ElUnbekannt07
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Darse de alta en Google es bien sencillo, entremos en la página de Google para agregar nuestra URL por este orden: Clicaremos donde dice: más En la siguiente página lo haremos en: Acerca de Google Luego en: Agregue/quite su URL Por último llenaremos esos campos: Donde dice ´´URL`` escribimos o pegamos la URL de nuestro Blog. En ´´Comentarios`` pondremos por ejemplo que solicitáis añadan vuestros blog a Google, de que trata el blog, o como puse en la captura lo que veáis oportuno. Luego repetimos la ´´palabra`` que nos proporciona y por último clicaremos en ´´Añadir URL`` En breve espacio de tiempo, nuestro blog estará en Google Si deseáis ocupar un buen posicionamento Web google.dirson.com ha creado un tutorial y que puede ser de vuestro interés. Buenos contenidos.Este es el punto principal, ya no solo para aparecer en los primeros puestos en Google, sino para que la gente visite tu sitio web. Tecnología web.Estate informado de las últimas novedades en cuanto a servidores o lenguajes de programación. Te harán la tarea de gestionar los contenidos mucho más amena, y puedes "gustar más a Google". Sencillez.Al robot de Google no le gustan las páginas con excesivas decoraciones y simplemente busca textos legibles y contenidos claros. Alta en Google.El primer paso para conseguir una buena posición en Google es aparecer en el buscador. Descubre cómo hacerlo. Conseguir enlaces.Es el pilar fundamental para obtener un PageRank alto. Intenta aparecer en los principales directorios (Yahoo! y DMOZ) y que te enlacen desde otros sitios web. Evitar penalizaciones.Google sabe que muchas personas le intentan engañar, y está empezando a tomar medidas contra páginas web que realizan prácticas poco éticas para mejorar su posicionamiento. Infórmate de cuáles son y cómo evitarlas. Conseguir ayuda. El posicionamiento requiere estar informado constantemente. Extraido de aca
como veran al cuenta esde 180 dias y tiene puntos para dos meses mas...asi que suerte! Cita (reglas): - Se participa por comentario acá en el post, no por MP - Se sorteará por número de comentario - Solo 1 comentario por Usuario, No hagan trampa (es muy fácil darse cuenta para el que usa firefox) - El comentario deberá decir: "Participo" - El número ganador será determinado tomando los últimos 3 números del primer puesto de la Lotería Nacional. Si no hay ganador. Se tomarán los números del segundo puesto de la Lotería Nacional y asi sucesivamente hasta obtener un ganador. -El ganador recibirá un MP con los datos de la cuenta premium de parte mio. comentario que no diga participo,sera borrado, El ganador seran los ultimos tres numeros de la loteria nacional nocturna de hoy (7/3/8) Autorizado por hulio
Que se nos caiga el techo encima es un accidente. Ocurrió y punto. Te llego la hora o shit happens, como se dice en inglés. Una teja rota, una viga mal puesta o un tirante torcido, y se vino el techo abajo, púmbate. El que está debajo del techo puede morir o quedar gravemente lastimado pero muy improbablemente quede ileso. Queda agitando un trapito blanco entre los escombros. Rindiéndose ante la ley de Newton y la gravedad del caso. De todas maneras los accidentes o trastornos, como dice el diccionario, siempre tienen algo de entretenido. Un accidente cambia la rutina, nos pinta de colores el cotidiano y la agenda del día. No me digan que no es fantástico tener algo para contar. Después de un accidente es casi un deber llamar al puñado de conocidos más cercanos para exclamar con protagonismo único el muy famoso “¡no sabés lo que me pasó…!”. Nos convertimos instantáneamente en estrellas de Hollywood, en negritos africanos famélicos en la lista de adopción de Unicef, en soldados malheridos luego de una guerra perdida, o en inundados.Nunca me voy a olvidar de aquel verano fatídico de marzo de 1979. Las temperaturas trepaban a 44/45 grados, se caían los pajaritos de los árboles, no volaba una puta hoja, la gente comentaba en las veredas porque era insoportable estar adentro de las casas, parecía que la tierra se iba a resquebrajar. Se escuchaba a los chicos en la calle comentar: “Recién mi papá hizo un huevo frito en el capó del auto”. Faltaba agua, aire, ganas, entonces nos mandaron a todos del colegio a casa. No se podía permanecer en ningún lugar más que sumergidos en el agua, ya fuera con los pies en una palangana los más pobres, los menos en una pelopincho y los ricos en una Skelpools. Aun así, ni siquiera en el agua daban ganas de moverse. Sin embargo, se respiraba un aire de novedad: “Viste el calor que hace, no se puede más, se viene la fin del mundo”. Y de pronto, como cereza del postre, se cortó la luz. Catástrofe, iban a llegar los marcianos, ya no se sabía más qué esperar, y así y todo seguía habiendo un ánimo diferente, un alegrovivatovibrantesostenido, rarísimo de explicar, era como que por lo menos sucedía algo. Cuando nevó el año pasado, sentí la misma sensación, la de estar todos viviendo algo que nos sacudía y nos cambiaba la forma de vivir el instante. Casi como que nos daba tregua. Casi como que nos daba la posibilidad de llamar a cualquiera y decir: “No voy porque está nevando”, o “voy ya porque está nevando”.Ese día mucha gente usó por primera vez su cámara fotográfica en el celular. Miles de personas se llamaban entre sí para comentarse que estaba nevando en Buenos Aires. Los chicos jugaban a tocar la nieve y los grandes a vivir en Boston. La tapa de los diarios al