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Pongo 10 bromas que me pasaron y colgué en mi blog, a ver si os gustan... Llucià Pou Sabaté 1. JUEGO JAPONES. La edad del cerebro... Se trata de saber qué edad tiene nuestro cerebro. Este juego japonés te va a mostrar si tu cerebro es más joven o más viejo que el resto de tu cuerpo! Cómo jugar (léelo pues salvo los números, el resto está escrito en japonés): 1. Accede al link abajo; 2. Teclea 'start'; 3. Aguarda que comience después del 3, 2, 1; 4. Memoriza la posición relativa de los números (de menor a mayor) y cliquea en los círculos, siempre partiendo del número menor al número mayor. Nota: Comienza con el CERO si está presente. 5. En el final del juego, la computadora te va a decir la edad de tu cerebro!!! Buena Suerte! http://flashfabrica.com/f_learning/brain/brain.html 2. 3. 4. 5. En un examen de Química: Pregunta: ¿Cual es la diferencia entre una solución y una disolución? Respuesta de un alumno: SI METEMOS A DOS DE NUESTROS POLÍTICOS EN UN TANQUE DE ÁCIDO, SE DISUELVEN. ESO ES UNA DISOLUCIÓN. PERO SI LOS METEMOS A TODOS, ¡ESO ES UNA SOLUCIÓN! 6. link: http://www.youtube.com/watch?v=wcR3_gBckfQ 7. si aguantas más de 18 segundos eres muy bueno... (o incluso muchos menos segundos) Ojo, no solo engancha ademas te pone nervioso/a.. pincha el enlace........ http://pichicola.com/wp-content/uploads/2009/01/aguanta.htm 9. link: http://www.youtube.com/watch?v=b5M-xmCjHN8 10. http://rd3.videos.sapo.pt/5nRPNTbedkR4Vtzahrn6 o de cómo unos niños de 2-3 años pintan una obra de arte y lo que opinan los críticos de una galería de arte moderna

Las consecuencias a largo plazo serán más o menos traumáticas según el diagnóstico y la ruptura con el perverso. Es decir, podemos señalar: el choque o sorpresa al comprobar que, como la película, "duerme con el enemigo", el desequilibrio consiguiente, la separación o huida, y la evolución o post-trauma. El choque Siguiendo a Marie France Hirigoyen: "Sólo de forma brutal comprenden por fin que han sido objeto de una manipulación. Se sienten entonces desamparadas y heridas. Todo se desmorona. La importancia del choque se debe al efecto sorpresa y a su falta de preparación, que es una consecuencia del dominio al que estaban sometidas. Durante este choque emocional, el dolor y la angustia se confunden. A las víctimas las embarga una sensación de fractura violenta, de estupefacción, de desbordamiento y de hundimiento. A veces, describen esta sensación como si se tratara de una agresión física: «Es como un puñetazo», «Me dice cosas terribles, y me siento como un boxeador que está por los suelos y al que siguen moliendo a palos»… Cuando toman conciencia de la manipulación, se sienten estafadas, como si alguien las hubiera timado. En ellas encontramos siempre la misma sensación de haber sido engañadas. Se ha abusado de ellas y no se las ha respetado. Descubren, un poco tarde, que son víctimas, y que alguien ha estado jugando con ellas. Pierden su autoestima y sienten haber perdido su dignidad. Se avergüenzan de las reacciones que han tenido debido a la manipulación: «Debería haber reaccionado antes», «¿Cómo puede ser que no me haya dado cuenta de nada?». La vergüenza se debe a que toman conciencia de su propia indulgencia patológica, que ha dado pie a la violencia de su agresor. Llegadas a este punto, algunas víctimas desean vengarse, pero, por lo común, lo que desean es rehabilitarse y que se vuelva a reconocer su identidad. Esperan que su agresor se disculpe, pero esto no sucederá. Si obtienen alguna reparación, ésta se produce mucho más adelante y proviene de los testigos o de los cómplices pasivos que, también manipulados por el agresor, se sumaron a la agresión". EL DESEQUILIBRIO Una vez aclaradas las cosas, viene la estrategia, de qué hacer para que la separación sea poco traumática. Será distinto separarse de un marido que ha arrastrado a su mujer a un harén nordafricano que un socio fraudulento en una empresa, que un acosador en red social que se aprovecha de los administradores, etc. "Más allá de una determinada cantidad de estrés, el trabajo de adaptación deja de poder realizarse y se produce un desequilibrio. Aparecen entonces trastornos que pueden resultar más duraderos. En general, los psiquiatras solemos conocer a las víctimas durante esta fase posterior de desequilibrio. Presentan un estado de ansiedad generalizada, un estado depresivo, o trastornos psicosomáticos. …Y el momento más peligroso es cuando toman conciencia de que han sido estafadas y de que nada conseguirá devolverles el reconocimiento que se merecen. Los suicidios o los intentos de suicidio reafirman a los perversos en su certidumbre de que el otro era débil, perturbado o loco, y de que las agresiones que le hacían padecer estaban justificadas. …Los perversos, para demostrar que su víctima es malvada, están dispuestos a suscitar en ella una violencia que va contra ellos mismos. En el filme Passage à l'acte (1996) de Francis Girod, un perverso manipula a su psicoanalista hasta que consigue que éste lo mate. Lleva el juego hasta el final. La víctima (el psicoanalista asesino) se ve luego obligada a dirigir la violencia contra sí misma, pues el suicidio es la única manera de desembarazarse de su agresor". Por tanto, será fundamental no caer en la red del perverso, en el juego sucio de usar sus armas, y tomar distancia para seguir la propia vida. LA SEPARACIÓN "Ante una amenaza que cada vez se presenta más claramente, las víctimas pueden reaccionar de dos maneras: —someterse y aceptar la dominación, con lo que el agresor, a partir de ese momento, puede proseguir tranquilamente su obra de destrucción; —rebelarse y combatir, con la idea de marcharse. …Normalmente, estas personas prefieren un tratamiento farmacológico antes que una larga psicoterapia. …Una vez que el proceso de acoso ya se ha establecido, es difícil, efectivamente, que se detenga de otro modo que con la marcha de la víctima. Las víctimas suelen reaccionar cuando tienen la oportunidad de ver cómo su agresor ejerce la violencia sobre otra persona, o cuando encuentran un aliado o una ayuda exterior". LA EVOLUCIÓN "Para las víctimas, al principio, el alejamiento físico respecto de su agresor constituye una liberación: «¡Por fin puedo respirar!». Una vez transcurrida la fase de choque, reaparecen el interés por el trabajo o por las actividades propias del tiempo libre, la curiosidad por el mundo o por la gente, y todas aquellas cosas que la dependencia había bloqueado. Sin embargo, nada tiene lugar sin dificultad”. …Pueden quedar síntomas, de “ansiedad generalizada, fatiga crónica, insomnio, dolores de cabeza, dolores múltiples, trastornos psicosomáticos (hipertensión arterial, eccema, úlcera gastroduodenal...), pero, sobre todo, conductas de dependencia como la bulimia, el alcoholismo o la toxicomanía. Cuando estas personas consultan a su médico de cabecera, suelen solicitarle la prescripción de un medicamento sintomático o de un ansiolítico. No establecen ningún vínculo —las víctimas no hablan de ello— entre la violencia que padecieron y los trastornos que presentan en ese momento. También puede ocurrir que las víctimas se quejen a posteriori de su propia e incontrolable agresividad. Esta última puede ser una secuela de la época en que no se podían defender. Se puede interpretar asimismo como una violencia transmitida”. “El general francés Crocq, especialista en victimología, considera que las personas amenazadas, acosadas o difamadas son víctimas psíquicas. Igual que a las víctimas de guerra, se las ha colocado en un «estado de sitio» virtual que las ha obligado a permanecer constantemente a la defensiva. Las agresiones y las humillaciones se inscriben en la memoria y se vuelven a vivir a través de imágenes, pensamientos y emociones intensas y repetitivas, ya sea durante el día —mediante impresiones bruscas de inminencia de una situación idéntica—, ya sea por la noche, cuando provocan insomnio o pesadillas. Las víctimas necesitan hablar de los acontecimientos que las traumatizaron, pero las evocaciones del pasado traen consigo manifestaciones psicosomáticas equivalentes al miedo. Así, presentan trastornos de memoria o de concentración. A veces, pierden el apetito o, al contrario, adoptan conductas bulímicas y aumentan el consumo de alcohol o de tabaco… A veces, este alejamiento que intenta eludir una parte de los recuerdos genera una clara reducción del interés por determinadas actividades que en otro tiempo fueron importantes, y genera asimismo una restricción de los afectos. Al mismo tiempo, persisten signos neurovegetativos tales como trastornos del sueño e hipervigilancia. Casi todas las personas que han sido víctimas de acoso moral describen este tipo de reminiscencias dolorosas; algunas consiguen desprenderse de ellas al concentrarse en actividades exteriores, profesionales o benéficas. Con el tiempo, la experiencia vivida no se olvida, pero se puede participar cada vez menos en ella. Diez o veinte años más tarde, las víctimas pueden seguir teniendo una sensación de angustia ante determinadas imágenes de su agresor. Aun cuando hayan logrado una vida plena, su recuerdo todavía puede traer consigo un sufrimiento fulgurante. Todo lo que evoque, de cerca o de lejos, lo que han padecido las hará huir, pues el trauma ha desarrollado en ellas una capacidad para identificar, mejor que otras personas, los elementos perversos de una relación. …Cuando las víctimas no consiguen desembarazarse del dominio, su vida puede quedar detenida en el trauma: su vitalidad se embota, su alegría de vivir desaparece y las iniciativas personales se vuelven imposibles. La pena de haber sido abandonadas, engañadas y ridiculizadas las paraliza. Se vuelven agrias, susceptibles e irritables, y se encierran en un registro de retiro social y de rumias amargas. Estas víctimas se ponen pesadas y sus allegados las soportan mal: «Ésta es una vieja historia; deberías pensar en otra cosa». No obstante, tanto en las familias como en las empresas, las víctimas no reclaman venganza casi nunca. Ante todo, piden que se reconozca todo lo que han aguantado, aunque una injusticia no se pueda reparar nunca completamente. En la empresa, la reparación supone una indemnización económica que, de todas formas, no alcanza a compensar el sufrimiento padecido. Es inútil esperar remordimientos o arrepentimiento de un agresor realmente perverso. El sufrimiento de los demás no tiene ninguna importancia para él. Si se produce un arrepentimiento, proviene siempre de terceras personas: de las que fueron testigos mudos o de las que fueron cómplices de la agresión. Sólo ellas pueden expresar su pesar y, con ello, devolverle su dignidad a la persona a la que se ridiculizó injustamente". De ahí la dificultad de la reparación en estos casos, que solo puede hacerse quitando la fama de los agresores denunciándolos ante la opinión pública, o procurando que estas empresas que han tenido connivencia con los agresores tengan repercusiones económicas negativas que les lleve a poner más atención, para que no se haga daño a los que aún queden en estos sitios trabajando. Son ejemplos de una difícil reparación pública, porque a nivel personal lo mejor es perdonar y dejar que la vida continúe. Llucià Pou Sabaté
