InicioSalud BienestarEl acoso moral 9: relación perversa:la seducción perversa
Sigue diciendo Marie-France Hirigoyen que "de los casos clínicos descritos, podemos concluir que la relación de acoso se desarrolla en dos fases: una, de seducción perversa; y otra, de violencia manifiesta.

La primera fase se puede prolongar durante varios años. El psicoanalista P.-C. Racamier se refiere a ella cuando habla de «quitar el seso». Se instaura gradualmente durante los primeros tiempos de la relación, a través de un proceso de seducción. En esta fase de preparación, se desestabiliza a la víctima, que pierde progresivamente confianza en sí misma.

Primero, hay que seducirla y, luego, lograr que se deje influir para, finalmente, dominarla, con lo que se la priva de toda parcela de libertad posible.

La seducción consiste en atraer irresistiblemente, pero también, en un sentido más jurídico, en corromper y sobornar. El seductor falsea la realidad y opera por sorpresa y secretamente. No ataca nunca frontalmente, sino de modo indirecto a fin de captar el deseo del otro, de ese otro que lo admira y que le devuelve una buena imagen de sí mismo. La seducción perversa utiliza el instinto protector del otro. Es una seducción narcisista: busca en el otro un único objeto de fascinación, a saber, la imagen amable que tiene del seductor. Por medio de esa seducción de una sola dirección, el perverso narcisista procura fascinar sin que lo descubran. Según J. Baudrillard, la seducción conjura la realidad y manipula las apariencias. No es una energía, sino que pertenece al orden de los signos y de los rituales, y a su uso maléfico. La seducción narcisista confunde, borra los límites de lo propio y de lo ajeno. No nos hallamos tampoco en el registro de la alienación —como, por ejemplo, en la idealización amorosa, en la que, para mantener la pasión, nos negamos a ver los defectos o las debilidades del otro—, sino en el registro de una incorporación que tiene la finalidad de destruir. La seducción vive la presencia del otro como una amenaza, y no como una complementariedad.

Ejercer una influencia sobre alguien supone conducirlo, sin argumentar, a que decida o se comporte de modo diferente a como lo haría de una forma espontánea. La persona que es el blanco de la influencia no puede consentir libremente a priori. El proceso de influencia se elabora en función de su sensibilidad y de su vulnerabilidad. Y, esencialmente, se lleva a cabo mediante la seducción y la manipulación. Como en cualquier otra manipulación, la primera etapa consiste en hacer creer al interlocutor que es libre, aun cuando se trate de una acción insidiosa que priva de libertad al que se somete a ella. Aquí no se trata de argumentar de igual a igual, sino de imponerse, al tiempo que se impide al otro que tome conciencia del proceso, que discuta o que se resista. Al anular las capacidades defensivas y el sentido crítico de la víctima, se elimina toda posibilidad de que ésta se pueda rebelar. Este es el caso de todas las situaciones en las que un individuo ejerce una influencia exagerada y abusiva sobre otro, sin que este último se dé cuenta de ello. En la vida cotidiana, se nos manipula, desestabiliza y confunde continuamente. Cada vez que alguien nos tima o nos engaña, nos enfurecemos contra él, pero, sobre todo, nos avergonzamos de nosotros mismos. Aquí, no se trata de «timos» materiales, sino de «timos» morales.

La influencia y el control, cuando hay dominio, se refieren a lo intelectual o moral. El poder del seductor hace que la víctima se mantenga en la relación de dominación de un modo dependiente, mostrando su consentimiento y su adhesión. Eventualmente, esto trae consigo amenazas veladas o intimidaciones. El seductor trata de debilitar para transferir mejor sus ideas. Hacer que el otro acepte algo por coacción supone admitir que no se considera al otro como a un igual. Así, el dominador puede llegar a apropiarse de la mente de la víctima, igual que en un verdadero lavado de cerebro. Entre las situaciones que pueden implicar trastornos de la personalidad, la clasificación internacional de las enfermedades mentales tiene en cuenta a los sujetos que se han visto sometidos durante mucho tiempo a maniobras de persuasión coercitiva tales como el lavado de cerebro, el encauzamiento ideológico o el adoctrinamiento en cautividad.

El dominio se manifiesta en el ámbito de las relaciones y consiste en una dominación intelectual o moral que atestigua el ascendente o la influencia de un individuo sobre otro. La víctima no llega a darse cuenta de que la están forzando. Se halla como atrapada en una tela de araña, atada psicológicamente, anestesiada y a merced del que la domina, sin tenerlo muy presente.

El dominio se puede descomponer en tres grandes aspectos:

—una acción de apropiación mediante desposeimiento del otro;
—una acción de dominación que mantiene al otro en un estado de sumisión y dependencia;
—una acción de discriminación que pretende marcar al otro.

