Huáscar respondió a los fuegos de los dos blindados chilenos, cayendo en el combate Grau y los jefes que se pusieron al mando. Cuando ya se había dado la orden de hundirlo y el agua cubría parte del monitor, oficiales chilenos abordaron el buque y, a punta de pistola, exigieron cerrar las válvulas. La caída del Huáscar puso fin a la campaña naval y las tropas del ejército chileno fueron movilizadas para la invasión del Perú.
La demanda de Bolivia a Chile por una salida al mar puede traerle al Perú viejos y no olvidados problemas. Ya en Chile el expresidente sureño Eduardo Frei ha planteado que el Perú debe pronunciarse sobre el pedido boliviano, una posición que oficialmente La Moneda –sede del gobierno chileno- no asume, pero que podría cambiar y meter al Perú en un lío ajeno. Aunque la diplomacia peruana hable de Bolivia como una nación hermana, la historia no es tan generosa. Desde la fundación de Bolivia, en 1825, este país ha sido un dolor de cabeza para el Perú y, aún hoy, a pesar de todo lo que les dimos en 1879, los bolivianos de a pie no miran con buenos ojos ni tienen buena imagen de los peruanos. Hay un ánimo de desconfianza al Perú y lo mismo pasa a nivel de gobiernos, sino recordemos la abierta y grosera oposición que, por varios años, tuvo el presidente boliviano Evo Morales frente a la justa demanda peruana contra Chile ante la Corte de La Haya por la delimitación marítima. Antes de seguir, recordemos las traumáticas relaciones del Perú con la República de Bolívar, que ese fue el nombre inicial de la actual Bolivia, creada a la medida de la ambición napoleónica del Libertador caraqueño, cuya visión estratégica era despedazar al Perú para no ser un peligro futuro de la Gran Colombia. GUERRAS E INVASIÓN El historiador Herbert Morote recuerda en su libro “Bolívar, Libertador y enemigo N* 1 del Perú, que la independencia del Alto Perú fue un paseo militar de Sucre porque la división cundía entre las tropas realistas del general Antonio de Olañeta, muerto por un pistoletazo de uno de sus hombres en la pequeña batalla de Tumusla. Olañeta murió el 25 abril de 1825 y las fuerzas peruanas que comandaba Sucre se posicionaron de La Paz, Chuquisaca y otras ciudades altiplánicas. El Congreso peruano servil a Bolívar, refiere Morote con escándalo, premió con un millón de pesos a los jefes libertadores del Alto Perú que, hasta entonces, era parte del Perú. En agosto de ese año, Bolívar llegó a La Paz y fue recibido con honores de semidios. El general Sucre asumió la presidencia y se inició la tormentosa vida republicana. El vencedor de Ayacucho, sostenido por tropas colombianas, pronto encontró oposición boliviana y se salvó de morir en un atentado. El caos reinaba en el país y se llamó al general Agustín Gamarra, acantonado en el Cusco, para imponer el orden. Ansioso de gloria, Gamarra invadió Bolivia sin permiso del presidente La Mar ni del Congreso peruano. Sin oposición, ocupó La Paz y las principales ciudades bolivianas. Con las fuerzas que tenía, pudo re-anexar el Alto Perú, pero prefirió limitarse a desalojar del poder a Sucre y acelerar el retiro de las tropas colombianas de Bolivia. Tras otro breve periodo de anarquía, llamado por su Congreso, el general paceño Andrés Santa Cruz asumió el mando de Bolivia y, como buen organizador y administrador, con mano dura enmendó el rumbo caótico de Bolivia y lo dotó de un ejército disciplinado y eficiente, de 5 mil hombres, que utilizó para llevar adelante su aspiración de dominar el Perú. Astuto y severo, Santa Cruz aprovechó la guerra civil que enfrentaba el presidente Orbegoso contra los generales Gamarra y Felipe Santiago Salaverry. Pronto puso su ejército boliviano al servicio de Orbegoso y este mordió el anzuelo. Cuando se dio cuenta del error de aliarse a Santa Cruz era tarde: este ya movía sus hilos y promovió congresos en Sicuani y Huaura que dividieron al Perú en los Estados Sud-Peruano y Nor-Peruano, que unidos a Bolivia formarían la Confederación Perú-Boliviana, en 1836, con Tacna de capital. Antes, en las batallas de Yanacocha (agosto 1835) y Socabaya (febrero 1836) había derrotado a Gamarra y Salaverry. En Lima, un influyente grupo de civiles y militares se opuso a la Confederación y la división del Perú. En busca de ayuda contra Santa Cruz que se autonombró Sumo Protector de la Confederación, huyeron a Chile y Ecuador. Chile vio un peligro en la Confederación y armó un ejército, con apoyo de exiliados peruanos, para combatirlo. La expedición fue un fracaso y Santa Cruz pudo infligirles una histórica derrota, pero prefirió negociar el reconocimiento de la Confederación y firmó el Tratado de Paz de Paucarpata (noviembre de 1837), que salvó de una humillación al ejército chileno. El gobierno chileno, sin embargo, desconoció el Tratado y rearmó un segundo ejército, más poderoso, en el que participaron los militares Gamarra, Ramón Castilla, Ignacio de Vivanco, Antonio La Fuente, Rufino Torrico y José Balta, todos los cuales llegaron a la presidencia del Perú. Al mando del general Manuel Bulnes, las fuerzas peruano-chilenas derrotaron a Santa Cruz en la Batalla de Guía (agosto 1838) y lo desalojaron de Lima. En la Batalla de Yungay (enero 1839) la derrota definitiva de Santa Cruz y su ejército boliviano sería la tumba de la Confederación. En 1841, el presidente Gamarra intentó revertir la situación e invadió Bolivia con el fin de reanexarla al Perú. Su expedición alcanzó La Paz, pero por indisciplina y luchas intestinas entre los oficiales peruanos, fue derrotado y muerto de dos balazos en Ingavi. En respuesta, el ejército boliviano ocupó Puno, Cusco, Moquegua y Arica. El reinicio de una nueva guerra internacional y la mayor capacidad de las armas peruanas, llevó a la negociación a Bolivia y se restablecieron las fronteras y la paz en 1843. Basadre escribió de Gamarra: Cuando pudo y tenía las fuerzas para anexar Bolivia al Perú, en 1828, no quiso hacerlo. Cuando quiso hacerlo, en 1841, no tenía las fuerzas y pagó con su vida. En Lima, la muerte de Gamarra y la invasión del sur peruano causó conmoción y fueron fusilados una veintena de oficiales y soldados, a los que se acusó de traición en la batalla de Ingavi. OTRA VEZ BOLIVIA Bolivia volvería a cruzarse en la historia peruana en 1879, pero esta vez en dimensiones catastróficas porque