otro día fue contundente, tajante e indiscutible: “Nevó en Buenos Aires”. Ésa era la única realidad. Simple. Lisa. No había que romperse la cabeza buscando titulares originales para competir con otras tapas.El 11 de septiembre también fue un techo que se nos cayó encima. Fue fatal, crudo, amargo, feroz. Sin embargo, también entonces hubo un clima semifestivo, rarísimo, semidulce. El que dice que no, es un hipócrita. Las catástrofes ya sean naturales o provocadas por el hombre, esas que nos corren de lugar, esas que ponen nuestra vida cotidiana en pausa para dar lugar a esa enormidad inevitable que se llama accidente, con todas sus acepciones del María Moliner, provocan esas mariposas en el estómago y esa emoción ambivalente que lo único que nos confirma es que la vida no es esa agenda que dice dentista a las 16 horas sino que la vida es esa que está estrictamente viva, latente, mutante e implacablemente impredecible. Los accidentes nos muestran por fin que no somos tan grandes ni tan importantes. Producen ese alivio enorme de confirmarnos que somos personitas. Nos quitan abruptamente el mote de humanos que a veces pesa tanto. Nos muestran que no todo dependía de nosotros. No todo era nuestra culpa ni estaba dentro de la lista de responsabilidades. Todo esto es más o menos lo que sentimos cuando se nos cae el techo encima.Ahora bien, cuando además de caérsenos el techo encima se nos cae el techista, ya no es ni entretenido ni semidulce ni rarísimo, ni ocho cuartos. Es triste, es grave, es serio. Estamos en peligro.Que el país esté en llamas no me causa gracia. En medio de este humo, no entiendo bien de quien es la culpa. Lo único que siento es que todos sentimos que necesitamos que se apague de inmediato. Urgente. Ya. Ayer. Siento que todos sentimos una mezcla de desesperanza, de decadencia. Es como si de pronto algún gigante enojado con la Argentina hubiese rociado un extraño gas y nos estuviera tratando de ahogar.No sentí ayer a la mañana, el día de humo máximo, ningún tipo de ganas de vivir, ningún tipo de ganas de comentar: “¡No sabés lo que me pasó!...”. No sentí que cambiara la rutina para mejor, como sentí con el calor del 79, la nevada del año pasado o el 11 de Septiembre. Solamente sentí enojo. Impotencia. No era una linda catástrofe. Ya no me importaba quién carajo había sido o a quién carajo se le había ido la mano. Ya no me importa, y creo que a nadie, quién causó este enorme incendio. Creo que lo único que nos importa es que esta guerra entre argentinos se apague y pronto. Creo que lo único que nos importa es que alguien se haga responsable y dueño de esta quema. Creo que lo único que nos importa es no estar a la deriva. Que haya voluntad para apagar esto.¿O quién es el sordo que no escuchó lo que dice el Martín Fierro? Eso de que los hermanos sean unidos zaraza, zaraza. Señoras y señores: nos estamos devorando entre nosotros. Hemos logrado demostrar que el Martín Fierro se quedó corto. Qué torpeza tan brutal. ¿Y Discépolo? También, señores, también. ¿Saben por qué? Porque esta vez no solamente se nos cayó el techo encima, esta vez se nos vino abajo el techista y, para colmo, no tenemos seguro contra todo riesgo. Me despido de ustedes, me tengo que ir a sacar el barbijo y el traje de amianto porque me pican demasiado. Hasta la próxima, si es que hay próxima y no nos quemamos a lo sonso, perdón, a lo Bonzo. Fuente
El 0,6 por mil en las facturas de la luz se cobra hace 19 años. Misiones terminó obras en dos años. La provincia inaugura recién ahora. Por Jorge Lanata.La inercia es la “propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza”. La segunda acepción, para el diccionario de la RAE, es la más argentina: dice “rutina, desidia”. Ésa es la sensación corriente al enfrentarse con el aparato del Estado; alguna vez, filmando en los pasillos del Ministerio de Economía, la tuve: sensación de que si alguien se quedaba sentado ahí, en cualquier escritorio, con el tiempo empezaría a cobrar su sueldo y ya nadie podría sacarlo.El ministerio es tan grande, tan intrincado, tan ministerio, tan hiperpoblado que nadie debe saber, exactamente, cuántas personas viven allí. Miles de pequeños Bartlebys, aquel personaje de Melville que empezó una revolución simplemente diciendo que no. Rutina y desidia: cuesta que las cosas se aprueben, pero una vez firmadas allí navegan gracias a la inercia, durante el resto de la vida. Algo que sería una estafa de realizarse en una sola oportunidad se convierte en una costumbre cuando todos lo aceptan sin resistencia alguna. Así es como un robo se convierte en una donación, como una excepción muta en regla. El impuesto del 0,6 por mil sobre las facturas de electricidad se cobra desde 1989, y la provincia de Santa Cruz recibió mas de 500 millones para una obra que comenzará a realizarse 19 años después. La obra fue dada en concesión a uno de los licitadores preferidos del Gobierno y no será financiada por el impuesto sino por el Estado Nacional, ya que unirá dos provincias, Santa Cruz (Pico Truncado) y Chubut (Puerto Madryn). Una historia de rutina y desidia. Y quinientos millones que nadie sabe exactamente dónde están.HÁGASE LA LUZ. El “impuesto de Santa Cruz” nació el 15 de junio de 1989, en el tramo final del gobierno de Alfonsín, al amparo de la ley 23.681. La idea era fijar un gravamen del 0,6 por mil sobre el consumo de electricidad de los usuarios finales para, en teoría, enlazar a la provincia al Sistema Interconectado Nacional y así reducir el nivel de