Abro un ojo. Todo está oscuro. Reconozco ese olor. Sandía. Como el ambientador de mi taxi. ¿Estoy en mi taxi? Intento estirar las piernas, pero no puedo. Es estrecho. Tanteo con las manos. Toco lo que parece ser una garrafa de aceite (reconozco esa garrafa), encajada en el hueco enmoquetado del paso de ruedas. Estoy en el maletero de mi taxi. ¿Qué hago aquí?
No me duele nada. No tengo resaca, ni me huele el aliento a alcohol, ni noto síntomas de farlopa, heroína o pastillas. ¿Qué es lo último que recuerdo? Trabajé hasta tarde. El último usuario que recuerdo fue una travesti que dejé en un after-hours. Tampoco me duele el culo. Luego pensé en irme a casa. Apagué el taxímetro, cogí la autopista y sonó el teléfono. Descolgué. ¿Quién era? No lo recuerdo.
Busco en los bolsillos del pantalón. En el izquierdo, un fajo de billetes: la recaudación del día. En el derecho encuentro mi llavero con la llave del taxi. Aprieto el botón de apertura del maletero. Se abre. Estoy en el garaje de mi casa. Solo yo tengo las llaves del garaje (comparten llavero con la llave del taxi). Miro el reloj. Jueves. Doce y media del mediodía. Han pasado ocho horas desde mi último recuerdo.
Sobre el asiento trasero hay una rosa con espinas. La tapicería está manchada de purpurina y pelos de abrigo de piel.
Subo a casa. Todo está en su sitio. La caja fuerte intacta, la cama intacta, mi pato de goma Made in Hong Kong intacto, la librería intacta y el borrador de mi novela, intacto. No entiendo nada.