arrastraría al Perú en una guerra con Chile, un conflicto que el Perú nunca buscó y, en cambio, trató de evitar mediante una mediación encargada al diplomático José Antonio de Lavalle, pero ya la jerarquía chilena estaba embarcada en una guerra de conquista contra Bolivia y la extendió a nuestro país. El historiador chileno Sergio Villalobos, en su libro Perú-Chile, la historia que nos une y nos separa, señala que Chile, en 1878, no tenía ánimos belicistas contra el Perú ni Bolivia, e indica que incluso ese año el ejército de tierra fue desmovilizado en parte. Sin embargo, Chile sí tenía una enorme ventaja estratégica sobre Perú y Bolivia en cuanto al dominio del mar, gracias a los poderosos blindados Blanco Encalada y Cochrane, reforzada con tres corbetas y una flota de carga. Solo uno de los blindados, tenía más del doble de tonelaje que el monitor Huáscar, además de estar armados con cañones de retrocarga, mientras que el poderoso cañón de la nave peruana era de avancarga (se le ponía la bala por la boca), y para rotar en busca del blanco era movido por la fuerza de los marineros. Otra ventaja fundamental de los blindados chilenos era su doble hélice, que les daba velocidad y movimiento durante el combate. Bolivia, que propició el conflicto desde 1878 por su política de imponer nuevos tributos y confiscar a las empresas extranjeras que explotaban el salitre de Antofagasta, entró a la guerra con tres barquitos inútiles y sus fuerzas de tierra eran ínfimas, tanto que su máximo héroe de la contienda, Eduardo Abaroa, era comerciante y empresario, reconocido como coronel años después de su muerte. Sin embargo, Bolivia solicitó y exigió al Perú cumplir el Tratado Secreto de Defensa suscrito en 1873, bajo el gobierno de Manuel Pardo. La existencia de este tratado, que era secreto solo en el nombre porque se conocía en todas las cancillerías de América del Sur, fue el motivo que usó Chile para no aceptar la mediación diplomática del Perú y, en cambio, por ser aliado de Bolivia, le declaró la guerra el 5 de abril de 1879, cuando el país estaba casi en bancarrota y dividido por la lucha facciosa por el poder.
En el mundo persisten una serie de conflictos que el 2015 podría derivar en guerras, según el análisis desarrollado por diversos analistas citados por diversos portales internacionales. A continuación damos cuenta de los casos más relevantes. Guerra contra Irán En 2014 ni siquiera se pudo poner punto y final a otro de los conflictos más dilatados de la política internacional: la disputa nuclear con Irán, iniciada hace más de una década. Tras un primer acuerdo inicial, se estableció como fecha límite para lograr el definitivo el pasado 24 de noviembre. El jefe del Centro de Pronóstico Militar, Anatoli Tsyganok, considera que esta situación, a la larga, podría motivar una acción militar estadounidense. Rusia contra Occidente Tras la anexión de Crimea por parte del gobierno ruso, la tensión entre Moscú y Occidente persistirá los próximos meses. El país fue sancionado en varias ocasiones en 2014 y quedó excluido de la cumbre del G8, algo que podría volver a ocurrir en 2015. Muchos temen que Vladimir Putin no se conforme con el antiguo territorio ucraniano e intente hacerse con otros territorios, lo que desataría una reacción de la OTAN, derivando en un conflicto armado entre Rusia y Occidente. Israel contra Palestina A la vista de la situación tampoco hay motivos para confiar en que 2015 sea el año en que israelíes y palestinos alcancen un acuerdo de paz. En 2014 fracasaron las conversaciones, Gaza vivió una guerra de 50 días que dejó más 2.200 palestinos muertos y la tensión escaló por el estatus de la Explanada de las Mezquitas. Ante el estancamiento de las negociaciones, Palestina seguirá intentando lograr ser reconocida como Estado y es posible que varios países así lo hagan. En Israel se celebrarán además elecciones parlamentarias anticipadas en marzo, tras la ruptura de la coalición de gobierno de Benjamin Netanyahu. Una guerra en Medio Oriente “Es difícil predecir qué y dónde… El nivel de preparación para este proceso es muy alto, por lo que desde el Atlántico africano -Mauritania y Marruecos- a las fronteras del subcontinente indio, en el 2014 ocurrir todo”, dijo el jefe del Instituto del Medio Oriente, Evgueni Satanovski. El primer conflicto real puede ocurrir en Siria, donde no solo persiste una guerra civil, sino que padece el avance del Estado Islámico. Guerra contra China La consolidación de las posiciones económicas y políticas de China también figuran como uno de los posibles escenarios para futuras operaciones militares. El rápido desarrollo de China crea muchos problemas para el país, tanto demográficos como económicos y ecológicos. Los expertos destacan que la guerra más probable es entre EE. UU. y China. Se debe precisar que esta semana China, la primera economía mundial, inició el comercio bilateral en yuanes y rublos, lo que constituye un duro golpe al dólar. China contra Japón Aunque en menor medida, también preocupa un posible conflicto armado por varias islas en los mares de China Oriental y Meridional, que enfrenta a China con países como Japón, Vietnam y Malasia. Norcorea contra Corea del Sur / EEUU Otro antiguo foco de tensión es la Península de Corea, donde desde la Segunda Guerra Mundial se observa una confrontación entre los dos países, con ideologías diferentes, que tiene todas las posibilidades para entrar en una fase de conflicto armado. Un argumento importante en el conflicto coreano son las armas nucleares que posee Corea del Norte. Cabe indicar que hace unos días la poderosa Comisión Nacional de Defensa (CND) norcoreana amenazó con un “golpe demoledor irreparable” a Seúl y a EEUU. Además, muchos creen que el régimen norcoreano de Kim Jong-un realizará otro test nuclear el 2015. Guerra en África del Norte El Frente Polisario ha indicado que dispone de “armas, hombres y voluntad suficientes” para ir a una guerra que el pueblo saharaui reclama masivamente, y todo por el “silencio, la complicidad y la indiferencia” de la comunidad internacional. En el 2015 se cumplen 40 años de la huida de miles de saharauis debido a la invasión de Marruecos del Sáhara Occidental, un territorio considerado no autónomo, pendiente de descolonización, por parte de las Naciones Unidas.