tarifas, un 300% superiores en promedio a las de otras regiones del país. La idea de cobrar impuestos a través del cobro de la factura de luz no es nueva: de los 6.500 millones de facturación en 2004, 2.500 millones correspondieron a impuestos, tasas y otros servicios.La sociedad impuestos-luz garantiza el cobro: a quien no paga, se le corta el suministro. En La Rioja, Salta y Chubut se incluye el servicio de aguas, en Córdoba se cobra una tasa para los bomberos, en Luján hay cargos de servicio funerario, en Castelli una cuota “para la ambulancia” y en Villa Gesell “para la biblioteca”. Quienes viven en la Capital deben pagar un 27,98% de impuestos sobre la luz que gastan y quienes lo hacen en la provincia aportan un 44,17% de impuestos en combo. Cuando se incluyó el impuesto de Santa Cruz se hizo lo propio con otro para Misiones, con el mismo fin: pero en este caso la provincia concretó la obra en dos años y el recargo se dio de baja en 1996 mediante la Resolución 153 de la Secretaría de Energía. En plena crisis de 2001 Santa Cruz anunció el comienzo de las obras para el enlace y finalmente, por decreto 1378 firmado en noviembre por De la Rúa, Cavallo y los ministros Colombo y Bastos se decidió que “el recargo se mantuviera vigente aun luego de la efectiva interconexión”. Esta prórroga de la ley 23.681 una vez cumplido el objetivo inicial provocó una rebelión en el Congreso y se presentaron varios proyectos solicitando la derogación de la ley: Ramón Saadi (PJ Catamarca) y Luis Falco (UCR Río Negro) entre otros. “Catamarca, una de la provincias más pobres del país y con más altos índices de desocupación –dijo Saadi– debe subsidiar a una de las juirisdicciones con menos índice de pobreza y mayor crecimiento económico”. Más allá del autor de los dichos, la descripción era del todo real.El 17 de noviembre de 2005 el Centro de Educación al Consumidor (CEC) presentó una denuncia ante el juzgado federal número 4, a cargo de Ariel Lijo, por el desvío del destino original de los fondos recaudados por la ley 23.681. La cuenta y los datos aportados por Susana Andrada eran impecables: hasta el momento se habían recaudado por el “impuesto de Santa Cruz” 447.289.610 millones de pesos. Así fueron las transferencias, año a año:1989: 65.8011990: 3.229.3971991: 12.741.4261992: 29.433.0581993: 20.270.0001994: 23.925.5721995: 24.373.6981996: 23.819.8971997: 26.414.3511998: 26.511.3771999: 22.808.0322000: 26.200.0002001: 26.200.0002002: 23.897.0022003: 26.199.9992004: 26.200.0002005: 35.000.0002006: 35.000.0002007: 35.000.000TOTAL: 447.289.610La ley fijaba, en 1989, sólo el porcentaje del impuesto (0,6 por mil) pero luego, mediante la ley 25.064 se le puso un tope al monto de la transferencia a Santa Cruz: 26.200.000 pesos. Durante la gestión de Néstor K se subió el tope a 35.000.000. El excedente, de haberlo, ingresa a las arcas del Tesoro Nacional y se usa a discreción. El administrador legal de ese dinero es la Secretaría de Energía de la Nación (por eso los acusados en la denuncia judicial son todos los secretarios de Energía hasta Daniel Cameron, el actual), y a nivel local deberían ser controlados por el Tribunal de Cuentas que, frente a los fondos de Santa Cruz en el exterior se ganó el mote de Tribunal de Cuentos, ya que, gracias a su mayoría oficialista, sólo se limitó a certificar los balances pero nunca se animó a poner el gancho aprobatorio. La investigación de Lijo es ardua; ¿cómo comprobar gastos que se hicieron y rindieron hace 19 años? Las personas designadas por el gobierno provincial para manejar los fondos fueron: * Jorge Carlos Rais (1989). * Mario Roberto Aramburu (1990). * Daniel Omar Cameron (1990, es el actual secretario de Energía). * Rubén Ernesto Stehling (1990). * Carlos Raúl Porto (1991). * Julio de Vido (fue quien duró mas tiempo en el cargo, estuvo ocho años). * Gerardo Enrique Nieto (1999). * Waldo María José Farías (1999), ministro de Economía provincial, titular de la Lotería y luego superintendente de Bancos en el Banco Central. Su nombre tuvo un pequeño instante de fama cuando ocupó su último puesto con antecedentes de “moroso incobrable”. * Luis Villanueva (2003), ministro de Economía de Acevedo. En su período, por primera vez, el dinero se transfirió directamente a la empresa provincial de energía.UN PEQUEÑO ATRASO. “Muchas veces se criticaba que la provincia de Santa Cruz recibía el 6 por mil en la facturación de muchos usuarios, aquí en en los grandes centros urbanos, pero en realidad era apenas una reparación porque en nuestra provincia la generación de energía es muy costosa, porque se hacía toda a combustible. Después se convirtió a gas, pero en realidad era porque también ese beneficio lo había tenido la provincia de Misiones, pero cuando Misiones fue interconectada al Sistema Nacional, obviamente dejó de percibirlo. Pero ahora, en treinta días, inauguramos el Interconectado hasta Pico Truncado.”(Cristina Kirchner en el Salón Sur de la Casa Rosada, el pasado 14 de abril. 19 años después.)La construcción, operación y mantenimiento de la Línea en Extra Alta Tensión de 500 Kv entre Pico Truncado y Puerto Madryn se financiará, en un 96%, por el Fondo Fiduciario para el Transporte Eléctrico Federal, Santa Cruz (3%) y Chubut (1%). Es apenas el primer tramo. ¿Y los 500 millones? ¿Y por qué se sigue cobrando?Hablábamos de rutina y desidia, al comienzo de esta nota.Fuenteedit: la proxima no pongas el blog de fuente, pone de fuente el diario o la pagina de donde salio la noticia,.
