El joven subió a mi taxi y, nada más indicarme el destino, sacó de la mochila su PSP y comenzó a jugar. Desde ese instante no exagero al decir que perdió por completo su porción de realidad. En lo que duró el trayecto no despegó ni por un instante los ojos (como platos) de la pantalla, pulsando botones como si de ello dependiera el destino de la humanidad, y girando la cabeza a izquierda y derecha como esquivando los golpes o proyectiles del enemigo.
Avanzado el juego, y el trayecto, tal vez tras haber perdido demasiados puntos de vida, exclamó en alto:
- ¡Mierda! ¡Ahora sí que estoy jodido!
Parecía decirlo en serio. Su cara ahora estaba pálida y le corrían dos gotas de sudor por la frente. Pero al instante se vino arriba y comenzó a darse ánimos:
- ¡Venga, Tomás! ¡Que tú puedes! ¡Muere, cabrón!
Su actitud me preocupó. De seguir así, tal vez podría acabar perdiendo la noción de sí mismo y se olvidara de respirar durante demasiado tiempo, o podría meterse tanto en el personaje del videojuego que muriera él también si le mataran en su propia ficción.
- Tendré que evitarlo – pensé.
Así pues, ya en plena autopista de cuatro carriles y sin apenas tráfico, cada vez que el usuario giraba la cabeza para esquivar los proyectiles de la pantalla, yo comencé a girar también el volante en dirección contraria (con la intención de equilibrar sus virajes ficticios con los míos reales y mantenerle cuerdo).
Y en esta lucha de fuerzas centrífugas y centrípetas, debatiéndonos ambos entre su ficción y mi realidad (pese a cambiar de carril con brusquedad cada vez que él giraba la cabeza, seguía sin despegar la vista de la consola), pendiente como estaba de su cuello para girar a la inversa, no reparé en el coche de policía que nos venía siguiendo. Sólo advertí su presencia después, cuando me adelantó y accionó la sirena y me mandó parar en el arcén.
Bajaron dos policías del coche, se acercaron a mí, y uno de ellos me dijo:
- ¿Por qué conduce haciendo ”eses”? ¿Ha bebido?
- No – dije.
El policía se asomó para ver mejor a mi usuario, que seguía sin despegarse de su consola, ajeno a todo.
- En cualquier caso, vamos a someterle a un control de alcoholemia – dijo el otro sacando del coche patrulla un alcoholímetro.
Soplé y di una tasa cinco veces superior a la permitida. El policía me dijo que inmovilizarían el vehículo y me llevarían a comisaría. Después le pidió a mi usuario que bajara del taxi.
Sólo entonces, el chico despegó la vista de la pantalla y dijo:
- A este paso no alcanzaré Andrómeda en la puta vida.
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