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NovuNetero

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Primer post: 14 nov 2009Último post: 15 nov 2009
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Infamia
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/14/2009

A los Hombres no se les puede domar como si fueran perros o caballos, cuando más golpeas a un hombre más se revela, para doblegar su voluntad, su espíritud, hay que destruirlo psicológicamente. La gente piensa que hay que luchar con dignidad que se puede matar a alguién decentemente, es absurdo, anestésico, lo necesitamos para soportar lo horrible que es un asesinato; hay que destruir esa idea y mostrar lo repugnante y terrible que es matar a alguién y luego demostrar que disfrutas con ello. Tira a herir y luego ejecuta a los heridos, quémalos, mátalos cuerpo a cuerpo; si destrulles sus ideas preconcebidas sobre lo que es un hombre te conviertes en su monstruo particular, cuando te temen te vuelves más fuerte, mejor, pero no olvides que es una exhibición, una pose, como el rugido de un león o el gorila que se golpea el pecho, si te quedas en la pose, si sucumbes al horror, te conviertes en un monstruo y te ve reducido a algo inferior a un hombre y eso puede resultar fatal.

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El Hacedor de Sombras.... Sombras y cenizas
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/15/2009

<<Ya llega, ya está aquí, Ivihs Ila, El Hacedor de Sombras>> se podía leer en los cientos de carteles desperdigados por el pueblo. En efecto, el anuncio de la llegada de unos de los más reputados artistas había causado gran revuelo incluso entre los más viejos del lugar, que no cesaban de cuestionarse cómo el incompetente del alcalde había logrado convencerlo. Desde luego, tras los aciagos resultados de su mandato y sus promesas incumplidas, menos que poco se podía esperar de él. No obstante, parecía cierto. El ayuntamiento ya había habilitado el terreno para el escenario de la función, lejos del caserío y al aire libre, tal como el propio Ivihs Ila expresamente había pedido. Poco a poco, con el transcurso de las semanas, el boca a boca hizo que no se conversara sobre otro tema. Tanto niños como mayores no paraban de asombrarse ante la habilidad que el mago presumía hacer gala. Una habilidad nueva para el público, incluso para el más experimentado, ilustrada en los carteles como sombras danzarinas. La noticia causó tal expectación que algunos avispados poco tardaron en hacer negocio vendiendo camisetas personalizadas y demás artículos propios de este tipo de eventos. Y desde luego, se vendían. Quizá porque no estaban muy familiarizados con visitas de tal índole. Quizá también porque se consideraba un hecho extraordinario que el Señor Alcalde hubiera tenido un mínimo de complicidad con su gente por una vez. Caminando entre las empedradas callejuelas, directo al espectáculo, se encontraba Wesely, casi con total probabilidad el hombre más feliz sobre La Tierra. No terminaba de creerse que El Hacedor de Sombras, el gran mago de nuestro tiempo, hiciese una concesión a su ajetreada agenda. Sobre todo si buena parte de culpa la tenía él, joven entusiasta de la magia y admirador ferviente de Ivihs, al cual escribió meses atrás una carta muy sentida sobre lo que significaba su oficio para sí; el poder de hacer creíble lo increíble. Desde pequeño, desde antes, tal vez, le había fascinando el mundo de la varita y la chistera. Wesley sabía que alucinarían con la función. Él todavía alucinaba desde que leyó una entrevista en el periódico dominical sobre el recién adquirido truco de Ivihs, obtenido en uno de sus viajes a las islas de Java. Creaba sombras. Tal cual. Pero no sombras de cualquier naturaleza, sombras chinescas como ya practicaban algunos sobre las tapias. Tampoco empleaba objetos o juegos de pulgares, y apenas hacía falta su propia intervención. Simple y llanamente, creaba sombras. O más concretamente, como le gustaba decir, las invocaba, de ahí que muchas veces corrigiera al entrevistador apuntado que, aunque su nombre artístico indicase lo contrario, en verdad esas sombras ya existían. Él sólo se ocupaba de llamarlas. Ver para creer, que dirían algunos, y vaya si lo que en breve presenciarían convencería al más incrédulo. Quedaba apenas media hora para el comienzo del espectáculo y la luz del día daba paso a su antagónica. Un par de operarios se encontraba subido sobre el escenario, ultimando. El espacio donde concurriría el público todavía huérfano de bullicio. Pero él ya estaba ahí. Wesley no dejaría pasar la oportunidad de contemplar desde tan cerca al inigualable Ila. Ahora, el joven se dedicaba a pasear por las inmediaciones, mirando de cuando en cuando su reloj de pulsera y observando el decorado que, a su juicio, a pesar de parecer algo estrambótico, cumplía. Sin embargo, se quedó un rato mirando hacia unos frascos, apilados en forma de pirámide, a ambos lados de la tarima. Los acababan de colocar los dos operarios, con la debida precaución, tal como advertía uno de ellos al otro con la mano. Estaban pintados. De negro, con lo que no permitían siquiera vislumbrar el interior. ¿Su función? Una sonrisa pícara recorrió la cara de Wesley. Obviamente, sabía qué había en ellos. Obviamente, ignoraba cómo demonios el truco podía funcionar con semejante elemento. A falta de diez minutos, apenas quedaba sitio para mirar sin tener que estar encaramado a algún