Fernando Peña Es muy incómodo ver lo animales que somos, por eso tenemos un mecanismo disparatado. Este mecanismo consiste en fabricar la idea de que el único bestia es uno y que los demás deberían ser mejores que uno. Eso nos permite ser animales con total libertad. No soy yo el único que disfruta sacándose los mocos. Tampoco soy el único que se huele los pedos. Tener olor a pelo sucio también nos gusta a todos. Pasarnos los dedos por los huevos y olerlos hasta casi babear de placer también es una clásica. Meternos el dedo en el ojete y después llevarlo sutilmente a la nariz cuando estamos en público, ¿quién no lo ha hecho? Ni hablar de sacarnos un buen cacho de cera de la oreja. Escarbar entre los dedos del pie y sacar la roña en rollitos es hasta terapeútico. Poner la mano frente a la boca y olernos el mal aliento es sublime. Sacarse una buena lagaña y comprobar su consistencia, ni hablar. El olor a sobaco es uno de los más difíciles, pero se aprende. Podría enumerar un sinfín de asquerosidades hermosas que hacemos todos, pero nos conviene pensar que somos los únicos. Sería frustrante aceptar y asumir que todos estamos en la misma. Que Carla Bruni se come los mocos. Sería saber que somos todos unos puercos, cochinos de mierda. No tocaríamos nada, no saldríamos de casa, no daríamos más besos ni manos. No existiría la belleza. Todo se viene abajo cuando vemos al otro hacer algunas de estas cosas. Se conoce lo feo. Acordate de la primera vez que viste a tu abuela eructar: es ahí donde surge el asco por la especie. Vos hacés eso también. Vos sos ella también. Es repugnante lo que somos. Es en ese momento donde tomamos conciencia de que somos todos intocables. Sin embargo, pensamos que el otro no, que el único que se desbanca es uno, que el otro no va a hacer lo mismo porque el otro es adulto, el otro entendió, el otro es consciente, el otro se va a encargar. No. El otro tampoco se encarga, porque el otro piensa que el otro sos vos y así sucesivamente hasta que llegamos a vos, y a mí, que cuando nos toca, no nos toca. Por eso el descuido, porque el otro lo va a solucionar. Nadie es el otro cuando vos pensás en el otro. El otro es una figura que componemos al no haber nadie. Y no hay nadie. No hay nadie para remediar nuestras cagadas. Porque el otro es como vos, por eso la ciudad está sucia, por eso tantos tocan bocina, por eso tantos empujan, por eso tantos escupen, por eso tantos dejan el auto en la rampa para discapacitados, total el otro no, el otro lo va a hacer bien. Por eso tantos toman calles a contramano, total por acá no pasa nadie, ni el otro. Por eso el tren no va a venir. Por eso, cuando un espectáculo anuncia nueve y media, llegan quince minutos tarde, porque si dice nueve y media seguro empieza a las diez. Por eso dejan los changos del supermercado atrás de los autos, total qué importa. Por eso no le dan monedas al malabarista del semáforo, el otro le va a dar, porque el otro no hace lo mismo que vos, el otro sabe, el otro es correcto, y vos también, ¡ojo eh!, lo que pasa es que bueno, esta vez te la mandaste… Y así seguís teniendo excusas para no vivir en sociedad. Es dificil entender que no hay otros y que sos vos siempre. En estos casos, la multiplicación resta. En estos casos, el otro es ninguno. ¿Cuántas veces te has preguntado quién fue el enfermo que tiró esto acá, quién fue el cretino que dejó esto así? Fuiste vos. Siempre, en todos los casos, fuiste vos. El que cruza el semáforo en rojo sos vos aunque no seas vos, porque ya lo vas a hacer. Y si no, fijate debajo de la mesa y vas a ver cuántos chicles hay. Vos no fuiste, pero ya lo vas a hacer también y acordate de que tu chicle siempre es menos asqueroso que el del otro, es menos, es el único, a tu chicle te lo meterías otra vez en la boca; al del otro, no. Pero el otro no se metería el tuyo porque es asqueroso para él, porque es tuyo, no es de él, o sea tuyo; el del otro, que no sos vos ni él. Por eso uno dice que la gente es sucia, que la gente es desconsiderada, que la gente es irrespetuosa, que la gente es maleducada. Por eso yo acuso, por ustedes, ¡soretes! Que son incorregibles, no cuidan nada, porque ustedes son gente… ¡No como yo, que soy yo, carajo! Fuente
Fernando Peña La capacidad que tienen algunos para hacerse los boludos es asombrosa. Me dicen que soy un gran actor. Todos lo somos. El viernes pasado fui a El Toto, un restaurante muy puf puf y romántico en el bajo de San Isidro. Hay buen Jazz y amorosos farolitos a kerosén. Es una casa de madera elevada típica del Tigre. Pero no me quiero ir de tema. Éramos dos parejas. Un matrimonio amigo heterosexual –hoy estamos tan modernos que es un deber aclarar todo– y mi novio y yo, que somos homosexuales clásicos, comunes y silvestres: dos putos. Está todo tan moderno. Hay parejas de hombres que no son exactamente lo que se dice homosexuales clásicos. ¡Cuidado! Hay parejas de hombres swingers, metrosexuales, parejas de hombres íntimos amigos que luego utilizan ese vínculo para acostarse con mujeres y parejas de hombres que no son hombres. Hay mujeres con mujeres que no son mujeres ni lesbianas y hay de todo. Advierto. ¡Cuidado! Quisimos libertad, pues la tenemos. El problema, claro, es que ahora no toda mona vestida de seda es mona. Hay que tener mucho cuidado con el hombre que está al lado tuyo: pudo haber sido un travesti en otra vida hace diez minutos. También hay que tener mucho cuidado con la mujer que tenés al lado, puede haber sido hombre y se operó por alguna ley rara que algún juez votó en Villa María, Córdoba, antes de ayer por amor. Cuidado con todos nosotros, porque ahora somos libres y hay una gran