He oído a gente decir que "si alguien quiere hacernos daño, al tratarlo bien y no seguirle en ese juego en el que nos quiere meter le quitamos las ganas de hacerlo, porque ya perdió su sabor, además deja de ser un enemigo". Es un sabio consejo. Pero ojo: solo con el sometimiento no se arregla nada. A veces hay que hacerle frente, y Marie-France Hirigoyen nos recuerda que "supone arriesgarse a ser odiado. En cuanto empieza a resistirse, la víctima, que se había convertido en un mero objeto útil, se transforma en un objeto peligroso del que hay que desembarazarse como sea".
El odio se muestra
"Se produce entonces una fase de odio en estado puro extremadamente violenta. Abundan los golpes bajos y las ofensas, así como las palabras que rebajan, que humillan y que convierten en burla todo lo que pueda ser propio de la víctima. Esta armadura de sarcasmo protege al perverso de lo que más teme: la comunicación.
El odio ya estaba presente en la fase anterior de dominio, pero el perverso disimulaba y enmascaraba su presencia con el objetivo de paralizar la relación. Todo lo que existía previamente de forma subterránea se muestra ahora con absoluta claridad. La actividad destructora se vuelve sistemática.
Aquí no se trata de un amor que se transforma en odio, como se podría llegar a pensar, sino de una envidia que se convierte en odio. No se trata tampoco de esa alternancia de amor y de odio a la que Lacan llamaba «odiamoramiento», pues el perverso no ha sentido nunca amor en el sentido real del término… una falta de amor que se oculta tras una máscara de deseo, pero no de un deseo de la persona en sí misma, sino de lo que tiene de más y que el perverso querría hacer suyo; y, en segundo lugar, hay un odio oculto, ligado a la frustración que siente el perverso cuando no puede obtener del otro tanto como desearía. Cuando el odio se expresa claramente, responde al deseo de destruir y de anular a la víctima. El perverso no renunciará a ese odio ni siquiera con el paso del tiempo. Para él, no cabe otra posibilidad —«¡Esto es así!»—, por mucho que para el resto de la gente los motivos de su odio no tengan ningún fundamento…
Mediante un fenómeno de proyección, el odio del agresor es proporcional al odio que él mismo imagina en su víctima. La ve como un monstruo destructor, violento y nefasto. En realidad, en este estadio, la víctima no siente ni odio ni ira, aun cuando esto le permitiría protegerse. El agresor le atribuye una intencionalidad malvada y se anticipa agrediendo él en primer lugar. En cualquier caso, la víctima sigue siendo permanentemente culpable de un delito de intención".
LA VIOLENCIA ACTÚA Está claro que cualquier signo de hacer frente, como la separación, es interpretada por el acosador como un signo de salir de su dominio. Él calcula todo, pues su vida no construye sino que se dedica a hostigar, a maquinar, es el signo de su mediocridad. "Los signos de hostilidad no aparecen en los momentos de exasperación o de crisis. La hostilidad tiene una presencia constante, permanente, en forma de pequeños toques que se dan todos los días o varias veces a la semana, durante meses e incluso durante años. No se expresa en un tono colérico, sino en un tono frío, que enuncia una verdad o una evidencia. Un perverso sabe hasta dónde puede llegar, sabe medir su violencia. Si siente que la víctima reacciona en su presencia, retrocede hábilmente. La agresión se destila también a pequeñas dosis cuando se produce en presencia de testigos. Si la víctima reacciona y cae en la trampa de la provocación subiendo el tono, es ella la que parece agresiva, y el agresor aprovecha la ocasión para situarse en la posición de víctima.
Solamente las víctimas se hallan en condiciones de identificar en su memoria las huellas a las que se remiten las insinuaciones. Con frecuencia, los mismos jueces que se ven obligados a zanjar estas complicadas situaciones —por ejemplo, en un caso de divorcio— son víctima de la confusión y la manipulación, pues su desconfianza y sus precauciones les sirven de poco.
El profesor Emil Coccaro, en un estudio sobre la biología de la agresividad, ha calificado el fenómeno de agresividad depredadora. Ésta aparece en ciertos individuos que eligen a su víctima y premeditan su ataque más o menos como un animal depredador lo haría con su presa. La agresión no es más que el instrumento que permite al agresor obtener lo que desea.
