Fernando Peña
Días atrás me quedó retumbando en el marote el saludo de un kiosquero. Cuando me dio el vuelto y me saludó, me dijo: cuidado con lo bueno y con lo malo.
Me lo habrá dicho a mí por ser quien soy, pensaba, o se lo dirá a todo el mundo… cuidado con lo bueno y con lo malo. ¿Por qué tendría que tener cuidado con lo bueno?
Ese pensamiento iba como una bola de billar, de banda en banda. Rebotaba con las cuatro paredes de mi cráneo y navegaba en mi masa encefálica: ¿cuidado con lo bueno…? ¿Por qué?
¿Sería reflejo? ¿Era un loro barranquero el kiosquero? ¿Me había querido decir algo profundo? ¿O mi hipersensibilidad devenida en paranoia me hacía buscarle un sentido a las frasecitas hechas de la selva de hormigón? De repente el clic se me hizo en el jacuzzi. Ahí empecé a encontrar la punta del ovillo y como toda punta de ovillo detonó por una estupidez. Muchas veces hay que seguir un pensamiento estúpido para entender algo inteligente.
En momentos la hiperintelectualidad cobra carísimo, y es un poco por ahí por donde quiero ir. Empecemos: el chorro me pegaba placenteramente en la nuca y me quitaba los problemas y los nervios del día, lentamente llegaba a eso que pienso que nunca va a llegar, que es tener la mente totalmente en blanco. Cuando casi llego a ese blanco placentero y restaurador, ¡zácate!: el punto negro.
Empecé a delirar y a tejer sobre la idea del agua y la electricidad. Sé que son 12 voltios o lo que fuere, que está recubierto y aislado, probado y requeteprobado, pero ¿y si por putas falla? A principios del siglo pasado el concepto del jacuzzi hubiera sido una locura total.
¡Mezclar electricidad y agua! Demencial, un invento de un asesino de multitudes. Obviamente dejé de relajarme, salí del aparato, me sequé y me vestí. Mientras tomaba algo en la terraza del hotel seguía pensando en el peligro inminente que es un jacuzzi. Jugué con la idea de meterme en internet a buscar las muertes que posiblemente hayan provocado los jacuzzis.
Cuando leí www.google.com temblé y apreté delete. Si descubría que por lo menos una persona había muerto en un jacuzzi, nunca más en mi perra vida me metería en uno y si nunca nadie todavía había muerto en estos aparatos del demonio, me empezaría a torturar el pensamiento de que podría llegar a ser yo el primero. Barrí debajo de la alfombra, me repetí sin sentido y como un mantra de piedad la frase: “basta no pienses más”. Por lo general, es una frase que me acompaña cuando me convierto en mi peor enemigo.
En este caso lo bueno sería el jacuzzi y mi pensamiento elemental y básico, no olviden que desciendo de la península ibérica, me llevaba a un pensamiento lineal. Cuidado con lo bueno, o sea con el jacuzzi, que es bueno.
Ahora bien, ¿qué peligro puede haber? Está clarísimo: la corriente eléctrica. ¿Se referiría el kiosquero a esto? ¿A los peligros cotidianos de las cosas que hacen bien? Pensé que sí. Empecé a asociar un sinfín de cosas buenas que pueden llegar a producir peligros, como tener mucha plata, unas largas vacaciones, un ascenso en el trabajo o enamorarse. ¿Por qué deberíamos tener cuidado con enamorarnos?, y en seguida apareció la respuesta: por el sufrimiento del después, y no me refiero a separarse, sino a desenamorarse y seguir juntos. Y así fui encontrando un montón de respuestas y razones. Claro que hay que tener cuidado con lo bueno. Y muchísimo cuidado. Me deprimí.
Para salir del pozo, mi mente divagó como un mono araña por otras ramas. Trataba de alejarme del pensamiento trágico de que luego de lo bueno viene lo malo sí o sí. Pensaba que si no me alejaba en forma urgente de este módulo de pensamiento entraría en una neurosis de preocupación preocupante. No podría gozar más con nada. Ni siquiera con los pequeños y pocos gozos que poseo y atesoro.
Para salir rápido de ese pensamiento peligroso de encontrarle la tragedia al bienestar, me monté en mi helicóptero mental. Eso hago cuando quiero ver las cosas en el modo macro, “to see the big picture”, como dicen los ingleses. Fui tomando altura cuando de pronto vi ahí abajo y chiquitito el episodio del kiosquero.
¿Por qué detenerme en ese saludo? ¿Por qué enroscarme con ese saludo? ¿Por qué darle importancia a ese saludo solamente? ¡Son todos los saludos! “Nos vemos mañana si Dios quiere”; “si no te veo antes, feliz Navidad”; “que te vaya bien, que sigas bien”; “suerte”; “andá por la sombra”; “que te garúe finito”; “cuidate”; “chau, viejo, éxitos”; “fue un placer conocerte”; “seguí así”. La lista es larga.
Los saludos de los otros, en cierta forma, son condenas, son órdenes y mandamientos. La gente no tiene idea porque no se pone a reflexionar en lo perjudicial y contraproducente que habita en un saludo. Ese “suerte” que te dicen queda como una piedrita en el zapato y sin pensarlo uno se tortura y piensa: “¿Estaré obligado a tener suerte a partir de este saludo?” Y así creo que con todos los saludos y deseos del tercero.
Los auspicios del que se despide a veces son armas letales. “Peña, no exageres”, estarás pensando y no, no exagero en lo más mínimo. ¿Qué pasa si Dios no quiere? ¿Y si no hay suerte…? ¿Y si te veo antes de Navidad en vez de no verte? ¿Y si no garúa finito y llueve torrencialmente?
El saludo es un reflejo pernicioso y maligno, como todo lo que sale de lo no pensado. Sé que a lo mejor la contratapa de hoy es un poco desesperanzadora y pesimista. Rebuscada, truculenta y hasta teñida de una pseudointelectualidad al pedo.
Pero el que escribe, escribe porque piensa en otras opciones de la vida, en otras posibilidades, en otros laberintos y en otros estratos. El que escribe se complica. Por eso escribe. Para descomplicarse. Y ahí terminé de entenderlo; leer, por ejemplo, es buenísimo, salvo cuando leés la complicación de quien escribe. En este caso yo.
Perdón a los que les cagué la mañana porque de ahora en más prestarán atención a cada saludo. Y recibo las gracias de los que subieron las cejas, movieron la comisura de los labios y asintieron con placer. Ese placer de haber leído algo que te dejó algo.
Quedate con lo que quieras, con el jacuzzi y sus peligros, con la falta de voluntad de Dios o con el planteo inconveniente de la falta de existencia de la suerte. Pero olvidate por favor de tener cuidado con lo bueno. Hasta la próxima, si no nos morimos ninguno de los dos y si no funde este diario. ¡Dios no lo permita! Mejor, hasta lueguito, que para mí es el saludo más esperanzador. ¿O será mejor decir chau o adiós? ¿Adiós es porque te mandan con Dios? ¡Basta, Fernando, andate y no jodas más!
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