InicioArteSólo hay un momento para hacer que las cosas cambien

Sólo hay un momento para hacer que las cosas cambien

Arte12/31/2013
Estabas sentada almorzando en aquel Bufet de Varadero, Cuba. Hubo algo que atrapó mis ojos, quizás fue tu delicada piel o quizás fueron tus calmos y tímidos movimientos.

Más tarde en la playa te volví a ver y creo que esa fue la primera vez que me viste. Nos sentamos con Germán y Juampi cerca de ustedes. Ahí mismo desarrollamos un cortejo visual. Recuerdo que me era difícil sacar la vista de vos. Temí estar intimidándote. Leías una revista que imagino te encanta, ya que todas las tardes la leías mientras Helena le mostraba su cuerpo al sol. Recuerdo que me miraste y sentí que en algún punto querías dejar escapar una sonrisa, pero alguna parte tuya no te lo permitió. Yo me encontraba parado dando pequeños pasos nerviosos, evaluando con Germán la posibilidad de hablarles. Pero así como tu sonrisa no se desnudaba ante mis ojos, había una parte mía que no me dejaba hablarte. Quizás pensé mucho, quizás calculé muchas cosas. Cada instante que pasaba, me proponía hablarles, pero un segundo después, mi mente ahogaba aquellos deseos. Aquel día se fue y me desangré pensando que vos y Helena eran pareja. Ese maldito prejuicio que había encontrado, era la excusa perfecta para quedarme en una silenciosa y cómoda posición. Fue, en parte, el responsable de mantenerme quieto y aislado. Aunque también, por otro lado reconozco que no me es fácil iniciar una charla con gente que no conozco.

El martes amaneció, y cuando te vi en la playa nuevamente, me dirigí a Helena con un tímido “hola”. Intercambiamos sonrisas, pero la conversación empezó y terminó en ese saludo. Aquellos segundos amplios después del saludo, se desgranaron en mis manos y no pude hacer otra cosa que seguir caminando. Esa vez nos sentamos un poco más lejos, pero aun así, tenía esperanzas de iniciar una charla. Quería iniciar la charla con una pregunta correcta y tal vez ese era mi mayor desacierto: pasar el tiempo pensando qué decir, y cuáles serían las posibles respuestas. Temía fuertemente el silencio después de alguna de las premeditadas preguntas. En otras palabras, temía que mi esfuerzo se derrumbara en silencio. Mientras todas estas ideas atravesaban mi cabeza, yo estaba anclado a mi reposera, vos leyendo tu revista, y el tiempo pasando. Así la mañana se iba: fumabas algún cigarrillo, compartías algún refresco con Helena y tomabas sol. Por la tarde di un paseo con Juampi hacia la playa del otro hotel, y cuando regresábamos, Juampi advirtió tu presencia. Estabas sola con tu cámara y me dijo que podía dejarme solo para acercarme a hablarte, pero no quise. Mejor dicho, me moría de ganas, pero no me animé. No me gusta ser obvio. Otra oportunidad se fue junto con la tarde. Me quedé sin noticias tuyas.

