Las montoneras de la Coalición Nacional, siguiendo las ordenes de Pierola, el 17 de marzo de 1895, atacaron Lima por el Norte, en el centro y el sur, incursiones que fueron dirigidas por el coronel alemán Pauli, jefe del Estado Mayor del Ejército de la coalición. Los historiadores no coinciden sobre las fuerzas en combate. Pero todos están de acuerdo en que el Ejército de Cáceres era superior, con una ventaja de dos mil hombres y mejor organización. Las montoneras pierolistas, que para unos sumaban 2500 hombres y para otros eran mas de 3 mil, confluían del norte (Piura, Trujillo y Cajamarca), del centro (Huánuco y Junín) y del sur (Arequipa, Moquegua y Ayacucho). En Lima, la opinión pública era favorable al cambio, tras diez años de régimen cacerista, que se prolongaría por otros cuatro años con la reelección del Héroe de La Breña en agosto de 1894, muy cuestionada por saltarse a la Constitución y el congreso. A favor del delegado Nacional, como se autodenominó Pierola, abonaba también su verbo encendido y motivador, además de su enfrentamiento encarnizado con los grandes rentistas del guano, que eran odiados por gran parte de la población pues les achacaban enriquecerse a costa de los recursos del estado. Con Cáceres, el hartazgo llegó a sus limites. La situación económica no mejoraba tras la debacle de la guerra con Chile y no había atisbo del retorno de Tacna y Arica al territorio nacional. En medio de este desánimo, el mensaje de cambio de Pierola caló hondo cuando afirmó desde Chincha que "la sublevación era indispensable para restablecer el imperio del orden y la ley, tan brutalmente atropellado, y para devolver al Perú su soberanía desconocida y su dignidad ultrajada". Los revolucionarios pierolistas penetraron por la famosa portada de Guía, que estaba en la zona donde hoy se encuentra la División Blindada del Rimac y era la entrada y salida rumbo a Trujillo. Otras fuerzas entraron por la zona de El Agustino con dirección a Maravillas y Pierola, montado en caballo blanco y pistola en mano, encabezo a sus hombres por Cocharcas. Ante la férrea oposición de las fuerzas caceristas, que también tomaron las torres de las iglesias para disparar con ventaja, en un momento las montoneras pierolistas se retiraron con dirección a Cinco Esquinas y luego volvieron a bajar por Los Naranjos hasta que volvieron a ser contenidos en la hoy Plaza Buenos Aires de Barrios Altos. En esos momentos decisivos, según relata Alberto Ullo en su libro Piérola, el Califa le gritó a sus hombres “Estamos aquí para avanzar” y poniéndose al frente “picó espuelas, enarbolando su revólver”. Los vecinos, ganados por el pierolismo, también abrieron sus puertas para que los montoneros puedan defenderse y atacar a los soldados caceristas. Ese panorama de lucha sangrienta y feroz se extendió por toda la ciudad. Tras largas horas de lucha, las fuerzas que comandaba Isaías de Piérola, hijo del Califa, se hicieron fuertes en la Plaza Dos de Mayo y otras montoneras sitiaban la ciudad desde el Parque de la Exposición. Bajo ese manto de protección, pero a costa de cientos de bajas cañoneadas por el ejército, las fuerzas encabezadas por Piérola penetraron las calles limeñas y tomaron las plazas de San Francisco y de La Merced, en el jirón de la Unión. El cerco de fuego sobre Palacio de Gobierno se cerraría con la toma de la Plazuela del Teatro, donde hoy está en Teatro Segura. Piérola convirtió el hotel Universo, que existía en esa calle, como su cuartel general, a solo cuatro cuadras de la Casa de Pizarro, que estaba rodeada por artilleros y fusileros que obedecían a Cáceres. Al caer la noche, una calma mortal reina en Lima. El resultado de la lucha es incierto aún, pero los revolucionarios temen un ataque desde el Callao, donde hay un fuerte destacamento cacerista y que se encuentra en contacto directo con Palacio. Entre las montoneras no existía propiamente una disciplina marcial y se alimentaban de ollas comunes en las calles que hoy son la segunda y tercera cuadra del jirón Huancavelica. “En medio de las tropas, cuyo aspecto a veces era fiero pero generalmente poco marcial, circulaban paisanos ardorosos, que daban vivas a Piérola y la Revolución”, escribió Ulloa. Tregua y mediación Al iniciarse el 18 de marzo, el tronar de los cañones y la fusilería volvió a estremecer la ciudad. Hay un intento cacerista de romper las líneas pierolistas en la Plaza Dos de Mayo, pero son repelidos con la llegada de refuerzos. Desde una de las torres de San Agustín, tomada a sangre y fuego, los hombres de Piérola emplazan un cañón y fusileros que disparan contra Palacio. En realidad, desde todo el vecindario se disparaba contra Palacio por el decidido apoyo de la población a los revolucionarios. Esta batalla fratricida, sin precedentes en la historia de Lima, fue interrumpida al mediodía del 18 de marzo, por la mediación del nuncio papal y el cuerpo diplomático, sorprendidos y alarmados por los dos mil muertos y cientos de heridos, de ambos bandos, que se encontraban regados en las calles en medio de un calor intenso, por estar a fines del verano. Fue así que el nuncio José Macchi y el ministro de Francia se acercaron a Palacio de Gobierno a parlamentar con Cáceres, a quien le entregaron un pronunciamiento del Cuerpo Diplomático que, entre sus párrafos, le decía: “La fidelidad misma y el valor con que hasta ahora ha resistido el Ejército, dejan completamente a salvo el honor de V.E. y su Gobierno”. Cáceres aceptó una tregua de 24 horas para enterrar a los muertos y atender a los heridos. Piérola, igualmente, dio su visto bueno. La tregua fue prorrogada por 48 horas más y, en el interior, se iniciaron negociaciones de paz que culminaron con la aceptación, por parte de Cáceres, de entregar el poder a una Junta Provisional de Gobierno. Después se sabría que, para convencer al héroe de la Breña, el nuncio apostólico le dijo en Palacio que, en Lima, “hasta las piedras están contra usted”. Cáceres se embarcó poco después a Europa, hubo un gobierno provisional y luego una elecciones que fueron ganadas por Piérola. El levantamiento de Lima Hasta el 17 y 18 de marzo de 1895, en la aristocrática y mundana Lima no había corrido tanta sangre regada entre peruanos. Manco Cápac y sus diez mil cusqueños pudieron arrasar la Ciudad de los Reyes, en 1536, pero fueron contenidos por los españoles y sus aliados, los huancas, que corrieron con el peso de la lucha. En el siglo XVIII, los alzamientos de Juan Santos Atahualpa y de Túpac Amaru fueron muy lejanos y, en los días de la lucha emancipadora, dentro de las murallas de Lima hubo sobresaltos, hambre y terror, pero no hubo cañonazos de por medio entre patriotas y realistas. La población limeña se alzaría, por primera vez, a fines de enero de 1833, contra el dominio del mariscal Agustín Gamarra y su famosa mujer, la Mariscala Francisca Zubieta, atacando el Palacio de Gobierno y poniendo en fuga al ejército cacerista. Este será el antecedente más directo de la guerra civil entre Piérola y Cáceres.
Dos mil muertos solo en Lima por guerra fratricida
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