Es innegable que el dominio trae consigo un componente destructivo, ya que neutraliza el deseo del otro y anula toda su especificidad. La víctima pierde poco a poco su resistencia y tiene cada vez menos posibilidades de oponerse. Pierde toda opción de criticar. En cuanto se vuelve incapaz de reaccionar y queda literalmente «anonadada», se convierte en una cómplice de lo que la oprime. En ningún caso se trata de un consentimiento por su parte, sino de que ha quedado cosificada, se ha vuelto incapaz de tener un pensamiento propio y sólo puede pensar igual que su agresor. Ya no se puede decir que la víctima sea «el otro»: ya no es más que un alter ego de su agresor. Padece sin consentir, e incluso sin participar.

La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a disposición. Lo importante es conservar el poder y controlar. Al principio, las maniobras son anodinas, pero si la víctima se resiste, se vuelven cada vez más violentas. Si la víctima es demasiado dócil, el juego no resulta excitante. Tiene que ofrecer una resistencia suficiente para que al perverso le apetezca prolongar la relación, pero la resistencia no puede ser tampoco excesiva, porque entonces se sentiría amenazado. El perverso tiene que poder controlar el juego. Su víctima no es más que un objeto que no debe abandonar su posición de objeto, un objeto que se puede utilizar, y no un sujeto interactivo.

Todas las víctimas mencionan su dificultad para concentrarse en algo cuando su perseguidor está cerca. Éste último, en cambio, se presenta al observador con un aire de perfecta inocencia. Entre su aparente comodidad y el malestar y el sufrimiento de la víctima se instala una gran distancia. En este estadio del proceso, las víctimas se sienten ahogadas y se quejan de no poder hacer nada solas. Tienen la sensación de no disponer de espacio para pensar.

Al principio, obedecen para contentar a su compañero, o con una intención reparadora, porque adopta un aire desdichado. Más adelante, obedecen porque tienen miedo. Los niños, por ejemplo, aceptan la sumisión como una respuesta a su necesidad de reconocimiento; les parece preferible al abandono. Pero, dado que un perverso da muy poco y pide mucho, se pone en marcha un chantaje implícito o, al menos, una duda: «Si me muestro más dócil, terminará por apreciarme o amarme». Este camino no conduce a ninguna parte, pues no hay manera de colmar al perverso narcisista. Muy al contrario, la manifestación de una búsqueda de amor y de reconocimiento desencadena su odio y su sadismo.

Lo paradójico de la situación es que los perversos aumentan su dominio en función del grado de intensidad de la lucha que mantienen contra su propio miedo al poder del otro, un miedo que se acerca al delirio cuando perciben que ese otro es superior a ellos.

La fase de dominio es un período en que la víctima permanece relativamente tranquila siempre y cuando se muestre dócil, es decir, si se deja capturar en la tela de araña de la dependencia. A partir de ahí, se establece una violencia insidiosa que se irá transformando gradualmente en violencia objetiva. Durante la fase de dominio, es difícil introducir cambios: la situación se encuentra paralizada. El miedo que ambos protagonistas tienen el uno del otro hace que esta situación incómoda tienda a perdurar:

—al perverso lo bloquea una lealtad interior, que está ligada a su propia historia y que le impide pasar directamente a la acción, o bien su miedo al otro;
—a la víctima la bloquea el dominio que se ha establecido sobre ella y el consiguiente miedo, así como su propia negativa a admitir que el otro la rechaza.

Durante esta fase, el agresor mantiene a la víctima en tensión, en un estado de estrés permanente.

En general, los observadores externos no perciben el dominio. Pueden incluso negar determinadas evidencias. A los que no conocen el contexto y, por lo tanto, no pueden detectar segundas intenciones, las alusiones no les parecen desestabilizadoras. Se puede iniciar así un proceso de aislamiento. La víctima ya ha sido acorralada en una posición defensiva, y esto la conduce a comportarse de un modo que irrita a sus allegados. Éstos empiezan a verla como una persona desabrida, quejumbrosa y obsesiva. En cualquier caso, ha perdido su espontaneidad. La gente no termina de comprender qué ocurre, pero se ve arrastrada a juzgar negativamente a la víctima.

El proceso adopta, por tanto, un modo particular de comunicación que se basa en las actitudes paradójicas, las mentiras, el sarcasmo, la burla y el desprecio".

Es un tiempo penoso, de desgaste y pérdida de tiempo, de no hacer nada útil, de cortar cuanto antes y poner tierra por medio, porque cualquier otra cosa es perder el tiempo...

Llucià Pou Sabaté
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