Despertó el miércoles y cada día que pasaba, sentía que estaba tan cerca de la posibilidad de hablarte, como de la posibilidad de olvidar todas esas ganas y curiosidad que me generabas. Era simple y difícil a la vez. Llegamos a la playa con Germán y Juampi y no estaban. Me sobrevino alivio y bronca. Por la tarde tampoco estaban y decidí ir a dar un paseo por aquella playa que había visitado el martes y a la cual no le había tomado ninguna foto. Invite a mis amigos, pero ninguno quiso venir. Ir para ese lado fue una buena decisión ya que ella me habilitaba la posibilidad de cruzarlas y generar un encuentro casual. Así sucedió. Al caminar unos 150 metros las vi. Helena te sacaba fotos mientras las olas golpeaban tu cuerpo que posaba en la arena, tu rostro permanecía sereno. No recuerdo que le sonrieras fuertemente a la cámara. Tenías puesta una remera blanca. Era mi momento, el que tanto había esperado: ese encuentro repentino, involuntario, que haría que desemboquemos en una charla amena. Una vez cerca de ustedes, toda esa energía se disolvió y sólo pude seguir caminando casi como si la playa estuviera desierta. Daba la sensación de que no las había visto, de que no me interesaban, de que todo se desvanecía a cada paso. Siempre sentí la necesidad de que el encuentro con una mujer no sea una irrupción violenta. Sino que sea algo que simplemente sucede, así como una manzana crece, madura y cae del árbol. Pero lamentablemente, generar un espacio de charla con una persona desconocida, en un gran porcentaje de veces requiere de un motor, necesita que una idea o deseo deje de serlo, para convertirse en una acción tangible. Sigo intentando disfrazar este proceso. Caminé algunos metros más y el camino se tornaba menos transitable, una formación de rocas se devoraba a la orilla, creando algo similar a los acantilados. Tomé otro camino y llegué hasta la otra playa donde tomé unas cuantas fotografías. Para esos momentos, ya no sabía qué cruzaba por mi cabeza, sabía que al regresar otro fracaso me podría sorprender. Emprendí mi regreso y a lo lejos las volví a ver. Ya habían terminado su sesión de fotos y sus movimientos mostraban intención de irse de aquel lugar. La playa tenía una pequeña orilla, a la cual le sucedía longitudinalmente una formación pedregosa baja de unos tres metros de ancho aproximadamente. Luego de ella, más playa. Helena y vos, estaban tratando de atravesar dicho camino filoso, e increíblemente cuando estaban en esa peligrosa situación, yo pasaba a pocos metros. No lo dudé, y les advertí, en castellano, que tengan cuidado. Les tendí mis dos manos en señal de ayuda, las recibieron con gusto y pudieron terminar de atravesar aquel suelo hostil. Ahí quedamos los tres parados. Un instante de silencio nos inundó, toda el agua del mar nos comió y sentí que todo podía morir ahí, que todo podía morir en aquel gesto ingenuo de caballerosidad. Pero impulsivamente lancé una pregunta en inglés: ¿de dónde son?”. Sólo eso fue suficiente para desembocar en aquella charla que tanto deseé. Helena era más suelta y sostuve la charla con ella. La primera vez que te vi frente a mí, me maravillé con el color de tus ojos. No eran comunes y la luz de aquel sol que comenzaba a irse los embellecía. Recuerdo que en el borde del iris los colores eran calmos, pero a medida que uno se acercaba a las profundidades del centro, los colores se tornaban inevitablemente intensos, revueltos. En ese mismo instante, llegué a tocar tu esencia, pero eso fue algo que naturalmente entendí más adelante. Pregunté sus nombres y el tuyo me encantó: Nicole. El tono grave de tu vos me sorprendió, nunca lo hubiera imaginado así. Una voz suave y tranquila. Ya para cuando la breve charla que sosteníamos los tres iba encontrando su fin, volví a repetir mi invitación para que vengan a conocer Argentina, y Helena quiso que nos pasemos algunos datos como para poder estar conectados. Obviamente, como estábamos caminando en una playa, ninguno tenía algo para escribir y eso fue magnífico porque posibilitó que Helena, con mucha naturalidad, me invitara a su búngalo después de cenar. Les avisé que no estaba solo, dos amigos me acompañaban en el viaje. Una vez más Helena me sorprendió preguntando si ellos eran lindos y al despedirnos quiso secar su mano para estrecharla con la mía en señal de saludo, pero yo le dije que en Argentina solíamos dar un beso, por lo que me acerqué y nos dimos dos besos con cada una.

Caminé de regreso a donde estaban mis amigos, y no lo podía creer. Esa noche me iba a juntar con aquellas chicas que tanta llamaron mi atención. Sentía como la sangre corría por mis venas. La adrenalina justa. Cuando los encontré, les conté toda la situación y se sorprendieron. Lo que había estado solo en mi cabeza en forma de ideas y suposiciones, empezaba a tomar forma. Ahora ya no pensaba más en como acercarme a ellas, cómo iniciar una charla, qué preguntarles. Ahora solo sabía que después de la cena nos íbamos a ver. Eso me ponía contento. Me daba vida.