poste. Se podía llegar a decir sin miedo a equivocación o a caer en la exageración, que se había congregado casi el pueblo entero; o al menos, faltaban muy pocos. El minutero, para Wesley, había entrado en una dinámica parsimoniosa. Los segundos se estiraban interminables. Pero avanzaban. Sólo unos instantes… Las luces bajaron su intensidad y se adecuaron. El gentío también. En el ambiente se respiraba expectación. Sólo se oían murmullos y risas furtivas. Murmullos y risas que a buen seguro dejarían paso a los ‘¡ohhh!’ continuados durante la actuación. Pronto, una figura espontánea emergió de la nada, la cual fue dibujándose a medida que un blanco humo se disipaba. Vestido como los clásicos, pero sin la varita de rigor, acababa de hacer aparición el gran mago de nuestro tiempo, el inigualable Ivihs Ila, El Hacedor de Sombras. Como no podía ser de otro modo, Wesley le observaba absorto, anonadado, casi catatónico. Estaba frente a él, sí. No era una ilusión. No perdía detalle de ninguno de los movimientos que ahora llevaba a cabo; pases de auténtico prestidigitador, de maestro. Pero aún se emocionaba más con sólo pensar que lo mejor estaba por llegar, que como gran artista que era Ila, preparaba la miel aunque no para dejarla en los labios. El resto de los presentes, en efecto, se descubría con sinceros aplausos, entusiasmado. Tras los preliminares con los que había obsequiado, Ivihs se despojó de su capa y su chaqueta, remangándose la camisa. De repente, un silencio que ahogaba inundó el lugar. El rostro del mago se tornó rígido, concentrado. Miró al firmamento antes de encaminarse hacia los frascos. Uno por uno, los fue colocando de modo que formasen una fila y se alejó de la escena, pegándose al muro. Los ojos de Wesley titubeaban de ilusión por la llegada de aquel mágico momento. Alzó el brazo hacia delante, con la palma extendida, y recitó algo inaudible. Todos callados, esperando, expectantes. Uno por uno, los frascos estallaron, liberando polvo grisáceo. Ceniza. Ceniza esparcida que en el acto se arremolinó incontrolada para formar figuras sombrías. Cinco sombras que brotaron impetuosas. Mientras, aunque nadie reparara en él, Ivihs se encontraba en un estado de trance. Los espectadores, asombrados ante lo que estaban presenciando, casi sin respirar. Algunos, en cambio, se retiraron hacia atrás por miedo. Miedo a lo desconocido. Los espectros comenzaron a moverse por el escenario como si representaran una obra teatral. Gesticulaban e incluso emulaban vestimentas, objetos que surgían tan pronto como desaparecían, o se fundían en un solo ente. Abracadabrante sería la palabra idónea. Duró poco, como suele suceder con lo bueno. La gente, extasiada, inició el regreso de vuelta a casa. Todos hablaban. Algunos frenéticos. Otros nerviosos, balbuceando. El gran mago había estado a la altura una vez más, cumpliendo con las expectativas. Wesley, no obstante, se quedó petrificado. En su cabeza, a ráfagas, aún perduraba la función. De repente, un chasquido. Miró a su alrededor para ver cómo el gentío le había abandonado. También advirtió la olvidada chaqueta de Ivish sobre la tarima. O eso parecía. Bajo la misma, una nota dirigida al propio Wesley. Una invitación que no podría rechazar: << Para Wesley, mi más ferviente admirador. Sabrás donde encontrarme. Te espero>> Era medianoche. Wesley no vaciló un instante, emprendiendo la marcha hacia el retiro ocasional que el ayuntamiento había provisto para Ivihs, situado no muy lejos de allí. Tampoco había mucho por lo que dudar. Ila partiría temprano hacia su próximo destino. *** Francamente, la casa desde fuera dejaba que desear. Hacía ya un par de años que su último inquilino había pasado a mejor vida. Desde entonces, nadie había reparado en ella hasta la llegada del mago. Como todos, Ivihs tenía sus manías. Prefería permanecer aislado antes de llevar a cabo las actuaciones. A buen seguro para practicar. Una fina lluvia caía sobre el lugar. El joven se decidió a tocar en la puerta, pero no lo hizo. Ésta, como por arte de magia, se abrió rechinando. Entró con cierta desconfianza. Wesley quedó perplejo con la cantidad de polvo que había. Polvo por doquier en muebles, paredes y suelo. También, en casi todos los estantes, frascos pintados de negro. Los mismos frascos, las mismas urnas que el mago utilizaba en sus funciones. La cantidad era demencial. El joven asomó ahora a la habitación contigua, de unas dimensiones similares, y advirtió sobre la mesa redonda del centro un papel, junto a una caja de cerillas. Era una carta: << Querido Wesley, Si estás leyendo ahora este mensaje, has recorrido la mitad del camino. Siento no poder recibirte personalmente, pero surgió algo de verdadera importancia. Quería que supieras que tu carta me emocionó sobremanera. A través de tus líneas se palpaba el apasionamiento sobre la magia, hasta el punto de obligarme a plantearte una oferta difícil de rehusar. ¿Querrías formar parte de mi plantel? Tan sólo tienes que recordar una cosa: “Los mortales sólo somos sombras y ceniza” >> << Los mortales sólo somos sombras y ceniza>> Un escalofrío recorrió el cuerpo de Wesley. Ipso facto, comprendió el gran truco, el gran secreto. <<somos sombras y ceniza>> Dirigió una mirada hacia las urnas. Ipso facto, comprendió el mensaje implícito dejado por Ivhis. <<sombras y ceniza>> Frialdad. Con una inusual tranquilidad, cogió una cerilla. Chasquido. << y… ceniza>> Después de todo, hacía honor a su nombre: El Hacedor de Sombras.