Herido en una pierna en la Batalla de Miraflores, Cáceres burló la cacería lanzada por los chilenos en Lima y se embarcó en el tren a Chicla. De ahí pasó a Tarma y Jauja, donde formó un nuevo ejército con los campesinos del valle del Mantaro y de Yanamarca. Herederos de los huancas, los indígenas de estos valles se sumaron con entusiasmo al llamado del Taita Cáceres, que les hablaba en quechua, el idioma de sus ancestros. Cáceres era un soldado férreo, tenaz y en pocos meses organizó el Ejército del Centro, con los militares de todos los grados del Ejército y la Marina, quienes como no aceptaban la derrota del Perú. Su fuerza de choque eran dos mil campesinos huancas, armados de rejones, lanzas y hondas. El jefe militar de la ocupación, Patricio Lynch le desconoció la categoría de ejército a las nuevas tropas de Cáceres y los etiquetó de montoneras o guerrillas, sin garantías para sus vidas si caían prisioneros. Lynch envió la división Letelier, de dos mil hombres, en busca de Cáceres, que fue acosada por las guerrillas huancas y humillada cuando el cupo que iban a cobrarle a los hacendados de Huancayo, fue recepcionado por Cáceres. Atacados en cada paraje y afectados por la altura, dieron marcha atrás rumbo a Lima, pero en Canta fueron derrotados por las guerrillas del coronel Vento, en el combate de Sangrar (26/6/1881). Entonces el Ejército del Centro bajó a La Oroya, Matucana y se estableció en Chosica. Una peste de fiebre amarilla, sin embargo, atacó el campamento en momentos que Lynch, en persona, salía con 3 mil hombres por Canta para caerles por retaguardia. Otra división, de 2 mil hombres, salió de Lima en tren para atacarlo de frente. El Brujo de los Andes burló el cerco y se situó en Tarma. Una segunda expedición, con más de 3 mil hombres, fue derrotada en Pucará por las tácticas nuevas del Brujo de los Andes. El Ejército del Centro siguió a Huancavelica y antes de entrar a Huamanga, en Julcamarca, una feroz tormenta los sorprendió en medio de un desfiladero, perdiéndose decenas de hombres, armas y caballos. Por si fuera poco, en las alturas de Carmenca (22/2/82), Cáceres lanzó a sus soldados contra el coronel pierolista Panizo, que desconocía su autoridad. Los soldados indígenas después le dirían al Taita Cáceres que los habían engañados. Con más fuerzas, Cáceres y el Ejército del Centro iniciaron una nueva campaña y vencieron a los chilenos en Pucará, Marcavalle y Concepción. En su ruta al norte, Cáceres se enfrentaría al general Miguel Iglesias. EL COSTO DE LA DERROTA Pocos personajes como Iglesias sintetizan esas enormes contradicciones y miserias del espíritu peruano que salieron a flote en la guerra. Grande y heroico en la defensa del Morro Solar, al año siguiente, sería el mascarón de presidente que necesitaba Chile para imponer la paz y amputarle territorio al Perú. Con su Grito de Montán (31/7/82), Iglesias sorprendió hasta a los mismos chilenos. Era el primer caudillo peruano que aceptaba la derrota con entrega territorial, fórmula rechazada sucesivamente por el Perú en las negociaciones de 1880 y 1881. La propuesta de firmar la paz pronto fue repudiada desde Tarma por Cáceres, por García Calderón cautivo en Chile y sus seguidores en Lima, y por Montero, quien ejercía la presidencia interina desde Arequipa. Piérola tampoco saludó la posición de su ex ministro de la Guerra, desde Estados Unidos. Durante las conferencias de paz a bordo del buque norteamericano “Lackawanna”, en octubre de 1880, los emisarios chilenos oficialmente plantearon la entrega de Tarapacá a perpetuidad y al pago de 20 millones de pesos de reparación de guerra, además de ocupar Arica, Tacna y Moquegua hasta que se cancele la deuda. Elegido Francisco García Calderón como presidente provisional por los notables de Lima (12/3/81), tampoco aceptó las desmedidas exigencias chilenas, que el presidente francés de la época, Grévy calificó de “extravagantes”. Al darse cuenta que García Calderón estaba lejos de ser el instrumento dócil que necesitaban, el gobierno de Santiago le quitó el piso y el presidente provisional fue detenido y embarcado a Chile en noviembre del 81. Estados Unidos y las potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, Italia y Alemania) también demandaban por el fin de la guerra. Solo EE.UU. y Francia abogaban por una paz sin amputación territorial, hasta fines de 1881. Pero a partir del 82, tras el asesinato del presidente norteamericano James A. Garfield, la potencia del Norte se inclinó a favor de Chile y su ministro en Santiago, Cornelio A. Logan,presionó en forma insistente al cautivo García Calderón para que firme un protocolo donde se aceptaba la cesión de Tarapacá y la venta de Arica y Tacna. Esa era la situación cuando el 31 de agosto del 82, en la hacienda Montán, Iglesias hizo su célebre