Herido en una pierna en la Batalla de Miraflores, Cáceres burló la cacería lanzada por los chilenos en Lima y se embarcó en el tren a Chicla. De ahí pasó a Tarma y Jauja, donde formó un nuevo ejército con los campesinos del valle del Mantaro y de Yanamarca.
Herederos de los huancas, los indígenas de estos valles se sumaron con entusiasmo al llamado del Taita Cáceres, que les hablaba en quechua, el idioma de sus ancestros. Cáceres era un soldado férreo, tenaz y en pocos meses organizó el Ejército del Centro, con los militares de todos los grados del Ejército y la Marina, quienes como no aceptaban la derrota del Perú. Su fuerza de choque eran dos mil campesinos huancas, armados de rejones, lanzas y hondas.
El jefe militar de la ocupación, Patricio Lynch le desconoció la categoría de ejército a las nuevas tropas de Cáceres y los etiquetó de montoneras o guerrillas, sin garantías para sus vidas si caían prisioneros.
Lynch envió la división Letelier, de dos mil hombres, en busca de Cáceres, que fue acosada por las guerrillas huancas y humillada cuando el cupo que iban a cobrarle a los hacendados de Huancayo, fue recepcionado por Cáceres. Atacados en cada paraje y afectados por la altura, dieron marcha atrás rumbo a Lima, pero en Canta fueron derrotados por las guerrillas del coronel Vento, en el combate de Sangrar (26/6/1881).
Entonces el Ejército del Centro bajó a La Oroya, Matucana y se estableció en Chosica. Una peste de fiebre amarilla, sin embargo, atacó el campamento en momentos que Lynch, en persona, salía con 3 mil hombres por Canta para caerles por retaguardia. Otra división, de 2 mil hombres, salió de Lima en tren para atacarlo de frente. El Brujo de los Andes burló el cerco y se situó en Tarma.
Una segunda expedición, con más de 3 mil hombres, fue derrotada en Pucará por las tácticas nuevas del Brujo de los Andes.
El Ejército del Centro siguió a Huancavelica y antes de entrar a Huamanga, en Julcamarca, una feroz tormenta los sorprendió en medio de un desfiladero, perdiéndose decenas de hombres, armas y caballos. Por si fuera poco, en las alturas de Carmenca (22/2/82), Cáceres lanzó a sus soldados contra el coronel pierolista Panizo, que desconocía su autoridad. Los soldados indígenas después le dirían al Taita Cáceres que los habían engañados.
Con más fuerzas, Cáceres y el Ejército del Centro iniciaron una nueva campaña y vencieron a los chilenos en Pucará, Marcavalle y Concepción. En su ruta al norte, Cáceres se enfrentaría al general Miguel Iglesias.
EL COSTO
DE LA DERROTA
Pocos personajes como Iglesias sintetizan esas enormes contradicciones y miserias del espíritu peruano que salieron a flote en la guerra. Grande y heroico en la defensa del Morro Solar, al año siguiente, sería el mascarón de presidente que necesitaba Chile para imponer la paz y amputarle territorio al Perú.
Con su Grito de Montán (31/7/82), Iglesias sorprendió hasta a los mismos chilenos. Era el primer caudillo peruano que aceptaba la derrota con entrega territorial, fórmula rechazada sucesivamente por el Perú en las negociaciones de 1880 y 1881.
La propuesta de firmar la paz pronto fue repudiada desde Tarma por Cáceres, por García Calderón cautivo en Chile y sus seguidores en Lima, y por Montero, quien ejercía la presidencia interina desde Arequipa. Piérola tampoco saludó la posición de su ex ministro de la Guerra, desde Estados Unidos.
Durante las conferencias de paz a bordo del buque norteamericano “Lackawanna”, en octubre de 1880, los emisarios chilenos oficialmente plantearon la entrega de Tarapacá a perpetuidad y al pago de 20 millones de pesos de reparación de guerra, además de ocupar Arica, Tacna y Moquegua hasta que se cancele la deuda.
Elegido Francisco García Calderón como presidente provisional por los notables de Lima (12/3/81), tampoco aceptó las desmedidas exigencias chilenas, que el presidente francés de la época, Grévy calificó de “extravagantes”. Al darse cuenta que García Calderón estaba lejos de ser el instrumento dócil que necesitaban, el gobierno de Santiago le quitó el piso y el presidente provisional fue detenido y embarcado a Chile en noviembre del 81.
Estados Unidos y las potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, Italia y Alemania) también demandaban por el fin de la guerra. Solo EE.UU. y Francia abogaban por una paz sin amputación territorial, hasta fines de 1881.
Pero a partir del 82, tras el asesinato del presidente norteamericano James A. Garfield, la potencia del Norte se inclinó a favor de Chile y su ministro en Santiago, Cornelio A. Logan,presionó en forma insistente al cautivo García Calderón para que firme un protocolo donde se aceptaba la cesión de Tarapacá y la venta de Arica y Tacna.
Esa era la situación cuando el 31 de agosto del 82, en la hacienda Montán, Iglesias hizo su célebre llamado a firmar la paz con las condiciones impuestas por Chile, al que estaba seguro era imposible vencer por las armas.
Los chilenos se dieron cuenta de lo útil que sería Iglesias, porque García Calderón no cedía a las presiones de Logan y Lizardo Montero, en Arequipa, respaldaba al presidente cautivo.
Montero estaba al mando de 4 mil hombres y tenía estrecho contacto con las autoridades bolivianas. Según Basadre, eran constantes los rumores de un contra-ataque peruano-boliviano contra las fuerzas chilenas en Tacna y Arica, pero nunca se realizó.
La proclamación de Iglesias como presidente regenerador, tuvo el inmediato apoyo de Lynch, quien al corresponsal del diario norteamericano New York Herald le diría, el 13/1/83:“Damos toda clase de ayuda a Iglesias. Le damos dinero, le damos armas y destruimos a sus enemigos”.
Cáceres y Montero vieron como un peligro a Iglesias, por eso Lynch despachó a Trujillo dos divisiones al mando de los coroneles Gonzales y Gorostiaga, con la misión de ayudar y proteger al caudillo cajamarquino de las fuerzas de Cáceres, que ya había iniciado una larga marcha desde los Andes Centrales rumbo a Cajamarca.
HUAMACHUCO Y ANCÓN
Cáceres pretendía neutralizar a Iglesias con la sola presencia de sus tropas, pero en su camino al norte se encontró con las fuerzas chilenas en Huamachuco y, luego de tres días de tanteo se dio la batalla de ese nombre el 10 de julio de 1883.
Tras más de 5 horas de lucha, y cuando las fuerzas chilenas se replegaban en el cerro Sazón ante el empuje del ataque peruano, la falta de municiones y la carencia de bayonetas para la lucha cuerpo a cuerpo, propició el contra-ataque sureño que selló la lucha.
En sus Memorias, Cáceres recordaría con amargura que los “piquetes de caballería chilena, guiados por los adictos de Montán, recorrieron aldeas y caseríos, asesinando a oficiales y soldados” heridos, uno de los cuales sería el joven coronel Leoncio Prado.
La derrota de Cáceres la saludaron con alegría los chilenos e iglesistas, que ya tenían la firma de la paz en borrador dos meses antes de la batalla de Huamachuco y que se plasmó en el Tratado de Ancón, suscrito el 20 de octubre de 1883.
Chile así conseguía apropiarse a perpetuidad de Tarapacá y ocupó Arica y Tacna por diez años hasta la convocatoria de un plebiscito, pero tras prolongadas negociaciones pudo devolver Tacna, en 1929, que puso fin al conflicto con Chile en el plano diplomático.