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Nigromancia
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/14/2009

-¿Usted sabe lo que es un Nigromante? Eso ya era demasiado. No era suficiente con acudir a ese absurdo encuentro en la catedral, ahora tendría que aguantar alguna majadería propia de adolescentes descerebrados que pierden el tiempo leyendo comics, libros incoherentes, o jugando a rol mientras se sorben los mocos y se tiran pedos. -¿Para qué me has hecho venir? Tu mensaje decía que era muy importante- Ser profesor de instituto tenía esas cosas. Aguantar el patetismo de analfabetos pueblerinos cuya única preocupación en la vida era tantear, y a ser posible no a ojo, los pechos de María, la única alumna con más tetas que maquillaje; o compararse longitudinalmente las erecciones en el lavabo de mujeres, y más si había alguna dentro. Por supuesto, cuando estaba María la presión seminal era tan apabullante que consiguieron dibujar una caricatura de la directora en el techo. Al menos alguno se podrá dedicar al arte moderno. -Y lo es Don Aurelio. ¿Cree en los espíritus?- Tendría que haberme fijado en sus ojos, pero no, cuando has vivido cincuenta años y has pasado la mitad de tu vida enderezando a mocosos, la soberbia está tan diluida en tu sangre que ni con grandes dosis de cerveza se puede ahogar su efecto. Todo me pasa por no mear cuando debo. -Vamos a ver niño, no me hagas perder el tiempo con gilipolleces. ¿Quieres algo serio o voy a tus padres a pedirle el dinero de la gasolina que he malgastado para venir hasta aquí?- No, no fui muy diplomático, pero joder, que estaba en medio de una catedral más tétrica que el cuchitril al que algún cínico se le ocurrió ponerle el cartel de sala de profesores. ¡Y encima en plena noche! ¿Qué coño hacía Pablo en un sitio así y a esas horas? -No señor, le hablo muy en serio. Creo que tengo un problema y usted podría ayudarme- Pálido y encorvado como el portero del instituto. Ese niño estaba enfermo. De normal ya era un poco raro, pero ahora se estaba pasando. No era mal estudiante, quizás demasiado retraído, de esos que acaban siendo genios, maricones o ambas cosas. A mi, personalmente, me importaba bien poco en que se convirtiera, al menos no molestaba en clase. -¿Qué problema?- Tendría que haberme fijado en sus manos, pero no, tan jodidamente confiado y prepotente como siempre. -Verá señor, mis compañeros dicen que soy raro, pero no es cierto. Lo que pasa es que creo que soy un Nigromante. ¿Lo entiende? Creo que escucho a los muertos- ¡Joder! Lo que faltaba, al niño se le ha ido la cabeza y ahora me acusarán de haberlo depravado. ¿Pero quien me mandaría acudir a esa cita? -¿Pero qué me estás contando? ¿Qué es eso de que crees escuchar a los muertos?- No sabía si reírme, mandarlo a la mierda o pegarle una colleja, con la mano bien abierta. -Sí señor. El problema es que no se si lo que escucho son muertos ¿sabe? Es que no los conozco. Si usted me permitiera, es sólo un momento…- Y vaya si se lo permití, como que no lo vi venir. Mira que se mueven deprisa los jodidos esquizofrénicos. En unos segundos tenía un cuchillo de cocina ensartado en el estómago, y si se creen eso de que cuando estás a punto de morir se pasa ante los ojos toda tu vida, o ves un túnel con luz blanca al final, están muy equivocados. Lo último que recuerdo fue la sensación de completo gilipollas y la imagen de un pavo recién trinchado. Eso sí, ahora conozco a más gente que nunca y hablar, lo que se dice hablar, sólo lo hago un domingo cada dos semanas con Pablo, mientras el resto del pueblo escucha la misa del pederasta con sotana. Al menos el niño se ha comprometido a escribir lo que le diga, igual me convierto en el primer escritor que alcanza la fama una vez muerto… ah no, que lo difícil es lo contrario.