llamado a firmar la paz con las condiciones impuestas por Chile, al que estaba seguro era imposible vencer por las armas. Los chilenos se dieron cuenta de lo útil que sería Iglesias, porque García Calderón no cedía a las presiones de Logan y Lizardo Montero, en Arequipa, respaldaba al presidente cautivo. Montero estaba al mando de 4 mil hombres y tenía estrecho contacto con las autoridades bolivianas. Según Basadre, eran constantes los rumores de un contra-ataque peruano-boliviano contra las fuerzas chilenas en Tacna y Arica, pero nunca se realizó. La proclamación de Iglesias como presidente regenerador, tuvo el inmediato apoyo de Lynch, quien al corresponsal del diario norteamericano New York Herald le diría, el 13/1/83:“Damos toda clase de ayuda a Iglesias. Le damos dinero, le damos armas y destruimos a sus enemigos”. Cáceres y Montero vieron como un peligro a Iglesias, por eso Lynch despachó a Trujillo dos divisiones al mando de los coroneles Gonzales y Gorostiaga, con la misión de ayudar y proteger al caudillo cajamarquino de las fuerzas de Cáceres, que ya había iniciado una larga marcha desde los Andes Centrales rumbo a Cajamarca. HUAMACHUCO Y ANCÓN Cáceres pretendía neutralizar a Iglesias con la sola presencia de sus tropas, pero en su camino al norte se encontró con las fuerzas chilenas en Huamachuco y, luego de tres días de tanteo se dio la batalla de ese nombre el 10 de julio de 1883. Tras más de 5 horas de lucha, y cuando las fuerzas chilenas se replegaban en el cerro Sazón ante el empuje del ataque peruano, la falta de municiones y la carencia de bayonetas para la lucha cuerpo a cuerpo, propició el contra-ataque sureño que selló la lucha. En sus Memorias, Cáceres recordaría con amargura que los “piquetes de caballería chilena, guiados por los adictos de Montán, recorrieron aldeas y caseríos, asesinando a oficiales y soldados” heridos, uno de los cuales sería el joven coronel Leoncio Prado. La derrota de Cáceres la saludaron con alegría los chilenos e iglesistas, que ya tenían la firma de la paz en borrador dos meses antes de la batalla de Huamachuco y que se plasmó en el Tratado de Ancón, suscrito el 20 de octubre de 1883. Chile así conseguía apropiarse a perpetuidad de Tarapacá y ocupó Arica y Tacna por diez años hasta la convocatoria de un plebiscito, pero tras prolongadas negociaciones pudo devolver Tacna, en 1929, que puso fin al conflicto con Chile en el plano diplomático.
Un informe del diario chileno El Mostrador, basado en el libro “Historias secretas del fútbol chileno III”, del periodista Luis Urrutia O’Nell, da cuenta de las labores de espionaje realizadas por la Fuerza Aérea de Chile en contra del Perú en 1977, con el objetivo de obtener información sobre la base aérea de La Joya, ubicada en Arequipa. Todo ello aprovechando el partido de fútbol entre las selecciones de ambos países que selló la clasificación de la bicolor al Mundial de 1978. “La investigación de Urrutia develó que justamente el partido que significó la eliminación chilena la noche del 26 de marzo de 1977 (Perú ganó 2-0 y clasificó al Mundial Argentina 78) fue la circunstancia elegida por la dictadura de Pinochet para un intrépido acto de espionaje aéreo. La idea fue aprovechar el relajo peruano que con total seguridad se produciría el día de la definición”, indica el informe. “La maniobra de inteligencia empezó días antes del partido. A través de conventos religiosos, las Fuerzas Armadas chilenas introdujeron en Lima decenas de televisores en color que fueron luego regalados a locales públicos para que la población pudiese presenciar el lance definitorio. El relajo de la vigilancia peruana permitiría activar así el plan de espionaje para actualizar la antigua y desfasada aerofotogrametría peruana que poseía la FACh”, se agrega. Para la incursión fueron usados aviones Hawker Hunter en su modelo de reconocimiento apostados en la base de Cerro Moreno, Antofagasta. Contaban con cámaras fotográficas y fílmicas y estanques de combustible extras. Apoyado en fuentes que le pidieron total reserva de su identidad, Urrutia relata en su libro que justamente la noche del partido los Hawker Hunter chilenos pudieron volar subrepticiamente hacia Arequipa, aprovechando el descuido peruano. Urrutia logró contactar el 2014 al general Fernando Matthei, exmiembro de la Junta Militar chilena, quien preguntado si lograron comprobar la existencia de la base La Joya, dijo: “Sí, gracias a la existencia de un piloto civil que venía de regreso a Chile y que voló sobre ella cierto día, a las tres de la tarde, aprovechando que todo el mundo estaba ocupado con un partido del Mundial de fútbol” Meses después, Matthei le dio a Urrutia el nombre del piloto. “Fue Jaime Estay, oficial y capitán cuando llegué como comandante del Grupo de Aviación N° 7″.