Marie France Hirigoyen termina su libro con una conclusión: "En todas las épocas ha habido seres carentes de escrúpulos, calculadores y manipuladores, y para los que el fin justifica los medios. Sin embargo, la multiplicación actual de los actos de perversidad en las familias y en las empresas es un indicador del individualismo que domina en nuestra sociedad. En un sistema que funciona según la ley del más fuerte, o del más malicioso, los perversos son los amos. Cuando el éxito es el valor principal, la honradez parece una debilidad y la perversidad adopta un aire de picardía. Con el pretexto de la tolerancia, las sociedades occidentales renuncian poco a poco a sus propias prohibiciones. Pero, al aceptar demasiado, como lo hacen las víctimas de los perversos narcisistas, permiten que se desarrollen en su seno los funcionamientos perversos. Numerosos dirigentes o políticos, que ocupan no obstante una posición de modelo para la juventud, no muestran ninguna preocupación moral a la hora de liquidar a un rival o de mantenerse en el poder. Algunos de ellos abusan de sus prerrogativas y utilizan presiones psicológicas, y razones y secretos de Estado, para proteger su vida privada. Otros se enriquecen gracias a una delincuencia astuta hecha de abusos de bienes sociales, de estafas o de fraudes fiscales. La corrupción se ha convertido en una moneda corriente. Ahora bien, basta con que un grupo, una empresa o un gobierno cuenten con uno o con varios individuos perversos para que todo el sistema se vuelva perverso. Si esta perversión no se denuncia, se extiende subterráneamente mediante la intimidación, el miedo y la manipulación. Efectivamente, para atar psicológicamente a un individuo, basta con inducirlo a la mentira o a ciertos compromisos para convertirlo en cómplice del proceso perverso. Sin ir más lejos, ésta es la base del funcionamiento de la mafia o de los regímenes totalitarios. Tanto en las familias como en las empresas y los Estados, los perversos narcisistas se las arreglan para atribuir a los demás los desastres que provocan, se presentan luego como salvadores y se hacen así con el poder. En lo sucesivo, para mantenerse en él, les basta con no tener escrúpulos. La historia nos ha mostrado hombres que se niegan a reconocer sus propios errores, que no asumen sus responsabilidades, y que falsean las cosas y manipulan la realidad a fin de borrar las huellas de sus fechorías. Más allá del aspecto individual del acoso moral, se nos plantean dilemas más generales. ¿Cómo restablecer el respeto entre los individuos? ¿Qué límites debemos poner a nuestra tolerancia? Si los individuos no pueden detener por sí mismos estos procesos destructivos, la sociedad deberá intervenir y establecer una legislación. Recientemente, se ha presentado un proyecto de ley que proponía instituir un delito de novatada para reprimir cualquier acto degradante y humillante en el ámbito escolar y socioeducativo. Si no queremos que nuestras relaciones humanas acaben completamente reglamentadas por leyes, es esencial prevenir a los niños". link: http://www.youtube.com/watch?v=gct6hWe_WI0 La unión hace la fuerza, y si bien cuesta cambiar un mundo en que hay muchos políticos que están condicionados por poderes económicos que los manejan, empresarios que están condicionados por la administración pública que les pide ayudas ilegales, y así a todos los niveles, podemos ir creando un ambiente de paz. De entre los libros citados por la autora en el libro que he terminado de reseñar, me he quedado con las ganas de leer a dos autores que conozco, y que apunto aquí sus dos libros que aún no he podido leer: Girard, R., La violence et le sacré, París, Grasset, 1972 (trad. cast.: La violencia y lo sagrado, Barcelona, Anagrama, 1984).http://multimedia.fnac.com/multimedia/images_produits/ZoomPE/8/7/9/9782012788978.jpg Kafka, F, Le procès, París, Flammarion, 1983 (trad. cast.: El proceso, Madrid, Akal, 1988). También recomiendo el blog http://elacosomoral.blogspot.com/ Llucià Pou Sabaté

He oído a gente decir que "si alguien quiere hacernos daño, al tratarlo bien y no seguirle en ese juego en el que nos quiere meter le quitamos las ganas de hacerlo, porque ya perdió su sabor, además deja de ser un enemigo". Es un sabio consejo. Pero ojo: solo con el sometimiento no se arregla nada. A veces hay que hacerle frente, y Marie-France Hirigoyen nos recuerda que "supone arriesgarse a ser odiado. En cuanto empieza a resistirse, la víctima, que se había convertido en un mero objeto útil, se transforma en un objeto peligroso del que hay que desembarazarse como sea". El odio se muestra "Se produce entonces una fase de odio en estado puro extremadamente violenta. Abundan los golpes bajos y las ofensas, así como las palabras que rebajan, que humillan y que convierten en burla todo lo que pueda ser propio de la víctima. Esta armadura de sarcasmo protege al perverso de lo que más teme: la comunicación. El odio ya estaba presente en la fase anterior de dominio, pero el perverso disimulaba y enmascaraba su presencia con el objetivo de paralizar la relación. Todo lo que existía previamente de forma subterránea se muestra ahora con absoluta claridad. La actividad destructora se vuelve sistemática. Aquí no se trata de un amor que se transforma en odio, como se podría llegar a pensar, sino de una envidia que se convierte en odio. No se trata tampoco de esa alternancia de amor y de odio a la que Lacan llamaba «odiamoramiento», pues el perverso no ha sentido nunca amor en el sentido real del término… una falta de amor que se oculta tras una máscara de deseo, pero no de un deseo de la persona en sí misma, sino de lo que tiene de más y que el perverso querría hacer suyo; y, en segundo lugar, hay un odio oculto, ligado a la frustración que siente el perverso cuando no puede obtener del otro tanto como desearía. Cuando el odio se expresa claramente, responde al deseo de destruir y de anular a la víctima. El perverso no renunciará a ese odio ni siquiera con el paso del tiempo. Para él, no cabe otra posibilidad —«¡Esto es así!»—, por mucho que para el resto de la gente los motivos de su odio no tengan ningún fundamento… Mediante un fenómeno de proyección, el odio del agresor es proporcional al odio que él mismo imagina en su víctima. La ve como un monstruo destructor, violento y nefasto. En realidad, en este estadio, la víctima no siente ni odio ni ira, aun cuando esto le permitiría protegerse. El agresor le atribuye una intencionalidad malvada y se anticipa agrediendo él en primer lugar. En cualquier caso, la víctima sigue siendo permanentemente culpable de un delito de intención". LA VIOLENCIA ACTÚA Está claro que cualquier signo de hacer frente, como la separación, es interpretada por el acosador como un signo de salir de su dominio. Él calcula todo, pues su vida no construye sino que se dedica a hostigar, a maquinar, es el signo de su mediocridad. "Los signos de hostilidad no aparecen en los momentos de exasperación o de crisis. La hostilidad tiene una presencia constante, permanente, en forma de pequeños toques que se dan todos los días o varias veces a la semana, durante meses e incluso durante años. No se expresa en un tono colérico, sino en un tono frío, que enuncia una verdad o una evidencia. Un perverso sabe hasta dónde puede llegar, sabe medir su violencia. Si siente que la víctima reacciona en su presencia, retrocede hábilmente. La agresión se destila también a pequeñas dosis cuando se produce en presencia de testigos. Si la víctima reacciona y cae en la trampa de la provocación subiendo el tono, es ella la que parece agresiva, y el agresor aprovecha la ocasión para situarse en la posición de víctima. Solamente las víctimas se hallan en condiciones de identificar en su memoria las huellas a las que se remiten las insinuaciones. Con frecuencia, los mismos jueces que se ven obligados a zanjar estas complicadas situaciones —por ejemplo, en un caso de divorcio— son víctima de la confusión y la manipulación, pues su desconfianza y sus precauciones les sirven de poco. El profesor Emil Coccaro, en un estudio sobre la biología de la agresividad, ha calificado el fenómeno de agresividad depredadora. Ésta aparece en ciertos individuos que eligen a su víctima y premeditan su ataque más o menos como un animal depredador lo haría con su presa. La agresión no es más que el instrumento que permite al agresor obtener lo que desea. Esta