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Primer post: 6 jul 2013Último post: 10 may 2014
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Adoptar es una opción
InfoporAnónimo12/15/2013

El único fin que persigue este Post es el de dar información a quienes estén interesados en el tema y a quienes no lo estén también, por el simple hecho de que la información que reciben la pueden dar y esta puede ser de utilidad para quien la necesite y esté buscando. "La Adopción NO busca darle un HIJO a los adultos que DESEAN ser padres, sino brindarle una familia a un niño que la NECESITA" En la Argentina hay dos tipos de adopción: Adopción Plena Artículo 323.-La adopción plena, es irrevocable. Confiere al adoptado una filiación que sustituye a la de origen. El adoptado deja de pertenecer a su familia biológica y se extingue el parentesco con los integrantes de ésta así como todos sus efectos jurídicos, con la sola excepción de que subsisten los impedimentos matrimoniales. El adoptado tiene en la familia del adoptante los mismos derechos y obligaciones del hijo biológico. Artículo 325.-Sólo podrá otorgarse la adopción plena con respecto a los menores; a) Huérfanos de padre y madre; b) Que no tengan fijación acreditada; c) Cuando se encuentren en un establecimiento asistencial y los padres se hubieran desentendido totalmente del mismo durante un año o cuando el desamparo moral o material resulte evidente, manifiesto y continuo, y esta situación hubiese sido comprobada por la autoridad judicial; d) Cuando los padres hubiesen sido privados de la patria potestad; e) Cuando hubiesen manifestado judicialmente su expresa voluntad de entregar al menor en adopción. En todos los casos deberán cumplirse los requisitos previstos en los artículos 316 y 317. Artículo 327.-Después de acordada la adopción plena no es admisible el reconocimiento del adoptado por sus padres biológicos, ni el ejercicio por el adoptado de la acción de filiación respecto de aquellos, con la sola excepción de la que tuviese por objeto la prueba del impedimento matrimonial del artículo 323. Adopción Simple Artículo 329.-La adopción simple confiere al adoptado la posición del hijo biológico; pero no crea vínculo de parentesco entre aquél y la familia biológica del adoptante, sino a los efectos expresamente determinados en este Código. Los hijos adoptivos de un mismo adoptante serán considerados hermanos entre sí. Artículo 335.-Es revocable la adopción simple: a) Por haber incurrido el adoptado o el adoptante en indignidad de los supuestos previstos en este Código para impedir la sucesión: b) Por haberse negado alimentos sin causa justificada; c) Por petición justificada del adoptado mayor de edad; d) Por acuerdo de partes manifestado judicialmente, cuando el adoptado fuera mayor de edad. La revocación extingue desde su declaración judicial y para lo futuro todos los efectos de la adopción. Artículo 336.-Después de la adopción simple es admisible el reconocimiento del adoptado por sus padres biológicos y el ejercicio de la acción de filiación. Ninguna de estas situaciones alterará los efectos de la adopción establecidos en el artículo 331. ¿Quién puede adoptar? Artículo 315.-Podrá ser adoptante toda persona que reúna los requisitos establecidos en este Código cualquiera fuese su estado civil, debiendo acreditar de manera fehaciente e indubitable, residencia permanente en el país por un período mínimo de cinco años anterior a la petición de la guarda. No podrán adoptar: a) Quienes no hayan cumplido treinta años de edad, salvo los cónyuges que tengan más de tres años de casados. Aún por debajo de éste término, podrán adoptar los cónyuges que acrediten la imposibilidad de tener hijos. b) Los ascendientes a sus descendientes. c) Un hermano a sus hermanos o medio hermanos. Artículo 320.-Las personas casadas sólo podrán adoptar si lo hacen conjuntamente, excepto en los siguientes casos: a) Cuando medie sentencia de separación personal; b) Cuando el cónyuge haya sido declarado insano, en cuyo caso deberá oírse al curador y al Ministerio Público de Menores: c) Cuando se declare judicialmente la ausencia simple, la ausencia con presunción de fallecimiento o la desaparición forzada del otro cónyuge. Artículo 316.