Un viejo roble era lo único que tenían para evadirse del caluroso día. En el centro de la plaza, entre casas de paredes blancas y techos bajos, sus ramas acogían cada tarde a un curioso público. Escasa era la sombra que les concedía aunque suficiente para una caterva de mocosos ávidos de aventuras. Día tras día se reunían entorno a un octogenario cuenta cuentos, un anciano que parecía germinar del propio árbol como una bulbosa raíz más.

¿Y bien? ¿Qué va a ser hoy? ¿Monstruos, dragones, doncellas y princesas? ¿Tal vez tesoros? ¿O quizás ladrones de sueños?- La voz del viejo era cadenciosa. Siempre resultaba curioso contemplarlo: una figura surcada de arrugas enmascarando antiguas cicatrices; barba gris y ojos garzos dibujados sobre un rostro ausente y poco animoso.

Apenas prestó atención a las peticiones, nunca lo hacía, siempre acababa contando lo que le venía en gana y esa vez no iba a ser menos. Sacó un voluminoso libro de cuero y lo abrió buscando algo entre sus páginas.

-¡Ajá, aquí está! Hace tanto tiempo que no lo recordaba. Su nombre era Ertay, un valeroso guerrero, sin duda habréis oído hablar de él.- Todos negaron con la cabeza, nunca escucharon nada sobre ese personaje. El viejo apoyó el volumen entre sus piernas mientras acariciaba los símbolos dibujados en su tapa, una pluma y una espada entrecruzadas sobre un yunque de cristal.

-¿No sabéis quien es? No lo puedo creer. ¿No os han contado vuestros padres como mató al último de los dragones negros?, ¿ni como protegió las fronteras de hordas invasoras?- De nuevo una generalizada negación aunque esta vez acompañada de entusiasmo, los dragones siempre eran buenos compañeros de los cuentos.

-Fue un guerrero admirado en otro tiempo. Nació en este mismo pueblo,en el antiguo caserón de la colina. Hoy mismo sería su cumpleaños- El anciano entornó los ojos intentando evocar imágenes para su relato mientras los niños se miraban asombrados. Nunca imaginaron a un héroe nacido campesino en su propio poblado.

-¿Y por qué nadie habla de ese héroe?- se atrevió a preguntar con escepticismo uno de los infantes.

-Porque él mismo eligió ser olvidado- El anciano entreabrió los ojos y comenzó la historia. Les habló de su nacimiento anunciado por los hados; de su formación bajo el mando de un Noble de la zona. Les relató como a la temprana edad de doce años mató, con sus propias manos, a un jabalí salvaje. Los niños bebían las palabras con sumo interés recreando cada escena, imaginándose a sí mismos en cada una de ellas.

-Recorrió centenas de ciudades, adiestró a miles de soldados y combatióen decenas de batallas. Su puño y su espada eran temidos en todos los reinos y el mero murmullo de su nombre causaba estragos en las tropas enemigas. Un veterano combatiente sin rival entre los mortales.-

-¿Y que le pasó?- El anciano sacó un pequeño frasco de tinta y una pluma de uno de los bolsillos de su túnica mientras uno de sus oyentes entonaba con timidez la pregunta.

-Sufrió la peor de las heridas. Sucumbió a su propio orgullo- Continuó relatándoles un trágico encuentro. En una de sus contiendas cayó bajo el hechizo de una bruja, en plena lucha su conciencia fue apresada por un extraño sueño. Primero estaba en el campo de batalla y un momento después en las entrañas de una montaña, en la morada de un escriba.

-¿Qué es un escriba?- preguntó uno de los jóvenes.

-Es un hombre que copia historias en libros. Pero este escriba era distinto. Antes de morir la bruja le explicó que ese escribía su historia. Le dijo que él nunca fue un gran guerrero, que era la pluma de ese desconocido quien moldeaba su propia vida, y que su sangre no era más que tinta en unas páginas tan frágiles como lo es la llama de una vela- Después les narró el viaje de Ertay, la búsqueda de esa caverna que noche tras noche le atormentaba en pesadillas. No podía admitir no ser dueño de su propia vida.

-Cegado por el orgullo recorrió cada montaña rastreando al escriba. Entró en cavernas de osos, en moradas de dragones y nidos de grifos y todos ellos perecieron bajo su furiosa espada. Anduvo largo tiempo errando entre páramos jamás pisados por hombre alguno hasta que finalmente encontró la gruta que buscaba- El anciano paró en el apogeo de la historia y disfrutó observando sus tensos rostros.

-¿Y que pasó?-

-Pasó lo único que podía pasar, mató al escriba y le robó el libro donde se narraba toda su historia. Sin mediar palabra le hundió la espada en el corazón mientras este escribía ausente-

-Pero si el hombre escribía la vida del guerrero ¿debería saber lo que iba a hacer no?-

El viejo sonrió al pequeño deseando que la inocencia no se corrompiera con tanta rapidez en este mundo.

-No sólo lo sabía, él lo escribió-

-¿Pero por qué escribir tu propia muerte?

-Porque no podía ser de otra forma. Y porque el mismo escriba se arrepentía de su obra. Durante muchos años plasmó en sus páginas auténticas carnicerías, muertes y horrendos crímenes. Quizás había forjado un héroe, pero al fin y al cabo era un héroe de un sólo bando. Sus víctimas lo veían como lo que realmente era, un monstruo sanguinario y despiadado-

-¿Y que paso con Ertay?-

-Dejó de existir, se perdió con el libro. Ya no era un héroe, al matar a su escriba perecieron sus ambiciones y su valía. Era otra persona, ni mejor ni peor, simplemente distinto. El mundo lo olvidó y las guerras tuvieron que seguir sin su presencia. Nada cambió para el resto del mundo, sólo él se sentía vacío.-

-¿Y donde está ahora?- El anciano mojó la pluma en el tintero mientras distraído escuchaba la pregunta.

-Ahora, supongo que estará perdido, acompañado de su libro, aferrándose a lo único que le queda, los recuerdos de su propia vida.- Acercó la pluma a ese libro abierto por la última página y escribió una palabra mientras apoyaba la cabeza sobre el tronco de su árbol.

Los niños cuchichearon divertidos, el viejo se había dormido. Uno de ellos se acercó sigiloso a su lado movido por una natural curiosidad hacía ese libro. Horrorizado se alejó del mismo consciente de que el anciano había muerto. Nunca olvidaría esa historia ni la palabra que con trazo firme había escrito:

“Fin”




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