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Relato de un Sueño o una Realidad
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/14/2009

Abrí los ojos sobresaltado por una pavorosa pesadilla. ¿Pesadilla? Bueno, eso depende. Es ahora cuando me pregunto qué diferencia existe entre un sueño y una pesadilla. Es decir, lo que para unos es un estado de ensueño cálido, feliz e inocuo, para otros es un tormento que devora sus entrañas en un lapso de tiempo que resulta muy real. Tan real que pondríamos la mano en el fuego porque aquello, si en verdad no había sucedido, se quedara confinado en ese mundo alternativo que fue otorgado por El Creador para quién sabe qué. Me encontraba en un tren, intentando todavía adaptar las pupilas a la abrumadora luz que bañaba el vagón. La cefalea que llevaba encima era demoledora. Algo mareado y con las manos en las sienes, miré al suelo cromado procurando aliviar esa sensación que otras veces me había hecho vomitar. Lo cierto es que estaba hecho una auténtica pena; olía a alcohol y la camisa la llevaba por fuera, síntoma de, casi seguro, una noche de fiesta desenfrenada. Al alzar la vista al frente, un señor cuyo aspecto rememoraba las películas de los años 30, con unas orejas puntiagudas que soportaban un bombín clasicista, y acompañadas de unas gafas redondas y un bigote acaparador de seguro muchas miradas por su opulencia, me observaba con ojos inquisitivos, como tratando de escarbar en mi febril mente para desenterrar las respuestas que buscaba. Eludiéndolo, me fijé en el resto de pasajeros cercanos. A mi izquierda se encontraba un orondo hombre ocupado con el periódico matutino. Dos asientos más allá una mujer y su hijo parecían jugar con una figura de lo más siniestra, mientras que una caterva de jóvenes insensatos hacían lo propio fingiendo haber sido mordidos por un hombre-lobo, alentando los suspiros de los allí presentes. Desde luego, energúmenos brincando era lo último que necesitaba para salir corriendo al hospital de aquí a poco. Seguí escrutando el espacioso coche. Me llamaron la atención sobremanera los ventanales, foscos como nunca antes los había visto, casi tan negros que apenas permitían vislumbrar el exterior. Desperdigados por las paredes e incluso en el suelo, carteles y panfletos de la llegada a la ciudad de la nueva estrella musical del momento. De fondo, alguien tocaba un violín. Una melodía que aliviaba y que llenaba los oídos con sus suaves acordes. Cerré los párpados evocando una imagen que sirviese de panacea para el dolor. Un lugar. Una habitación. Estaba tumbado con el torso desnudo. La ducha repicaba, al son del dulce tarareo de una mujer. El crepitar de la chimenea mantenía cálida la temperatura. Un dormitorio bonito y acogedor, sin duda. Enseguida salió ella, ataviada con una toalla mirándome lasciva, acercándose a la cama. Mi corazón golpeaba con fuerza. Comencé a sentir un deseo carnal irrefrenable. Procurando atenuar mis manos trémulas, vacíe lo poco que quedaba de la botella de champagne en una copa y la bebí de un trago, sin dejar de observarla, de recorrer sus voluptuosas curvas. La melena reposaba sobre sus hombros; rubia, casi fogosa. Sus ojos, azul cielo, destinados a llevarme a lo más alto. Sus labios, rojo carmesí, sugerían la más desmedida de las lujurias. Quien no cayera a su embrujo tenía poco de mortal. Anonadado por su belleza, hipnotizado por su hermosura, me arrebató el vaso y lo lanzó contra la pared. Pronto, sus delicadas manos me acariciaron el rostro y traspasaron mi cabello, alborotándolo, cada vez con más ímpetu. Ella sabía lo que quería. Entendía que necesitaba ese masaje para apaciguar mis males, pero también deseaba más. Se abalanzó sobre mí despojándose de su toalla, libre como Dios la trajo al mundo. Comenzó su juego, de abajo a arriba, surcando con la lengua mi cuerpo. Poco a poco, avanzaba. Disfrutaba de aquel placer. Ambos. Me había entregado a ella como si ya hubiera cumplido en la vida, sin preocupaciones. El libre albedrío se consumaba. Su boca me rozaba el cuello, notaba el calor de sus labios, la humedad de su garganta. Sus besos se convirtieron en pequeños mordiscos. Cambiaba de lado y seguía, esculpiendo con finura su marca, su sello. Sadismo, dolor plácido. Perversión refinada ejecutada con maestría. Ahora, cara a cara, recé por que se detuviese el tiempo para poder escapar. Sus colmillos, sanguinolentos, me revelaron sus verdaderas intenciones. Una dentellada en la yugular me devolvió a la realidad. De nuevo, desperté de una pesadilla. ¿Pesadilla? A eso me refería. ¿A quién no le gustaría vivir aquello? Lo cierto es que la jaqueca había disminuido, no mucho, pero lo suficiente. El tipo del violín pasaba ahora su funda recogiendo monedas, y yo, gustoso por haberme ayudado, metí la mano en mi bolsillo para obsequiarle con una merecida recompensa. Se paró delante de mí, esperando, pero no encontré la cartera por ningún lado. Ni en la camisa ni en los pantalones. El señor de mi derecha, cuya faz estaba tapada por la visera de una gorra, detuvo mis vanos intentos con un ademán y fue él quien pagó por los dos, echando un par de