cola en la clínica del doctor Frankenstein para jugar a ser el que nunca nos animamos a ser. Bueno, Peña, basta, no estirés más y andá al meollo del asunto, ¿nos vas a contar quién era el boludo? Estuve enamorado perdidamente de un fulano durante unos años. Una de esas pasiones copiadas casi a carbónico de lo que primero escribieron la Taylor y el Burton. Nos revolcamos, hubo fruta y basura. El fulano, en la época en la que lo conocí, salía con un hombre y con una mujer al mismo tiempo. Navegaba mareado con hachís en un océano de comodidad. Este fulano estaba sentado a la mesa de al lado con su mujer y otro matrimonio. Ninguno de mis amigos, incluido mi novio, que también es mi amigo, sabía de nuestra historia, y por como se daba esta película deduje que en la mesa del fulano tampoco nadie sabía de nuestra historia. Comí un lomo a la pimienta con papas a la crema, y todos los demás platos fueron por el estilo, la comida fue empapada con tres botellas de Merlot, postre, café y champagne. También hubo entradas. Yo comí una palta con aceite de oliva y camarones y los otros tres no me acuerdo. En la mesa del fulano también hubo lo mismo: entrada, plato principal, postre, mucho vino y sobremesa. Laaaaarga sobremesa porteña, catedrática y aburrida, pero necesaria. Es porque nadie se anima a decir adiós. Sobremesas de sillas duras. Tres horas y pico duraron las dos comidas, tres horas y pico el fulano se hizo el boludo, tres horas y pico estuvimos a punto de besarnos en la boca él y yo, tres horas y pico estuvo ella a punto de matarme con un cuchillo Tramontina de mango de madera, tres horas y pico me alegré al pedo pensando que por fin me iba a convertir en la Mata Hari del Bajo de San Isidro, tres horas y pico sufrió el fulano porque no pudo animarse a recuperar a Fernando, su gran amor. Tres horas y pico nos hicimos los boludos. Tres horas y pico los demás también se hicieron los boludos. Cuando salimos del lugar le conté a mi novio, me miró y me preguntó: “¿Por qué te hiciste el boludo?”, “Porque te amo” le contesté. Todos sabíamos que nos estábamos haciendo los boludos, menos él, que es un boludo y sigue muriendo de esa forma. Me fui a dormir con mi novio, nos reímos de él y cogimos. Al día siguiente no me acuerdo que hicimos. Fuente
Fernando Peña Hay lugares de Buenos Aires que tienen monstruos debajo de las baldosas, energías poderosas debajo de la tierra. Vibraciones llenas de maleficios y dragones que echan fuego por la boca. Son lugares en donde se encuentran putas malas y deshonestas, chorros, charlatanes, vividores, arbolitos, dealers, junadores, campanas, pungas, vendedores ambulantes, contadores de cuentos y vecinas. Estas últimas son las más peligrosas, las peores, las más dañinas, las más curiosas. Las vecinas. Las santas vecinas. Más malas que cualquier malandra. Distorsionan la realidad de las cosas. Se encargan de que nada esté bien y de que todo este peor de lo que está. De meternos esa sensación de que el mundo está podrido como la fruta que vende don Carlos. Esa de que la vida ya no vale la pena ser vivida. Se arrastran despacito como yararás por el barrio, usan collares de perras y gruñen cuando algo no les gusta. Las hay de Villa Adelina, de Moreno, de Recoleta y de San Isidro. Son buitres carroñeros que opinan de todo, de cómo se debe vivir, de qué se debe decir, cuándo, cómo, con qué tono y a quién. Odian por odiar y aman por amar nomás… Comen sin hambre porque están aburridas y vomitan con el estómago vacío porque las entretiene. Se alimentan de lo que ven y creen que también alimentan a los demás relatando eso que creen que vieron. Estas hienas son chicatas profesionales, pocas veces lo que ven es lo que es, sus cámaras fotográficas están rotas y sacan fotos borrosas de todo el panorama. Sus fotos son casi siempre equivocadas, las miran como miran la televisión y después las comentan por encima. Todo lo comentan, son grandes comentaristas, te comentan por arriba, sin hablar, porque lo de ellas no es hablar, comentan nomás, lo de ellas es comentar, total, quevahacer. La sordera es otra de sus grandes discapacidades, nunca escuchan bien, ni siquiera los chismes y menos lo que se dijo en la radio. Sienten por el oído. Es por el único lugar por donde sienten. Te comentan que sintieron por la radio tal o cual cosa y sintieron cualquier cosa. Lo grave es que lo retransmiten por su propia emisora agregándole sal, pimienta, canela y clavo a eso que sintieron como el culo. Estas mujeres reparten panfletines a granel comentando que, “sacaron la vacuna contra el cáncer, parece. Sentí hoy que dijeron por la radio de Oro”, esperanzando a otras gansas que las escuchan con atención. Estas lurpias se encargan de limpiar sobre lo limpio, de barrer bajo la alfombra y de lavar la vereda cuantas veces sean necesarias para sentir algo que doña tal dijo, ver qué don entra y qué don sale, y filmar la película de por dónde le está pasando la lengua el muchachito de la otra cuadra a la muchachita de al lado. A las aprendices mediocres de Lucifer tampoco les tiembla la mano a la hora de envenenar un perro que les abre la basura o darle carne con vidrio molido a un gatito que maúlla cuando no lo quieren sentir maullar. Este ejemplar extraño no tiene sexo y, si lo tiene, es en forma de masturbación, tal vez alguna zanahoria que le importa un pepino le sirva para ese menester. La lectura no es algo que se encuentre dentro de sus pasatiempos, da trabajo, desconcentra y quita tiempo para ir a comprar, barrer y espiar aunque ande mal de la vista. Eso sí ojea mucho en la peluquería un poco de todas las revistas. De la farándula de cotillón porteña