-El adoptante deberá tener al menor bajo su guarda durante un lapso no menor de seis meses ni mayor de un año el que será fijado por el Juez. El juicio de adopción solo podrá iniciarse transcurridos seis meses del comienzo de la guarda. La guarda deberá ser otorgada por el juez o tribunal del domicilio del menor o donde judicialmente se hubiese comprobado el abandono del mismo. Estas condiciones no se requieren cuando se adopte al hijo o hijos del cónyuge. Artículos extraídos de la LEY Nº 24.779. Ley de Adopción (febrero, 1997) Para consultar la Ley completa visitar: http://www.serfamiliaporadopcion.org/informandonos-sp-1858402066/legales/leyes-nacionales/vigentes/12-ley-24779-de-adopcion#.Uq4fqxDCCM9 Requisitos básicos para adoptar (algunos varian según la provincia). Consultar siempre en el juzgado que corresponda -Certificado de domicilio -Certificado de buena conducta o antecedentes penales -Certificado de buena salud (*) -Informe socio-ambiental -Informe psicológico -Constancia de ingresos (recibo de sueldo para trabajadores en relación de dependencia o certificación de ingresos si trabajan por cuenta propia) -D.N.I. (1º y 2º hoja y cambio de domicilio si lo hubiera) -Libreta de casamiento (en el caso de cónyuges) -Partida de nacimiento (de los hijos, si los hubiera) -Certificado de esterilidad (**) (*) es posible que soliciten que sea realizado y firmado por organismo/entidad oficial (**) en el caso de cónyuges que tengan menos de 3 años de casados (ver art. 315, inciso (a) de la ley 24.779 de Adopción) También es factible que pidan: -análisis de HIV -foto de cada uno de los postulantes y si hubiera hijos ya, también de ellos (lo más actualizada posible) -foto familiar (lo más actualizada posible) -fotocopia de la escritura del inmueble donde se habita o contrato de alquiler en el caso de no ser propietarios -certificado de deudores alimetarios morosos Datos Útiles Registro Unico de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA) Servicio: Tiene como objetivo principal formalizar una lista de aspirantes a guarda con fines adoptivos, conformada por los diferentes Registros Provinciales. Dirección: Av. Belgrano 1177 - 1º Piso, CABA. Teléfono: 4384-9107 / 08 / 09 Email: [email protected] Web: www.jus.gov.ar/registro-aspirantes-con-fines-adoptivos.aspx Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (RUAGA), CABA. Servicio: Registro único para postulantes para la adopción de niños. Los postulantes deben registrarse, ser entrevistados, recibir cursos especiales y, para el caso de ser admitidos, su legajo será remitido a la base de datos de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (RUA), dependiente del Ministerio de Justicia de la Nación (http://www.jus.gov.ar/minjus/RUA/content_RUA.html). Cuando exista un niño en condiciones de ser adoptado el juez de familia interviniente requerirá dichos legajos al RUA. Dirección: Bartolomé Mitre 648, 8º piso, CABA. Teléfono: 4342-8485 / 7870 Atención: Lunes a viernes de 10 a 16 hs. Email: [email protected] Web: http://www.infanciayderechos.gov.ar/files/home_servi.php?sub=s_7 Asesoría General Tutelar (GCBA) Servicio: Asesoramiento para dar niños en adopción cuando la madre no quiere o no puede tenerlos. Atención: Lunes a viernes de 8 a 18 hs. Dirección: Alsina 1826, CABA. Teléfono: 5297-8020 Acá les dejo dos videos que pueden orientar un poco más en el tema. "Testimonio de una mamà y su hija" - Testimonio de Mónica y Carolina Oven link: http://www.youtube.com/watch?v=YLRQ0Wd-mAc&feature=player_embedded#t=0 "Desde los mitos a las realidades en la Adopción" - Exposición del Lic. Gonzalo Valdés link: http://www.youtube.com/watch?v=G0HwPdSAsOk&feature=youtu.be Libros en internet sobre el tema: http://www.serfamiliaporadopcion.org/compartiendo/en-linea/lecturas Videos en internet sobre el tema: http://www.serfamiliaporadopcion.org/compartiendo/en-linea/videos Para ampliar más la información se recomienda visitar el sitio: http://www.serfamiliaporadopcion.org/ GRACIAS

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Problema Matemático de Adrian Paenza
Ciencia EducacionporAnónimo7/6/2013

Les traigo un pequeño problema de Matemática para pensar un rato. Resulta que un señor va a un comercio y compra 72 artículos idénticos (osea todos valen el mismo precio). El dueño del local le da el ticket, pero resulta que el primero y el último número no salieron: X679Y quedando sólo los 3 números del medio. ¿¿Cómo hacemos para averiguarlos?? El problema está sacado del progama "Alterados por Pi" de Adrián Paenza. Para aquellos que quieran pensarlo al menos un rato, no lean de aquí en adelante. Sabemos que los 72 artículos valen lo mismo, por lo tanto el precio final va a ser un múltiplo de 72. El número 72 lo podemos escribir como 8*9. Entonces el precio total va a tener que ser múltiplo de estos dos numeros. Para ser múltiplo de 8 es necesario que las últimas 3 cifras lo sean, en nuestro caso 79Y. 800 es múltiplo de 8 y para saber su múltiplo anterior le restamos 8 y nos da 792: ya obtuvimos el último número. Lo que queda ahora es más simple. Dijimos que 72 se podía reescribir como 8*9, y que el precio total debía ser múltiplo de ambos números. Para que el precio total sea múltiplo de 9, la suma de todas sus cifras debe ser múltiplo de 9. X6792. 6+7+9+2=24 Si le sumamos 3, la suma de todas las cifras da 27 que es múltiplo de 9. Por lo tanto el precio total es $36792. Espero que les haya gustado, y si llegaron por otro camino al mismo resultado, cuéntenlo!