Aquella noche me bañe y me perfumé como todas las otras noches, pero aún así, era diferente, porque esa vez lo hacía para alguien que no era yo. Cerca de las 10.30 hs nos dirigimos con Germán y Juampi al búngalo de las chicas. Ahí estaban, sentadas en la entrada, tomando algo. Pasamos una linda noche, tomamos unos tragos, charlamos, nos conocimos un poco más. Helena era un lindo personaje, y Nicole era muy tímida. Helena decía que a Nicole le gustaba primero observar a la gente. Decían que yo debía de ser animador o algo, porque hablaba mucho. En mi cotidianeidad no soy de hablar mucho, soy más bien callado, pero cuando estoy feliz suelo desbordar de palabras. Fui a buscar unos tragos al bar del hotel, que por cierto quedaba bastante lejos, y en el camino me perdí. Después de unos 20 minutos regresé, y me contaron que habían estado hablando de mí y que era, según Helena, la persona indicada para Nicole. No me gusta sentir presión. Me gusta que las cosas fluyan. Pero la presión me dominó e invité a Nicole a caminar. Me dijo que no. Helena alegaba que necesitábamos más alcohol. Nos compartieron Ron, Habanos, y cigarrillos. Nos reímos, buscamos música entretenida para escuchar y bailar, Nicole me mostró fotos, adivinábamos nuestros trabajos, nuestras edades, y así la noche transcurría. Helena y Nicole se iban de regreso a Alemania al día siguiente, así que sabía que esa era la última vez que las iba a ver. Fue de esas noches que quiero que nunca terminen: no siento cansancio, me olvido del tiempo y sólo quiero estar ahí. En una de mis travesías en busca de alcohol abandoné a Germán que iba en busca de otra chica. Quedamos Casanova (apodo que le puso Helena a Juampi por una película, haciendo alusión a que él era un galán) Helena, Nicole y yo. Nos tomamos algunas fotos, nos hicimos unos cortos masajes y la noche iba alcanzando su fin. Sentí que era difícil poder llegar a algo más. Saludamos con Juampi y nos fuimos. Mi saludo con Nicole fue extraño, tenía muchas ganas de besarla, y sentí que ella tenía ganas de algo parecido. Nos dimos dos besos en la mejilla: cortos pero cargados de deseo, nos miramos y me alejé. Hicimos unos veinte metros con Juampi, y no lo podíamos creer, la noche había terminado, nunca más las ibamos a volver a ver, espontáneamente los dos dimos media vuelta y volvimos. No podíamos dejar que esa noche terminara. Nicole estaba cansada, y fuimos por más tragos. Tal vez ese fue un error: después del largo camino (que en algunas partes lo hicimos corriendo) regresamos y Nicole ya se había ido a dormir. Sólo quedaba Helena en la puerta ordenando algunas cosas. Helena me invito a pasar y llevarle el trago a Nicole. Cuando subí a su habitación la puerta estaba casi cerrada, traté de hacer silencio, la abrí un poco y la llegué a ver con la poca luz que había, tapada y descansando. ¡Qué momento difícil! Una parte mía me invitaba a ir y acostarme con ella y olvidarme de todo, pero también otra parte mía se inclinaba a respetar el descanso y la decisión de que esa noche terminara así. Cerré la puerta, bajé y saludé a Helena que me dijo algo que no voy a olvidar: “nos falto alcohol, música y tiempo”. Una gran verdad. Ella se quedó con Casanova y yo volví a mi habitación.

El reloj daba las 4.30 am, y a las 6 tenía que levantarme para ir de excursión. Fijé la alarma y me desplomé en la cama. No sé qué pasó, pero a las 7.30 Germán me levantó diciendo que nunca me desperté para ir a la excursión, yo estaba extraviado mentalmente, no entendía nada. Perdí la excursión y no quería otra cosa que verte. Desayuné, y me fui a tu búngalo. Los chicos ya no entendían lo que hacía, no me reconocían, me decían que ya se habían ido, que su avión salía muy temprano, que me olvide. Busqué el milagro de encontrarlas. Y digo milagro, porque sabía que ya se habían ido. No podía entender que aquella historia tenga ese final, tan vacio. Cuando estaba llegando al búngalo, vi las toallas y la remera de Helena colgada en las sillas, la puerta estaba cerrada. No lo podía creer, la historia había jugado a mi favor, y no entendía como aún ellas estaban ahí. Supuse que estaban durmiendo, sólo habían pasado unas 4 horas de la despedida. No quise golpear la puerta, ya que despertarlas no hubiera sido algo muy lindo. Volví con los chicos y les conté que estaban. Un rato después, volví a ir. No quería que se vayan, no aceptaba el final de no volverles a hablar, había algo dentro de mi corazón que me instaba a ir y cambiar la historia. Cuando me acerqué por la playa, las vi, pero no estaban solas, estaban charlando con dos hombres. Me derrumbé, no entendí nada. Sentí que había sido partícipe de una noche más de ellas, y no lo podía soportar ya que yo había dejado parte mía en aquel encuentro.