El tsunami del 27 de febrero del 2010, que destruyó puertos a lo largo de la costa sur de Chile, puso nuevamente en el centro de la noticia al viejo monitor Huáscar, 137 años después de asombrar al mundo con sus correrías al mando de Miguel Grau durante la campaña naval de la Guerra del Salitre. Las furiosas olas que destruyeron las instalaciones del puerto de Talcahuano, centro de la mayor base naval de la Armada de Chile, castigaron las centenarias estructuras metálicas del Huáscar, pero como si el espíritu de Grau lo guiara, se mantuvo a flote y solo sufrió daños menores. Por algunas horas, el Huáscar flotó libre, mientras el tsunami –según lo reveló pocos años después el periodista chileno de CNN, Tomás Antonio Mosciatti Olivieri-destruía los sistemas electrónicos que guían los misiles de la Armada chilena e infligía graves daños a la estructura portuaria de Talcahuano, 600 kilómetros al sur de Santiago. “Las fuertes estructuras metálicas del viejo monitor no sufrieron daños, pero al estar a merced del furioso oleaje, el interior si sufrió daños”, reportaron las informaciones que dieron cuenta sobre este episodio que da una imagen del glorioso monitor que bajo la égida de Grau escribió las páginas más sobresalientes de la historia naval peruana. De fabricación inglesa El monitor Huáscar fue mandado a construir por el presidente Juan Antonio Pezet, ante el inminente conflicto militar que afrontaba el Perú contra una poderosa flota naval enviada por España y que ocupó las islas de Chincha el 14 de abril de 1864. El gobierno envió una comisión naval a Inglaterra, con la misión de ordenar la construcción de dos buques blindados porque la Marina de Guerra carecía del poder de fuego para enfrentarse a las modernas fragatas españolas. Paradojas de la historia, el contrato para la construcción del Huáscar fue firmado con los astilleros Birkenhead, al noroeste de Londres. El tipo de nave fue recomendado por el capitán de navío José María Salcedo, quien suscribió la orden y era chileno, nacido en Concepción, el 16 de noviembre de 1809, y fue un brillante e intachable oficial que llegó a ser comandante general de la Marina de Guerra del Perú. Casi al mismo tiempo, en Londres, en los astilleros Samuda, se empezó la construcción de una fragata blindada, la Independencia, aprobada por la comisión naval que presidió el capitán de corbeta Aurelio García y García. En su Historia de la Marina de Guerra del Perú, Manuel Vegas advierte que, al darse libertad de decisión a dos comisiones distintas, “los que pudieron ser dos buques gemelos terminaron por diferenciarse grandemente”. Las dos naves mandadas a fabricar en Inglaterra serìan blindadas, pero tenían características distintas y una amplia diferencia en el precio: el Huáscar costo 81,247 libras esterlinas mientras que la Independencia demandó más del doble de inversión: 176 mil libras esterlinas. Para su tiempo, el Huáscar era una nave de tipo mediano, con mil 765 toneladas de desplazamiento, un largo (eslora) de 62 metros y 10.66 metros de ancho o manga, por 6 metros de alto o puntal en su casco de hierro. El buque tenía 4 compartimientos con una coraza de 114 m/m de espesort y disminuyendo en sus extremos. Su máquina desarrollaba 300 caballos que le daban un andar de 13 nudos, bastante veloz para el promedio de los buques de guerra. Pero lo más valioso y que lo convertía en temible eran sus dos poderosos cañones rayados Armstrong de 300 libras montados en una torre giratoria de hierro, totalmente blindada. Tenía además otros dos cañones de 40 libras y otro de 12. Los bordes o falcas de la nave se bajaban para darle visibilidad de fuego a los dos cañones de la torreta y, cuando estaba en movimiento, el buque apenas sobresalía 1.20 metros en la superficie del mar, lo cual siempre fue difícil de detectar y un blanco difícil de ubicar para sus oponentes. Tenía además un espolón, arma cuyo uso se remontaba al Imperio de Roma, pero que seguía en uso en los barcos de guerra del siglo XIX. Con este espolón, Grau pondría fin al combate de Iquique. La Unión y la América La entrega de estos blindados tardaría doce meses, demasiado tiempo para un país amenazado por la flota española. La misión naval peruana se enteró entonces que en Nantes, Francia, estaban listas dos corbetas gemelas, construidas para los estados del sur, pero como ya se había acabado la Guerra de Secesión en Estados Unidos, estaban a la venta. La América y La Unión –asi fueron bautizadas- eran dos bellas y ágiles fragatas de madera, con máquinas de 500 caballos y un desplazamiento de mil 600 toneladas, podían navegar a 13 nudos y estaban equipadas de 14 cañones Vorus de 70. La primera vino al mando del capitán de corbeta, Juan Pardo de Zela y la segunda, La Unión, fue entregada al mando del capitán de corbeta Miguel Grau. Tras una accidentada travesía por el Atlántico, esta nave llegó al Callao en mayo de 1865, un mes después que la América.
