InicioApuntes Y MonografiasRelato de un Sueño o una Realidad

Abrí los ojos sobresaltado por una pavorosa pesadilla. ¿Pesadilla? Bueno, eso depende. Es ahora cuando me pregunto qué diferencia existe entre un sueño y una pesadilla. Es decir, lo que para unos es un estado de ensueño cálido, feliz e inocuo, para otros es un tormento que devora sus entrañas en un lapso de tiempo que resulta muy real. Tan real que pondríamos la mano en el fuego porque aquello, si en verdad no había sucedido, se quedara confinado en ese mundo alternativo que fue otorgado por El Creador para quién sabe qué.

Me encontraba en un tren, intentando todavía adaptar las pupilas a la abrumadora luz que bañaba el vagón. La cefalea que llevaba encima era demoledora. Algo mareado y con las manos en las sienes, miré al suelo cromado procurando aliviar esa sensación que otras veces me había hecho vomitar. Lo cierto es que estaba hecho una auténtica pena; olía a alcohol y la camisa la llevaba por fuera, síntoma de, casi seguro, una noche de fiesta desenfrenada.

Al alzar la vista al frente, un señor cuyo aspecto rememoraba las películas de los años 30, con unas orejas puntiagudas que soportaban un bombín clasicista, y acompañadas de unas gafas redondas y un bigote acaparador de seguro muchas miradas por su opulencia, me observaba con ojos inquisitivos, como tratando de escarbar en mi febril mente para desenterrar las respuestas que buscaba. Eludiéndolo, me fijé en el resto de pasajeros cercanos. A mi izquierda se encontraba un orondo hombre ocupado con el periódico matutino. Dos asientos más allá una mujer y su hijo parecían jugar con una figura de lo más siniestra, mientras que una caterva de jóvenes insensatos hacían lo propio fingiendo haber sido mordidos por un hombre-lobo, alentando los suspiros de los allí presentes. Desde luego, energúmenos brincando era lo último que necesitaba para salir corriendo al hospital de aquí a poco.

Seguí escrutando el espacioso coche. Me llamaron la atención sobremanera los ventanales, foscos como nunca antes los había visto, casi tan negros que apenas permitían vislumbrar el exterior. Desperdigados por las paredes e incluso en el suelo, carteles y panfletos de la llegada a la ciudad de la nueva estrella musical del momento. De fondo, alguien tocaba un violín. Una melodía que aliviaba y que llenaba los oídos con sus suaves acordes. Cerré los párpados evocando una imagen que sirviese de panacea para el dolor. Un lugar. Una habitación.

Estaba tumbado con el torso desnudo. La ducha repicaba, al son del dulce tarareo de una mujer. El crepitar de la chimenea mantenía cálida la temperatura. Un dormitorio bonito y acogedor, sin duda. Enseguida salió ella, ataviada con una toalla mirándome lasciva, acercándose a la cama. Mi corazón golpeaba con fuerza. Comencé a sentir un deseo carnal irrefrenable. Procurando atenuar mis manos trémulas, vacíe lo poco que quedaba de la botella de champagne en una copa y la bebí de un trago, sin dejar de observarla, de recorrer sus voluptuosas curvas. La melena reposaba sobre sus hombros; rubia, casi fogosa. Sus ojos, azul cielo, destinados a llevarme a lo más alto. Sus labios, rojo carmesí, sugerían la más desmedida de las lujurias. Quien no cayera a su embrujo tenía poco de mortal. Anonadado por su belleza, hipnotizado por su hermosura, me arrebató el vaso y lo lanzó contra la pared. Pronto, sus delicadas manos me acariciaron el rostro y traspasaron mi cabello, alborotándolo, cada vez con más ímpetu. Ella sabía lo que quería. Entendía que necesitaba ese masaje para apaciguar mis males, pero también deseaba más. Se abalanzó sobre mí despojándose de su toalla, libre como Dios la trajo al mundo. Comenzó su juego, de abajo a arriba, surcando con la lengua mi cuerpo. Poco a poco, avanzaba. Disfrutaba de aquel placer. Ambos. Me había entregado a ella como si ya hubiera cumplido en la vida, sin preocupaciones. El libre albedrío se consumaba. Su boca me rozaba el cuello, notaba el calor de sus labios, la humedad de su garganta. Sus besos se convirtieron en pequeños mordiscos. Cambiaba de lado y seguía, esculpiendo con finura su marca, su sello. Sadismo, dolor plácido. Perversión refinada ejecutada con maestría. Ahora, cara a cara, recé por que se detuviese el tiempo para poder escapar. Sus colmillos, sanguinolentos, me revelaron sus verdaderas intenciones. Una dentellada en la yugular me devolvió a la realidad.