billetes. Recuerdo perfectamente lo que dijo, todo ello con un extraño guiño de complicidad: “Hoy por ti, mañana por mí, hermano”. Tras agradecerle su gesto, algo perplejo por su sentido de la religión, supongo, volví a reencontrarme con la mirada enigmática del señor del bombín. Por momentos, daba la sensación de estar sentado frente a una estatua. No movía ni un solo músculo del rostro, ni siquiera se inmutaba un solo pelo de su magno bigote. Descansando los brazos sobre un bastón metálico y vestido enteramente de negro, había estado observándome durante todo el rato. Hice todo lo posible por desviar la atención de esos ojos amenazadores, pero era inevitable. Cuando por fin me distraía con cualquier nimiedad, nuevamente nos cruzábamos fulminándonos, el uno al otro, como si se tratase de un duelo al sol de un Western, pero sin duda a él le sobraban sagacidad y templanza por los cuatro costados. Sagacidad porque a buen seguro se trataba de alguien que con sólo mirar de frente adivinaba con qué clase de persona entablaba. Templanza porque daba la impresión de que podría quedarse así hasta el día del Juicio Final. Aquella situación no podía perdurar hasta la eternidad. Me estaba poniendo nervioso. Tanto, que incluso el asiento comenzaba a incomodar. De seguir así, no duraría mucho tiempo sentado. Me levantaría y me agarraría a cualquier barra para esfumar de mi mente el semblante del señor del bombín. Sólo faltaba eso. Que tuviera pesadillas con “El señor del bombín”, como ya le había bautizado. Y éstas desde luego lo serían para cualquiera. Sin embargo, aún no me encontraba bien de la cabeza. Algo me golpeaba ahí dentro, como si fueran leves martillazos que anteceden al impacto final. Contaría hasta diez antes de hacer nada, no fuera que me marease y me desmayara, suponiendo otro ensueño fatal. Seguía sin pestañear. ¿Había pestañeado? Si me jugara la última pregunta en un concurso televisivo, no sabría que responder. Es decir, era completamente inhumano. Ahí, quieto. Firme como una escultura. Más bien encajaría como figura de cera en un museo. A buen seguro muchos dudarían al visitarlo. Más aún, ¿el resto de pasajeros no se había percatado? ¿Habían asimilado que ‘ése’ se trataba de un ‘eso’, un adorno o un monigote? Ya no sabía lo que decía, ni siquiera entendía qué demonios pensaba. El único atisbo de razón que parecía comprender era que estaba delirando a causa de la fiebre. Lo mejor sería bajarse en la próxima estación e ir directo a urgencias. Notaba el ambiente cargado, casi que se podía condenar de insano. Comencé a notar que por las piernas no corría la sangre. Tanto tiempo sin andar las habría engarrotado y pensé: “qué mejor solución que dar un paseo para despejarme”. Justo al levantarme, advertí que en el suelo había una tarjeta blanca. La cogí y la volteé, leyendo lo escrito: “Homenaje a Polidori”. – ¿Y bien? –escuché a alguien preguntar. De inmediato, levanté la vista y miré alrededor. Nadie parecía estar hablando con nadie, y mucho menos conversando consigo mismo. Tampoco se trataba de algo extraño. No obstante, hubiera jurado que se dirigían a mí por la dirección de la voz. Mis compañeros de asiento seguían a lo suyo, el uno consumido por las líneas del periódico, y el otro ahora conciliando el sueño. – Nice to meet you, Evan ¡Demonios! ¿¡Quién me hablaba!? ¡Sabía mi nombre! Una vez más oteé a mis acompañantes. Seguían en la misma postura. Pronto se me pusieron los pelos de punta. Inglés. Si tuviera que señalar a uno sería… – ¿Y bien? ¿Qué tal te encuentras, Evan? ¿Te sientes…más vivo? ¿Más…muerto, tal vez? Mis ojos, atónitos, se posaron sobre el señor del bombín. Hablaba…sin hablar. Es decir, no movía la boca, o al menos no parecía moverla. – Sé lo que piensas. Pensarás que estás delirando, ¿verdad? Que es imposible que esté en tu mente. Telepatía, si lo prefieres. Bueno, no te preocupes. Te acostumbrarás. Poco a poco. Al principio, todo te parecerá una maldita pesadilla, que esto no puede ser real, que quizás la fiebre, el dolor de cabeza, hace que alucines… Ahora sí que se podía hablar de cara a cara, mejor dicho, de estatua a estatua. Me encontraba completamente paralizado. No sabía qué decir. No sabía cómo reaccionar. Escuchando al tipo de enfrente. – Perdona. No me he presentado. Me llaman “El muñeco de ventrílocuo”. Mi misión, aquí en este tren, es la de ayudar a los nuevos a dar el paso definitivo. No todos lo consiguen. Muchos se vuelven locos intentando locuras, creyendo que no son lo que verdaderamente son. Desde que esos dos de ahí te trajeron, Fenos y Tura, no he perdido ni un solo segundo en observarte. Cada movimiento cuenta, cada gesto… Era demasiado. Mientras “hablaba”, me fijaba más y más en sus labios sin discernir bien si se movían. Seguí escuchando: – Perplejidad, supongo. Esto no ha hecho más que comenzar. No queda otra salida. Aceptar o ser aceptado. Ser aceptado como pasto para el resto, quiero decir. Aceptar. Aceptar tu destino ¿Crees en el destino? Yo dejé de creer en él cuando me convertí en lo que soy, en un vampiro. ¿Qué sabes de los vampiros, Evan? Siendo uno todo son ventajas. Llámalo evolución, llámalo