El Huáscar fue el más exitoso buque de la generación de monitores construidos en los astilleros de Laird & Brothers, en el puerto inglés de Birkinhead. Su diseño estuvo a cargo del famoso capitán Cowper Phipps Coles, oficial de la Marina Real Británica, creador de la torreta blindada que el Huáscar haría temible y famosa. Phipps Coles dirigió la construcción de una generación de monitores, entre ellos el HMS Prince Albert y HMS Royal Sovering, cuyas correrías cimentaron su fama dentro del Almirantazgo británico. Fue por esa aureola de eficacia y maniobrabilidad que la comisión naval peruana, presidida por el capitán Salcedo, le encargó la construcción del Huáscar, que quedó listo el 7 de octubre de 1865. Al ser botado al mar, el flamante monitor fue bautizado con el nombre del último inca cusqueño, Huáscar, asesinado por su medio hermano Atahualpa durante la guerra civil que debilitó al imperio inca. El Huáscar tenía una solo hélice, pero su casco de hierro fundido eran tan maniobrable que, en poco más de dos minutos, la nave, que llegaba a desplazar mil 750 toneladas incluyendo carbón, armamento, víveres y tripulación, podía girar 180 grados. La nave tenía dos cubiertas, con dos torres de mando y cubiertas o falcas rebatibles para no albergar agua durante las maniobras en alta mar. La oficialidad contaba con camarotes individuales y una sala comedor de conferencias, mientras que la tripulación dormía en hamacas, en un patio ubicado en la parte delantera. Los cañones del Huáscar, que pesaban cada uno 12.5 toneladas, podían disparar bombas de 150 kilos. La torreta Coles, en honor de su creador, podía moverse hasta 360 grados, impulsada por la fuerza de unos veinte marineros. Entre tiro y tiro, se necesitaban al menos 15 minutos. Tenía además otros dos cañones más pequeños, que podían disparar bombas de 20 kilos, además de otro cañón más chico. Durante el conflicto con Chile, se le adicionó una ametralladora Gatling en la cofa o palo mayor central de la nave. Un accidentado viaje En diciembre de 1865, el Huáscar estaba listo para zarpar de Liverpool con destino al Perú. En Londres, ocurría lo mismo con la Independencia. Pero en esos días, el estado de guerra entre el Perú y España era abierto, aunque no declarado porque el gobierno de Pezet ultimaba los preparativos de una alianza militar con Chile, Bolivia y Ecuador. A través de la presión diplomática sobre Londres, España intentó bloquear la entrega de los dos acorazados al Perú. Estos obstáculos, sin embargo, tuvieron un aliado mayor en la improvisación del gobierno peruano, que no se preocupó en enviar la oficialidad suficiente ni la marinería que se necesitaba para movilizar a los dos buques. “Solo se contaban unos pocos oficiales y resultó muy difícil contratar tripulación que resultó de los peor”, afirma el capitán de fragata AP Manuel Vegas en su libro Historia de la Marina de Guerra del Perú 1821-1924. “Esta gente, sin la menor práctica de mar, obligó al Huáscar, que había salido de Mersey el 20 de enero de 1866, a regresar a Holyhead con un fuerte temporal. Arribo a Brest (Francia) el 23 y ahí tuvo que esperar a la Independencia, hasta el 20 de febrero, luchando con la tripulación desmoralizada”, escribe Vegas. En el puerto francés las cosas no fueron mejores. Presionados por la diplomacia española, las autoridades aduaneras de Francia pusieron una serie de obstáculos para el aprovisionamiento de las naves, sacando a relucir la supuesta neutralidad francesa. Para burlar los controles ingleses, la comisión naval peruana contrató el vapor Thames, cargado de víveres, municiones, implementos navales y carbón, necesarios para la larga travesía por el Atlántico y que se negaron a brindar las autoridades en Inglaterra y Francia. Rumbo a América del Sur Finalmente, el Huáscar y la Independencia zarparon rumbo a América del Sur el 24 de febrero, pero por el mal tiempo tuvieron que retornar a Brest. Finalmente, tras una tensa e interminable espera, enrumbaron con destino al sur, pero siempre alejados de las costas españolas para evitar cualquier emboscada naval. En la ruta, por negligencia del oficial de guardia, las máquinas del Huáscar se detuvieron y se produjo un choque con la Independencia. Para entonces, y desde Inglaterra, las relaciones entre los comandantes de las dos naves blindadas eran muy malas. Por el choque, el Huáscar debió recalar en el puerto portugués de Funchal, en la isla Madeira, pero las autoridades portuguesas igualmente pusieron obstáculos y ni siquiera permitieron el transbordo de carbón desde el vapor Thames. En San Vicente siguieron los obstáculos hasta que pudieron reabastecerse de carbón en una isla deshabitada del Atlántico. Rebelión en el Huáscar El 1 de abril, las dos naves llegaron a Rio de Janeiro, pero el encono entre Salcedo, el jefe del Huáscar, y García y García, de la Independencia, creció en intensidad y se extendió a la oficialidad y tripulación de los buques. En medio de la insubordinación, parte de la tripulación del Huàscar, con apoyo en tierra, intentó una acción criminal contra Salcedo, que conjurtó a tiempo el motín y atentado en su contra. García y García, con apoyo del ministro del Perú en Brasil, notificó a Salcedo para que le deje el mando a su segundo, que también se había rebelado. En estas intrigas y pendencias vergonzosas en el extranjero y mientras el Perú afrontaba la guerra con España, se pasaron 29 días y no se preocuparon en reparar el Huáscar, que había perdido una hélice. Superados estos trances, siguieron rumbo al sur y, ya en Argentina, el Huáscar apresó al bergantín español Manuel, que fue inutilizado. Todos estos hechos se daban en Rio de Janeiro mientras, en el Callao, se combatió heroicamente contra la flota española y se le derrotó en el combate del Dos de Mayo. El 24 de mayo, en medio del estrecho de Magallanes, el Huáscar se encontró con la América, que había salido a su espera desde hace dos meses, con una tripulación más preparada, además de combustible. El 25 fondearon en Punta Arenas y tres días después el Huáscar ingresó finalmente al Océano Pacífico, que será el escenario de sus correrías más famosas. El 6 de junio, el Huáscar se incorporó a la escuadra peruana, que los esperaba en el puerto chileno de Ancud, en el archipiélago de Chiloé, pero ya la guerra con España habia terminado.
