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La primera puñalada que asestó Bolivia al Perú

Ciencia Educacion12/31/2014
La primera puñalada que asestó Bolivia al Perú
Terminada la campaña naval con la inmolación de Grau y sus hombres, se inició la campaña terrestre chilena, destinada a ocupar el Departamento de Tarapacá, rico en salitre como el invadido Departamento del Litoral boliviano. El bloqueo chileno de Iquique se extendió a Arica mientras se preparaba el primer zarpazo en suelo peruano, que sería en el pequeño puerto de Pisagua.

El 2 de noviembre de 1879, ni un mes después de Angamos y prueba evidente de la enorme labor de contención cumplida por el Huáscar, a las 5 de la mañana una fuerza de diez mil chilenos, a bordo de 19 buques inició el asalto contra la guarnición defendida por poco más de mil soldados peruanos y bolivianos.

Solo dos cañones, en el norte y sur del puerto, se opusieron a los fuegos del blindado Cochrane, la corbeta O´Higgins, la cañonera Magallanes y la Covadonga, de triste recordación. Estas dos últimas se enfrentaron al cañón del fuerte Norte, que solo hizo un disparo y saltó de su base, quedando inutilizado. Por más de tres horas, la resistencia aliada mantuvo a raya a las fuerzas invasoras.

Finalmente, abrumados por el superior poder de fuego de las naves chilenas y la mayor fuerza de desembarco, la resistencia aliada se retiró ordenadamente mientras las aduanas y las casas de Pisagua eran arrasadas por las llamas.

Pisagua era un punto intermedio entre Iquique y Arica, y su dominio dividía a las fuerzas peruanas porque ya no se contaba con buques que pudieran trasladar tropas y abastecimientos. Las tropas en Iquique, la segunda ciudad en importancia del Departamento de Tarapacá, bloqueadas por mar y sin poder ser abastecidas por tierra dada la lejanía de Arica y la aridez del desierto, para no ser sometidas debieron abandonar la ciudad rumbo a Arica.

Así fue como se perdió el 23 de noviembre, sin disparar un tiro, a la bella ciudad de Iquique, “lugar de sueño o de descanso” según la palabra aimara con que se le conocía Iki Iki, una ciudad rodeada por el desierto y que desde el mar parece una joya a punto de caer entre las aguas.

La traición de Daza

Mientras las fuerzas invasoras penetraban en Pisagua y tomaban posiciones, el ejército peruano se reagrupaba y esperaba los refuerzos bolivianos que, encabezados por su presidente Hilarión Daza, salió de Arica el 5 de noviembre. La orden era unirse al ejército que comandaba el general Juan Buendía y arrojar a los chilenos de Pisagua.

Las tropas invasoras, que sumaban más de seis mil hombres con apoyo de 30 cañones Krupp, se concentraron en los alrededores de la prominencia del Pozo de Dolores, cerca de la oficina salitrera de San Francisco. Buendía comandaba una división de más de 9 mil hombres, la gran mayoría peruanos, con apoyo de batallones bolivianos.

A este ejército aliado debió sumarse el famoso regimiento de Los Colorados de Bolivia, que bien disciplinados y armados, eran la fuerza personal de Daza. En la ruta al sur, cuando los ánimos bolivianos hervían por recuperar su territorio perdido, el presidente boliviano tomó la inesperada e increíble decisión de dar media vuelta al llegar al rio Camarones.

Los historiadores bolivianos creen que Daza, al tomar esta medida que lo llenaría de infamia, se guió por sus cálculos políticos personales, pues su poder se fundaba en Los Colorados, quienes podrían quedar desbaratados en la lucha y así él estaría inerme ante sus enemigos en La Paz.

Al conocerse en el mando peruano la retirada de Daza, se pidió que la noticia no se filtrara a la tropa, pero no tardó en difundirse ésta entre los aliados y cundió el desaliento en las fuerzas bolivianas. La noticia llegó justo cuando el ejército aliado se posicionaba frente las tropas chilenas y solo una chispa bastaba para desatar el primer choque de los ejércitos enemigos.

Un cañonazo del lado chileno desatò la batalla, el 19 de noviembre, que los jefes peruanos preparaban para el día siguiente. Bien posicionado, el ejército chileno resistió las oleadas de los aliados, que atacaban en desorden e incluso se tiroteaban entre si, en el fragor del combate.

El resultado de la lucha fue incierto, hasta que el ejército aliado emprendió la retirada, a Arica, en medio del desierto. Días después, el 27 de noviembre, a pesar del cansancio de sus hombres, que caminaron por el desierto sin agua ni alimentos, el ejército peruano infligió una derrota contundente a tres mil 500 chilenos en la Batalla de Tarapacá, .