selección natural. Cuando eres inmortal, ¿qué importa el sino, qué importa el destino? Repito, ¿qué sabes? Recuerda. Echa un vistazo a tu alrededor… Como en las películas de ahora, ese efecto llamado bullet-time invadió el vagón por completo. El tiempo ralentizado. Se podían apreciar en el ambiente cúmulos de suciedad, casi se palpaba la temperatura. Era increíble. Cuando todo va tan lento, se advierten detalles infinitos. Al poco volvió la normalidad. – ¿Algo anormal que quepa reseñar? Evan, ¿hacia dónde te diriges? ¿Por qué estás en este tren? Claro que no lo sabes. Estás asimilando lo que eres. El libre albedrío, sin preocupaciones. ¿Nos hemos detenido alguna vez? Los pasajeros son los mismos, ¿verdad? El cine y la literatura están llenos de mentiras, tantas, que después de repetirlas una y otra vez se han convertido en verdades. En cierto modo, se podría decir que las mentiras son vampiras. Se alimentan de la ingenuidad de las personas para fortalecerse, para convertirse en certeras. Tan ciertas como que tú y yo pertenecemos a una raza superior. ¿Qué es lo que debo enseñarte? ¿Qué es lo que debo dejar de enseñar? El ajo es un cuento chino. El agua bendita apenas lastima, más aún con la poca fe profesada hoy en día; por ende, los símbolos sagrados corren por los mismos derroteros. La estaca en el corazón no es más que un falso Talón de Aquiles; sólo paraliza hasta que la extraes de cuajo. Es más que evidente, ¿no? Piensa… Diagnóstico: tenía que haberme dormido. Estaba soñando, estaba teniendo una pavorosa pesadilla. Era una locura. Aparté la vista de aquella cara, de aquellas facciones rígidas que machacaban la razón. Sin embargo, no hice más que empeorarlo todo. Como si fuera un asesino, como si de un chivato me tacharan, la mujer y su hijo, los jóvenes alborotadores de antes, el violinista… todos, todos me señalaban con el dedo. – Es lógico. No hay que olvidar que un vampiro es un no-muerto. ¿Lo ves ahora? Pálido como un muerto. Está muerto porque no corre la sangre, y esto es causa de que su motor, el corazón, también está muerto. ¿Ya lo notaste, la sed de sangre? Cuando se muere, el alma se libera. Seguro que te fijaste en los ventanales del tren. ¿No te han parecido…inusuales? Negros para no levantar sospechas. Nosotros no nos reflejamos en las ventanas, en los espejos, porque ya no tenemos alma… Mientras escuchaba sin saber qué hacer, catatónico, advertí una visceral estampa en el extremo izquierdo del vagón, al fondo. Tres…vampiros, mordiendo y arrancando las entrañas a un pobre discapacitado tirado en el suelo, al son del chirriar de la silla de ruedas como tétrico acompañamiento musical. – Una cosa más. La luz solar nos devora convirtiéndonos en polvo. Los ventanales tienen doble función, como ves. Por cierto, ya has tenido algún sueño de vampiros, ¿sí? No es cuestión de creer, es cuestión de ver, oír e inquirir en uno mismo. Espero que hayas comprendido. Bien, ya falta poco. Instruido y preparado. Pronto, muy pronto, podrás experimentar una segunda juventud, la vida eterna está tocando a tu puerta. Ah… y no te preocupes por las medidas. Recuerdo que al pestañear todo volvió a la aparente normalidad. El tren estaba vacío. El sonido del exterior hizo que advirtiese las puertas mecánicas abiertas. Confuso salí de aquel tren de pesadilla. *** Subiendo las escaleras de mi apartamento topé con un par de transportistas descansando sobre un gran paquete. Cuando vieron que me dirigía hacia la entrada, me preguntaron si, en efecto, trataban con el Sr. Evan. Asentí, firmé el papel y les indiqué que lo dejaran en la cocina para que no se molestaran más, pues según uno de ellos “pesaba como un muerto”. Luego me tiré en el sofá, terriblemente agotado. Había deambulado durante toda la noche dándole vueltas a la extraña sensación, pesadilla o lo que fuese que había vivido. Nunca me había pasado nada igual. No encontraba ninguna explicación lógica. Tampoco recordaba nada de la noche anterior. Supongo que me echaron algún tipo de alucinógeno en la bebida. Poco tardé en sentir curiosidad por el paquete. Normalmente, los clientes me solía enviar muebles para repararlos, para darles una capa de pintura e incluso a veces para adornarlos o añadirles piezas, pero nunca de un tamaño tan considerable. Bajo mi nombre había una etiqueta pegada donde se podía leer: “felicidades. Espero que hayamos acertado con el modelo. Y no te preocupes por las medidas.” Repentinamente, sentí un pequeño escalofrío. Un temor que alcanzó su cenit al abrir la caja. Retrocedí unos pasos sin dejar de mirar hacia el interior de la misma. Meneé la cabeza de un lado a otro convenciéndome de que no podía ser real. Como broma macabra era digna de galardón. Pensé que se trataba de una increíble casualidad. Algún cliente lo habría enviado para pintarlo, para que le hiciera algún arreglo, tal vez. Luego la frase del señor del bombín resonó en mis oídos: “no te preocupes por las medidas”. Apresuradamente, corrí al cuarto de las herramientas y me hice con uno de los martillos colgados de un tablón de la pared, junto con una cuchilla. Regresé a la cocina y aticé a la única