De nuevo, desperté de una pesadilla. ¿Pesadilla? A eso me refería. ¿A quién no le gustaría vivir aquello? Lo cierto es que la jaqueca había disminuido, no mucho, pero lo suficiente. El tipo del violín pasaba ahora su funda recogiendo monedas, y yo, gustoso por haberme ayudado, metí la mano en mi bolsillo para obsequiarle con una merecida recompensa. Se paró delante de mí, esperando, pero no encontré la cartera por ningún lado. Ni en la camisa ni en los pantalones. El señor de mi derecha, cuya faz estaba tapada por la visera de una gorra, detuvo mis vanos intentos con un ademán y fue él quien pagó por los dos, echando un par de billetes. Recuerdo perfectamente lo que dijo, todo ello con un extraño guiño de complicidad: “Hoy por ti, mañana por mí, hermano”.

Tras agradecerle su gesto, algo perplejo por su sentido de la religión, supongo, volví a reencontrarme con la mirada enigmática del señor del bombín. Por momentos, daba la sensación de estar sentado frente a una estatua. No movía ni un solo músculo del rostro, ni siquiera se inmutaba un solo pelo de su magno bigote. Descansando los brazos sobre un bastón metálico y vestido enteramente de negro, había estado observándome durante todo el rato. Hice todo lo posible por desviar la atención de esos ojos amenazadores, pero era inevitable. Cuando por fin me distraía con cualquier nimiedad, nuevamente nos cruzábamos fulminándonos, el uno al otro, como si se tratase de un duelo al sol de un Western, pero sin duda a él le sobraban sagacidad y templanza por los cuatro costados. Sagacidad porque a buen seguro se trataba de alguien que con sólo mirar de frente adivinaba con qué clase de persona entablaba. Templanza porque daba la impresión de que podría quedarse así hasta el día del Juicio Final.

Aquella situación no podía perdurar hasta la eternidad. Me estaba poniendo nervioso. Tanto, que incluso el asiento comenzaba a incomodar. De seguir así, no duraría mucho tiempo sentado. Me levantaría y me agarraría a cualquier barra para esfumar de mi mente el semblante del señor del bombín. Sólo faltaba eso. Que tuviera pesadillas con “El señor del bombín”, como ya le había bautizado. Y éstas desde luego lo serían para cualquiera. Sin embargo, aún no me encontraba bien de la cabeza. Algo me golpeaba ahí dentro, como si fueran leves martillazos que anteceden al impacto final. Contaría hasta diez antes de hacer nada, no fuera que me marease y me desmayara, suponiendo otro ensueño fatal.

Seguía sin pestañear. ¿Había pestañeado? Si me jugara la última pregunta en un concurso televisivo, no sabría que responder. Es decir, era completamente inhumano. Ahí, quieto. Firme como una escultura. Más bien encajaría como figura de cera en un museo. A buen seguro muchos dudarían al visitarlo. Más aún, ¿el resto de pasajeros no se había percatado? ¿Habían asimilado que ‘ése’ se trataba de un ‘eso’, un adorno o un monigote? Ya no sabía lo que decía, ni siquiera entendía qué demonios pensaba. El único atisbo de razón que parecía comprender era que estaba delirando a causa de la fiebre. Lo mejor sería bajarse en la próxima estación e ir directo a urgencias.