violencia es asimismo una violencia asimétrica. En el caso de la violencia simétrica, los dos adversarios aceptan la confrontación y la lucha. Aquí, por contra, el que pone en práctica la violencia se define a sí mismo como existencialmente superior al otro, lo cual, por lo general, es aceptado por el que la recibe. Reynaldo Perrone ha calificado este tipo de violencia insidiosa de «violencia castigo». Como no se producen treguas ni reconciliaciones, la violencia se convierte en una violencia enmascarada, íntima y cerrada. Ninguno de sus actores habla de ella exteriormente. El que inflige el sufrimiento considera que quien lo padece se lo merece y que no tiene derecho a quejarse. Si la víctima reacciona y deja de comportarse como un objeto dócil, el agresor se considera amenazado o agredido. Quien, en un principio, había iniciado la violencia, se coloca ahora en la posición de víctima. Cualquier reacción emotiva o de sufrimiento por parte de la víctima implica una escalada de violencia o una maniobra diversiva (indiferencia, falsa sorpresa...) por parte del agresor. El proceso que queda establecido se parece a un proceso fóbico recíproco: la visión de la persona odiada provoca una rabia fría en el perverso; la visión de su perseguidor desencadena en la víctima un proceso de miedo. Cuando un perverso se ha decidido por una presa, ya no la suelta. Con frecuencia, lo anuncia abiertamente: «De ahora en adelante, mi único objetivo en la vida consistirá en no dejarle vivir». Y se las arregla para que esto se convierta en realidad. El proceso circular, una vez desencadenado, no se puede detener solo, pues el registro patológico de sus protagonistas se agrava: el perverso se vuelve cada vez más humillante y violento; y la víctima se siente cada vez más impotente y herida. No hay ninguna prueba de la realidad que está padeciendo. Cuando hay violencia física, sí hay elementos exteriores que están ahí para atestiguar lo que sucede: informes médicos, testimonios oculares, o informes policiales. Pero en una agresión perversa no hay ninguna prueba. Se trata de una violencia «limpia». Nadie ve nada". LA VÍCTIMA ESTÁ ACORRALADA Aun divorciado el perverso intentará manipular a su objetivo a través de los hijos, y de las demás personas, pues vive para su víctima. Así que hay que aprender a vivir prescindiendo de la persona perversa, y procurar no entrar en su juego amargado, sino responder bien por mal, pero con justicia y contundencia, esta será la manera de interactuar con ellos. "El perverso intenta que su víctima actúe contra él para poder acusarla de «malvada». Lo importante para él es que la víctima parezca responsable de lo que le ocurre. El agresor utiliza una debilidad de su víctima —una tendencia depresiva, histérica o caracterial— para caricaturizarla y conseguir que ella misma se desacredite. Hacer caer al otro en el error permite criticarlo o rebajarlo, pero, sobre todo, se le proporciona una mala imagen de sí mismo y se refuerza su culpabilidad. Cuando la víctima no controla suficientemente la situación, basta con cargar las tintas en la provocación y el desprecio para obtener una reacción que luego se le podrá reprochar. Por ejemplo, si su reacción es la ira, se procura que todo el mundo se dé cuenta de ese comportamiento agresivo, de tal modo que hasta a un espectador exterior se le pueda ocurrir llamar a la policía. Los perversos llegan incluso a incitar al otro al suicidio: «Pobrecita mía, no tienes nada que esperar de la vida, no entiendo cómo no has saltado todavía por la ventana». Después, al agresor no le cuesta nada presentarse como una víctima de una enferma mental. …Corromper es su objetivo supremo. Y alcanza su máximo placer cuando consigue que su víctima se vuelva también destructora, o cuando logra que varios individuos se aniquilen entre sí. Todos los perversos, ya sean sexuales o narcisistas, intentan atraer a los demás hacia su propio registro para luego conducirlos a pervertir las reglas. Su fuerza de destrucción depende en gran medida de la propaganda que difunden para mostrar a los demás hasta qué punto su víctima es «malvada» y por qué resulta, por lo tanto, razonable llamarle la atención. A veces lo logran, y consiguen asimismo la colaboración de aliados a los que también manipulan mediante un discurso que se basa en la burla y en el desprecio de los valores morales. Para un perverso, el mayor fracaso es el de no conseguir atraer a los demás al registro de la violencia. Por lo tanto, ésta es la única manera de atajar la propagación del proceso perverso".

Antes hemos hablado de identificar, resistir, y acudir a la justicia, en general y en el ambiente de la familia. Hay un marco de la empresa, en que las relaciones de trabajo tienen unas características propias, y que Marie France Hirigoyen analiza con más atención y que veremos en este post. Estos días ha salido a la prensa el tipo de horarios de algunas empresas orientales, con costes muy bajos porque trabajan muchas horas y cobran poco los empleados. Han salido a la luz el índice alto de suicidios que provocan estudios en esas multinacionales debido a las denuncias que se han presentado. "Si tenemos la sensación de que se atenta contra nuestra dignidad o contra nuestra integridad psíquica, con motivo de la actitud hostil de una o de varias personas, regularmente y durante un largo período de tiempo, podemos pensar que se trata efectivamente de acoso moral. Lo ideal es reaccionar lo más pronto posible, antes de vernos atrapados en una situación que no tiene otra solución que la de nuestra marcha. Una vez identificado el acoso, es importante tomar nota de todas las provocaciones y agresiones. Como en el caso del maltrato psicológico en la familia, la dificultad para defenderse reside en el hecho de que casi nunca se dispone de pruebas flagrantes... También sería deseable que velara por la presencia de testigos. Lamentablemente, en un contexto opresivo, los compañeros de trabajo suelen desvincularse de la persona acosada por miedo a represalias. Por otra parte, cuando un agresor la toma con una persona, las demás ven garantizada su tranquilidad y, generalmente, prefieren mostrarse discretas. Con todo, para que las alegaciones de una víctima tengan credibilidad, basta con un solo testigo". ENCONTRAR AYUDA EN EL SENO DE LA EMPRESA "Muchos empleados temen entrevistarse con el (director de recursos humanos), pues no deja de ser un empleado más y no pueden tener la certeza de su independencia en relación con la empresa que los acosa o que permite el acoso". Por tanto, es un tema complejo. RESISTIR PSICOLÓGICAMENTE "…la primera fase del acoso consiste en desestabilizar a la víctima. Por lo tanto, ésta deberá visitar a un psiquiatra o a un psicoterapeuta con el fin de recuperar la energía que le permitirá defenderse. Para reducir el estrés y sus consecuencias nocivas para la salud, la única solución es la baja. Sin embargo, muchas víctimas, sobre todo al principio, se niegan a aceptarla por miedo a agravar el conflicto. Cuando se trata de personas depresivas, una ayuda farmacológica, ansiolítica y antidepresiva es realmente necesaria. La víctima no debería volver al trabajo hasta que no esté en perfectas condiciones de defenderse. Esto puede suponer una baja relativamente prolongada (a veces, de varios meses), y que, eventualmente, se puede transformar en una baja especial de larga duración. Los psiquiatras y los consejeros médicos de la Seguridad Social se ven así obligados a hacerse cargo de la protección de las víctimas y a resolver sus problemas profesionales, cuando las soluciones deberían ser jurídicas. Una víctima se viene abajo. Acepta la recomendación del médico y se acoge a una baja por depresión que su agresor y la empresa celebran. Cuando anuncia la finalización de su baja, la dirección le aconseja que la prolongue. El médico se niega a ello, argumentando que si el problema se produce en el lugar de trabajo, la empresa y su empleado son quienes deben resolverlo. Cuando la víctima vuelve al trabajo, se le reprocha que no se haya hecho curar. Otra víctima, a la que su patrón acosa desde hace varios meses, se acoge también a una baja por depresión. A cada vez que intenta volver, tiene una recaída. El patrón profiere tales amenazas que la víctima lo denuncia. Para evitar una condena por parte de la Magistratura de Trabajo, el patrón acepta despedir a su empleada, pero eterniza los trámites. La víctima, que sigue de baja, mejora. ¿Hay que dejar que vuelva al trabajo mientras espera a que su despido se haga efectivo? El consejero médico que debe disponerlo decide que no. Prefiere proteger a la víctima prolongando su baja hasta el despido. Dado que el juego del que acosa consiste en provocar y en hacer que el otro se equivoque cuando se suscita su ira o su desconcierto, la víctima tiene que aprender a resistir. En una situación concreta, es más fácil dejarse llevar y someterse que resistir y arriesgarse a desencadenar un conflicto. Sientan lo que sientan, es recomendable que las víctimas aparenten indiferencia, conserven la sonrisa y respondan con humor, siempre y cuando no lo conviertan en ironía. Deben permanecer imperturbables y no entrar nunca en el juego de la agresividad. Deben dejar que su agresor se explaye, no ponerse nerviosas y tomar nota de cada agresión con el fin de ir preparando su defensa. Para limitar el peligro de caer en errores de tipo profesional, la víctima deberá mostrarse irreprochable. Efectivamente, por mucho que su agresor no sea exactamente su superior en la jerarquía, la víctima se halla iluminada por todos los proyectores. La gente la observa con la finalidad de comprender qué ocurre. Un retraso o un error, por ínfimos que sean, se tendrán en cuenta como pruebas de su responsabilidad en el proceso. También resulta recomendable que la víctima aprenda