El Huáscar y la Independencia llegaron al Callao a fines de junio de 1866, cuando los cañones del Dos de Mayo estaban en silencio y las derrotadas fragatas españolas emprendían un penoso viaje de retorno a España. Con la incorporación de estos dos blindados, el Perú se convirtió en la potencia naval del Pacífico, pues su escuadra, compuesta además por La Unión, América, la fragata Apurimac y la corbeta Chalaco sumaban cien cañones, mientras que Chile solo tenía en su Armada a la vieja Esmeralda, la pequeña Covadonga y el vaporcito Maipú. El mando del capitán Salcedo sobre el Huáscar, sin embargo, fue breve porque apenas llegó a Valparaíso debió viajar de inmediato al Callao, convocado por el presidente Prado, que le dio la comandancia general de la Marina. En reemplazo de Salcedo llegó el capitán de navio Lizardo Montero, quien asumió el comando del Huáscar y de la división peruana en Chile. Estos cambios se debían a la decisión de Prado de contratar al contralmirante retirado John Tucker, de la Armada de Estados Unidos, medida que no fue del agrado de los experimentados jefes de la Marina de Guerra. La contratación de Tucker, para ponerle al frente de la división naval que Prado proyectaba enviar para atacar a la colonia española de las Filipinas, causó honda desazón y disgusto especialmente en Montero, a quien se le excluía del mando por considerársele “muy impetuoso”. Montero, como protesta, renunció a servir en la Marina y lo siguieron los principales jefes peruanos, entre ellos el contraalmirante Antonio de la Haza, los capitanes de navío Miguel Grau, Aurelio García y García, Ferreyros y otros. La rebelión de los marinos obligó a Prado a cambiar las jefaturas de todos los barcos y asi pasaron a comandar a la Independencia, José María García; al Huáscar, el capitán de navio Muñoz; Pardo de Zela a la América; Juan Guillermo More a La Unión y Becerra al Chalaco. Compra de 2 monitores Tras la derrota española, el Perú no entró en negociaciones de paz con España a instancias de Chile, la nación aliada, que exigía a Madrid una compensación por el bombardeo de Valparaiso, perpetrado el 31 de marzo, un mes antes del Dos de Mayo. Por estar aún en guerra y temer un contraataque español, el dictador Manuel Ignacio Prado –lo relata el capitán Vegas en su libro ya citado- “siguió adquiriendo cuando buque se le ofrecía a la venta, pagando sumas fabulosas y sin sujetarse a un plan técnico alguno”. Entre esas compras que fueron un verdadero despilfarro y que le costarían muy caro al Perú cuando verdaderamente se necesitaron en la Guerra con Chile, estuvieron las monitores norteamericanos Oneoto y Chotawa,, que fueron rebautizados como Atahualpa y Manco Cápac. Estos dos buques de rio, que se revelaron inútiles en el mar, costaron una millonada y traerlos desde Sant Louis, en Estados Unidos, hasta el Perú fue una proeza por las malas condiciones de los buques. Sobre esa compra y este viaje, en el que participaron brillantes marino como More, Vegas escribió: “… no ha habido viajes tan arriesgados en ninguna otra Marina; pero tampoco puede considerársele otro más desatinado”. Grau en el Huáscar En medio de este despilfarro, el 31 de agosto de 1867 estalla una nueva revolución contra Prado por la promulgación de una Constitución liberal. En Chiclayo se alza el coronel José Balta y, en Arequipa, el general Pedro Diez Canseco. La revolución se extiende y el capitán de fragata, Miguel Grau es llamado a filas, pues desde mayo de 1867 sirve en un barco mercante inglés, luego de plegarse a las protestas contra Tucker. Grau, cuyo valor y calidad marinera fue puesta a prueba en Abtao al mando de La Unión, fue designado por el alto mando de la Marina para comandar el Huáscar, el 27 de febrero de 1868. Durante ocho años consecutivos, Grau será el jefe del monitor, cuyo mando dejará en 1876, al ser electo diputado por Paita. Seis meses después de ser nominado comandante del monitor, Grau volvería al sur en misión humanitaria, llevando ayuda y pertrechos para las poblaciones castigadas por el feroz terremoto y tsunami que destruyó Arica el 13 de agosto de 1868. Este megaterremoto azotó el sur peruano, desde Arequipa hasta Iquique y el tsunami que siguió envolvió a la corbeta América, que fue estrellada contra las rocas del Morro de Arica y quedó destruida. En esta tragedia, murió el comandante de la América, Mariano Jurado de los Reyes. A instancias de Grau, el Huáscar salió el 5 de enero de 1868 rumbo a Huacho, a participar en maniobras militares de adiestramiento de la tripulación. En julio, siempre a pedido de su comandante, el Huáscar fue sometido por primera vez a la limpieza y pintado de sus fondos. Grau entonces escribe una recomendación que nunca se debió de olvidar: “Es de urgente necesidad que se vuelva a efectuar esta operación, pues, cada año, cuando menos, debe hacerse para evitar que se deteriore el fierro de los fondos, los cuales se hallan ya bastante sucios”. El 22 de julio de 1872, la revolución de los Gutiérrez pone a prueba la fibra democrática de Grau y el poderío de Huáscar que, junto a la oficialidad de la Marina de Guerra, se opuso al golpe de estado de los Gutiérrez y elevó la bandera de defensa de la Constitución. Los buques de guerra encendieron máquinas y se dirigieron a la isla de San Lorenzo, desde donde emitieron una proclama en demanda de la restitución del orden y la Constitución. “El inaudito abuso de la fuerza con que el día de ayer ha sido escandalizada la capital de la República, debía encontrar, como en efecto ha sucedido, el rechazo más completo de los jefes y oficiales de la Armada…”, decía el documento suscrito por Grau y sus compañeros. La decisión de la Marina fue fundamental para el fracaso del golpe de estado y la muerte, a manos del pueblo, de los cuatro hermanos Gutiérrez, en reacción furibunda por el asesinato del presidente Balta ordenada por estos. Iniciado el gobierno de Manuel Pardo, que los Gutiérrez trataron de evitar con el golpe, una nueva amenaza se cernía sobre el Perú, al confirmarse que el gobierno de Chile había ordenado la construcción de dos poderos buques blindados en Inglaterra, con mayor capacidad de fuego, blindaje y movilidad que la Independencia y el Huáscar.