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Carta al futuro
ArteporAnónimo9/4/2013

Y una vez más el papel viene a sacarme de la soledad: viene a tenderme un oído y la compañía que no encuentro en vos. Pero no es tu culpa, lo sé. Es imposible que encuentre compañía en vos porque no nos dignamos a presentarnos, mirarnos, ni siquiera encontrarnos. Claro, cuando me destapo de todas las actividades me empiezo a ver. La soledad es un gran espejo que me permite descubrirme y volverme a conocer. Es cómo cuando la pista de baile va quedando vacía y podés distinguir los últimos bailarines. Bueno, esta soledad me permite distinguirme, escuchar mis diferentes momentos anímicos, respirarme, saber qué es lo que quiero, lo que me gusta, lo que no. Sé que soy redundante pero quiero que entiendas que inventarte es lo que mínimamente me va acercando a vos, me permite saber que existís. Sé que cuando estemos juntos voy a recordar estos años que vivo sin vos. Voy a recordar que estoy sólo conmigo y no me arrepentiré. Sin embargo, me la paso planeando qué haría si estuvieras ahora conmigo en estas crudas vacaciones. Algo me falta, y eso sólo lo alcanzo con vos: un paseo en bici, una charla telefónica, mirarte la luz de los ojos mientras comemos, enroscarme en tu cuerpo o jugar carreras en la calle. Tengo ganas de dejarme caer en tus brazos y que así se me caigan todos los miedos que voy acumulando mientras no estamos juntos. Básicamente miedo a amar, a sentir y expresar, no medir, el miedo al desnudo, pero no precisamente el físico sino ese que me deja al descubierto y vulnerable. Ese que hace que vos me puedas ver y sentir tal cual soy, sin traducciones. Y así cuando me desprotejo de las defensas, irónicamente me fortalezco porque simplemente soy y ya sabés. No sé dónde estás, no sé quién o cuál sos, pero espero que el azar, el viento, el río, un país, una música o vaya a saber qué cosa, nos ponga frente a frente. Todo lo demás no importa, lo demás lo sentimos, yo por vos y vos por mí. 31 - 07 - 2013

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Todos mencionan a Borges pero pocos lo leyeron
Todos mencionan a Borges pero pocos lo leyeron
ArteporAnónimo10/16/2013

Del libro "La Cifra" (1981) UN SUEÑO En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular... El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben. Del libro "La rosa profunda" (1975) EL SUICIDA No quedará en la noche una estrella. No quedará la noche. Moriré y conmigo la suma del intolerable universo. Borraré las pirámides, las medallas, los continentes y las caras, haré polvo la historia, polvo el polvo. Estoy mirando el último poniente. Oigo el último pájaro. Lego la nada, a nadie. Del libro "El libro de arena" (1975) EL LIBRO DE ARENA ...thy rope of sands… George Herbert (1593-1623) La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico. Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas. Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora. -Vendo biblias -me dijo. No sin pedantería le contesté: -En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta. Al cabo de un silencio me contestó: -No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir. Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay. -Será del siglo diecinueve -observé. -No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta. Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño. Fue entonces que el desconocido me dijo: -Mírela bien. Ya no la verá nunca más. Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz. Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije: -Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad? -No -me replicó. Luego bajó la voz como para confiarme un secreto: -Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin. Me pidió que buscara la primera hoja. Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro. -Ahora busque el final. También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía: -Esto no puede ser. Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo: -No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número. Después, como si pensara en voz alta: -Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo. Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté: -¿Usted es religioso, sin duda? -Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico. Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume. -Y de Robbie Burns -corrigió. Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté: -¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico? -No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada. Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan. -Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres. -A black letter Wiclif! -murmuró. Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo. -Trato hecho -me dijo. Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó. Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre. Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches. Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia. No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro. Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad. Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta. Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta. Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México. Y por último, del mismo libro: EL OTRO El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror. Me le acerqué y le dije: -Señor, ¿usted es oriental o argentino? -Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación. Hubo un silencio largo. Le pregunté: -¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa? Me contestó que si. -En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge. -No -me respondió con mi propia voz un poco lejana. Al cabo de un tiempo insistió: -Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris. Yo le contesté: -Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg. -Dufour -corrigió. -Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso? -No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano. La objeción era justa. Le contesté: -Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar. -¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad. Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije: -Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera? Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido: -Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están? -Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas. Vaciló y me dijo: -¿Y usted? No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié. Cambié de tono y proseguí: -En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní. Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era. -Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad. -Se me ha desdibujado. ¿Que tal es? No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia. -El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava. Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado. Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido. Enumeró dos o tres, entre ellos El doble. Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa. -La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa. Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos. -¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine. Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias. -Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba. Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después. Casi no me escuchaba. De pronto dijo: -Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges? No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción: -Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo. Aventuró una tímida pregunta: -¿Cómo anda su memoria? Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté: -Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase. Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño. Una brusca idea se me ocurrió. -Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo. Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde. Lentamente entoné la famosa línea: L'hydre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra. -Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa. Hugo nos había unido. Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz. -Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho. Se quedó mirándome. -Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir. Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy. De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo. -Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero? -Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile. -Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas. Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros. Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez. -No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.) -Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas. Hizo pedazos el billete y guardó la moneda. Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso. Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios. Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme. -¿A buscarlo? -me interrogó. -Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido. He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro. El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.