a desconfiar: que cierre con llave sus cajones, y que se lleve con ella su agenda profesional y los informes importantes en los que está trabajando, incluso a la hora de almorzar. Por supuesto, a las víctimas esto les repugna. En la mayoría de las ocasiones, hasta que la situación ya no es recuperable y lo que preparan es un informe para la Magistratura de Trabajo, no recurren a ello. Con el fin de recuperar una cierta autonomía de pensamiento y su espíritu crítico, las víctimas tendrán que aplicar una nueva trama de comunicación, una especie de filtro sistemático que les permitirá adecuar la realidad a la sensatez. Deberán tomar los mensajes al pie de la letra, solicitando precisiones si es necesario, y se negarán a considerar las insinuaciones. Todo ello presupone que la persona acosada será capaz de mantener la sangre fría. Tiene que aprender a no reaccionar ante las provocaciones de su agresor. Sin embargo, no reaccionar es algo especialmente difícil para alguien que ha sido elegido por su impulsividad. La víctima, por lo tanto, debe salir de sus esquemas habituales, y aprender a tranquilizarse y a esperar su momento. Es importante que, en el fondo de sí misma, conserve la convicción de que tiene razón y de que, tarde o temprano, conseguirá que la escuchen". ACTUAR "Está bien plantar cara al agresor: “Cuando la víctima advierte que nadie propone una solución, o cuando teme que la despidan, o cuando se ve dispuesta a presentar su dimisión, es cuando suele recurrir a los sindicatos o a los representantes de la plantilla. Sin embargo, hay que saber que, cuando se comunica a los sindicatos que existe una situación de acoso, se desencadena un conflicto. En este caso, la intervención del sindicato consiste en negociar la marcha del empleado. Por lo tanto, no podemos esperar de él una mediación, pues los representantes de la plantilla desempeñan una función esencialmente reivindicativa, y no un papel de escucha y de mediación”. Ir a la entrevista de trabajo con acompañante: “En un caso de acoso, es importante que este acompañante sea una persona en la que confiamos plenamente y de la que sabemos de antemano que no se dejará manipular. Dimitir supone proporcionarle al agresor una victoria muy fácil. ¡Si la víctima no tiene otro remedio que marcharse y, en la fase en que se encuentra, esto implica su salvación, debe luchar porque su marcha se haga efectiva en las mejores condiciones posibles”". HACER QUE INTERVENGA LA JUSTICIA El acoso moral es un tema nuevo, sobre el que la Asamblea de la ONU dice: «Se entiende por "víctimas" a las personas que, individual o colectivamente, han padecido un perjuicio, especialmente un atentado contra su integridad física o mental, un sufrimiento moral, una pérdida material, o un atentado grave contra sus derechos fundamentales, con motivo de actos o de omisiones que todavía no constituyen una violación de la legislación penal nacional, pero que representan violaciones de las normas internacionalmente reconocidas en materia de derechos humanos». "…Este tipo de agresores, que no se atreven a enfrentarse directamente con sus empleados, tampoco se atreven a enfrentarse con la justicia. Tienen miedo y prefieren negociar un despido. Los perversos temen efectivamente los procesos judiciales porque pueden revelar públicamente la malignidad de sus conductas. Por lo tanto, en primer lugar, intentan silenciar a sus víctimas mediante la intimidación, pero, si no lo consiguen, prefieren negociar. Si la negociación es inevitable, entonces ellos mismos se colocan en la posición de víctima, como si estuvieran padeciendo la manipulación de un empleado retorcido. La perversión moral posee una capacidad de perjudicar tan grande que resulta difícil de detener. Si, en primer lugar, los individuos, y luego las empresas, no encuentran soluciones encaminadas a establecer pautas de urbanidad y de respeto, tarde o temprano se habrá de elaborar una legislación sobre el acoso moral en la empresa, tal como hubo que hacerlo con el acoso sexual". El acoso sexual es un tipo concreto de acoso, más regulado por la ley, el único legislado en algunos sitios, al que poder acogerse. ORGANIZAR LA PREVENCIÓN "Los responsables sindicales saben cómo intervenir a la hora de negociar una indemnización en caso de despido, pero no se sienten tan cómodos cuando tienen que comprender una relación entre personas. Por qué no formarlos y proporcionarles herramientas relaciónales —como se está empezando a hacer con los directores de recursos humanos— para que puedan intervenir en cualquier momento en el mal funcionamiento de una empresa, y no sólo cuando se produce un despido". Llucià Pou Sabaté
El perverso quiere dominio sobre el otro, establece unos procesos para utilizarlo, y como una araña que esté totalmente ligado a él. "Para que siga sin comprender nada del proceso que se ha iniciado y para confundirlo todavía más, hay que manipularlo verbalmente. Arrojar confusión sobre las informaciones reales es esencial cuando hay que lograr que la víctima se vuelva impotente. La violencia, aun cuando se oculte, se ahogue y no llegue a ser verbal, transpira a través de las insinuaciones, las reticencias y lo que se silencia. Por eso se puede convertir en un generador de angustia". RECHAZAR LA COMUNICACIÓN DIRECTA Hay un maltrato dominante, dice Marie-France Hirigoyen: "Cuando a un perverso se le pregunta algo directamente, elude la comunicación. Como no habla, impone una imagen de grandeza o de sabiduría. Penetramos así en un mundo en el que la comunicación verbal es escasa y en el que tan sólo se nos llama la atención con pequeños toques desestabilizadores. El perverso no nombra nada, pero lo insinúa todo. Le basta con encogerse de hombros, o con suspirar. La víctima, por su parte, intenta comprender: «¿Qué le habré hecho? ¿Qué tendrá que reprocharme?». Como nada se habla claramente, lo reprochado puede ser cualquier cosa". Así, "a la víctima se le niega el derecho a ser oída. Al perverso no le interesa su versión de los hechos, y se niega a escucharla". Al no poder hablar, la víctima escribe "cartas donde pide explicaciones sobre la repulsa que percibe, pero, como no suele obtener respuesta, vuelve a escribir, esta vez preguntándose qué aspectos de su comportamiento son los que podrían justificar la actitud que percibe. Con objeto de justificar el comportamiento de su agresor, la víctima puede llegar a pedir excusas por lo que haya podido hacer consciente o inconscientemente. A veces el agresor utiliza estos escritos que no reciben respuesta para atacar de nuevo a su víctima. He aquí un ejemplo: tras una escena violenta en que una mujer le reprocha a su marido su infidelidad y sus mentiras, ella le escribe una carta pidiéndole excusas. La mujer se queda estupefacta cuando comprueba que su marido ha presentado la carta en comisaría como una prueba de su violencia conyugal: «¡Aquí lo tienen: ella misma reconoce su violencia!»". A veces la víctima dice: "¿Por qué sólo me hablas en términos de reproches, de observaciones, sin abrirte, sin salir de tu monólogo...?». La respuesta puede parecer sabia, pero el afecto brilla por su ausencia: «Te explico. Los hechos no existen. Todo se puede revisar. Las referencias y las verdades evidentes no existen...»". DEFORMAR EL LENGUAJE ¿Cómo es posible que funcione negar la evidencia? Cuando se hace con violencia,funciona. Es curioso... "Quien haya sido víctima de un perverso reconoce inmediatamente esa tonalidad fría que desencadena el miedo y que lo pone a uno en vilo. Las palabras no tienen ninguna importancia; sólo importa el tono. Los niños que han sido víctimas de un padre perverso moral describen muy bien el cambio de tono que precede a una agresión: «A veces, durante la cena, después de hablar tranquilamente con mis hermanas, su voz adoptaba un tono gélido y áspero. Yo me daba cuenta enseguida de que no tardaría mucho en decirme algo hiriente»". Cuando se mira friamente, es divertido ver lo incoherente de un discurso del agresor... pero si te lo tomas en serio, hace sufrir: "Como sus declaraciones no responden a una relación lógica, puede sostener a la vez varios discursos contradictorios. También se abstiene de terminar sus frases. Los puntos suspensivos son una puerta abierta a todas las interpretaciones y a todo tipo de malentendidos. Envía asimismo mensajes oscuros que luego se niega a esclarecer. Una conversación tipo se podría desarrollar del siguiente modo. Una suegra le pide una ayuda anodina a su yerno (perverso), que contesta: —¡Imposible! —¿Por qué? —¡Ya debería usted saberlo! —¡Pues no, no entiendo por qué! —¡Pues piense!" ..."es como una pequeña piedra que se suma a otras que ya se han lanzado insensiblemente. Otro procedimiento verbal habitual en los perversos es el de utilizar un lenguaje técnico, abstracto y dogmático que obliga a su interlocutora considerar cosas de las que no entiende nada y sobre las cuales no se atreve a preguntar por miedo a parecer imbécil. Este discurso frío y puramente teórico impide que el que escucha pueda pensar y, por lo tanto, reaccionar. El perverso, al hablar de una forma muy docta, da la impresión de saber, aunque esté diciendo cualquier nimiedad. Impresiona a su auditorio con una erudición superficial, y utiliza palabras técnicas sin preocuparse del significado que puedan tener. Su interlocutor, más tarde, pensará: «¡Me estaba tomando el pelo; no entiendo cómo no he reaccionado!». Al perverso le importa más la forma que el contenido de su discurso; tiene que parecer sabio para poder dar largas a los asuntos. Así, un marido que tiene que responder a su esposa porque ésta desea hablar sobre su relación de pareja, adopta un aire docto: «Presentas una problemática típica de las mujeres castradoras, las cuales proyectan sobre los hombres su envidia del falo». Estas interpretaciones psicoanalíticas