Esta violencia es asimismo una violencia asimétrica. En el caso de la violencia simétrica, los dos adversarios aceptan la confrontación y la lucha. Aquí, por contra, el que pone en práctica la violencia se define a sí mismo como existencialmente superior al otro, lo cual, por lo general, es aceptado por el que la recibe. Reynaldo Perrone ha calificado este tipo de violencia insidiosa de «violencia castigo». Como no se producen treguas ni reconciliaciones, la violencia se convierte en una violencia enmascarada, íntima y cerrada. Ninguno de sus actores habla de ella exteriormente. El que inflige el sufrimiento considera que quien lo padece se lo merece y que no tiene derecho a quejarse. Si la víctima reacciona y deja de comportarse como un objeto dócil, el agresor se considera amenazado o agredido. Quien, en un principio, había iniciado la violencia, se coloca ahora en la posición de víctima. Cualquier reacción emotiva o de sufrimiento por parte de la víctima implica una escalada de violencia o una maniobra diversiva (indiferencia, falsa sorpresa...) por parte del agresor.
El proceso que queda establecido se parece a un proceso fóbico recíproco: la visión de la persona odiada provoca una rabia fría en el perverso; la visión de su perseguidor desencadena en la víctima un proceso de miedo.
Cuando un perverso se ha decidido por una presa, ya no la suelta. Con frecuencia, lo anuncia abiertamente: «De ahora en adelante, mi único objetivo en la vida consistirá en no dejarle vivir». Y se las arregla para que esto se convierta en realidad.
El proceso circular, una vez desencadenado, no se puede detener solo, pues el registro patológico de sus protagonistas se agrava: el perverso se vuelve cada vez más humillante y violento; y la víctima se siente cada vez más impotente y herida. No hay ninguna prueba de la realidad que está padeciendo. Cuando hay violencia física, sí hay elementos exteriores que están ahí para atestiguar lo que sucede: informes médicos, testimonios oculares, o informes policiales. Pero en una agresión perversa no hay ninguna prueba. Se trata de una violencia «limpia». Nadie ve nada".
LA VÍCTIMA ESTÁ ACORRALADA
Aun divorciado el perverso intentará manipular a su objetivo a través de los hijos, y de las demás personas, pues vive para su víctima. Así que hay que aprender a vivir prescindiendo de la persona perversa, y procurar no entrar en su juego amargado, sino responder bien por mal, pero con justicia y contundencia, esta será la manera de interactuar con ellos. "El perverso intenta que su víctima actúe contra él para poder acusarla de «malvada». Lo importante para él es que la víctima parezca responsable de lo que le ocurre. El agresor utiliza una debilidad de su víctima —una tendencia depresiva, histérica o caracterial— para caricaturizarla y conseguir que ella misma se desacredite. Hacer caer al otro en el error permite criticarlo o rebajarlo, pero, sobre todo, se le proporciona una mala imagen de sí mismo y se refuerza su culpabilidad.
Cuando la víctima no controla suficientemente la situación, basta con cargar las tintas en la provocación y el desprecio para obtener una reacción que luego se le podrá reprochar. Por ejemplo, si su reacción es la ira, se procura que todo el mundo se dé cuenta de ese comportamiento agresivo, de tal modo que hasta a un espectador exterior se le pueda ocurrir llamar a la policía. Los perversos llegan incluso a incitar al otro al suicidio: «Pobrecita mía, no tienes nada que esperar de la vida, no entiendo cómo no has saltado todavía por la ventana». Después, al agresor no le cuesta nada presentarse como una víctima de una enferma mental.
…Corromper es su objetivo supremo. Y alcanza su máximo placer cuando consigue que su víctima se vuelva también destructora, o cuando logra que varios individuos se aniquilen entre sí.
Todos los perversos, ya sean sexuales o narcisistas, intentan atraer a los demás hacia su propio registro para luego conducirlos a pervertir las reglas.
Su fuerza de destrucción depende en gran medida de la propaganda que difunden para mostrar a los demás hasta qué punto su víctima es «malvada» y por qué resulta, por lo tanto, razonable llamarle la atención. A veces lo logran, y consiguen asimismo la colaboración de aliados a los que también manipulan mediante un discurso que se basa en la burla y en el desprecio de los valores morales.
Para un perverso, el mayor fracaso es el de no conseguir atraer a los demás al registro de la violencia. Por lo tanto, ésta es la única manera de atajar la propagación del proceso perverso".