o de la monarquía rancia del continente viejo. Regatea y revuelve, se queja hasta de su propia queja, frunce el ceño por todo y para todos, cose y descose, se tiñe y tiñe todo de un color raído, añejo y viejo. Vive de recuerdos hermosos que nunca existieron y destruye el futuro. Se enferma y enferma. Le duele acá al costado y le arde allá abajo. Se rasca donde no le pica y pica en todas partes. Da codazos y murmulla, se para en la vidriera para chusmear lo que hay y entrar sin comprar. A estas Cachavachas les gusta la sangre, los últimos momentos y ni hablar de los alertas. Sí, señoras y señores, las detesto… Son nocivas y malvadas, inconvenientes, de baja calaña. No construyen ni aporta. No dan ni donan. Nunca aplauden. Nunca celebran, sólo festejan. No conviven ni viven. Existen. Por eso nunca mueren, se mudan. Son una peste y contagian. Deberían prohibirlas o ponerles un anillo en el tobillo al nacer. Cortarles la lengua o extirparles el cerebro que les pesa al divino botón. Amputarles las manos y dejarles muñones ya que lo único que escriben son notitas con recados, mandados e instrucciones. Háganme el favor de salir a cazarlas a todas, se las identifica por su rictus y porque largan el humo del Derby por la nariz… Ahora sepan disculpar, me tengo que ir, ¡se me pasan los fideos y paro el lavarropas! Fuente
Fernando Peña Con un casco de plumas de avestruz, un conchero y plumas en el culo, mi médico baja las escaleras de acrílico como cualquier vedette de la calle Corrientes. Cada vez que su taco aguja toca un escalón, éste se enciende y muestra sus piernas esculturales. Finalmente llega al escenario, saluda al público y se va... Encontrarlo es tan difícil como encontrar a Moria Casán cuando termina la función. Como muchos de ustedes saben soy HIV positivo y tuve un linfoma en el riñón izquierdo en el año 2000. Solamente yo supe lo que se sufre porque lógicamente el enfermo era yo. De todo corazón agradezco a la medicina y a los médicos, por supuesto, pero todo eso me sirvió para darme cuenta de que en el ambiente de los médicos existe un divismo absurdo. En todo momento noté en ellos una sutil indiferencia, un mero cumplimiento de tareas y grandes aires de superioridad. La supremacía del médico hace que uno nunca sea tratado como enfermo sino como paciente, y pienso que hay una gran diferencia entre una cosa y la otra. El paciente es el caso y el enfermo es la persona. Recién ahora, después de ocho años, puedo ver que los médicos olvidan el motivo de por qué se convierten en médicos. Me pregunto dónde quedó ese sentimiento Florence Nightingale, esas ganas de contener, de seguir a la persona y no de cumplir con una recorrida impersonal. Cuando estuve enfermo tenía la sensación de que los médicos se ocupaban de mi enfermedad, no de mí como un todo. Hablaban entre ellos con palabras raras, con gestos casi coreografiados, como para que yo no entendiera nada y ni siquiera me atreviera a preguntar. Un día entró a mi habitación mi médico de cabecera con cinco estudiantes para decirme que yo era un caso de ateneo y que necesitaban “molestarme un ratito”. Después de darme vueltas, relojearme y estudiarme como un objeto “porque mi caso sería útil para curar a otros enfermos”, se despidieron sin decirme nada, como si fueran instaladores de TV por cable. Durante esos 15 minutos los escuché hablar un lenguaje impenetrable: nunca supe si comentaban lo poco que me quedaba de vida o lo bien que estaba reaccionando mi cuerpo a los tratamientos. Así fui bastardeado durante meses hasta que un día exploté: no soportaba más la incertidumbre, la intriga y el trato indiferente. Me di cuenta de que estaba en manos de pares que habían estudiado medicina durante unos años para resolver el misterio del cuerpo humano, pero no eran dioses. A partir de ese momento dije basta y tomé las riendas de mi enfermedad. Conseguir que uno de mis médicos atendiera el celular era ya un milagro, y si lograba hablar con él siempre sentía que estaba haciendo algo más importante y que mi llamado era molesto. Los tonos eran secos y distantes, las respuestas ambivalentes y poco certeras. Casi nunca lograba que entendieran mis humoradas, que usaba para ablandar el clima de mierda instalado por ellos. Jamás logré que me dijeran con entusiasmo: “¡Esto está funcionando!”, “¡qué suerte, se va a curar!”, o algo así. Todo era “veremos”, “si todo sigue así”, “no podría asegurarle nada”... Yo comprendo, no soy bobo, que el médico no puede crear falsas expectativas, pero un poco de esperanza y ánimo no se le niega a nadie... Estando en la sala de espera y viendo que mi médico salía del consultorio, me encontré en la ridícula situación de buscarle desesperadamente la mirada para que notara mi presencia como si yo fuese un mendigo tirado en la calle; siempre miraban un punto fijo y pasaban al lado de mí y yo quedaba con un hilito de voz diciendo: “Doct...” Si no hubiese sido por mi insistencia nunca me habría enterado de lo que tenía, qué me iban a hacer, qué porquería me estaban metiendo en el cuerpo. Tampoco me hubieran contado los planes que tenían para mí o las alternativas si algo no funcionaba. Si me hubiese quedado mudo, ellos no habrían hablado nunca. Hay personas que no tienen el coraje o la desinhibición que tengo yo para encararlos e increparlos: ¿qué les espera? Muchachos, es hora de que dejen el divismo y piensen en la persona, que le dediquen un tiempo justo y cálido, la informen como corresponde y se entreguen un poco más. Sé que las obras sociales y las prepagas a veces abusan de ustedes, pero ustedes eligieron esta carrera, una de las más comprometidas con el prójimo, entonces por favor carguen con esa responsabilidad teniendo más corazón y no del que les enseñan en los libros de anatomía. Recuerden que los médicos también enferman, y un día les va a tocar a ustedes querer saber algo vestidos con el triste camisolín. Fuente