silla hasta desvencijar las patas. Cogí una de éstas y comencé a darle forma. A darle forma de estaca. Estaba decidido a dar fin a aquella situación del único modo fiable. Afilé la madera con cuidado y precisión, tallándola como si se tratase de un encargo para alguien importante. Había llegado la hora. La hora de ‘ver, oír e inquirir en uno mismo’. Miré hacia la caja. Observé mis manos. Estaban temblando. En ambas, martillo y estaca. Después, martillo en estaca. Al final, estaca perforando corazón. La sangre se derramó sobre las virutas de madera esparcidas sobre la alfombra. Me desplomé en el suelo, con los ojos desencajados, mirando hacia la caja. Pude advertir una nueva etiqueta, una nueva frase que no comprendí en su momento: “Muchos se vuelven locos intentando locuras, creyendo que no son lo que verdaderamente son”. Y de nuevo, desperté. Otra maldita pesadilla. Me había quedado dormido en el sofá. Miré la hora y tomé una determinación: escribir este texto. Epílogo … – Un relato francamente aterrador, Sr. Evan. Es usted un tipo con suerte. No harán falta ni polisomnografía nocturna, ni examen de Latencia Múltiple del Sueño ni un examen genético de sangre. Ninguna de estas pruebas sería tan concluyente como su escrito. – No le sigo, Doctor. ¿A qué se refiere? – Narcolepsia. Se reflejan prácticamente todos sus síntomas: somnolencia excesiva diurna, alucinaciones hipnopómpicas, parálisis del sueño… – Es imposible. Todo ha sido demasiado real. – Todo le ha parecido demasiado real. Es curiosa su fijación por el mundo vampírico. Una pregunta: ¿cree que es uno de ellos? Mejor aún, ¿cuánto hace que no se mira en el espejo? – ¿Por qué lo dice, Doctor? – Por su magno bigote, acaparador de seguro muchas miradas, Sr. Evan. El tipo que describe es usted. Su reflejo, vaya. No existe tren con ventanales negros. Aquí entra en juego la parálisis del sueño; sus ojos se despiertan, su cuerpo no. El resto, efectos especiales, pesadillas y alucinaciones varias. Convendría hacer una relectura para poder discernir entre lo que ha sido real y lo que no. En algunos casos, será difícil concretar. ¿Preparado? – Usted es el experto. ¿En serio no hace falta pasar ninguna prueba para asegurar el diagnóstico? – Mi deber como médico es hacerlas, y así se harán, no vaya a ser que luego presente una querella por negligencia. Por cierto, es sólo curiosidad. ¿Recibió realmente el paquete? Dígame la verdad, ¿qué había en su interior? – Sí. Un ataúd. Habrá sido algún cliente. Fijación por el mundo vampírico… supongo.

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Una Vida Olvidada
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/14/2009

Un viejo roble era lo único que tenían para evadirse del caluroso día. En el centro de la plaza, entre casas de paredes blancas y techos bajos, sus ramas acogían cada tarde a un curioso público. Escasa era la sombra que les concedía aunque suficiente para una caterva de mocosos ávidos de aventuras. Día tras día se reunían entorno a un octogenario cuenta cuentos, un anciano que parecía germinar del propio árbol como una bulbosa raíz más. ¿Y bien? ¿Qué va a ser hoy? ¿Monstruos, dragones, doncellas y princesas? ¿Tal vez tesoros? ¿O quizás ladrones de sueños?- La voz del viejo era cadenciosa. Siempre resultaba curioso contemplarlo: una figura surcada de arrugas enmascarando antiguas cicatrices; barba gris y ojos garzos dibujados sobre un rostro ausente y poco animoso. Apenas prestó atención a las peticiones, nunca lo hacía, siempre acababa contando lo que le venía en gana y esa vez no iba a ser menos. Sacó un voluminoso libro de cuero y lo abrió buscando algo entre sus páginas. -¡Ajá, aquí está! Hace tanto tiempo que no lo recordaba. Su nombre era Ertay, un valeroso guerrero, sin duda habréis oído hablar de él.- Todos negaron con la cabeza, nunca escucharon nada sobre ese personaje. El viejo apoyó el volumen entre sus piernas mientras acariciaba los símbolos dibujados en su tapa, una pluma y una espada entrecruzadas sobre un yunque de cristal. -¿No sabéis quien es? No lo puedo creer. ¿No os han contado vuestros padres como mató al último de los dragones negros?, ¿ni como protegió las fronteras de hordas invasoras?- De nuevo una generalizada negación aunque esta vez acompañada de entusiasmo, los dragones siempre eran buenos compañeros de los cuentos. -Fue un guerrero admirado en otro tiempo. Nació en este mismo pueblo,en el antiguo caserón de la colina. Hoy mismo sería su cumpleaños- El anciano entornó los ojos intentando evocar imágenes para su relato mientras los niños se miraban asombrados. Nunca imaginaron a un héroe nacido campesino en su propio poblado. -¿Y por qué nadie habla de ese héroe?- se atrevió a preguntar con escepticismo uno de los infantes. -Porque él mismo eligió ser olvidado- El anciano entreabrió los ojos y comenzó la historia. Les habló de su nacimiento anunciado por los hados; de su formación bajo el mando de un Noble de la zona. Les relató como a la temprana edad de doce años mató, con sus propias manos, a un jabalí salvaje. Los niños bebían las palabras con sumo interés recreando cada escena, imaginándose a sí mismos en cada una de ellas. -Recorrió centenas de ciudades, adiestró a miles de soldados y combatióen decenas de batallas. Su puño y su espada eran temidos en todos los reinos y el mero murmullo de su nombre causaba estragos en las tropas enemigas. Un veterano combatiente sin rival entre los mortales.