Notaba el ambiente cargado, casi que se podía condenar de insano. Comencé a notar que por las piernas no corría la sangre. Tanto tiempo sin andar las habría engarrotado y pensé: “qué mejor solución que dar un paseo para despejarme”. Justo al levantarme, advertí que en el suelo había una tarjeta blanca. La cogí y la volteé, leyendo lo escrito: “Homenaje a Polidori”.

– ¿Y bien? –escuché a alguien preguntar.

De inmediato, levanté la vista y miré alrededor. Nadie parecía estar hablando con nadie, y mucho menos conversando consigo mismo. Tampoco se trataba de algo extraño. No obstante, hubiera jurado que se dirigían a mí por la dirección de la voz. Mis compañeros de asiento seguían a lo suyo, el uno consumido por las líneas del periódico, y el otro ahora conciliando el sueño.

– Nice to meet you, Evan

¡Demonios! ¿¡Quién me hablaba!? ¡Sabía mi nombre! Una vez más oteé a mis acompañantes. Seguían en la misma postura. Pronto se me pusieron los pelos de punta. Inglés. Si tuviera que señalar a uno sería…

– ¿Y bien? ¿Qué tal te encuentras, Evan? ¿Te sientes…más vivo? ¿Más…muerto, tal vez?

Mis ojos, atónitos, se posaron sobre el señor del bombín. Hablaba…sin hablar. Es decir, no movía la boca, o al menos no parecía moverla.

– Sé lo que piensas. Pensarás que estás delirando, ¿verdad? Que es imposible que esté en tu mente. Telepatía, si lo prefieres. Bueno, no te preocupes. Te acostumbrarás. Poco a poco. Al principio, todo te parecerá una maldita pesadilla, que esto no puede ser real, que quizás la fiebre, el dolor de cabeza, hace que alucines…

Ahora sí que se podía hablar de cara a cara, mejor dicho, de estatua a estatua. Me encontraba completamente paralizado. No sabía qué decir. No sabía cómo reaccionar. Escuchando al tipo de enfrente.

– Perdona. No me he presentado. Me llaman “El muñeco de ventrílocuo”. Mi misión, aquí en este tren, es la de ayudar a los nuevos a dar el paso definitivo. No todos lo consiguen. Muchos se vuelven locos intentando locuras, creyendo que no son lo que verdaderamente son. Desde que esos dos de ahí te trajeron, Fenos y Tura, no he perdido ni un solo segundo en observarte. Cada movimiento cuenta, cada gesto…

Era demasiado. Mientras “hablaba”, me fijaba más y más en sus labios sin discernir bien si se movían. Seguí escuchando:

– Perplejidad, supongo. Esto no ha hecho más que comenzar. No queda otra salida. Aceptar o ser aceptado. Ser aceptado como pasto para el resto, quiero decir. Aceptar. Aceptar tu destino ¿Crees en el destino? Yo dejé de creer en él cuando me convertí en lo que soy, en un vampiro. ¿Qué sabes de los vampiros, Evan? Siendo uno todo son ventajas. Llámalo evolución, llámalo selección natural. Cuando eres inmortal, ¿qué importa el sino, qué importa el destino? Repito, ¿qué sabes? Recuerda. Echa un vistazo a tu alrededor…

Como en las películas de ahora, ese efecto llamado bullet-time invadió el vagón por completo. El tiempo ralentizado. Se podían apreciar en el ambiente cúmulos de suciedad, casi se palpaba la temperatura. Era increíble. Cuando todo va tan lento, se advierten detalles infinitos. Al poco volvió la normalidad.