Me fui y volví varias veces, y ahí seguían charlando. Hasta que en una de mis tantas idas, encontré la puerta del búngalo abierta, y los dos hombres ya no estaban. Era mi oportunidad de cambiar la historia, de que tenga otro final. Me imaginaba en un futuro contando la historia con aquel final tan triste, y eso me animó. Me animé a hacer cosas que no sabía que podía hacer. Me dirigí a la puerta y toqué el timbre. No hubo respuesta, aunque yo escuchaba sus voces. Esperé, y volví a tocar. Así unas tres veces, sin respuesta. Me encontraba sentado en el escalón de la puerta, escuchando la respiración del mar y el canto de los pájaros, preguntándome qué hacía ahí sentado, qué buscaba. Pensé en irme, pensé que ellas ya no me querían atender pero también pensaba que ese era el momento en el que tenía que hacer las cosas, sino después, el lamento de no haberlas hecho me iba a atacar. Me acerqué a la puerta una vez más y aplaudí. No hubo respuesta. Lo hice una vez más, y después de un rato, escuché alguien bajando las escaleras, era Helena envuelta en una toalla, recién salía de ducharse. Por la expresión de su cara al verme entendí que estaba desconcertada de que yo esté ahí una vez más. Traté de que eso no me importe. Intercambiamos un par de palabras, le dije que necesitaba volver a verlas. Me dijo que espere, que estaban terminando de arreglarse. Esperé sentado en la mesa que habíamos estado hace algunas horas. Al rato bajaste, espléndida y simple, no sé qué habrás pensado cuando me viste ahí, yaciendo en la puerta de tu búngalo, sólo atiné a abrazarte rápidamente. Te dije que te extrañaba y que mi corazón decía que tenía que volver a verte. Y ahí estaba, abrazándote. Al fin había llegado a volver a verte, tenerte. Mi locura e insistencia me habían conducido otra vez a vos y estaba feliz por ello. Nos sentamos, charlamos solos mientras Helena terminaba de vestirse. Compartimos un silencio raro pero lindo. Llegó Helena y seguimos charlando los tres. Fumé un último cigarrillo que me convidaste y lo encendimos con nuestro pequeño ritual: vos el mío y yo el tuyo. Al rato vino Casanova que, sorprendido por el tiempo que yo estaba tardando en volver, intuyó que las había encontrado. Charlamos los cuatro, y las 12 se acercaban. Era la hora en la que debían dejar la habitación. Se tenían que ir. Nos despedimos. Te di un lindo y fuerte abrazo. No sé si esperabas que fuera tan largo y tan fuerte, pero no me importó y seguí expresando lo que sentía. Dos besos y una mirada fueron el preludio de un corto pero sentido beso en la boca que fluyó naturalmente.

Sentí que los dos lo queríamos. Así fue el adiós. Me fui contento, logré no quedarme con aquella sensación vacía de la noche anterior. Sentí que ese beso no fue un final, sino un comienzo.


Después de su partida algo nuevo sobrevino y era la sensación de que muchísimos kilómetros nos separaban. De que lo que había pasado fue un final, de que no volvería a pasar, de que no te volvería a ver. Tenía que amigarme con la idea de que eso ya había terminado y sólo formaría parte de un recuerdo.


Aquella muchacha que me cautivó, que mantiene su nombre en mi cabeza y corazón ya está muy lejos de mí. Pero así son las historias que siempre soñé, las difíciles, las de película, las que implican imposibles, las que simplemente se dan y no se sabe qué va a ocurrir hasta que simplemente ocurra.
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
147visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
4visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

l
lifeismusic🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts7
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.