salvajes consiguen desorientar al otro, que en pocas ocasiones tiene la posibilidad de replicar para decantar la situación a su favor. Las víctimas cuentan a menudo que los argumentos de sus agresores son tan incoherentes que lo que deberían hacer es morirse de risa; sin embargo, tanta mala fe las pone furiosas". Esto también es divertido, porque no saben usar esas palabras técnicas, pues no tienen cultura muchas veces, y además no usan bien el lenguaje con el que pretenden apabullar... MENTIR El chino Sun Tse escribió: «El arte de la guerra es el arte del engaño; si adoptamos siempre una apariencia contraria a lo que somos, aumentamos nuestras oportunidades de victoria». "A una mujer que duda de la fidelidad de su marido, éste puede responderle: «Si esto es lo que se te ocurre, puede que tú misma tengas algo que ocultar»". Es siempre tirar porquería sobre el otro, algo asqueroso, que les deja solos a la larga pues así es imposible establecer una relación de amor. Si es ella la que le dice que ha estado con otra en el campo 8 días, dirá: «¡La mentirosa eres tú: en primer lugar, no fueron ocho días, sino nueve, y, por otra parte, no era una muchacha, sino una mujer!». "Dígase lo que se diga, los perversos siempre encuentran la manera de tener razón, y esto les resulta más fácil cuando ya han logrado desestabilizar a su víctima y ésta, contrariamente a su agresor, ya no disfruta con la polémica. El trastorno que se provoca en la víctima es una consecuencia de la confusión permanente entre la verdad y la mentira. Como podremos comprobar en el próximo capítulo, la mentira de los perversos narcisistas sólo se vuelve directa durante la fase de destrucción. En ese momento, la mentira desprecia cualquier evidencia. Y lo que, sobre todo y ante todo, permite convencer a la víctima es que esa mentira es una mentira convencida. Sea cual fuere el tamaño de la mentira, el perverso se agarra a ella y termina por convencer a su interlocutor. A los perversos les importa muy poco qué cosas son verdad y cuáles son mentira: lo único verdadero es lo que dicen en el instante presente. A veces, sus falsificaciones de la verdad están muy cerca de las construcciones delirantes. El interlocutor no debería tener en cuenta ningún mensaje que no se formule explícitamente, por mucho que se trasluzca. Puesto que no hay un rastro objetivo, el mensaje no existe. La mentira del perverso responde simplemente a una necesidad de ignorar lo que va en contra de su interés narcisista". UTILIZAR EL SARCASMO, LA BURLA Y EL DESPRECIO "El desprecio y la burla se dirigen muy especialmente contra las mujeres. En el caso de los perversos sexuales, se produce una negación del sexo de la mujer. Los perversos narcisistas, por su parte, niegan la totalidad de la mujer, la niegan en tanto que individuo. Les divierten todas las bromas que se burlan de la mujer en cuanto tal". Es muy repetitivo el machismo de los perversos (hombres). "Con frecuencia, la víctima se toma al pie de la letra las críticas del perverso que afectan a su círculo de allegados, y termina por creer que tienen una justificación... Para mantenerse a flote, el perverso necesita hundir al otro. Para ello, lo desestabiliza mediante leves toques que, a menudo, tienen lugar en presencia de terceros y describen asuntos anodinos —o íntimos—, pero con exageración y, a veces, con el apoyo de un aliado que forma parte del grupo. ...para desestabilizar al otro, basta con: —burlarse de sus convicciones, de sus ideas políticas y de sus gustos; —dejar de dirigirle la palabra; —ridiculizarlo en público; —ofenderlo delante de los demás; —privarlo de cualquier posibilidad de expresarse; —hacer guasa con sus puntos débiles; —hacer alusiones desagradables, sin llegar a aclararlas nunca; —poner en tela de juicio sus capacidades de juicio y de decisión". UTILIZAR LA PARADOJA Sun Tse también enseñaba que, para ganar una guerra, había que dividir al ejército enemigo antes incluso de empezar la batalla: «Intente lograr la victoria sin hacer batallas". "En una agresión perversa, advertimos un intento de desquiciar a una persona y de hacerla dudar de sus propios pensamientos y afectos. La víctima pierde la noción de su propia identidad. No puede pensar ni comprender. El objetivo es negar su persona y paralizarla para que no pueda surgir un conflicto. Se la tiene que poder atacar sin perderla. Debe permanecer a disposición del perverso". Pueden darse también agresiones indirectas en las que el perverso la toma con objetos. Puede dar portazos, o tirar cosas, y negar luego la agresión. "Los mensajes paradójicos no son fáciles de identificar. Su objetivo consiste en sumir al otro en la confusión para desestabilizarlo. De este modo, el agresor mantiene el control de la situación y enreda a su víctima con sentimientos contradictorios. La mantiene en falso y se asegura la posibilidad de hacerla caer en un error. La finalidad de todo ello, como hemos visto, es la de recuperar una posición dominante, y pasa por controlar los sentimientos y los comportamientos del otro, y por procurar incluso que éste termine por aprobarlo todo, al tiempo que se descalifica a sí mismo. Las más de las veces, los compañeros de los perversos, con un espíritu de conciliación, optan por aceptar el sentido literal de todo lo que oyen al tiempo que niegan las señales no verbales contradictorias: «Cuando le amenazo con marcharme, mi marido me dice que nuestro matrimonio le interesa. Aunque me hiera y me humille, ¡tiene que haber algo de verdad en ello!». A diferencia de lo que ocurre en los conflictos normales, con un perverso narcisista no se produce un verdadero combate, por lo que tampoco resulta posible la reconciliación. No levanta nunca la voz y manifiesta únicamente una hostilidad fría. Si alguien se la señala, la niega. Una vez que su compañero se exaspera o grita, resulta fácil burlarse de su ira y ridiculizarlo. Incluso en los casos de conflicto aparentemente declarado, el motivo real de la discordia no aparece nunca con claridad, pues la víctima es incapaz de orientarse al respecto. Siente que sus problemas están fuera de lugar y va acumulando cada vez más rencor. ¿Cómo nombrar vagas impresiones, intuiciones, sentimientos? No hay nunca nada concreto. Todo el mundo puede utilizar estas técnicas de desestabilización, pero el perverso las utiliza de una manera sistemática, sin compensaciones ni excusas posteriores. Al bloquear la comunicación mediante mensajes paradójicos, el perverso narcisista consigue que su víctima no entienda su propia situación y logra impedir que ésta pueda proporcionar respuestas adecuadas. La víctima se agota buscando soluciones, las cuales son de todas formas inadecuadas y, sea cual fuere su resistencia, es incapaz de evitar la emergencia de la angustia o de la depresión". Pone un ejemplo de acoso paterno: "Hasta que no se las volvió a encontrar en la edad adulta, no se dio cuenta de la ambigüedad de las postales que su padrastro le enviaba cuando ella era todavía una adolescente. Eran mujeres desnudas en la playa. Detrás, su padrastro escribía: «Pienso mucho en ti». En aquella época, ella lo interpretaba como un signo de atención y, sin embargo, las postales la enfurecían. Esta toma de conciencia le permitió descifrar otros mensajes que no había comprendido en su día y que la habían incomodado, como por ejemplo que él mirara fijamente sus senos o que le hiciera bromas indecentes". DESCALIFICAR "Tanto si la frase «Eres un desastre» se expresa directamente como si se sobreentiende, la víctima la integra como «Soy un desastre»; es más, la víctima termina por convertirse en un verdadero desastre. No llega nunca a criticar la frase en cuanto tal. Y se vuelve un desastre porque su agresor ha decretado que lo era". DIVIDE Y VENCERÁS "Sun Tse, una vez más, escribe: «Perturben el gobierno contrario, siembren la discordia entre los jefes avivando los celos o la desconfianza, provoquen la indisciplina, generen causas de descontento ... La división mortal es aquella por la que intentamos hacer llegar el descrédito o la sospecha hasta la corte del soberano enemigo, arrojando rumores tendenciosos sobre los generales que éste emplea». El arte en el que el perverso narcisista destaca por excelencia es el de enfrentar a unas personas con otras, el de provocar rivalidades y celos. Esto lo puede conseguir mediante alusiones que siembran la duda: «¿No crees que los Fulano son así o asá?»; o mediante la revelación de lo que una persona ha dicho de su interlocutor: «Tu hermano me ha dicho que consideraba que te habías portado mal»; o mediante mentiras que colocan a las personas en posiciones enfrentadas. Para un perverso, el placer supremo consiste en conseguir la destrucción de un individuo por parte de otro y en presenciar ese combate del que ambos saldrán debilitados y que, por lo tanto, reforzará su omnipotencia personal. En una empresa, esto se traduce en cotilleos, insinuaciones, privilegios que se otorgan a un empleado y no a otro, y preferencias que también varían de un empleado a otro. Se trata también de hacer correr rumores que, de una manera imperceptible, herirán a la víctima sin que ésta pueda identificar su origen. En la pareja, sembrar la duda mediante alusiones, o al guardar silencio sobre ciertos asuntos, es una hábil manera de atormentar al compañero, de reforzar su dependencia y de cultivar sus celos. Los celos mantienen a la víctima en la duda de una manera distinta a la envidia, la cual desencadena unas motivaciones que ya conocemos. Suscitar los celos del otro constituye la trama de Otelo, la obra de Shakespeare. En esta obra, Otelo no es una persona celosa, sino que se lo describe como noble y generoso, y poco dispuesto a creer en la existencia del mal en los demás. No es una persona vengativa, ni siquiera violenta. Otelo se vuelve celoso a raíz de