– ¿Algo anormal que quepa reseñar? Evan, ¿hacia dónde te diriges? ¿Por qué estás en este tren? Claro que no lo sabes. Estás asimilando lo que eres. El libre albedrío, sin preocupaciones. ¿Nos hemos detenido alguna vez? Los pasajeros son los mismos, ¿verdad? El cine y la literatura están llenos de mentiras, tantas, que después de repetirlas una y otra vez se han convertido en verdades. En cierto modo, se podría decir que las mentiras son vampiras. Se alimentan de la ingenuidad de las personas para fortalecerse, para convertirse en certeras. Tan ciertas como que tú y yo pertenecemos a una raza superior. ¿Qué es lo que debo enseñarte? ¿Qué es lo que debo dejar de enseñar? El ajo es un cuento chino. El agua bendita apenas lastima, más aún con la poca fe profesada hoy en día; por ende, los símbolos sagrados corren por los mismos derroteros. La estaca en el corazón no es más que un falso Talón de Aquiles; sólo paraliza hasta que la extraes de cuajo. Es más que evidente, ¿no? Piensa…

Diagnóstico: tenía que haberme dormido. Estaba soñando, estaba teniendo una pavorosa pesadilla. Era una locura. Aparté la vista de aquella cara, de aquellas facciones rígidas que machacaban la razón. Sin embargo, no hice más que empeorarlo todo. Como si fuera un asesino, como si de un chivato me tacharan, la mujer y su hijo, los jóvenes alborotadores de antes, el violinista… todos, todos me señalaban con el dedo.

– Es lógico. No hay que olvidar que un vampiro es un no-muerto. ¿Lo ves ahora? Pálido como un muerto. Está muerto porque no corre la sangre, y esto es causa de que su motor, el corazón, también está muerto. ¿Ya lo notaste, la sed de sangre? Cuando se muere, el alma se libera. Seguro que te fijaste en los ventanales del tren. ¿No te han parecido…inusuales? Negros para no levantar sospechas. Nosotros no nos reflejamos en las ventanas, en los espejos, porque ya no tenemos alma…

Mientras escuchaba sin saber qué hacer, catatónico, advertí una visceral estampa en el extremo izquierdo del vagón, al fondo. Tres…vampiros, mordiendo y arrancando las entrañas a un pobre discapacitado tirado en el suelo, al son del chirriar de la silla de ruedas como tétrico acompañamiento musical.

– Una cosa más. La luz solar nos devora convirtiéndonos en polvo. Los ventanales tienen doble función, como ves. Por cierto, ya has tenido algún sueño de vampiros, ¿sí? No es cuestión de creer, es cuestión de ver, oír e inquirir en uno mismo. Espero que hayas comprendido. Bien, ya falta poco. Instruido y preparado. Pronto, muy pronto, podrás experimentar una segunda juventud, la vida eterna está tocando a tu puerta. Ah… y no te preocupes por las medidas.

Recuerdo que al pestañear todo volvió a la aparente normalidad. El tren estaba vacío. El sonido del exterior hizo que advirtiese las puertas mecánicas abiertas. Confuso salí de aquel tren de pesadilla.

***

Subiendo las escaleras de mi apartamento topé con un par de transportistas descansando sobre un gran paquete. Cuando vieron que me dirigía hacia la entrada, me preguntaron si, en efecto, trataban con el Sr. Evan. Asentí, firmé el papel y les indiqué que lo dejaran en la cocina para que no se molestaran más, pues según uno de ellos “pesaba como un muerto”.

Luego me tiré en el sofá, terriblemente agotado. Había deambulado durante toda la noche dándole vueltas a la extraña sensación, pesadilla o lo que fuese que había vivido. Nunca me había pasado nada igual. No encontraba ninguna explicación lógica. Tampoco recordaba nada de la noche anterior. Supongo que me echaron algún tipo de alucinógeno en la bebida.