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1
S
Sólo hay un momento para hacer que las cosas cambien
ArteporAnónimo12/31/2013

Estabas sentada almorzando en aquel Bufet de Varadero, Cuba. Hubo algo que atrapó mis ojos, quizás fue tu delicada piel o quizás fueron tus calmos y tímidos movimientos. Más tarde en la playa te volví a ver y creo que esa fue la primera vez que me viste. Nos sentamos con Germán y Juampi cerca de ustedes. Ahí mismo desarrollamos un cortejo visual. Recuerdo que me era difícil sacar la vista de vos. Temí estar intimidándote. Leías una revista que imagino te encanta, ya que todas las tardes la leías mientras Helena le mostraba su cuerpo al sol. Recuerdo que me miraste y sentí que en algún punto querías dejar escapar una sonrisa, pero alguna parte tuya no te lo permitió. Yo me encontraba parado dando pequeños pasos nerviosos, evaluando con Germán la posibilidad de hablarles. Pero así como tu sonrisa no se desnudaba ante mis ojos, había una parte mía que no me dejaba hablarte. Quizás pensé mucho, quizás calculé muchas cosas. Cada instante que pasaba, me proponía hablarles, pero un segundo después, mi mente ahogaba aquellos deseos. Aquel día se fue y me desangré pensando que vos y Helena eran pareja. Ese maldito prejuicio que había encontrado, era la excusa perfecta para quedarme en una silenciosa y cómoda posición. Fue, en parte, el responsable de mantenerme quieto y aislado. Aunque también, por otro lado reconozco que no me es fácil iniciar una charla con gente que no conozco. El martes amaneció, y cuando te vi en la playa nuevamente, me dirigí a Helena con un tímido “hola”. Intercambiamos sonrisas, pero la conversación empezó y terminó en ese saludo. Aquellos segundos amplios después del saludo, se desgranaron en mis manos y no pude hacer otra cosa que seguir caminando. Esa vez nos sentamos un poco más lejos, pero aun así, tenía esperanzas de iniciar una charla. Quería iniciar la charla con una pregunta correcta y tal vez ese era mi mayor desacierto: pasar el tiempo pensando qué decir, y cuáles serían las posibles respuestas. Temía fuertemente el silencio después de alguna de las premeditadas preguntas. En otras palabras, temía que mi esfuerzo se derrumbara en silencio. Mientras todas estas ideas atravesaban mi cabeza, yo estaba anclado a mi reposera, vos leyendo tu revista, y el tiempo pasando. Así la mañana se iba: fumabas algún cigarrillo, compartías algún refresco con Helena y tomabas sol. Por la tarde di un paseo con Juampi hacia la playa del otro hotel, y cuando regresábamos, Juampi advirtió tu presencia. Estabas sola con tu cámara y me dijo que podía dejarme solo para acercarme a hablarte, pero no quise. Mejor dicho, me moría de ganas, pero no me animé. No me gusta ser obvio. Otra oportunidad se fue junto con la tarde. Me quedé sin noticias tuyas. Despertó el miércoles y cada día que pasaba, sentía que estaba tan cerca de la posibilidad de hablarte, como de la posibilidad de olvidar todas esas ganas y curiosidad que me generabas. Era simple y difícil a la vez. Llegamos a la playa con Germán y Juampi y no estaban. Me sobrevino alivio y bronca. Por la tarde tampoco estaban y decidí ir a dar un paseo por aquella playa que había visitado el martes y a la cual no le había tomado ninguna foto. Invite a mis amigos, pero ninguno quiso venir. Ir para ese lado fue una buena decisión ya que ella me habilitaba la posibilidad de cruzarlas y generar un encuentro casual. Así sucedió. Al caminar unos 150 metros las vi. Helena te sacaba fotos mientras las olas golpeaban tu cuerpo que posaba en la arena, tu rostro permanecía sereno. No recuerdo que le sonrieras fuertemente a la cámara. Tenías puesta una remera blanca. Era mi momento, el que tanto había esperado: ese encuentro repentino, involuntario, que haría que desemboquemos en una charla amena. Una vez cerca de ustedes, toda esa energía se disolvió y sólo pude seguir caminando casi como si la playa estuviera desierta. Daba la sensación de que no las había visto, de que no me interesaban, de que todo se desvanecía a cada paso. Siempre sentí la necesidad de que el encuentro con una mujer no sea una irrupción violenta. Sino que sea algo que simplemente sucede, así como una manzana crece, madura y cae del árbol. Pero lamentablemente, generar un espacio de charla con una persona desconocida, en un gran porcentaje de veces requiere de un motor, necesita que una idea o deseo deje de serlo, para convertirse en una acción tangible. Sigo intentando disfrazar este proceso. Caminé algunos metros más y el camino se tornaba menos transitable, una formación de rocas se devoraba a la orilla, creando algo similar a los acantilados. Tomé otro camino y llegué hasta la otra playa donde tomé unas cuantas fotografías. Para esos momentos, ya no sabía qué cruzaba por mi cabeza, sabía que al regresar otro fracaso me podría sorprender. Emprendí mi regreso y a lo lejos las volví a ver. Ya habían terminado su sesión de fotos y sus movimientos mostraban intención de irse de aquel lugar. La playa tenía una pequeña orilla, a la cual le sucedía longitudinalmente una formación pedregosa baja de unos tres metros de ancho aproximadamente. Luego de ella, más playa. Helena y vos, estaban tratando de atravesar dicho camino filoso, e increíblemente cuando estaban en esa peligrosa situación, yo pasaba a pocos metros. No lo dudé, y les advertí, en castellano, que tengan cuidado. Les tendí mis dos manos en señal de ayuda, las recibieron con gusto y pudieron terminar de atravesar aquel suelo hostil. Ahí quedamos los tres parados. Un instante de silencio nos inundó, toda el agua del mar nos comió y sentí que todo podía morir ahí, que todo podía morir en aquel gesto ingenuo de caballerosidad. Pero impulsivamente lancé una pregunta en inglés: ¿de dónde son?”