Cita:Antes de tener un hijo es imprescindible preguntarse si lo vamos a querer. No es tan fácil querer a un hijo, no es tan natural. Fernando Peña. Uno no para de aprender cosas en esta vida. El miércoles cuando llegué a casa después del cine, María, la señora que trabaja y vive en mi casa, me miró con cara de alerta nacional y exclamó: “¡Fer, la gallina no es buena ponedora, se come los huevos!” De más está contarles que tengo un gallo y una gallina en el jardín de mi casa, pero no sabía que había malas y buenas ponedoras. Lo que esta gallina hacía era picar la cáscara del huevo que ponía y se lo comía. Automáticamente pensé en el instinto maternal, ¿no existía en esta gallina? Me puse a pensar detenidamente en este punto. Al principio me causó mucho rechazo y bronca que la gallina hiciera eso con su propio huevo. Me dieron ganas de abrir la puerta del gallinero y dejarla escapar, de desplumarla y hacerla al horno aunque no me provocaba demasiado comerme una mala madre. Enseguida me acordé de Jorge Luz. Jorge y yo trabajábamos juntos en el año 2000 en la televisión, en un programa que se llamaba Viva la diferencia. Una noche, cuando llegué al estudio, destrozado del estomago –me había comido un carpincho el día anterior y tenía un dolor indescriptible–, pensé que me iba a morir, pensé que iba a reventar. En seguida Jorge me recordó uno de sus cuentos: me contó que estando de gira en Santa Fe, en un restaurante, se levantó de la mesa para ir al baño y vio sobre el mostrador del boliche una vizcacha al escabeche. La vizcacha estaba aplastada contra el vidrio del frasco en el que estaba encerrada y lo miraba fijo con el gesto con el que había muerto. Con la cara del segundo fatal de cuando le habían pegado el tiro final. Esto a Jorge le había causado muchísima impresión. Nunca más pudo comer una vizcacha al escabeche. Esa noche, cuando le comente lo del carpincho, me dijo: –¿Sabés qué pasa? –¿Qué? –Te estás comiendo toda la rabia del bicho cuando lo mataron… es bravo el tema, por eso estos animalitos preparados así caen como el culo. ¿Por qué la gallina se había comido su propio huevo, su futuro hijo? Comparé el episodio con las madres que tiran a sus bebés por el inodoro o a los tachos de basura en las calles. Eso nunca lo pude entender… La verdad es que, personalmente, no me gustan demasiado los chicos y tengo claro que jamás adoptaría uno: no sirvo para criar. No tengo por ahora ni la paciencia ni el amor necesarios, pero de ahí a tirarlo o comérmelo hay una distancia enorme. ¿Por qué algunas madres se deshacen de sus hijos? ¿Por qué algunos padres también? El descarte de un hijo, además, no es solamente físico. Es no hablarle, no escucharlo, no notarlo, no quererlo. Y me detengo ahí, en no quererlo. Hay padres que no quieren a sus hijos. Me refiero al querer como sinónimo de voluntad. El querer como sinónimo de ganas, como cuando se dice que uno no quiere tener perros o gatos. Muchos hombres y mujeres se sienten amenazados con la llegada del hijo o la hija. Los celos que produce la idea de que ese nuevo miembro de la familia conquiste a su pareja hace a veces que la gente no sirva como padres. Los de clase media a alta piensan que tirar a un hijo a la basura o por el inodoro es de negros o de pobres. He visto muchos padres de clase media o alta, o bien educados, o como los quieran llamar, que ahogan y matan a sus hijos cotidianamente, sin darse cuenta de que lo están haciendo, sin conciencia ni nada. Antes de tener un hijo es imprescindible preguntarse si lo vamos a poder querer. Sí, sí, leyeron bien. No es tan fácil querer a un hijo, no es tan natural. Debemos preguntarnos si queremos tener un hijo o es simplemente un capricho cultural y social. Percibo que hay parejas que sienten que sin hijos son menos pareja, que no se aman lo suficiente o que serán mal vistos por sus amigos, sometiendo a la vidita por venir a llenar una catarata de carencias y de estatus varios que adornan y engalanan sus vidas. Seamos valientes y responsables a la hora de “encargar” un hijo. Basta de decir: “está esperando familia”. No están el tío, el primo, la abuela ni el cuñado dentro de ese vientre. Hay una persona, una vida que en muchos casos se beneficia más no viniendo al mundo que viviendo con ciertos padres. No es tan grave no tener hijos si realmente no los queremos, lo gravísimo es tenerlos por inercia, porque sí, a lo conejo, al por mayor, como quien colecciona muñecas, como quien pone huevos y se los come. Fuente
Fernando Peña Días atrás me quedó retumbando en el marote el saludo de un kiosquero. Cuando me dio el vuelto y me saludó, me dijo: cuidado con lo bueno y con lo malo. Me lo habrá dicho a mí por ser quien soy, pensaba, o se lo dirá a todo el mundo… cuidado con lo bueno y con lo malo. ¿Por qué tendría que tener cuidado con lo bueno? Ese pensamiento iba como una bola de billar, de banda en banda. Rebotaba con las cuatro paredes de mi cráneo y navegaba en mi masa encefálica: ¿cuidado con lo bueno…? ¿Por qué? ¿Sería reflejo? ¿Era un loro barranquero el kiosquero? ¿Me había querido decir algo profundo? ¿O mi hipersensibilidad devenida en paranoia me hacía buscarle un sentido a las frasecitas hechas de la selva de hormigón? De repente el clic se me hizo en el jacuzzi. Ahí empecé a encontrar la punta del ovillo y como toda punta de ovillo detonó por una estupidez. Muchas veces hay que seguir