-¿Usted sabe lo que es un Nigromante?

Eso ya era demasiado. No era suficiente con acudir a ese absurdo encuentro en la catedral, ahora tendría que aguantar alguna majadería propia de adolescentes descerebrados que pierden el tiempo leyendo comics, libros incoherentes, o jugando a rol mientras se sorben los mocos y se tiran pedos.

-¿Para qué me has hecho venir? Tu mensaje decía que era muy importante-

Ser profesor de instituto tenía esas cosas. Aguantar el patetismo de analfabetos pueblerinos cuya única preocupación en la vida era tantear, y a ser posible no a ojo, los pechos de María, la única alumna con más tetas que maquillaje; o compararse longitudinalmente las erecciones en el lavabo de mujeres, y más si había alguna dentro. Por supuesto, cuando estaba María la presión seminal era tan apabullante que consiguieron dibujar una caricatura de la directora en el techo. Al menos alguno se podrá dedicar al arte moderno.

-Y lo es Don Aurelio. ¿Cree en los espíritus?-

Tendría que haberme fijado en sus ojos, pero no, cuando has vivido cincuenta años y has pasado la mitad de tu vida enderezando a mocosos, la soberbia está tan diluida en tu sangre que ni con grandes dosis de cerveza se puede ahogar su efecto. Todo me pasa por no mear cuando debo.

-Vamos a ver niño, no me hagas perder el tiempo con gilipolleces. ¿Quieres algo serio o voy a tus padres a pedirle el dinero de la gasolina que he malgastado para venir hasta aquí?-

No, no fui muy diplomático, pero joder, que estaba en medio de una catedral más tétrica que el cuchitril al que algún cínico se le ocurrió ponerle el cartel de sala de profesores. ¡Y encima en plena noche! ¿Qué coño hacía Pablo en un sitio así y a esas horas?

-No señor, le hablo muy en serio. Creo que tengo un problema y usted podría ayudarme-

Pálido y encorvado como el portero del instituto. Ese niño estaba enfermo. De normal ya era un poco raro, pero ahora se estaba pasando. No era mal estudiante, quizás demasiado retraído, de esos que acaban siendo genios, maricones o ambas cosas. A mi, personalmente, me importaba bien poco en que se convirtiera, al menos no molestaba en clase.

-¿Qué problema?- Tendría que haberme fijado en sus manos, pero no, tan jodidamente confiado y prepotente como siempre.

-Verá señor, mis compañeros dicen que soy raro, pero no es cierto. Lo que pasa es que creo que soy un Nigromante. ¿Lo entiende? Creo que escucho a los muertos-

¡Joder! Lo que faltaba, al niño se le ha ido la cabeza y ahora me acusarán de haberlo depravado. ¿Pero quien me mandaría acudir a esa cita?

-¿Pero qué me estás contando? ¿Qué es eso de que crees escuchar a los muertos?- No sabía si reírme, mandarlo a la mierda o pegarle una colleja, con la mano bien abierta.

-Sí señor. El problema es que no se si lo que escucho son muertos ¿sabe? Es que no los conozco. Si usted me permitiera, es sólo un momento…-

Y vaya si se lo permití, como que no lo vi venir. Mira que se mueven deprisa los jodidos esquizofrénicos. En unos segundos tenía un cuchillo de cocina ensartado en el estómago, y si se creen eso de que cuando estás a punto de morir se pasa ante los ojos toda tu vida, o ves un túnel con luz blanca al final, están muy equivocados. Lo último que recuerdo fue la sensación de completo gilipollas y la imagen de un pavo recién trinchado.

Eso sí, ahora conozco a más gente que nunca y hablar, lo que se dice hablar, sólo lo hago un domingo cada dos semanas con Pablo, mientras el resto del pueblo escucha la misa del pederasta con sotana. Al menos el niño se ha comprometido a escribir lo que le diga, igual me convierto en el primer escritor que alcanza la fama una vez muerto… ah no, que lo difícil es lo contrario.




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