las hábiles maniobras de Yago. Primero, se niega a aceptar que su esposa le es infiel, pues tiene una gran confianza en ella, del mismo modo que la tiene en el mismo Yago. En un monólogo, Yago declara que le gusta hacer el mal por amor al mal. Más tarde, confiesa que tanto la virtud, la nobleza y la «belleza cotidiana» de un hombre honrado como Casio como la pureza de Desdémona le sorprenden y le incitan a destruir esa virtud y esa belleza. Hay en él una voluptuosidad de la bajeza, el deseo de urdir hábiles maquinaciones que su inteligencia hará triunfar. Para el perverso, provocar los celos del otro es también una manera de mantenerse fuera del campo de la ira o del odio. Los celos tienen lugar entre la víctima y su rival. El perverso se contenta con anotar los puntos. No se ensucia las manos. Cuando el perverso —que en el fondo no es más que un envidioso— induce a su víctima a sentirse celosa, la arrastra a su terreno: «Tú y yo somos iguales». Ya hemos visto que la víctima no se atreve a agredir directamente a su compañero perverso. Entrar en el terreno de los celos supone para ella un modo de seguir protegiéndolo, pues con ello evita enfrentarse con él. A la víctima le resulta más fácil enfrentarse con un tercero, un tercero que el perverso utiliza como presa". IMPONER AUTORIDAD El abuso de poder con la palabra, unido a la generalización que consiste en hacer de ese discurso una premisa universal, hace que el interlocutor piense: «Debe tener razón; da la impresión de saber de qué habla». "Por esta vía, los perversos narcisistas atraen a compañeros que no están seguros de sí mismos y que tienden a pensar que los otros saben más que ellos mismos. Los perversos dan mucha seguridad a las personas más frágiles". "Einstein nos proporciona un ejemplo de abuso de poder directo, pues, al verse superado por la presencia de su primera esposa, Milena Marie, madre de sus dos hijos, y al no querer asumir la iniciativa de una ruptura, redacta unas condiciones draconianas e humillantes para la prosecución de una vida en común: A. Velará porque: —mi ropa interior y mis sábanas se mantengan limpias y en orden; —se me sirvan tres comidas al día en mi despacho; —mi dormitorio y mi despacho se mantengan limpios y porque nadie, aparte de mí, toque mi mesa de trabajo. B. Renunciará a cualquier relación personal conmigo, salvo a las que son necesarias para mantener una apariencia social. En particular, no reclamará: —que me siente con usted en la casa; —que parta de viaje en su compañía. C. Prometerá explícitamente observar los siguientes puntos: —no esperará de mí ningún afecto, y no me lo reprochará; —me contestará inmediatamente cuando le dirija la palabra; —abandonará mi dormitorio y mi despacho inmediatamente y sin protestar cuando así se lo pida; —prometerá no denigrarme ante mis hijos, ni con palabras, ni con actos. En este caso, el abuso de poder es claro; está incluso redactado. En un perverso, en cambio, la dominación se encuentra solapada; el perverso la niega. No le basta con el sometimiento del otro; tiene que apropiarse de su sustancia. La violencia perversa se establece de una manera insidiosa y, a veces, bajo una máscara de dulzura o de benevolencia. La víctima no es consciente de que hay violencia y, a veces, puede llegar a pensar que ella es la que conduce el juego. El conflicto no es nunca un conflicto declarado. Si la violencia se puede ejercer de una forma subterránea, es porque se produce una verdadera distorsión de la relación entre el perverso y su víctima". La solución será siempre plantar cara al agresor, buscar ayuda pues la unión hace la fuerza, y en último caso huir de un ambiente malsano. Llucià Pou Sabaté
Hay momentos La persona necesita vivir en familia, tener un hogar, un nido al que volver cuando sale a la calle, donde haya calor y protección… Cuenta una historia de una pareja de cigüeñas que hizo un nido en lo alto de un campanario, les gustaba ir lejos a cazar ratones y culebras, sapos y pasear y volar sin parar. Tuvieron polluelos, y organizaron las cosas con trapos y hojas para que estuvieran a gusto, pero cuando volvían los notaban fríos, faltaba calor. Al final, tuvieron que optar por hacer un sacrificio: se arrancaron algunas plumas de las alas, y con eso hicieron un lugar acogedor en el que los polluelos estaban a gusto. Ya no podían ir tan lejos en sus vuelos, se sentían menos libres y condicionados porque con menos plumas no aguantaban tanto tiempo fuera. Pero sentían gratificación al volver y encontrarse en el nido sus polluelos contentos, habían creado calor de hogar. Así la familia condiciona muchas libertades que antes podían permitirse, pero el amor que nace es lo mejor, dar la vida, aunque haya una limitación de las actividades nada es mejor que esta esclavitud del amor, es la máxima realización personal. Calor de hogar, hecho a costa de tiempo y de renuncias, de recortar otras cosas que eran más urgentes, pero menos importantes. Lo primero es ese amor, que si no se encuentra donde se debería encontrar se busca, inevitablemente, en otro sitio. Y ahí empiezan los problemas: si un hijo no encuentra en su casa, lo que debería encontrar, lo buscarás en otro sitio, será gregario de un grupo en el que encontrará su identidad para salir del aislamiento. El calor de hogar, como todo calor, necesita algo que lo alimente, y ese algo es personal, regalar tiempo y afecto, y no comodidades. El calor de hogar se consigue cuando los padres se dan cuenta de que más que en dar cosas es darse a sí mismo, y que participen los hijos con encargos y responsabilidades aunque sólo sea bajando la basura por las noches (decía José Manuel Tarrio). Calor de hogar, que hay que mantener con arte, para estar “a gusto”. Con todas las letras. “A gusto” se escribe con la A de alegría, G de generosidad, U de utilidad, S de satisfacción, T de tolerancia y O de orden. Así se mide la “temperatura” y el calor no se nos escapa por las rendijas de gritos y discusiones. En primer lugar, de este clima de entrega a los demás, surge el gozo, la alegría que salpica a los demás, que se expresa en la mirada, puerta del mundo interior. Es un jardín donde crece la planta de la generosidad, cuando el marido llega cansado no se refugia en el telediario sino que va a recibir las novedades de la mujer y cada uno de los hijos. Donde todos colaboran y se sienten útiles, y por esto satisfechos. Y hay tolerancia, porque se sabe que hay cosas importantes y otras que no lo son, y se saben distinguir unas de otras, y ceder en aquello que es opinable e intrascendente y allí nadie pretende tener siempre la última palabra en cualquier asunto. Y orden, también material aunque sin que sea una manía para ocultar el desorden interior. Esta es la vocación de nido, que no es hotel donde descansar, pero tampoco cárcel donde desarrollar un sentimiento posesivo y chantajes emotivos: es el lugar donde se está lo justo para nacer, para crecer, y para aprender a volar: para perderle miedo a la altura, y lanzarse finalmente al cielo.De ahí que la madre tenga vocación de nido. La mujer anida a los hijos, al marido, y a todos a cuantos ella prohíja con su amor, que no es ablandarlos con mimos y comodidades. El nido es esa rara forma de ternura que cría fortaleza, de suavidad que produce reciedumbre, de protección que incita al valor: ¡al valor de volar! Y saber que siempre se puede volver… Llucià Pou Sabaté
En cualquier empresa, hay acoso si se permite o se fomenta por parte de la dirección. Dice Marie-France Hirigoyen, máxima experta en el tema, que "la relación perversa puede ser constitutiva de una pareja, ya que sus dos miembros se han elegido el uno al otro, pero no puede ser el fundamento de una relación en la empresa... En el ámbito empresarial, la violencia y el acoso nacen del encuentro entre el ansia de poder y la perversidad". Claro que en el mundo de hoy, donde domina el individualismo y mucho "tiburón", el mundo está plagado de esto. ¿EN QUÉ CONSISTE? "Por acoso en el lugar de trabajo hay que entender cualquier manifestación de una conducta abusiva y, especialmente, los comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo. Aunque el acoso en el trabajo sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, hasta principios de la década de los noventa no se lo ha identificado como un fenómeno que no sólo destruye el ambiente de trabajo y disminuye la productividad, sino que también favorece el absentismo, ya que produce desgaste psicológico. Este fenómeno se ha estudiado esencialmente en los países anglosajones y en los países nórdicos, en donde ha sido calificado de mobbing —de mob: muchedumbre, manada, plebe; de ahí la idea de incomodidad fatigosa—. Heinz Leymann, psicólogo del trabajo en Suecia, investigó este proceso, que él denomina «psicoterror», durante cerca de una década y en varios grupos profesionales. Actualmente, en muchos países, los sindicatos, los médicos laborales y las mutualidades sanitarias empiezan a interesarse por este fenómeno. Durante los últimos años, en las empresas y en los medios de comunicación, se ha debatido sobre todo la cuestión del acoso sexual, el único que la legislación francesa tiene en cuenta y que, sin embargo, no es más que un aspecto del acoso en sentido amplio. Esta guerra psicológica en el lugar de trabajo incluye dos fenómenos: —el abuso de poder, que los asalariados no siempre aceptan, y al que pueden desenmascarar con rapidez, —la manipulación perversa, que engaña con insidias y causa muchos más estragos. El acoso nace de forma anodina y se propaga insidiosamente. Al principio, las personas acosadas no quieren sentirse ofendidas y no se toman en serio las indirectas y las vejaciones. Luego, los ataques se multiplican. Durante un largo período y con regularidad. La víctima es acorralada, se la coloca en una posición de inferioridad y se