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[14/03/2008] Mi médico trabaja en una revista - En el borde

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Fernando Peña Con un casco de plumas de avestruz, un conchero y plumas en el culo, mi médico baja las escaleras de acrílico como cualquier vedette de la calle Corrientes. Cada vez que su taco aguja toca un escalón, éste se enciende y muestra sus piernas esculturales. Finalmente llega al escenario, saluda al público y se va... Encontrarlo es tan difícil como encontrar a Moria Casán cuando termina la función. Como muchos de ustedes saben soy HIV positivo y tuve un linfoma en el riñón izquierdo en el año 2000. Solamente yo supe lo que se sufre porque lógicamente el enfermo era yo. De todo corazón agradezco a la medicina y a los médicos, por supuesto, pero todo eso me sirvió para darme cuenta de que en el ambiente de los médicos existe un divismo absurdo. En todo momento noté en ellos una sutil indiferencia, un mero cumplimiento de tareas y grandes aires de superioridad. La supremacía del médico hace que uno nunca sea tratado como enfermo sino como paciente, y pienso que hay una gran diferencia entre una cosa y la otra. El paciente es el caso y el enfermo es la persona. Recién ahora, después de ocho años, puedo ver que los médicos olvidan el motivo de por qué se convierten en médicos. Me pregunto dónde quedó ese sentimiento Florence Nightingale, esas ganas de contener, de seguir a la persona y no de cumplir con una recorrida impersonal. Cuando estuve enfermo tenía la sensación de que los médicos se ocupaban de mi enfermedad, no de mí como un todo. Hablaban entre ellos con palabras raras, con gestos casi coreografiados, como para que yo no entendiera nada y ni siquiera me atreviera a preguntar. Un día entró a mi habitación mi médico de cabecera con cinco estudiantes para decirme que yo era un caso de ateneo y que necesitaban “molestarme un ratito”. Después de darme vueltas, relojearme y estudiarme como un objeto “porque mi caso sería útil para curar a otros enfermos”, se despidieron sin decirme nada, como si fueran instaladores de TV por cable. Durante esos 15 minutos los escuché hablar un lenguaje impenetrable: nunca supe si comentaban lo poco que me quedaba de vida o lo bien que estaba reaccionando mi cuerpo a los tratamientos. Así fui bastardeado durante meses hasta que un día exploté: no soportaba más la incertidumbre, la intriga y el trato indiferente. Me di cuenta de que estaba en manos de pares que habían estudiado medicina durante unos años para resolver el misterio del cuerpo humano, pero no eran dioses. A partir de ese momento dije basta y tomé las riendas de mi enfermedad. Conseguir que uno de mis médicos atendiera el celular era ya un milagro, y si lograba hablar con él siempre sentía que estaba haciendo algo más importante y que mi llamado era molesto. Los tonos eran secos y distantes, las respuestas ambivalentes y poco certeras. Casi nunca lograba que entendieran mis humoradas, que usaba para ablandar el clima de mierda instalado por ellos. Jamás logré que me dijeran con entusiasmo: “¡Esto está funcionando!”, “¡qué suerte, se va a curar!”, o algo así. Todo era “veremos”, “si todo sigue así”, “no podría asegurarle nada”... Yo comprendo, no soy bobo, que el médico no puede crear falsas expectativas, pero un poco de esperanza y ánimo no se le niega a nadie... Estando en la sala de espera y viendo que mi médico salía del consultorio, me encontré en la ridícula situación de buscarle desesperadamente la mirada para que notara mi presencia como si yo fuese un mendigo tirado en la calle; siempre miraban un punto fijo y pasaban al lado de mí y yo quedaba con un hilito de voz diciendo: “Doct...” Si no hubiese sido por mi insistencia nunca me habría enterado de lo que tenía, qué me iban a hacer, qué porquería me estaban metiendo en el cuerpo. Tampoco me hubieran contado los planes que tenían para mí o las alternativas si algo no funcionaba. Si me hubiese quedado mudo, ellos no habrían hablado nunca. Hay personas que no tienen el coraje o la desinhibición que tengo yo para encararlos e increparlos: ¿qué les espera? Muchachos, es hora de que dejen el divismo y piensen en la persona, que le dediquen un tiempo justo y cálido, la informen como corresponde y se entreguen un poco más. Sé que las obras sociales y las prepagas a veces abusan de ustedes, pero ustedes eligieron esta carrera, una de las más comprometidas con el prójimo, entonces por favor carguen con esa responsabilidad teniendo más corazón y no del que les enseñan en los libros de anatomía. Recuerden que los médicos también enferman, y un día les va a tocar a ustedes querer saber algo vestidos con el triste camisolín. Fuente
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