Y tengo miedo que estés creciendo, que el mundo se apodere de tu espíritu, lo haga carne y lo inserte en él. Tengo miedo de que te vuelvas de este mundo, mientras estoy sentado leyéndote, recordándote, imaginándote y esperando que el hielo enfríe el vino que encierra mi vaso. No puedo evitar sentir que todo quedó atrás en un olvido de pares por mi incapacidad de amar, por mi inmadurez. Por estar atrapado en una red de pensamientos que no me dejaban sentir los sentimientos, o que los amoldaban, le daban formas que no les eran propias. Con vos tuve el fruto del espejismo que era real y volvía espejismo a toda la realidad. Y sin darme cuenta me llevabas años de madurez cuando yo pretendía ser el más grande por la ridícula estupidez de haber entrado algunos años antes que vos a este mundo que no nos cobija. Depositaba en tu edad mi justificación para no estar con vos, me creía mucho más grande y mientras escribo esto aprendo que tener las cosas claras te daba años de ventaja.
Y vos lector, que no sos ella, te preguntarás que pasó, por qué no estoy más con ella. Y yo te diré lector, que tuve miedo y me rendí ante la ridícula pretensión de la belleza táctil. Única pretensión que me condujo a escribir este recuerdo que escribo por no estar junto a ella. Única pretensión que me condujo a que esto no sea una carta de regalo hacia ella.
Qué fácil que volvías posible lo imposible y qué fácil que nos sumergíamos en nuestra lengua. Cuando toda tu magia se rociaba por todo mi ser, creía que era un por menor y buscaba ver en el campo de acción de los ojos: tu imagen, sin saber que lo que me estaba tocando era tu alma, y que nunca encontré una como la tuya, y no sólo una como la tuya, sino una como la tuya que cuajaba tanto con la mía. Qué apropiadamente supiste alejarte cuando yo te dije que no podía estar con vos, que quería todo y nada. Entendiste o no lo que te decía y yo se que te dolía mil infiernos, pero te alejaste y una vez más me enseñaste que no puedo estar jugando cuando de amor se trata. Una vez más me enseñaste que debía ser preso de mi indecisión y así padecer la condena de no tenerte. Te felicito y aunque no lo creas me hace apreciarte más, me hace saber lo mujer que sos. Una vez más le enseñaste a este niño que no sabe pararse y hacerse cargo de lo que sucede.
No sé cómo interpretar el tiempo. No sé si es tiempo de volver y pelear, o simplemente es tiempo de que pase tiempo. Pero a la vez se que la naturaleza es sabia y si me alejó de vos por algo será, y me rehúso a pensar que es porque no somos el uno para el otro, sino que es porque aun me sigue enseñando a resolver problemas en soledad, aquellos mismos problemas que me impidieron oler tu ser y la oportunidad que con él se iba. Y sé que muero de ganas de ponerme frente a tus ojos y lo más hermoso es qué sé que no va a hacer falta palabra, sé que sólo puedo estar, sólo podemos estar y nada más.
Finalmente me pregunto cómo actuar cuando te han dicho “vos sos el hombre de mil mundos posibles de eternos o infinitos mundos posibles”.
Y vos lector, que no sos ella, te preguntarás que pasó, por qué no estoy más con ella. Y yo te diré lector, que tuve miedo y me rendí ante la ridícula pretensión de la belleza táctil. Única pretensión que me condujo a escribir este recuerdo que escribo por no estar junto a ella. Única pretensión que me condujo a que esto no sea una carta de regalo hacia ella.
Qué fácil que volvías posible lo imposible y qué fácil que nos sumergíamos en nuestra lengua. Cuando toda tu magia se rociaba por todo mi ser, creía que era un por menor y buscaba ver en el campo de acción de los ojos: tu imagen, sin saber que lo que me estaba tocando era tu alma, y que nunca encontré una como la tuya, y no sólo una como la tuya, sino una como la tuya que cuajaba tanto con la mía. Qué apropiadamente supiste alejarte cuando yo te dije que no podía estar con vos, que quería todo y nada. Entendiste o no lo que te decía y yo se que te dolía mil infiernos, pero te alejaste y una vez más me enseñaste que no puedo estar jugando cuando de amor se trata. Una vez más me enseñaste que debía ser preso de mi indecisión y así padecer la condena de no tenerte. Te felicito y aunque no lo creas me hace apreciarte más, me hace saber lo mujer que sos. Una vez más le enseñaste a este niño que no sabe pararse y hacerse cargo de lo que sucede.
No sé cómo interpretar el tiempo. No sé si es tiempo de volver y pelear, o simplemente es tiempo de que pase tiempo. Pero a la vez se que la naturaleza es sabia y si me alejó de vos por algo será, y me rehúso a pensar que es porque no somos el uno para el otro, sino que es porque aun me sigue enseñando a resolver problemas en soledad, aquellos mismos problemas que me impidieron oler tu ser y la oportunidad que con él se iba. Y sé que muero de ganas de ponerme frente a tus ojos y lo más hermoso es qué sé que no va a hacer falta palabra, sé que sólo puedo estar, sólo podemos estar y nada más.
Finalmente me pregunto cómo actuar cuando te han dicho “vos sos el hombre de mil mundos posibles de eternos o infinitos mundos posibles”.
A Carolina...