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Se me cayó el techista encima [Fernado Peña] [Opinion Diar

Info•Fecha desconocida
Que se nos caiga el techo encima es un accidente. Ocurrió y punto. Te llego la hora o shit happens, como se dice en inglés. Una teja rota, una viga mal puesta o un tirante torcido, y se vino el techo abajo, púmbate. El que está debajo del techo puede morir o quedar gravemente lastimado pero muy improbablemente quede ileso. Queda agitando un trapito blanco entre los escombros. Rindiéndose ante la ley de Newton y la gravedad del caso. De todas maneras los accidentes o trastornos, como dice el diccionario, siempre tienen algo de entretenido. Un accidente cambia la rutina, nos pinta de colores el cotidiano y la agenda del día. No me digan que no es fantástico tener algo para contar. Después de un accidente es casi un deber llamar al puñado de conocidos más cercanos para exclamar con protagonismo único el muy famoso “¡no sabés lo que me pasó…!”. Nos convertimos instantáneamente en estrellas de Hollywood, en negritos africanos famélicos en la lista de adopción de Unicef, en soldados malheridos luego de una guerra perdida, o en inundados.Nunca me voy a olvidar de aquel verano fatídico de marzo de 1979. Las temperaturas trepaban a 44/45 grados, se caían los pajaritos de los árboles, no volaba una puta hoja, la gente comentaba en las veredas porque era insoportable estar adentro de las casas, parecía que la tierra se iba a resquebrajar. Se escuchaba a los chicos en la calle comentar: “Recién mi papá hizo un huevo frito en el capó del auto”. Faltaba agua, aire, ganas, entonces nos mandaron a todos del colegio a casa. No se podía permanecer en ningún lugar más que sumergidos en el agua, ya fuera con los pies en una palangana los más pobres, los menos en una pelopincho y los ricos en una Skelpools. Aun así, ni siquiera en el agua daban ganas de moverse. Sin embargo, se respiraba un aire de novedad: “Viste el calor que hace, no se puede más, se viene la fin del mundo”. Y de pronto, como cereza del postre, se cortó la luz. Catástrofe, iban a llegar los marcianos, ya no se sabía más qué esperar, y así y todo seguía habiendo un ánimo diferente, un alegrovivatovibrantesostenido, rarísimo de explicar, era como que por lo menos sucedía algo. Cuando nevó el año pasado, sentí la misma sensación, la de estar todos viviendo algo que nos sacudía y nos cambiaba la forma de vivir el instante. Casi como que nos daba tregua. Casi como que nos daba la posibilidad de llamar a cualquiera y decir: “No voy porque está nevando”, o “voy ya porque está nevando”.Ese día mucha gente usó por primera vez su cámara fotográfica en el celular. Miles de personas se llamaban entre sí para comentarse que estaba nevando en Buenos Aires. Los chicos jugaban a tocar la nieve y los grandes a vivir en Boston. La tapa de los diarios al otro día fue contundente, tajante e indiscutible: “Nevó en Buenos Aires”. Ésa era la única realidad. Simple. Lisa. No había que romperse la cabeza buscando titulares originales para competir con otras tapas.El 11 de septiembre también fue un techo que se nos cayó encima. Fue fatal, crudo, amargo, feroz. Sin embargo, también entonces hubo un clima semifestivo, rarísimo, semidulce. El que dice que no, es un hipócrita. Las catástrofes ya sean naturales o provocadas por el hombre, esas que nos corren de lugar, esas que ponen nuestra vida cotidiana en pausa para dar lugar a esa enormidad inevitable que se llama accidente, con todas sus acepciones del María Moliner, provocan esas mariposas en el estómago y esa emoción ambivalente que lo único que nos confirma es que la vida no es esa agenda que dice dentista a las 16 horas sino que la vida es esa que está estrictamente viva, latente, mutante e implacablemente impredecible. Los accidentes nos muestran por fin que no somos tan grandes ni tan importantes. Producen ese alivio enorme de confirmarnos que somos personitas. Nos quitan abruptamente el mote de humanos que a veces pesa tanto. Nos muestran que no todo dependía de nosotros. No todo era nuestra culpa ni estaba dentro de la lista de responsabilidades. Todo esto es más o menos lo que sentimos cuando se nos cae el techo encima.Ahora bien, cuando además de caérsenos el techo encima se nos cae el techista, ya no es ni entretenido ni semidulce ni rarísimo, ni ocho cuartos. Es triste, es grave, es serio. Estamos en peligro.Que el país esté en llamas no me causa gracia. En medio de este humo, no entiendo bien de quien es la culpa. Lo único que siento es que todos sentimos que necesitamos que se apague de inmediato. Urgente. Ya. Ayer. Siento que todos sentimos una mezcla de desesperanza, de decadencia. Es como si de pronto algún gigante enojado con la Argentina hubiese rociado un extraño gas y nos estuviera tratando de ahogar.No sentí ayer a la mañana, el día de humo máximo, ningún tipo de ganas de vivir, ningún tipo de ganas de comentar: “¡No sabés lo que me pasó!...”. No sentí que cambiara la rutina para mejor, como sentí con el calor del 79, la nevada del año pasado o el 11 de Septiembre. Solamente sentí enojo. Impotencia. No era una linda catástrofe. Ya no me importaba quién carajo había sido o a quién carajo se le había ido la mano. Ya no me importa, y creo que a nadie, quién causó este enorme incendio. Creo que lo único que nos importa es que esta guerra entre argentinos se apague y pronto. Creo que lo único que nos importa es que alguien se haga responsable y dueño de esta quema. Creo que lo único que nos importa es no estar a la deriva. Que haya voluntad para apagar esto.¿O quién es el sordo que no escuchó lo que dice el Martín Fierro? Eso de que los hermanos sean unidos zaraza, zaraza. Señoras y señores: nos estamos devorando entre nosotros. Hemos logrado demostrar que el Martín Fierro se quedó corto. Qué torpeza tan brutal. ¿Y Discépolo? También, señores, también. ¿Saben por qué? Porque esta vez no solamente se nos cayó el techo encima, esta vez se nos vino abajo el techista y, para colmo, no tenemos seguro contra todo riesgo. Me despido de ustedes, me tengo que ir a sacar el barbijo y el traje de amianto porque me pican demasiado. Hasta la próxima, si es que hay próxima y no nos quemamos a lo sonso, perdón, a lo Bonzo. Fuente
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