. Sólo eso fue suficiente para desembocar en aquella charla que tanto deseé. Helena era más suelta y sostuve la charla con ella. La primera vez que te vi frente a mí, me maravillé con el color de tus ojos. No eran comunes y la luz de aquel sol que comenzaba a irse los embellecía. Recuerdo que en el borde del iris los colores eran calmos, pero a medida que uno se acercaba a las profundidades del centro, los colores se tornaban inevitablemente intensos, revueltos. En ese mismo instante, llegué a tocar tu esencia, pero eso fue algo que naturalmente entendí más adelante. Pregunté sus nombres y el tuyo me encantó: Nicole. El tono grave de tu vos me sorprendió, nunca lo hubiera imaginado así. Una voz suave y tranquila. Ya para cuando la breve charla que sosteníamos los tres iba encontrando su fin, volví a repetir mi invitación para que vengan a conocer Argentina, y Helena quiso que nos pasemos algunos datos como para poder estar conectados. Obviamente, como estábamos caminando en una playa, ninguno tenía algo para escribir y eso fue magnífico porque posibilitó que Helena, con mucha naturalidad, me invitara a su búngalo después de cenar. Les avisé que no estaba solo, dos amigos me acompañaban en el viaje. Una vez más Helena me sorprendió preguntando si ellos eran lindos y al despedirnos quiso secar su mano para estrecharla con la mía en señal de saludo, pero yo le dije que en Argentina solíamos dar un beso, por lo que me acerqué y nos dimos dos besos con cada una. Caminé de regreso a donde estaban mis amigos, y no lo podía creer. Esa noche me iba a juntar con aquellas chicas que tanta llamaron mi atención. Sentía como la sangre corría por mis venas. La adrenalina justa. Cuando los encontré, les conté toda la situación y se sorprendieron. Lo que había estado solo en mi cabeza en forma de ideas y suposiciones, empezaba a tomar forma. Ahora ya no pensaba más en como acercarme a ellas, cómo iniciar una charla, qué preguntarles. Ahora solo sabía que después de la cena nos íbamos a ver. Eso me ponía contento. Me daba vida. Aquella noche me bañe y me perfumé como todas las otras noches, pero aún así, era diferente, porque esa vez lo hacía para alguien que no era yo. Cerca de las 10.30 hs nos dirigimos con Germán y Juampi al búngalo de las chicas. Ahí estaban, sentadas en la entrada, tomando algo. Pasamos una linda noche, tomamos unos tragos, charlamos, nos conocimos un poco más. Helena era un lindo personaje, y Nicole era muy tímida. Helena decía que a Nicole le gustaba primero observar a la gente. Decían que yo debía de ser animador o algo, porque hablaba mucho. En mi cotidianeidad no soy de hablar mucho, soy más bien callado, pero cuando estoy feliz suelo desbordar de palabras. Fui a buscar unos tragos al bar del hotel, que por cierto quedaba bastante lejos, y en el camino me perdí. Después de unos 20 minutos regresé, y me contaron que habían estado hablando de mí y que era, según Helena, la persona indicada para Nicole. No me gusta sentir presión. Me gusta que las cosas fluyan. Pero la presión me dominó e invité a Nicole a caminar. Me dijo que no. Helena alegaba que necesitábamos más alcohol. Nos compartieron Ron, Habanos, y cigarrillos. Nos reímos, buscamos música entretenida para escuchar y bailar, Nicole me mostró fotos, adivinábamos nuestros trabajos, nuestras edades, y así la noche transcurría. Helena y Nicole se iban de regreso a Alemania al día siguiente, así que sabía que esa era la última vez que las iba a ver. Fue de esas noches que quiero que nunca terminen: no siento cansancio, me olvido del tiempo y sólo quiero estar ahí. En una de mis travesías en busca de alcohol abandoné a Germán que iba en busca de otra chica. Quedamos Casanova (apodo que le puso Helena a Juampi por una película, haciendo alusión a que él era un galán) Helena, Nicole y yo. Nos tomamos algunas fotos, nos hicimos unos cortos masajes y la noche iba alcanzando su fin. Sentí que era difícil poder llegar a algo más. Saludamos con Juampi y nos fuimos. Mi saludo con Nicole fue extraño, tenía muchas ganas de besarla, y sentí que ella tenía ganas de algo parecido. Nos dimos dos besos en la mejilla: cortos pero cargados de deseo, nos miramos y me alejé. Hicimos unos veinte metros con Juampi, y no lo podíamos creer, la noche había terminado, nunca más las ibamos a volver a ver, espontáneamente los dos dimos media vuelta y volvimos. No podíamos dejar que esa noche terminara. Nicole estaba cansada, y fuimos por más tragos. Tal vez ese fue un error: después del largo camino (que en algunas partes lo hicimos corriendo) regresamos y Nicole ya se había ido a dormir. Sólo quedaba Helena en la puerta ordenando algunas cosas. Helena me invito a pasar y llevarle el trago a Nicole. Cuando subí a su habitación la puerta estaba casi cerrada, traté de hacer silencio, la abrí un poco y la llegué a ver con la poca