la somete a maniobras hostiles y degradantes. Uno no se muere directamente de recibir todas estas agresiones, pero sí pierde una parte de sí mismo. Cada tarde, uno vuelve a casa desgastado, humillado y hundido. Resulta difícil recuperarse. En un grupo, es normal que tengan lugar conflictos. Una advertencia hiriente en un momento de exasperación o de mal humor no es significativa; y lo es todavía menos si se presentan excusas a continuación. Lo que constituye el fenómeno destructor es la repetición de las vejaciones y las humillaciones en las que no se produce ningún esfuerzo de matización. Cuando el acoso aparece, es como si arrancara una máquina que puede machacarlo todo. Se trata de un fenómeno terrorífico porque es inhumano. No conoce los estados de ánimo ni la piedad. Los compañeros de trabajo, por bajeza, por egoísmo o por miedo, prefieren mantenerse al margen. Cuando una interacción asimétrica y destructiva de este tipo arranca entre dos personas, lo único que hace es amplificarse progresivamente, a menos que una persona exterior intervenga enérgicamente. Efectivamente, en un momento de crisis, tenemos una tendencia a acentuar el registro en el que nos encontramos: una empresa rígida se vuelve más rígida, un empleado depresivo se vuelve más depresivo, otro empleado agresivo se vuelve más agresivo, etc. Acentuamos lo que somos. Una situación de crisis puede sin duda estimular a un individuo y conducirlo a dar lo mejor de sí mismo para encontrar soluciones, pero una situación de violencia perversa tiende a anestesiar a la víctima, que, a partir de ese momento, sólo muestra lo peor de sí misma. Se trata de un fenómeno circular. De nada sirve buscar quién ha originado el conflicto. Se llega a olvidar incluso su razón de ser. Una serie de comportamientos deliberados del agresor está destinada a desencadenar la ansiedad de la víctima, lo que provoca en ella una actitud defensiva, que, a su vez, genera nuevas agresiones. Tras un determinado tiempo de evolución del conflicto, se producen fenómenos de fobia recíproca: la visión de la persona odiada provoca una rabia fría en el agresor; la visión del perseguidor desencadena el miedo de la víctima. Se trata de reflejos condicionados, uno agresivo y el otro defensivo. El miedo conduce a la víctima a comportarse patológicamente, algo que el agresor utilizará más adelante como una coartada para justificar retroactivamente su agresión. La mayoría de las veces, la víctima reacciona de un modo vehemente y confuso. Cualquier cosa que emprenda o que haga se vuelve contra ella gracias a la mediación de sus perseguidores. El objetivo de la maniobra de estos últimos consiste en desconcertarla, en confundirla completamente y en conducirla al error. Aunque el acoso se produzca horizontalmente (un compañero agrede a otro), los superiores en la jerarquía no suelen intervenir ni prestarle demasiada atención. Sólo toman conciencia del problema cuando la víctima reacciona de una manera muy visible (crisis nerviosa, llanto...), o cuando está de baja con demasiada frecuencia. En realidad, el conflicto degenera porque la empresa se niega a entrometerse: «¡Ya son ustedes mayorcitos para arreglar solos sus problemas!». La víctima no siente que la defiendan. A veces, incluso percibe un abuso por parte de los que asisten a esta agresión sin intervenir, pues sus superiores casi nunca proponen directamente una solución; más bien contestan: «¡Ya lo veremos más tarde!». En el mejor de los casos, la solución que proponen consiste en un cambio de puesto de trabajo que no tiene en cuenta la opinión del interesado. Sea como fuere, si, en algún momento del proceso, alguien reacciona de un modo sano, el proceso se detiene". Sólo quiero subrayar la frase: se amplifica el acoso, cuando se deja aparecer o se promueve, A MENOS QUE UNA PERSONA EXTERIOR INTERVENGA ENÉRGICAMENTE. Llucià Pou Sabaté
Leí este relato, que me hizo pensar: Cuentan que en la historia del mundo hubo un día terrible en el que el Odio, que es el rey de los malos sentimientos, los defectos y las malas virtudes, convocó a una reunión urgente con todos los sentimientos más oscuros del mundo y los deseos más perversos del corazón humano. Estos llegaron a la reunión con curiosidad de saber cuál era el propósito. Cuando estuvieron todos habló el Odio y dijo: "Os he reunido aquí a todos porque deseo con todas mis fuerzas matar a alguien". Los asistentes no se extrañaron mucho pues era el Odio que estaba hablando y él siempre quiere matar a alguien, sin embargo, todos se preguntaban entre sí quién sería tan difícil de matar para que el Odio los necesitara a todos. "Quiero que matéis al Amor", dijo. Muchos sonrieron malévolamente pues más de uno quería destruirlo. El primer voluntario fue el Mal Carácter, quien dijo: "Yo iré, y les aseguro que en un año el Amor habrá muerto; provocaré tal discordia y rabia que no lo soportará". Al cabo de un año se reunieron otra vez y al escuchar el informedel Mal Carácter quedaron decepcionados. "Lo siento, lo intenté todo pero cada vez que yo sembraba una discordia, el Amor la superaba y salía adelante". Fue entonces cuando, muy diligente, se ofreció la Ambición que haciendo alarde de su poder dijo: "En vista de que el Mal Carácter fracasó, iré yo. Desviaré la atención del Amor hacia el deseo por la riqueza y por el poder. Eso nunca lo ignorará". Y empezó la Ambición el ataque hacia su víctima quien efectivamente cayó herida y la adoró en sus ídolos, que son una tentación constante, y una causa frecuente del alejamiento del amor verdadero. Muchos ídolos se levantan muy bien construidos y refinados que se presentan bajo capa de “progreso” o que proporcionan más material bienestar, más placer, más comodidad...: su dios es el vientre, y su gloria la propia vergüenza, pues ponen su corazón en las cosas terrenas, como dice San Pablo en su Carta a los Filipenses, y es aplicable a la idolatría moderna, a la que se ven tentados tantos, olvidando el tesoro auténtico, la riqueza del amor. Pero, después de luchar por salir adelante, el Amor renunció a todo deseo desbordado de poder y triunfó de nuevo. Furioso el Odio por el fracaso de la Ambición envió a los Celos, quienes burlones y perversos inventaban toda clase de artimañas y situaciones para despistar el amor y lastimarlo con dudas y sospechas infundadas. Pero el Amor confundido lloró y pensó que no quería morir, y con valentía y fortaleza se impuso sobre ellos, y los venció. Año tras año, el Odio siguió en su lucha enviando a sus más hirientes compañeros, envió a la Frialdad, al Egoísmo, la Indiferencia, la Pobreza, la Enfermedad y a muchos otros que fracasaron siempre, porque cuando el Amor se sentía desfallecer tomaba de nuevo fuerza y todo lo superaba. Cuando venían las Desgracias parecía sucumbir, pues como decía Claudio de Colombiere los golpes imprevistos no permiten muchas veces que uno aproveche de ellos, a causa del abatimiento y turbación que levantan en el alma; mas con un poquito de paciencia, se ve como Dios dispone a recibir gracias muy grandes precisamente por aquel medio. Sin tales percances tal vez no habría sido el amor del todo malo, pero tampoco del todo bueno. El Odio, convencido de que el Amor era invencible, les dijo a los demás: "No podemos hacer nada más... El Amor ha soportado todo, llevamos muchos años insistiendo y no lo logramos”. De pronto, de un rincón del salón se levantó alguien poco reconocido, que vestía todo de negro y con un sombrero gigante que caía sobre su rostro y no lo dejaba ver, su aspecto era fúnebre como el de la muerte. "Yo mataré el Amor”, dijo con seguridad. Todos se preguntaron quién era ese que pretendía hacer solo, lo que ninguno había podido. El Odio dijo: "Ve y hazlo". Tan sólo había pasado algún tiempo cuando el Odio volvió a llamar a todos los malos sentimientos para comunicarles después que, de mucho esperar, por fin el Amor había muerto. Todos estaban felices, pero sorprendidos. Entonces el sentimiento del sombrero negro habló: "Ahí os entrego el Amor totalmente muerto y destrozado", y sin decir más ya se iba. "Espera", dijo el Odio, "en tan poco tiempo lo eliminaste por completo, lo desesperaste y no hizo el menor esfuerzo para vivir. ¿Quién eres?" El sentimiento levantó por primera vez su horrible rostro y dijo: "soy La Rutina." La rutina es ausencia de amor, monotonía, y “la monotonía es falta de energía” (dice la cantante Laura Pausini), significa que está ya muerto el amor. El amor es un fuego al que hay que echar cada día cosas nuevas: "Los pequeños actos de cortesía endulzan la vida, los grandes la ennoblecen" (Karina Valenzuela). En la batalla del amor frente al odio, hay que cuidar las cosas pequeñas que son –en frase de la Escritura- las que si faltan dejan paso a las pequeñas raposas que destrozan el campo de ese amor. La dejadez, el abandono de los detalles, produce el desmoronarse de todo el amor: “Será que la rutina ha sido más fuerte” (canta el grupo “Ella baila sola”). En los pequeños detalles es donde se libra la batalla del odio contra el amor: el amor alienta, el odio abate; y tomo de Mauricio Fornos algunos de los campos en los que se libra esta batalla: el amor sonríe, el odio gruñe; el amor atrae, el odio rechaza; el amor confía, el odio sospecha; el amor enternece, el odio enardece; el amor canta, el odio espanta; el amor tranquiliza, el odio altera; el amor guarda silencio, el odio vocifera; el amor edifica, el odio destruye; el amor siembra, el odio arranca; el amor espera, el odio desespera; el amor consuela, el odio exaspera; el amor suaviza, el odio irrita; el amor aclara, el odio confunde; el amor perdona, el odio intriga; el amor vivifica, el odio mata; el amor es dulce; el odio es amargo; el amor es pacífico; el odio es explosivo; el amor es veraz, el odio es mentiroso; el amor es luminoso, el odio es tenebroso; el amor es humilde, el odio es altanero; el amor es sumiso, el odio es jactancioso; el amor es manso, el odio es belicoso; el amor es espiritual, el odio es carnal. El amor es sublime, el odio es triste. Llucià Pou Sabaté