Poco tardé en sentir curiosidad por el paquete. Normalmente, los clientes me solía enviar muebles para repararlos, para darles una capa de pintura e incluso a veces para adornarlos o añadirles piezas, pero nunca de un tamaño tan considerable. Bajo mi nombre había una etiqueta pegada donde se podía leer: “felicidades. Espero que hayamos acertado con el modelo. Y no te preocupes por las medidas.” Repentinamente, sentí un pequeño escalofrío. Un temor que alcanzó su cenit al abrir la caja.

Retrocedí unos pasos sin dejar de mirar hacia el interior de la misma. Meneé la cabeza de un lado a otro convenciéndome de que no podía ser real. Como broma macabra era digna de galardón. Pensé que se trataba de una increíble casualidad. Algún cliente lo habría enviado para pintarlo, para que le hiciera algún arreglo, tal vez. Luego la frase del señor del bombín resonó en mis oídos: “no te preocupes por las medidas”.

Apresuradamente, corrí al cuarto de las herramientas y me hice con uno de los martillos colgados de un tablón de la pared, junto con una cuchilla. Regresé a la cocina y aticé a la única silla hasta desvencijar las patas. Cogí una de éstas y comencé a darle forma. A darle forma de estaca. Estaba decidido a dar fin a aquella situación del único modo fiable. Afilé la madera con cuidado y precisión, tallándola como si se tratase de un encargo para alguien importante.

Había llegado la hora. La hora de ‘ver, oír e inquirir en uno mismo’. Miré hacia la caja. Observé mis manos. Estaban temblando. En ambas, martillo y estaca. Después, martillo en estaca. Al final, estaca perforando corazón. La sangre se derramó sobre las virutas de madera esparcidas sobre la alfombra. Me desplomé en el suelo, con los ojos desencajados, mirando hacia la caja. Pude advertir una nueva etiqueta, una nueva frase que no comprendí en su momento: “Muchos se vuelven locos intentando locuras, creyendo que no son lo que verdaderamente son”.

Y de nuevo, desperté. Otra maldita pesadilla. Me había quedado dormido en el sofá. Miré la hora y tomé una determinación: escribir este texto.


Epílogo



– Un relato francamente aterrador, Sr. Evan. Es usted un tipo con suerte. No harán falta ni polisomnografía nocturna, ni examen de Latencia Múltiple del Sueño ni un examen genético de sangre. Ninguna de estas pruebas sería tan concluyente como su escrito.

– No le sigo, Doctor. ¿A qué se refiere?

– Narcolepsia. Se reflejan prácticamente todos sus síntomas: somnolencia excesiva diurna, alucinaciones hipnopómpicas, parálisis del sueño…

– Es imposible. Todo ha sido demasiado real.

– Todo le ha parecido demasiado real. Es curiosa su fijación por el mundo vampírico. Una pregunta: ¿cree que es uno de ellos? Mejor aún, ¿cuánto hace que no se mira en el espejo?

– ¿Por qué lo dice, Doctor?

– Por su magno bigote, acaparador de seguro muchas miradas, Sr. Evan. El tipo que describe es usted. Su reflejo, vaya. No existe tren con ventanales negros. Aquí entra en juego la parálisis del sueño; sus ojos se despiertan, su cuerpo no. El resto, efectos especiales, pesadillas y alucinaciones varias. Convendría hacer una relectura para poder discernir entre lo que ha sido real y lo que no. En algunos casos, será difícil concretar. ¿Preparado?

– Usted es el experto. ¿En serio no hace falta pasar ninguna prueba para asegurar el diagnóstico?

– Mi deber como médico es hacerlas, y así se harán, no vaya a ser que luego presente una querella por negligencia. Por cierto, es sólo curiosidad. ¿Recibió realmente el paquete? Dígame la verdad, ¿qué había en su interior?

– Sí. Un ataúd. Habrá sido algún cliente. Fijación por el mundo vampírico… supongo.




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