luz que había, tapada y descansando. ¡Qué momento difícil! Una parte mía me invitaba a ir y acostarme con ella y olvidarme de todo, pero también otra parte mía se inclinaba a respetar el descanso y la decisión de que esa noche terminara así. Cerré la puerta, bajé y saludé a Helena que me dijo algo que no voy a olvidar: “nos falto alcohol, música y tiempo”. Una gran verdad. Ella se quedó con Casanova y yo volví a mi habitación. El reloj daba las 4.30 am, y a las 6 tenía que levantarme para ir de excursión. Fijé la alarma y me desplomé en la cama. No sé qué pasó, pero a las 7.30 Germán me levantó diciendo que nunca me desperté para ir a la excursión, yo estaba extraviado mentalmente, no entendía nada. Perdí la excursión y no quería otra cosa que verte. Desayuné, y me fui a tu búngalo. Los chicos ya no entendían lo que hacía, no me reconocían, me decían que ya se habían ido, que su avión salía muy temprano, que me olvide. Busqué el milagro de encontrarlas. Y digo milagro, porque sabía que ya se habían ido. No podía entender que aquella historia tenga ese final, tan vacio. Cuando estaba llegando al búngalo, vi las toallas y la remera de Helena colgada en las sillas, la puerta estaba cerrada. No lo podía creer, la historia había jugado a mi favor, y no entendía como aún ellas estaban ahí. Supuse que estaban durmiendo, sólo habían pasado unas 4 horas de la despedida. No quise golpear la puerta, ya que despertarlas no hubiera sido algo muy lindo. Volví con los chicos y les conté que estaban. Un rato después, volví a ir. No quería que se vayan, no aceptaba el final de no volverles a hablar, había algo dentro de mi corazón que me instaba a ir y cambiar la historia. Cuando me acerqué por la playa, las vi, pero no estaban solas, estaban charlando con dos hombres. Me derrumbé, no entendí nada. Sentí que había sido partícipe de una noche más de ellas, y no lo podía soportar ya que yo había dejado parte mía en aquel encuentro. Me fui y volví varias veces, y ahí seguían charlando. Hasta que en una de mis tantas idas, encontré la puerta del búngalo abierta, y los dos hombres ya no estaban. Era mi oportunidad de cambiar la historia, de que tenga otro final. Me imaginaba en un futuro contando la historia con aquel final tan triste, y eso me animó. Me animé a hacer cosas que no sabía que podía hacer. Me dirigí a la puerta y toqué el timbre. No hubo respuesta, aunque yo escuchaba sus voces. Esperé, y volví a tocar. Así unas tres veces, sin respuesta. Me encontraba sentado en el escalón de la puerta, escuchando la respiración del mar y el canto de los pájaros, preguntándome qué hacía ahí sentado, qué buscaba. Pensé en irme, pensé que ellas ya no me querían atender pero también pensaba que ese era el momento en el que tenía que hacer las cosas, sino después, el lamento de no haberlas hecho me iba a atacar. Me acerqué a la puerta una vez más y aplaudí. No hubo respuesta. Lo hice una vez más, y después de un rato, escuché alguien bajando las escaleras, era Helena envuelta en una toalla, recién salía de ducharse. Por la expresión de su cara al verme entendí que estaba desconcertada de que yo esté ahí una vez más. Traté de que eso no me importe. Intercambiamos un par de palabras, le dije que necesitaba volver a verlas. Me dijo que espere, que estaban terminando de arreglarse. Esperé sentado en la mesa que habíamos estado hace algunas horas. Al rato bajaste, espléndida y simple, no sé qué habrás pensado cuando me viste ahí, yaciendo en la puerta de tu búngalo, sólo atiné a abrazarte rápidamente. Te dije que te extrañaba y que mi corazón decía que tenía que volver a verte. Y ahí estaba, abrazándote. Al fin había llegado a volver a verte, tenerte. Mi locura e insistencia me habían conducido otra vez a vos y estaba feliz por ello. Nos sentamos, charlamos solos mientras Helena terminaba de vestirse. Compartimos un silencio raro pero lindo. Llegó Helena y seguimos charlando los tres. Fumé un último cigarrillo que me convidaste y lo encendimos con nuestro pequeño ritual: vos el mío y yo el tuyo. Al rato vino Casanova que, sorprendido por el tiempo que yo estaba tardando en volver, intuyó que las había encontrado. Charlamos los cuatro, y las 12 se acercaban. Era la hora en la que debían dejar la habitación. Se tenían que ir. Nos despedimos. Te di un lindo y fuerte abrazo. No sé si esperabas que fuera tan largo y tan fuerte, pero no me importó y seguí expresando lo que sentía. Dos besos y una mirada fueron el preludio de un corto pero sentido beso en la boca que fluyó naturalmente. Sentí que los dos lo queríamos. Así fue el adiós. Me fui contento, logré no quedarme con aquella sensación vacía de la noche anterior. Sentí que ese beso no fue un final, sino un comienzo. Después de su partida algo nuevo sobrevino y era la sensación de que muchísimos kilómetros nos separaban. De que lo que había pasado fue un final, de que no volvería a pasar, de que no te volvería a ver. Tenía que amigarme con la idea de que eso ya había terminado y sólo formaría parte de un recuerdo. Aquella muchacha que me cautivó, que mantiene su nombre en mi cabeza y corazón ya está muy lejos de mí. Pero así son las historias que siempre soñé, las difíciles, las de película, las que implican imposibles, las que simplemente se dan y no se sabe qué va a ocurrir hasta que simplemente ocurra.