Sigue diciendo Marie-France Hirigoyen que "de los casos clínicos descritos, podemos concluir que la relación de acoso se desarrolla en dos fases: una, de seducción perversa; y otra, de violencia manifiesta. La primera fase se puede prolongar durante varios años. El psicoanalista P.-C. Racamier se refiere a ella cuando habla de «quitar el seso». Se instaura gradualmente durante los primeros tiempos de la relación, a través de un proceso de seducción. En esta fase de preparación, se desestabiliza a la víctima, que pierde progresivamente confianza en sí misma. Primero, hay que seducirla y, luego, lograr que se deje influir para, finalmente, dominarla, con lo que se la priva de toda parcela de libertad posible. La seducción consiste en atraer irresistiblemente, pero también, en un sentido más jurídico, en corromper y sobornar. El seductor falsea la realidad y opera por sorpresa y secretamente. No ataca nunca frontalmente, sino de modo indirecto a fin de captar el deseo del otro, de ese otro que lo admira y que le devuelve una buena imagen de sí mismo. La seducción perversa utiliza el instinto protector del otro. Es una seducción narcisista: busca en el otro un único objeto de fascinación, a saber, la imagen amable que tiene del seductor. Por medio de esa seducción de una sola dirección, el perverso narcisista procura fascinar sin que lo descubran. Según J. Baudrillard, la seducción conjura la realidad y manipula las apariencias. No es una energía, sino que pertenece al orden de los signos y de los rituales, y a su uso maléfico. La seducción narcisista confunde, borra los límites de lo propio y de lo ajeno. No nos hallamos tampoco en el registro de la alienación —como, por ejemplo, en la idealización amorosa, en la que, para mantener la pasión, nos negamos a ver los defectos o las debilidades del otro—, sino en el registro de una incorporación que tiene la finalidad de destruir. La seducción vive la presencia del otro como una amenaza, y no como una complementariedad. Ejercer una influencia sobre alguien supone conducirlo, sin argumentar, a que decida o se comporte de modo diferente a como lo haría de una forma espontánea. La persona que es el blanco de la influencia no puede consentir libremente a priori. El proceso de influencia se elabora en función de su sensibilidad y de su vulnerabilidad. Y, esencialmente, se lleva a cabo mediante la seducción y la manipulación. Como en cualquier otra manipulación, la primera etapa consiste en hacer creer al interlocutor que es libre, aun cuando se trate de una acción insidiosa que priva de libertad al que se somete a ella. Aquí no se trata de argumentar de igual a igual, sino de imponerse, al tiempo que se impide al otro que tome conciencia del proceso, que discuta o que se resista. Al anular las capacidades defensivas y el sentido crítico de la víctima, se elimina toda posibilidad de que ésta se pueda rebelar. Este es el caso de todas las situaciones en las que un individuo ejerce una influencia exagerada y abusiva sobre otro, sin que este último se dé cuenta de ello. En la vida cotidiana, se nos manipula, desestabiliza y confunde continuamente. Cada vez que alguien nos tima o nos engaña, nos enfurecemos contra él, pero, sobre todo, nos avergonzamos de nosotros mismos. Aquí, no se trata de «timos» materiales, sino de «timos» morales. La influencia y el control, cuando hay dominio, se refieren a lo intelectual o moral. El poder del seductor hace que la víctima se mantenga en la relación de dominación de un modo dependiente, mostrando su consentimiento y su adhesión. Eventualmente, esto trae consigo amenazas veladas o intimidaciones. El seductor trata de debilitar para transferir mejor sus ideas. Hacer que el otro acepte algo por coacción supone admitir que no se considera al otro como a un igual. Así, el dominador puede llegar a apropiarse de la mente de la víctima, igual que en un verdadero lavado de cerebro. Entre las situaciones que pueden implicar trastornos de la personalidad, la clasificación internacional de las enfermedades mentales tiene en cuenta a los sujetos que se han visto sometidos durante mucho tiempo a maniobras de persuasión coercitiva tales como el lavado de cerebro, el encauzamiento ideológico o el adoctrinamiento en cautividad. El dominio se manifiesta en el ámbito de las relaciones y consiste en una dominación intelectual o moral que atestigua el ascendente o la influencia de un individuo sobre otro. La víctima no llega a darse cuenta de que la están forzando. Se halla como atrapada en una tela de araña, atada psicológicamente, anestesiada y a merced del que la domina, sin tenerlo muy presente. El dominio se puede descomponer en tres grandes aspectos: —una acción de apropiación mediante desposeimiento del otro; —una acción de dominación que mantiene al otro en un estado de sumisión y dependencia; —una acción de discriminación que pretende marcar al otro. Es innegable que el dominio trae consigo un componente destructivo, ya que neutraliza el deseo del otro y anula toda su especificidad. La víctima pierde poco a poco su resistencia y tiene cada vez menos posibilidades de oponerse. Pierde toda opción de criticar. En cuanto se vuelve incapaz de reaccionar y queda literalmente «anonadada», se convierte en una cómplice de lo que la oprime. En ningún caso se trata de un consentimiento por su parte, sino de que ha quedado cosificada, se ha vuelto incapaz de tener un pensamiento propio y sólo puede pensar igual que su agresor. Ya no se puede decir que la víctima sea «el otro»: ya no es más que un alter ego de su agresor. Padece sin consentir, e incluso sin participar. La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a disposición. Lo importante es conservar el poder y controlar. Al principio, las maniobras son anodinas, pero si la víctima se resiste, se vuelven cada vez más violentas. Si la víctima es demasiado dócil, el juego no resulta excitante. Tiene que ofrecer una resistencia suficiente para que al perverso le apetezca prolongar la relación, pero la resistencia no puede ser tampoco excesiva, porque entonces se sentiría amenazado. El perverso tiene que poder controlar el juego. Su víctima no es más que un objeto que no debe abandonar su posición de objeto, un objeto que se puede utilizar, y no un sujeto interactivo. Todas las víctimas mencionan su dificultad para concentrarse en algo cuando su perseguidor está cerca. Éste último, en cambio, se presenta al observador con un aire de perfecta inocencia. Entre su aparente comodidad y el malestar y el sufrimiento de la víctima se instala una gran distancia. En este estadio del proceso, las víctimas se sienten ahogadas y se quejan de no poder hacer nada solas. Tienen la sensación de no disponer de espacio para pensar. Al principio, obedecen para contentar a su compañero, o con una intención reparadora, porque adopta un aire desdichado. Más adelante, obedecen porque tienen miedo. Los niños, por ejemplo, aceptan la sumisión como una respuesta a su necesidad de reconocimiento; les parece preferible al abandono. Pero, dado que un perverso da muy poco y pide mucho, se pone en marcha un chantaje implícito o, al menos, una duda: «Si me muestro más dócil, terminará por apreciarme o amarme». Este camino no conduce a ninguna parte, pues no hay manera de colmar al perverso narcisista. Muy al contrario, la manifestación de una búsqueda de amor y de reconocimiento desencadena su odio y su sadismo. Lo paradójico de la situación es que los perversos aumentan su dominio en función del grado de intensidad de la lucha que mantienen contra su propio miedo al poder del otro, un miedo que se acerca al delirio cuando perciben que ese otro es superior a ellos. La fase de dominio es un período en que la víctima permanece relativamente tranquila siempre y cuando se muestre dócil, es decir, si se deja capturar en la tela de araña de la dependencia. A partir de ahí, se establece una violencia insidiosa que se irá transformando gradualmente en violencia objetiva. Durante la fase de dominio, es difícil introducir cambios: la situación se encuentra paralizada. El miedo que ambos protagonistas tienen el uno del otro hace que esta situación incómoda tienda a perdurar: —al perverso lo bloquea una lealtad interior, que está ligada a su propia historia y que le impide pasar directamente a la acción, o bien su miedo al otro; —a la víctima la bloquea el dominio que se ha establecido sobre ella y el consiguiente miedo, así como su propia negativa a admitir que el otro la rechaza. Durante esta fase, el agresor mantiene a la víctima en tensión, en un estado de estrés permanente. En general, los observadores externos no perciben el dominio. Pueden incluso negar determinadas evidencias. A los que no conocen el contexto y, por lo tanto, no pueden detectar segundas intenciones, las alusiones no les parecen desestabilizadoras. Se puede iniciar así un proceso de aislamiento. La víctima ya ha sido acorralada en una posición defensiva, y esto la conduce a comportarse de un modo que irrita a sus allegados. Éstos empiezan a verla como una persona desabrida, quejumbrosa y obsesiva. En cualquier caso, ha perdido su espontaneidad. La gente no termina de comprender qué ocurre, pero se ve arrastrada a juzgar negativamente a la víctima. El proceso adopta, por tanto, un modo particular de comunicación que se basa en las actitudes paradójicas, las mentiras, el sarcasmo, la burla y el desprecio". Es un tiempo penoso, de desgaste y pérdida de tiempo, de no hacer nada útil, de cortar cuanto antes y poner tierra por medio, porque cualquier otra cosa es perder el tiempo... Llucià Pou Sabaté