un pensamiento estúpido para entender algo inteligente. En momentos la hiperintelectualidad cobra carísimo, y es un poco por ahí por donde quiero ir. Empecemos: el chorro me pegaba placenteramente en la nuca y me quitaba los problemas y los nervios del día, lentamente llegaba a eso que pienso que nunca va a llegar, que es tener la mente totalmente en blanco. Cuando casi llego a ese blanco placentero y restaurador, ¡zácate!: el punto negro. Empecé a delirar y a tejer sobre la idea del agua y la electricidad. Sé que son 12 voltios o lo que fuere, que está recubierto y aislado, probado y requeteprobado, pero ¿y si por putas falla? A principios del siglo pasado el concepto del jacuzzi hubiera sido una locura total. ¡Mezclar electricidad y agua! Demencial, un invento de un asesino de multitudes. Obviamente dejé de relajarme, salí del aparato, me sequé y me vestí. Mientras tomaba algo en la terraza del hotel seguía pensando en el peligro inminente que es un jacuzzi. Jugué con la idea de meterme en internet a buscar las muertes que posiblemente hayan provocado los jacuzzis. Cuando leí www.google.com temblé y apreté delete. Si descubría que por lo menos una persona había muerto en un jacuzzi, nunca más en mi perra vida me metería en uno y si nunca nadie todavía había muerto en estos aparatos del demonio, me empezaría a torturar el pensamiento de que podría llegar a ser yo el primero. Barrí debajo de la alfombra, me repetí sin sentido y como un mantra de piedad la frase: “basta no pienses más”. Por lo general, es una frase que me acompaña cuando me convierto en mi peor enemigo. En este caso lo bueno sería el jacuzzi y mi pensamiento elemental y básico, no olviden que desciendo de la península ibérica, me llevaba a un pensamiento lineal. Cuidado con lo bueno, o sea con el jacuzzi, que es bueno. Ahora bien, ¿qué peligro puede haber? Está clarísimo: la corriente eléctrica. ¿Se referiría el kiosquero a esto? ¿A los peligros cotidianos de las cosas que hacen bien? Pensé que sí. Empecé a asociar un sinfín de cosas buenas que pueden llegar a producir peligros, como tener mucha plata, unas largas vacaciones, un ascenso en el trabajo o enamorarse. ¿Por qué deberíamos tener cuidado con enamorarnos?, y en seguida apareció la respuesta: por el sufrimiento del después, y no me refiero a separarse, sino a desenamorarse y seguir juntos. Y así fui encontrando un montón de respuestas y razones. Claro que hay que tener cuidado con lo bueno. Y muchísimo cuidado. Me deprimí. Para salir del pozo, mi mente divagó como un mono araña por otras ramas. Trataba de alejarme del pensamiento trágico de que luego de lo bueno viene lo malo sí o sí. Pensaba que si no me alejaba en forma urgente de este módulo de pensamiento entraría en una neurosis de preocupación preocupante. No podría gozar más con nada. Ni siquiera con los pequeños y pocos gozos que poseo y atesoro. Para salir rápido de ese pensamiento peligroso de encontrarle la tragedia al bienestar, me monté en mi helicóptero mental. Eso hago cuando quiero ver las cosas en el modo macro, “to see the big picture”, como dicen los ingleses. Fui tomando altura cuando de pronto vi ahí abajo y chiquitito el episodio del kiosquero. ¿Por qué detenerme en ese saludo? ¿Por qué enroscarme con ese saludo? ¿Por qué darle importancia a ese saludo solamente? ¡Son todos los saludos! “Nos vemos mañana si Dios quiere”; “si no te veo antes, feliz Navidad”; “que te vaya bien, que sigas bien”; “suerte”; “andá por la sombra”; “que te garúe finito”; “cuidate”; “chau, viejo, éxitos”; “fue un placer conocerte”; “seguí así”. La lista es larga. Los saludos de los otros, en cierta forma, son condenas, son órdenes y mandamientos. La gente no tiene idea porque no se pone a reflexionar en lo perjudicial y contraproducente que habita en un saludo. Ese “suerte” que te dicen queda como una piedrita en el zapato y sin pensarlo uno se tortura y piensa: “¿Estaré obligado a tener suerte a partir de este saludo?” Y así creo que con todos los saludos y deseos del tercero. Los auspicios del que se despide a veces son armas letales. “Peña, no exageres”, estarás pensando y no, no exagero en lo más mínimo. ¿Qué pasa si Dios no quiere? ¿Y si no hay suerte…? ¿Y si te veo antes de Navidad en vez de no verte? ¿Y si no garúa finito y llueve torrencialmente? El saludo es un reflejo pernicioso y maligno, como todo lo que sale de lo no pensado. Sé que a lo mejor la contratapa de hoy es un poco desesperanzadora y pesimista. Rebuscada, truculenta y hasta teñida de una pseudointelectualidad al pedo. Pero el que escribe, escribe porque piensa en otras opciones de la vida, en otras posibilidades, en otros laberintos y en otros estratos. El que escribe se complica. Por eso escribe. Para descomplicarse. Y ahí terminé de entenderlo; leer, por ejemplo, es buenísimo, salvo cuando leés la complicación de quien escribe. En este caso yo. Perdón a los que les cagué la mañana porque de ahora en más prestarán atención a cada saludo. Y recibo las gracias de los que subieron las cejas, movieron la comisura de los labios y asintieron con placer. Ese placer de haber leído algo que te dejó algo. Quedate con lo que quieras, con el jacuzzi y sus peligros, con la falta de voluntad de Dios o con el planteo inconveniente de la falta de existencia de la suerte. Pero olvidate por favor de tener cuidado con lo bueno. Hasta la próxima, si no nos morimos ninguno de los dos y si no funde este diario. ¡Dios no lo permita! Mejor, hasta lueguito, que para mí es el saludo más esperanzador. ¿O será mejor decir chau o adiós? ¿Adiós es porque te mandan con Dios? ¡Basta, Fernando, andate y no jodas más! Fuente