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Borges le habla a los artistas
ArteporAnónimo5/10/2014

Quiero compartir con ustedes un breve capítulo del libro "Discusión" (1932) llamado "La supersticiosa ética del lector" el cual, a mi entender, es un interesantísimo aporte para aquellos quienes producimos arte. Aplicable no sólo a la literatura, este capítulo se expande a la universalidad de los géneros artísticos. Sin más, los dejo con El Maestro. LA SUPERSTICIOSA ÉTICA DEL LECTOR La condición indigente de nuestras letras, su incapacidad de atraer, han producido una superstición del estilo, una distraída lectura de atenciones parciales. Los que adolecen de esa superstición entienden por estilo no la eficacia o la ineficacia de una página, sino las habilidades aparentes del escritor: sus comparaciones, su acústica, los episodios de su puntuación y de su sintaxis. Son indiferentes a la propia convicción o propia emoción: buscan tecniquerías (la palabra es de Miguel de Unamuno) que les informarán si lo escrito tiene el derecho o no de agradarles. Oyeron que la adjetivación no debe ser trivial y opinarán que está mal escrita una página si no hay sorpresas en la juntura de adjetivos con sustantivos, aunque su finalidad general esté realizada. Oyeron que la concisión es una virtud y tienen por conciso a quien se demora en diez frases breves y no a quien maneje una larga. (Ejemplos normativos de esa charlatanería de la brevedad, de ese frenesí sentencioso, pueden buscarse en la dicción del célebre estadista danés Polonio, de Hamlet, o del Polonio natural, Baltasar Gracián.) Oyeron que la cercana repetición de unas sílabas es cacofónica y simularán que en prosa les duele, aunque en verso les agencie un gusto especial, pienso que simulado también. Es decir, no se fijan en la eficacia del mecanismo, sino en la disposición de sus partes. Subordinan la emoción a la ética, a una etiqueta indiscutida más bien. Se ha generalizado tanto esa inhibición que ya no van quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales. Tan recibida es esta superstición que nadie se atreverá a admitir ausencia de estilo, en obras que lo tocan, máxime si son clásicas. No hay libro bueno sin su atribución estilística, de la que nadie puede prescindir —excepto su escritor. Séanos ejemplo el Quijote. La crítica, española, ante la probada excelencia de esa novela, no ha querido pensar que su mayor (y tal vez único irrecusable) valor fuera el psicológico, y le atribuye dones de estilo, que a muchos parecerán misteriosos. En verdad, basta revisar unos párrafos del Quijote para sentir que Cervantes no era estilista (a lo menos en la presente acepción acústico-decorativa de la palabra) y que le interesaban demasiado los destinos de Quijote y de Sancho para dejarse distraer por su propia voz. La Agudeza y arte de ingenio de Baltasar Gracián –tan laudativa de otras prosas que narran, como la del Guzmán de Alfarache– no se resuelve a acordarse de Don Quijote. Quevedo versifica en broma su muerte y se olvida de él. Se objetará que los dos ejemplos son negativos; Leopoldo Lugones, en nuestro tiempo, emite un juicio explícito: “El estilo es la debilidad de Cervantes, y los estragos causados por su influencia han sido graves. Pobreza de color, inseguridad de estructura, párrafos jadeantes que nunca aciertan con el final, desenvolviéndose en convólvulos interminables; repeticiones, falta de proporción, ese fue el legado de los que no viendo sino en la forma la suprema realización de la obra inmortal, se quedaron royendo la cáscara cuyas rugocidades escondían la fortaleza y el sabor” (El imperio jesuítico, página 59). También nuestro Groussac: “Si han de describirse las cosas como son, deberemos confesar que una buena mitad de la obra es de forma por demás floja y desaliñada, la cual harto justifica lo del humilde idioma que los rivales de Cervantes le achacaban. Y con esto no me refiero única ni principalmente a las impropiedades verbales, a las intolerables repeticiones o retruécanos ni a los retazos de pesada grandilocuencia que nos abruman, sino a la contextura generalmente desmayada de esa prosa de sobremesa” (Crítica literaria, página 41). Prosa de sobremesa, prosa conversada y no declamada, es la de Cervantes, y otra no le hace falta. Imagino que esa misma observación será justiciera en el caso de Dostoievski o de Montaigne o de Samuel Butler. Esta vanidad del estilo se ahueca en otra más patética vanidad, la de la perfección. No hay un escritor métrico, por casual y nulo que sea, que no haya cincelado (el verbo suele figurar en su conversación) su soneto perfecto, monumento minúsculo que custodia su posible inmortalidad, y que las novedades y aniquilaciones del tiempo deberán respetar. Se trata de un soneto sin ripios, generalmente, pero que es un ripio todo él: es decir, un residuo, una inutilidad. Esa falacia en perduración (Sir Thomas Browne: Urn Burial) ha sido formulada y recomendada por Flaubert en esta sentencia: La corrección (en el sentido más elevado de la palabra) obra con el pensamiento lo que obraron las aguas de la Estigia con el cuerpo de Aquiles: lo hacen invulnerable e indestructible (Correspondance, II, pág. 199). El juicio es terminante, pero no ha llegado hasta mí ninguna experiencia que lo confirme. (Prescindo de las virtudes tónicas de la Estigia; esa reminiscencia infernal no es un argumento, es un énfasis.) La página de perfección, la página de la que ninguna palabra puede ser alterada sin daño, es la más precaria de todas. Los cambios del lenguaje borran los sentidos laterales y los matices; la página “perfecta” es la que consta de esos delicados valores y la que con facilidad mayor se desgasta. Inversamente, la página que tiene, vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba. No se puede impunemente variar (así