Las montoneras de la Coalición Nacional, siguiendo las ordenes de Pierola, el 17 de marzo de 1895, atacaron Lima por el Norte, en el centro y el sur, incursiones que fueron dirigidas por el coronel alemán Pauli, jefe del Estado Mayor del Ejército de la coalición. Los historiadores no coinciden sobre las fuerzas en combate. Pero todos están de acuerdo en que el Ejército de Cáceres era superior, con una ventaja de dos mil hombres y mejor organización. Las montoneras pierolistas, que para unos sumaban 2500 hombres y para otros eran mas de 3 mil, confluían del norte (Piura, Trujillo y Cajamarca), del centro (Huánuco y Junín) y del sur (Arequipa, Moquegua y Ayacucho). En Lima, la opinión pública era favorable al cambio, tras diez años de régimen cacerista, que se prolongaría por otros cuatro años con la reelección del Héroe de La Breña en agosto de 1894, muy cuestionada por saltarse a la Constitución y el congreso. A favor del delegado Nacional, como se autodenominó Pierola, abonaba también su verbo encendido y motivador, además de su enfrentamiento encarnizado con los grandes rentistas del guano, que eran odiados por gran parte de la población pues les achacaban enriquecerse a costa de los recursos del estado. Con Cáceres, el hartazgo llegó a sus limites. La situación económica no mejoraba tras la debacle de la guerra con Chile y no había atisbo del retorno de Tacna y Arica al territorio nacional. En medio de este desánimo, el mensaje de cambio de Pierola caló hondo cuando afirmó desde Chincha que "la sublevación era indispensable para restablecer el imperio del orden y la ley, tan brutalmente atropellado, y para devolver al Perú su soberanía desconocida y su dignidad ultrajada". Los revolucionarios pierolistas penetraron por la famosa portada de Guía, que estaba en la zona donde hoy se encuentra la División Blindada del Rimac y era la entrada y salida rumbo a Trujillo. Otras fuerzas entraron por la zona de El Agustino con dirección a Maravillas y Pierola, montado en caballo blanco y pistola en mano, encabezo a sus hombres por Cocharcas. Ante la férrea oposición de las fuerzas caceristas, que también tomaron las torres de las iglesias para disparar con ventaja, en un momento las montoneras pierolistas se retiraron con dirección a Cinco Esquinas y luego volvieron a bajar por Los Naranjos hasta que volvieron a ser contenidos en la hoy Plaza Buenos Aires de Barrios Altos. En esos momentos decisivos, según relata Alberto Ullo en su libro Piérola, el Califa le gritó a sus hombres “Estamos aquí para avanzar” y poniéndose al frente “picó espuelas, enarbolando su revólver”. Los vecinos, ganados por el pierolismo, también abrieron sus puertas para que los montoneros puedan defenderse y atacar a los soldados caceristas. Ese panorama de lucha sangrienta y feroz se extendió por toda la ciudad. Tras largas horas de lucha, las fuerzas que comandaba Isaías de Piérola, hijo del Califa, se hicieron fuertes en la Plaza Dos de Mayo y otras montoneras sitiaban la ciudad desde el Parque de la Exposición. Bajo ese manto de protección, pero a costa de cientos de bajas cañoneadas por el ejército, las fuerzas encabezadas por Piérola penetraron las calles limeñas y tomaron las plazas de San Francisco y de La Merced, en el jirón de la Unión. El cerco de fuego sobre Palacio de Gobierno se cerraría con la toma de la Plazuela del Teatro, donde hoy está en Teatro Segura. Piérola convirtió el hotel Universo, que existía en esa calle, como su cuartel general, a solo cuatro cuadras de la Casa de Pizarro, que estaba rodeada por artilleros y fusileros que obedecían a Cáceres. Al caer la noche, una calma mortal reina en Lima. El resultado de la lucha es incierto aún, pero los revolucionarios temen un ataque desde el Callao, donde hay un fuerte destacamento cacerista y que se encuentra en contacto directo con Palacio. Entre las montoneras no existía propiamente una disciplina marcial y se alimentaban de ollas comunes en las calles que hoy son la segunda y tercera cuadra del jirón Huancavelica. “En medio de las tropas, cuyo aspecto a veces era fiero pero generalmente poco marcial, circulaban paisanos ardorosos, que daban vivas a Piérola y la Revolución”, escribió Ulloa. Tregua y mediación Al iniciarse el 18 de marzo, el tronar de los cañones y la fusilería volvió a estremecer la ciudad. Hay un intento cacerista de romper las líneas pierolistas en la Plaza Dos de Mayo, pero son repelidos con la llegada de refuerzos. Desde una de las torres de San Agustín, tomada a sangre y fuego, los hombres de Piérola emplazan un cañón y fusileros que disparan contra Palacio. En realidad, desde todo el vecindario se disparaba contra Palacio por el decidido apoyo de la población a los revolucionarios. Esta batalla fratricida, sin precedentes en la historia de Lima, fue interrumpida al mediodía del 18 de marzo, por la mediación del nuncio papal y el cuerpo diplomático, sorprendidos y alarmados por los dos mil muertos y cientos de heridos, de ambos bandos, que se encontraban regados en las calles en medio de un calor intenso, por estar a fines del verano. Fue así que el nuncio José Macchi y el ministro de Francia se acercaron a Palacio de Gobierno a parlamentar con Cáceres, a quien le entregaron un pronunciamiento del Cuerpo Diplomático que, entre sus párrafos, le decía: “La fidelidad misma y el valor con que hasta ahora ha resistido el Ejército, dejan completamente a salvo el honor de V.E. y su Gobierno”. Cáceres aceptó una tregua de 24 horas para enterrar a los muertos y atender a los heridos. Piérola, igualmente, dio su visto bueno. La tregua fue prorrogada por 48 horas más y, en el interior, se iniciaron negociaciones de paz que culminaron con la aceptación, por parte de Cáceres, de entregar el poder a una Junta Provisional de Gobierno. Después se sabría que, para convencer al héroe de la Breña, el nuncio apostólico le dijo en Palacio que, en Lima, “hasta las piedras están contra usted”. Cáceres se embarcó poco después a Europa, hubo un gobierno provisional y luego una elecciones que fueron ganadas por Piérola. El levantamiento de Lima Hasta el 17 y 18 de marzo de 1895, en la aristocrática y mundana Lima no había corrido tanta sangre regada entre peruanos. Manco Cápac y sus diez mil cusqueños pudieron arrasar la Ciudad de los Reyes, en 1536, pero fueron contenidos por los españoles y sus aliados, los huancas, que corrieron con el peso de la lucha. En el siglo XVIII, los alzamientos de Juan Santos Atahualpa y de Túpac Amaru fueron muy lejanos y, en los días de la lucha emancipadora, dentro de las murallas de Lima hubo sobresaltos, hambre y terror, pero no hubo cañonazos de por medio entre patriotas y realistas. La población limeña se alzaría, por primera vez, a fines de enero de 1833, contra el dominio del mariscal Agustín Gamarra y su famosa mujer, la Mariscala Francisca Zubieta, atacando el Palacio de Gobierno y poniendo en fuga al ejército cacerista. Este será el antecedente más directo de la guerra civil entre Piérola y Cáceres.