- -¿Y que le pasó?- El anciano sacó un pequeño frasco de tinta y una pluma de uno de los bolsillos de su túnica mientras uno de sus oyentes entonaba con timidez la pregunta. -Sufrió la peor de las heridas. Sucumbió a su propio orgullo- Continuó relatándoles un trágico encuentro. En una de sus contiendas cayó bajo el hechizo de una bruja, en plena lucha su conciencia fue apresada por un extraño sueño. Primero estaba en el campo de batalla y un momento después en las entrañas de una montaña, en la morada de un escriba. -¿Qué es un escriba?- preguntó uno de los jóvenes. -Es un hombre que copia historias en libros. Pero este escriba era distinto. Antes de morir la bruja le explicó que ese escribía su historia. Le dijo que él nunca fue un gran guerrero, que era la pluma de ese desconocido quien moldeaba su propia vida, y que su sangre no era más que tinta en unas páginas tan frágiles como lo es la llama de una vela- Después les narró el viaje de Ertay, la búsqueda de esa caverna que noche tras noche le atormentaba en pesadillas. No podía admitir no ser dueño de su propia vida. -Cegado por el orgullo recorrió cada montaña rastreando al escriba. Entró en cavernas de osos, en moradas de dragones y nidos de grifos y todos ellos perecieron bajo su furiosa espada. Anduvo largo tiempo errando entre páramos jamás pisados por hombre alguno hasta que finalmente encontró la gruta que buscaba- El anciano paró en el apogeo de la historia y disfrutó observando sus tensos rostros. -¿Y que pasó?- -Pasó lo único que podía pasar, mató al escriba y le robó el libro donde se narraba toda su historia. Sin mediar palabra le hundió la espada en el corazón mientras este escribía ausente- -Pero si el hombre escribía la vida del guerrero ¿debería saber lo que iba a hacer no?- El viejo sonrió al pequeño deseando que la inocencia no se corrompiera con tanta rapidez en este mundo. -No sólo lo sabía, él lo escribió- -¿Pero por qué escribir tu propia muerte? -Porque no podía ser de otra forma. Y porque el mismo escriba se arrepentía de su obra. Durante muchos años plasmó en sus páginas auténticas carnicerías, muertes y horrendos crímenes. Quizás había forjado un héroe, pero al fin y al cabo era un héroe de un sólo bando. Sus víctimas lo veían como lo que realmente era, un monstruo sanguinario y despiadado- -¿Y que paso con Ertay?- -Dejó de existir, se perdió con el libro. Ya no era un héroe, al matar a su escriba perecieron sus ambiciones y su valía. Era otra persona, ni mejor ni peor, simplemente distinto. El mundo lo olvidó y las guerras tuvieron que seguir sin su presencia. Nada cambió para el resto del mundo, sólo él se sentía vacío.- -¿Y donde está ahora?- El anciano mojó la pluma en el tintero mientras distraído escuchaba la pregunta. -Ahora, supongo que estará perdido, acompañado de su libro, aferrándose a lo único que le queda, los recuerdos de su propia vida.- Acercó la pluma a ese libro abierto por la última página y escribió una palabra mientras apoyaba la cabeza sobre el tronco de su árbol. Los niños cuchichearon divertidos, el viejo se había dormido. Uno de ellos se acercó sigiloso a su lado movido por una natural curiosidad hacía ese libro. Horrorizado se alejó del mismo consciente de que el anciano había muerto. Nunca olvidaría esa historia ni la palabra que con trazo firme había escrito: “Fin”

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City in Chaos
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/14/2009

City in Chaos Todos los dias son grises y lluviosos bajo el puente ,la esquina , la radio, Y nadie puede parar Este mal Hay por ley general Matar y matar. Caminaré sobre las piedras sangrando Procurando no caer entre los cadáveres hechados, Trataré de levantarme del fango, Esta ciudad es un lodazal, Los peces chicos mueren sin decir, Siempre ha sido así, ¿Por qué ha de cambiar? Dias de batallas, si te cae una bala quejate con Dios. Vivir es difícil, Nacimos con vallas impuestas de muros infranqueables. He visto los mejores hombres de mi generación Rendirse ante el fango de una droga inalcanzable. He visto mis mejores días Irse como el humo de una refinería de zinc hacia el cielo Volviéndose una nube negra, He vaciado mis mas grandes esperanzas. Tendré que mirar al cielo, Y levantarme de los muertos. Una bala lanzada del cielo, Otro mas que muerde el polvo. No quiero comprarme un rifle aún, Creo podré resistir, Bajo las esteras de mi Lecho Casas con lluvias adentro, goteras en mi día gris. El olor del vaho nadie lo llevará, Nadie lo llevará, Nadie lo llevará Estoy aquí, He visto morir a jovenes de todas las edades en las calles Por la madrugada ¿sobreviviré? Me he de refugiar, Bajo la artillería muda del puente, Bajo el puente me esconderé, Y cuando las balas cesen, Volveré a caminar.

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