lo afirman quienes restablecen su texto) ninguna línea de las fabricadas por Góngora; pero el Quijote gana póstumas batallas contra sus traductores y sobrevive a toda descuidada versión. Heine, que nunca lo escuchó en español, lo pudo celebrar para siempre. Más vivo es el fantasma alemán o escandinavo o indostánico del Quijote que los ansiosos artificios verbales del estilista. Yo no quisiera que la moralidad de esta comprobación fuera entendida como de desesperación o nihilismo. Ni quiero fomentar negligencias ni creo en una mística virtud de la frase torpe y del epíteto chabacano. Afirmo que, la voluntaria emisión de esos dos o tres agrados menores –distracciones oculares de la metáfora, auditivas del ritmo y sorpresivas ele la interjección o el hipérbaton– suele probarnos que la pasión del tema tratado manda en el escritor, y eso es todo. La asperidad de una frase le es tan indiferente a la genuina literatura como su suavidad. La economía prosódica no es menos forastera del arte que la caligrafía o la ortografía o la puntuación: certeza que los orígenes judiciales de la retórica y los musicales del canto nos escondieron siempre. La preferida equivocación de la literatura de hoy es el énfasis. Palabras definitivas, palabras que postulan sabidurías adivinas o angélicas o resoluciones de una más que humana firmeza –único, nunca, siempre, todo, perfección, acabado– son del comerció habitual de todo escritor. No piensan que decir de más una cosa es tan de inhábiles como no decirla del todo, y que la descuidada generalización e intensificación es una pobreza y que así la siente el lector. Sus imprudencias causan una depreciación del idioma. Así ocurre en francés, cuya locución Je suis navré suele significar No iré a tomar el té con ustedes, y cuyo aimer ha sido rebajado a gustar. Ese hábito hiperbólico del francés está en su lenguaje escrito asimismo: Paul Valéry, héroe de la lucidez que organiza, traslada unos olvidables y olvidados renglones de Lafontaine y asevera de ellos (contra alguien): ces plus beaux vers du monde (Variété, 84). Ahora quiero acordarme del porvenir y no del pasado. Ya se practica la lectura en silencio, síntoma venturoso. Ya hay lector callado de versos. De esa capacidad sigilosa a tina escritura puramente ideográfica –directa comunicación de experiencias, no de sonidos– hay una distancia incansable, pero siempre menos dilatada que el porvenir. Releo estas negaciones y pienso: Ignoro si la música sabe desesperar de la música y si el mármol del mármol, pero la literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin. 1931

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La carta de amor que nunca me atreví a darte
OfftopicporAnónimo11/18/2013

Y tengo miedo que estés creciendo, que el mundo se apodere de tu espíritu, lo haga carne y lo inserte en él. Tengo miedo de que te vuelvas de este mundo, mientras estoy sentado leyéndote, recordándote, imaginándote y esperando que el hielo enfríe el vino que encierra mi vaso. No puedo evitar sentir que todo quedó atrás en un olvido de pares por mi incapacidad de amar, por mi inmadurez. Por estar atrapado en una red de pensamientos que no me dejaban sentir los sentimientos, o que los amoldaban, le daban formas que no les eran propias. Con vos tuve el fruto del espejismo que era real y volvía espejismo a toda la realidad. Y sin darme cuenta me llevabas años de madurez cuando yo pretendía ser el más grande por la ridícula estupidez de haber entrado algunos años antes que vos a este mundo que no nos cobija. Depositaba en tu edad mi justificación para no estar con vos, me creía mucho más grande y mientras escribo esto aprendo que tener las cosas claras te daba años de ventaja. Y vos lector, que no sos ella, te preguntarás que pasó, por qué no estoy más con ella. Y yo te diré lector, que tuve miedo y me rendí ante la ridícula pretensión de la belleza táctil. Única pretensión que me condujo a escribir este recuerdo que escribo por no estar junto a ella. Única pretensión que me condujo a que esto no sea una carta de regalo hacia ella. Qué fácil que volvías posible lo imposible y qué fácil que nos sumergíamos en nuestra lengua. Cuando toda tu magia se rociaba por todo mi ser, creía que era un por menor y buscaba ver en el campo de acción de los ojos: tu imagen, sin saber que lo que me estaba tocando era tu alma, y que nunca encontré una como la tuya, y no sólo una como la tuya, sino una como la tuya que cuajaba tanto con la mía. Qué apropiadamente supiste alejarte cuando yo te dije que no podía estar con vos, que quería todo y nada. Entendiste o no lo que te decía y yo se que te dolía mil infiernos, pero te alejaste y una vez más me enseñaste que no puedo estar jugando cuando de amor se trata. Una vez más me enseñaste que debía ser preso de mi indecisión y así padecer la condena de no tenerte. Te felicito y aunque no lo creas me hace apreciarte más, me hace saber lo mujer que sos. Una vez más le enseñaste a este niño que no sabe pararse y hacerse cargo de lo que sucede. No sé cómo interpretar el tiempo. No sé si es tiempo de volver y pelear, o simplemente es tiempo de que pase tiempo. Pero a la vez se que la naturaleza es sabia y si me alejó de vos por algo será, y me rehúso a pensar que es porque no somos el uno para el otro, sino que es porque aun me sigue enseñando a resolver problemas en soledad, aquellos mismos problemas que me impidieron oler tu ser y la oportunidad que con él se iba. Y sé que muero de ganas de ponerme frente a tus ojos y lo más hermoso es qué sé que no va a hacer falta palabra, sé que sólo puedo estar, sólo podemos estar y nada más. Finalmente me pregunto cómo actuar cuando te han dicho “vos sos el hombre de mil mundos posibles de eternos o infinitos mundos posibles”. A Carolina...

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