La victoria fue un breve respiro moral, porque los tres cañones que se le arrebataron a los chilenos debieron ser enterrados o destruidos porque no tenían animales de carga ni los hombres tenían fuerzas para llevarlos hasta Arica.

Al llegar a Arica, el jefe político y militar, vicealmirante Lizardo Montero responsabilizó a Buendía por la pérdida de los territorios del sur y se le abrió proceso en la justicia militar.

Apenas se posicionó de Iquique, el mando chileno nombró jefe político al almirante Patricio Lynch, quien dispuso el reinicio de la explotación del salitre, para financiar la guerra contra el Perú.

La fuga de Prado

En Lima, el curso negativo de la guerra desató las pasiones políticas y el pueblo, conmovido por la pérdida de las fuerzas navales, inició una colecta pública para la compra de otros blindados, gesto noble e ingenuo porque las guerras no se afrontan con buenos deseos e improvisación, sino con previsión, preparación y estrategias nacionales.

El presidente Prado, que dirigía la guerra desde Arica, terminada la campaña naval e iniciada la invasión chilena, retornó a Lima el 28 de noviembre. Quienes dan testimonios de su persona, indican que era evidente el agobio que sentía por el peso de la guerra contra Chile, país donde tenía yacimientos de carbón que abastecían a los buques de la Armada que precisamente combatía contra el Perú.

García Belaúnde, ya citado, señala que Prado tenía pingues inversiones en Chile, donde tenía muy buenas relaciones. El presidente, además, tenía una estrecha y muy sospechosa amistad con el encargado de negocios de Chile, Joaquín Godoy, con quien se reunía hasta en su dormitorio de Palacio de Gobierno.

Godoy le hizo creer a Prado que Chile nunca atacaría al Perú y, ese convencimiento, hizo que durante su gestión, desde 1876, Prado no le dio ningún interés en potenciar al Ejército y la Marina de Guerra.

Agobiado por el descalabro en mar y tierra, ya en Lima, Prado convocó a su consejo de ministros y les reveló la cruda realidad de los hechos. Sacó a relucir entonces un permiso aprobado por el Congreso desde mayo pasado, en que se le autorizaba a salir del país.

Sin medir las consecuencias políticas, Prado decidió ir en persona a Estados Unidos, a buscar un blindado que permita recuperar el poderío peruano. Se embarcó el 18 de diciembre, con nombre falso, en un buque que zarpó esa tarde a Guayaquil. Su abordaje no pasó desapercibido para El Comercio, que publicó la sensacional noticia.

La fuga de Prado se divulgó en Lima, y cundió una sensación de vacío y estupor. En plena guerra, el presidente abandonaba el país y le encargaba el mando a su vicepresidente, el anciano general La Puerta, achacoso y enfermo de gota. El malestar pronto se trocó en rabia y empezaron a alzarse voces de protesta.

En Lima, desde marzo, ya se encontraba Nicolás de Piérola, el caudillo rebelde que se cubrió de cariño popular cuando al frente del Huáscar, en su revolución de 1877, no dudó en enfrentarse a dos poderosos buques ingleses que no habían respetado la bandera peruana. Era un rebelde romántico y en el combate de Pacocha se ganó el respeto nacional.

Al iniciarse el conflicto, vino de Chile, donde estaba exiliado. Ofreció sus servicios a Prado, pero este no lo aceptó. Piérola, a quien el pueblo llamaba el Califa, emergió al desatarse el vacío de poder con la partida de Prado.

Tres días después, un destacamento militar acantonado en la Plaza Bolívar, se negó a cumplir las órdenes del primer ministro La Cotera y se desataron los combates en Lima. Detrás de la insubordinación está la mano de Piérola, a través de uno de sus incondicionales, el general Miguel Iglesias.

Durante 48 horas, hay combates y, ante el temor de una guerra civil, se aceptó el mandato de Piérola, que asumió con el cargo de Jefe Supremo de la República.

Con Piérola al mando llegó el Año Nuevo de 1880, año calamitoso por los reveses en el sur y la política sectaria del Jefe Supremo, que sacó a flote sus ambiciones y egocentrismos, dividiendo al ejército, colocando a sus incondicionales, no importándole la calidad profesional sino tan solo su obsecuencia. Así llegó el amanecer de 1880, que sería el inicio de la noche negra que viviría el Perú hasta 1883.
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